Una vez pasadas las fechas inmediatas a su muerte, la actuación política de Marco Tulio, muy discutible y discu tida, como hemos ido viendo, pasa a un plano muy secun dario (que sólo superarará en los tiempos modernos, a partir de las críticas de los investigadores decimonónicos como W. Drumann o Th. Mommsen), obscurecida por el vivo interés que suscita su obra. Ésta, sin duda, también levan tó polémica en vida del autor, de manera especial en lo que concierne al enfrentamiento con los aticistas (y en me nor grado a los planteamientos filosóficos). Con todo, aun en el terreno puramente biográfico, vemos por ejemplo có mo a la postura favorable de Plutarco le suceden, sin salir del griego, las adversas observaciones de Dión Casio.
Desde el principio, pues, tuvo detractores: Séneca el rétor menciona entre ellos a un tal Cestio (tan cercano en el tiempo que conoció a su hijo Marco), a quien, por otra parte, «los niños y jóvenes que frecuentan las escuelas [...] lo antepondrían incluso a Cicerón si no temieran ser ape dreados» 354 ...lo cual resulta muy sintomático del eviden te cambio de gusto. Vienen a confirmarlo diversos testimo nios, como los que se pueden leer en el Diálogo de los
oradores, situado cronológicamente con toda precisión por
353 Sigue siendo fundamental para esta cuestión el estudio de T h . Zie lin s k i, Cicero im Wandel der Jahrhunderte, Lipsiae, 19294. Pueden verse también, entre otros, R. S abbadini, Storia del Ciceronianismo, Torino, 1886, la obra ya mencionada de E. N o r d e n sobre la prosa de arte antigua o las diversas historias de la filología clásica, con la de J. E. S an d y s (A H istory o f Classical Scholarship, I, Cambridge, 19213) al frente.
uno de los contertulios («suman ciento veinte años desde la muerte de Cicerón hasta hoy»), donde se puede leer: «encontrarás hoy muchos más dispuestos a denigrar la glo ria de Cicerón que la de Virgilio», y, con referencia a tiem pos pasados, «consta que ni siquiera a Cicerón le faltaron detractores que lo consideraban altisonante, enfático, y sin la suficiente contención, antes al contrario desmedidamen te exuberante, recargado y poco ático» 355. Claro que Ci cerón fue el último orador ‘público’ en sentido estricto, pues con el advenimiento del nuevo régimen el ejercicio de la palabra cambia de lugar y de destinatarios. Y es bien sabido que el estilo ‘ciceroniano’, basado en el período, deja muy pronto paso a una forma más ‘sentenciosa’, que moldea magistralmente Séneca el filósofo.
No obstante, son nutridas las filas de sus admiradores. Entre ellos se cuentan Tito Livio 356, Séneca el rétor 357, Veleyo Patérculo 358, Plinio el naturalista 359 y su sobri
355 TÁc., dial. 17, 12 y 18, respectivamente.
356 Según Quintiliano (inst. 10, 39), decía «en una carta escrita a
su hijo: ‘hay que leer a Demóstenes y Cicerón y luego a los demás en la medida en que cada uno más se parezca a Demóstenes y Cicerón’».
357 Séneca llama al ingenium de Marco Tulio «la única posesión del pueblo romano equiparable a su imperio» (contr. 1, praef. 11).
358 Este historiador de la época de Tiberio se deja llevar por la pasión retórica en sus ataques contra Marco Antonio como responsable del ase sinato de Cicerón; cf. 2, 46, 5: «La fama y la gloria de sus hechos y sus palabras vive y vivirá en la memoria de todos los siglos, y mientras este cuerpo del universo [...] que él, casi el único entre los romanos, contempló con su mente, abarcó con su intelecto, iluminó con su elo cuencia, permanezca incólume, llevará consigo como compañera de su vida la fama de Cicerón, y toda la posteridad admirará sus escritos con tra ti, detestará tu actuación contra él y el género humano desaparecerá del mundo antes que su nombre».
359 Quien en nat. 7, 117, después de referirse en concreto a las exce lencias de sus discursos sobre la ley agraria, en defensa de Roscio, el autor
no 360, Mésala 361, pero sobre todos Quintiliano, cuya Ins
titutio oratoria, publicada antes del 96 después de Cristo,
puede considerarse el primer hito en la historia del cicero- nianismo militante: aparte de estar sembrada de elogios del gran orador (baste leer el inicio de los parágrafos 105 y siguientes del libro 10, esa ‘historia comparada de la lite ratura griega y latina’, consagrados a la oratoria, para comprobarlo: «los oradores pueden muy especialmente equi parar la elocuencia griega a la latina: en efecto, yo enfren taría sin vacilar a Cicerón con cualquiera de ellos»), con tribuyó, tomándolo como sustento de los planteamientos teóricos y como modelo ‘clásico’, a darle definitivamente el primer puesto en la lista de los prosistas grecolatinos. No es extraño así que poco después Aulo Gelio califique de monstruosos y dementes a quienes, como Gayo Asinio Galo (el hermano de Asinio Polión) y Larcio Licino, autor de un Ciceromastix, «se atreven a escribir que Cicerón ha blaba con poca corrección, sin propiedad ni reflexión» 362. Bien es cierto que, en general, el estilo de estos autores difícilmente se puede parangonar con el de Marco Tulio.
Ahora bien, no es solo cuestión de opinar sobre la ac tuación del autor o la naturaleza de su obra, ni tampoco de imitar sus planteamientos personales o literarios ni su estilo, sino también de atender a su producción como algo
teatral, contra Catilina y contra Marco Antonio, añade: «salve, tú que fuiste llamado el primero de todos padre de la patria e, igualmente el primero, padre [...] de las letras latinas».
360 Ver por ejemplo epist. 1, 2, 4.
361 En cuya boca pone el Diálogo de los oradores (por cierto, cicero niano en la forma), entre otras, las siguientes palabras (§ 25): «Cicerón sin duda aventajó a los demás oradores de su tiempo», dándole la palma en vehemencia, plenitud y potencia. Ver también el parágrafo 22.
que merece ser estudiado, conservardo y transmitido. Aquí igualmente empieza muy pronto la labor de importantes estudiosos, partiendo del mismo Tirón, su fiel liberto que, a lo largo de su centenaria vida, además de publicar una biografía, hoy perdida, o tres libros de dicta, mencionados por Quintiliano (inst. 6, 3, 5), contribuyó a la edición de los discursos (acompañados de comentarios) y las cartas. Dentro aún del siglo primero antes de Cristo nació Asco- nio Pediano (9 a. C.-76 d. C.), autor de unos comentarios de los discursos, escritos entre los años 54 y 57 y conserva dos en parte (In Pisonem, Pro Scauro, Pro Milone, Pro
Cornelio, In toga candida). Citemos al menos el importan
te comentario de Macrobio, ya en el siglo v, sobre el Som
nium Scipionis que tanto éxito habría de alcanzar a lo lar
go de los siglos siguientes, o el de Boecio a los Topica, que le servirían de fuente para sus cuatro libros De diffe
rentiis topicis.
El cristianismo asumió muchas de sus formas, recupe rando incluso el interés por sus concepciones filosóficas, que habían quedado en un plano muy secundario debido al predominio del estoicismo sobre las demás corrientes. Así lo vemos ya en el Octauius de Minucio Félix (quizá segunda mitad del siglo n), un diálogo al estilo ciceronia no, inspirado en el De natura deorum del que toma incluso algún pasaje literal 363, aun cuando el estilo es más bien un compromiso entre el de éste y el senecano, pero sobre todo el de Frontón, compatriota de Minucio. Más próxi mo en la forma es Cipriano (siglo iii), que había dedicado años a la enseñanza de la retórica. Pero quien en estos primeros siglos merece el título (acuñado en el Renacimien to) de ‘Cicerón cristiano’ es Cecilio Firmiano Lactancio
(c. 240-320), cuyas Diuinae institutiones le parecen a Jeró nimo «un río de elocuencia tuliana» 364; este mismo autor afirma, refiriéndose a sus obras 365 : «si quisieras leerlas encontrarás un epítome de los diálogos de Cicerón»; de hecho, Lactancio considera a Marco Tulio «el príncipe de la filosofía romana» 366; y obra en consecuencia.
Con su De officiis ministrorum, dirigido a sus hijos espi rituales, como estaba dirigido a Marco el De Officiis cicero niano, en el que evidentemente se inspira, y cuya estructura sigue (hasta constan ambos de tres libros) e incluso muchas ideas, Aurelio Ambrosio (c. 340-397) da paso a Eusebio Jerónimo (c. 340-420), otro de los admiradores de Cicerón como modelo en el manejo de la palabra y maestro en el dominio de la cultura general; hasta el punto de que, rela tando a Eustaquia sus tribulaciones por culpa de los clásicos, le dice «así, pobre de mí, ayunaba para leer luego a Tulio», antes de contarle un sueño en el que se vio arrastrado «hasta el tribunal del juez», quien, ante su afirmación de que era cristiano, le replicó: «mientes; ciceroniano eres, no cristia no» 367. Jerónimo, discípulo del gramático Donato, es qui zá el mejor representante de ese momento crucial en que la cultura clásica y la mentalidad cristiana entran en con flicto.
Mención aparte merece también Aurelio Agustín (354-430), obispo de Hipona, que comenta en sus Confe
siones 368: «llegué a un libro de un tal Cicerón, cuya 4en-
364 Epist. 58, 10. 365 Epist. 70, 5. 366 Inst. 1, 17, 3.
367 Epist. 22, 30. Precisamente la famosa carta a Pamaquio sobre el importante asunto de la traducción (57) imita un título ciceroniano:
De optimo genere interpretandi.
gua casi todos admiran, no así su espíritu. Ese libro con tiene una exhortación suya a la filosofía y se llama Hor
tensius. Pues precisamente ese libro cambió mis afectos y
cambió también mis súplicas hacia ti, Señor»; y poco des pués con respecto a las sagradas escrituras, «me parecieron indignas de compararse con la majestad tuliana». Cultiva dor del diálogo, aunque más socrático que ciceroniano, co mo medio de exposición doctrinal, evidencia la influencia de Marco Tulio en su formación filosófica (además de lo dicho, ver, por ejemplo, Contra los Académicos) y en el propio estilo de algunas de sus obras.
Cuando el mundo occidental dejó de entenderse coti dianamente en latín, las cuestiones que atañen a la influen cia de Cicerón cambiaron: ya el empleo de sus recursos expresivos quedaba como algo erudito, alejado de los ob jetivos doctrinales y catequísticos que primaban en la Edad Media; así la imitación de su estilo prácticamente cesó. Por otra parte, la mayoría de los contenidos teóricos y precep tivos habían sido tamizados por los autores cristianos, más inmediatos en todos los sentidos a los hombres del medioe vo. Por lo tanto también dejaron de leerse buena parte de sus obras. No obstante, seguía manteniendo su presti gio, desde hacía mucho tiempo indiscutido, de figura señera de la prosa clásica, lo cual hace que las bibliotecas procu ren tenerlo en sus estantes. No extraña, pues, que sobre todo en los primeros siglos se le lea poco y se le imite menos, según nuestras noticias, y que se conozcan mejor las obras retóricas (y algunas filosóficas) que los discursos y epístolas.
No obstante, todavía las Etimologías de Isidoro de Se villa, que recopilan numerosos textos de los siglos prece dentes y corrieron desde su publicación en multitud de co pias, contienen más de cincuenta citas (otra cosa es que
estén tomadas de primera mano) correspondientes a una veintena larga de sus obras: tan sólo Virgilio lo supera; sin embargo, nada más alejado del estilo ciceroniano que la redacción formal de la enciclopedia. En el siglo siguien te (Isidoro murió el año 636) tiene lugar el llamado renaci miento carolino, que con la extensión de la cultura tam bién a los laicos, sobre todo a través de la escuela, renueva el interés por los clásicos en general y, entre ellos, como no podía ser menos, Marco Tulio: en la bilioteca de la corte de Carlomagno estaban, alrededor del 790, entre otras muchas obras de distintos autores, las Verrinas, las Catili
narias o el Pro rege Deiotaro. Por cierto que respecto a
la trasmisión, se ha señalado 369 cómo en los países latinos predomina el interés estético (estilístico-poético), mientras que en Alemania predomina lo práctico. De ahí que, en general, los códices que contienen los tratados de retórica y los discursos procedan de aquéllos (aunque por una u otra razón se encuentren en ésta; caso, por ejemplo, de las Filípicas y el De lege agraria hallados en Hildesheim el año 1150, donde se decía expresamente «traídos de Francia»).
Ya durante el siglo ix empiezan a sonar nombres im portantes en la estela ciceroniana, entre ellos destaca Ser vato Lupo de Ferrieres (c. 805-862), transcriptor del De
oratore y recopilador de algunas de sus obras, sobre todo
filosóficas 37°; además conocería la Rhetorica ad Heren
nium, las cartas, los Aratea o las Verrinas. En general es
reconocido como el único de esta época merecedor de pa rangonarse, mutatis mutandis, con los humanistas. Pero
369 E. No rden, op. cit. vol. II, págs. 690-691.
370 Nos han llegado códices tanto de uno (Harleianus 2736) como de las otras (Vindobonensis Lat. 189).
están también Sedulio Escoto, irlandés, activo en Lieja a mediados del siglo, autor de un Collectaneum donde apa recen referencias entre otras a Filípicas, Pro Fonteio, Pro
Flacco, In Pisonem; o Hadoardo, bibliotecario de Corbie,
que conoce al menos Academica priora, De natura deo
rum, De diuinatione, De fa to , Paradoxa, De legibus, Ti maeus, Tusculanae, De officiis, De amicitia, De senectute, De oratore.
Del X es el Papa Silvestre II (Gerberto de Aurillac —c. 938-1003—) que se reconoce seguidor de sus preceptos so bre todo en materia retórica, muy interesado, pues, en con seguir discursos, que durante los siglos anteriores habían cedido claramente terreno ante las obras retóricas y filosó ficas; del xi-xii Conrado de Hirschau (c. 1070-c. 1150), autor de un Dialogus super auctores, que además de in cluir a Cicerón, imita su estilo. Del xii Teodorico de Char tres (muerto hacia 1156) que escribió un comentario al De
inuentione (llamado Rhetorica uetus por contraposición a
la Rhetorica ad Herennium o Rhetorica noua, durante muchos siglos todavía atribuida sin vacilar a Cicerón), William de Malmesbury (muerto hacia 1143) quien ya in tenta recoger toda la obra ciceroniana (se conserva su tra bajo en una copia posterior), o Wibaldo, abad de Corvey de 1146 a 1158, cuyo volumen encaminado a ese mismo objetivo contiene obras filosóficas y retóricas, un buen nú mero de discursos y parte de las Epistulae ad familiares, o, en fin, Ailredo, abad de Rievaulx (1110-1167), autor de un tratado ‘Sobre la amistad espiritual’ modelado sobre el De amicitia...
Asimismo va apareciendo en las listas de auctores a es tudiar en las escuelas: así, por ejemplo, en la de Chartres; la del mencionado Conrado de Hirschau lo incluye (el pri mero de los clásicos) detrás de Donato, ‘C atón’, Esopo,
Avieno, Sedulio, Juvenco, Próspero de Aquitania, Teodu- lo, Arator y Prudencio, y delante de Salustio, Boecio, Lu cano, Horacio, Ovidio, Juvenal, ‘Homero’ (la Ilias latina), Persio, Estacio y Virgilio, aun cuando únicamente se esco gen De amicitia y De senectute; más tarde se les añadirán
De oratore, Tusculanae, Paradoxa y De officiis 371.
Pero no cabe la menor duda de que el verdadero redes cubridor de Cicerón, el que abrió la era de espléndido flo recimiento que viviría, con el humanismo, todo el mundo clásico, pero de manera especial entre los prosistas Marco Tulio, fue Francisco Petrarca (1304-1374), quien, por cier to, empezó a utilizar, aunque con mesura, el vocablo hu
manitas. Aun cuando su estilo se revela un tanto rudo a
veces, su pasión por la cultura latina le llevó a procurarse una de las primeras bibliotecas de importancia en manos de un particular: fruto de esa búsqueda incansable de tex tos fue su más importante y trascendental hallazgo: el de las cartas a Ático, Bruto y Quinto, en Verona el año 1345, cuya lectura, por cierto, echó abajo sus elevadas opiniones sobre Cicerón como persona. Ya doce años antes, en 1333, había descubierto en Lieja el Pro Archia y más tarde (1355) se hizo con un Pro Cluentio (que le transcribió Boccaccio). Petrarca llegó a tener casi todas las obras filosóficas y de retórica, las epístolas ya mencionadas y un buen número de discursos.
Poggio Bracciolini (1380-1459), otro de los grandes co leccionistas de códices clásicos, que ponía a Marco Tulio como modelo de estilo, encontró en la abadía borgoñesa de Cluny, hacia 1415, cinco discursos: Pro Milone, Pro
31! Ver E. R. Cu rtius, Literatura europea y edad media latina, Tra
ducción de M. Frenk Alatorre y A. Alatorre, Madrid, 1976, vol 1, págs. 80-81.
Cluentio, Pro Caelio, cuyos textos mejoraban los ya co
rrientes, más Pro Murena y Pro Sexto Roscio, desconoci dos hasta entonces, y posteriormente otros ocho, uno en Langres (Pro Caecina) y siete (Pro Roscio comoedo, De
lege agraria I-III, Pro Rabirio perduellonis reo, In Piso nem, Pro Rabirio Postumo) todos también desconocidos,
probablemente en Colonia; además, los comentarios de As- conio, que estaban en Saint Gall. El obispo de Lodi, Ge rardo Landriani, halló el año 1421 De oratore y Orator, que ya circulaban en copias incompletas, y el Brutus, que aparecía ahora. Con anterioridad Coluccio Salutati (1331- 1406) había hecho copiar las Epistulae ad familiares del códice de Vercelli en 1392, halladas por Pasquino Cap- pelli, canciller de Milán, que había acudido allí a indica ción suya.
Con estos instrumentos era posible dedicarse ya a la tarea de moldear un latín más ‘clásico’ del que durante siglos se había venido utilizando. Y para ello Cicerón fue la pieza clave: sus obras, desde los discursos a las cartas (no se olvide el gran furor epistolar de los humanistas), pasando por algunos tratados (sobre todo las dos Rhetori
cae —A d Herennium, De inuentione— y el De oratore)
se convirtieron en objeto de lectura y comentario habituai. Pronto surgieron figuras como el secretario papal Leonar do Bruni (lo fue entre 1405 y 1415), que se tenía por el restaurador del lenguaje latino; él descubrió el ritmo de la prosa antigua y se aplicó con ahínco al estudio y discu sión de la teoría y la práctica ciceroniana. Alrededor de 1440 son escritas las Elegantiae Latini sermonis de Loren zo Valla (1407-1457), discípulo del anterior (que no se pu blicaron hasta 1471 y fueron una y otra vez reeditadas), un tratado de buen latín basado sobre todo en Cicerón y Quintiliano que partía de una base: la «admisión como
ley de cuanto pareció bien a los grandes autores». En Es paña hemos de mencionar al menos a Bernat Metge (c. 1340-1413), autor de una Apologia en forma de diálogo al estilo ciceroniano (inacabada) y sobre todo de Lo somni («El sueño»), en buena parte inspirado en Cicerón, que utilizan ya una prosa moldeada sobre la de éste.
No tarda en surgir la polémica entre quienes propug nan una imitación exclusiva del gran orador y quienes por el contrario, sin prescindir por supuesto de él, le conceden un lugar más o menos privilegiado, pero no único ni pri mordial entre los modelos de escritores en prosa. De las filas de los primeros surge el movimiento llamado específi camente ‘ciceronianismo’ que fundaron y propagaron Gas- parino de Barzizza (muerto en 1431) y Guarino de Verona (muerto en 1460). Frente a ellos se colocan pronto grandes filólogos, que pretenden ir más allá de la imitación ‘esco lar’ por ejemplo Angelo Poliziano (1454-1494), el cual es cribió una carta a Paolo Córtese (otro ciceroniano) sobre los «monos imitadores de Cicerón», argumentando que él no era Cicerón y por tanto debía de buscar un modo de expresarse propio, basado en distintos modelos, o Giovan ni Pico della Mirandola, con su pequeño tratado sobre la imitación aparecido en 1512 donde parte del supuesto de que hay que seguir a todos los buenos autores y no a uno solo.
El representante más destacado del ciceronianismo a co mienzos del XVI y quien le dio un gran impulso fue el car denal Pietro Bembo (1470-1547), cuya línea argumentai es que no se pueden mezclar estilos diferentes: por tanto si se pretende imitarlos a todos, se acabará por no imitar