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En efecto, la primera parte del discurso constituye un elogio de la provincia y de sus habitantes, pero el conteni­ do del propio discurso contradice este elogio: si por una parte se revela que los sicilianos, o, al menos, gran número de ellos, poseían abundantes riquezas, no siempre bien po­ seídas, en algunos de los abusos cometidos Verres encuen­ tra colaboradores entusiastas en los propios paisanos de aquellos sobre los que se ejercen tales abusos.

Recuerda Cicerón las dificultades con que se encontra­ ron los sicilianos para acudir a los tribunales de Roma. Indica a continuación que Verres ya meditaba desde la Ciu­ dad cómo esquilmaría a los habitantes de la isla: es el co­ mienzo del episodio de Dión. Le sigue inmediatamente el de Sosipo y Filócrates, que también gira en torno a una cuestión testamentaria.

La ficticia excusa de la defensa de Verres de que él no recibía directamente el dinero de estos manejos da pie a nuestro acusador para hablar de la cohorte del pretor, a la que acusa de ser un mero séquito y sus miembros un instrumento de sus desmanes. Esta parte del discurso podría constituir un manual del mal gobernador. De aquí pasa a examinar cómo Verres, respetando el derecho sici­ liano (la lex Rupilia y la lex Hieronica) en su aspecto mate­ rial, lo conculca continuamente en el procesal. Son ejem­ plos de ello los asuntos de Heraclio y Epicrates, que, en contra de la advertencia de Cicerón en el sentido de que no acumulará datos, sino que escogerá uno por cada tipo de delitos, tratan de herencias, cosa que ya hemos visto anteriormente, y además tienen en común la condena de un ausente. Hasta tal punto esto es así, que entre el episo­ dio de Heraclio y el de Epicrates decide intercalar, para no cansar al lector, la digresión sobre las «Verrinas» o fies­ tas en honor de Verres.

Tras la descripción de la conducta de Lucio Metelo, que es otro elemento de variedad, vuelve a la cuestión pro­ cesal, esta vez con los juicios capitales: son los asuntos de Sópatro de Halicias y de Estenio el termitano. En el de Sópatro aparece la figura del liberto Timárquides, ne­ fasto auxiliar de Verres, y la de Minucio, de la que Cice­ rón se vale para decir que Verres retrocede cuando alguien se le enfrenta decididamente. Se da en esta historia algo que sucede con frecuencia: se vuelve Cicerón a los jueces para que reflexionen sobre la criminal conducta de Verres y le apliquen la condena pertinente, insistiendo en que los precedentes de conductas corruptas no constituyen excusa. El revuelo que se había originado en Roma con la llegada y relato de Estenio no hizo cambiar a Verres, a quien se condenó, estando ausente, como si hubiera estado presente.

Se refiere después a la arbitraria administración de jus­ ticia con varias ciudades y nos introduce de inmediato en la actuación venal de Verres respecto al nombramiento de magistrados, funcionarios de la administración y sacerdo­ tes: es un auténtico mercado pretoriano, con el protagonis­ mo, una vez más, de Timárquides.

Capítulo importante lo constituyen las estatuas erigi­ das, a la fuerza, en honor de Verres, lo que aprovechá Cicerón para resaltar la animosidad general contra aquél.

Termina con el asunto de Carpinacio y los impuestos» en el que hay, sin duda, complicidad de los publícanos^ incluidos los de Roma, complicidad que Cicerón pretende camuflar por todos los medios, hasta con la anécdota del nombre de Verrucio. Se trata, en efecto, de una materia bastante escabrosa, porque Verres no era el único culpable y ni siquiera la habilidad de Cicerón logra borrar para nos­ otros esta impresión.

Para el tercer discurso, que trata casi exclusivamente del impuesto sobre el trigo, es inevitable referirse de nue­ vo, ahora incondicional y plenamente, a la obra de Careo- pino a la que aludíamos.

Si prolijo y reiterativo resulta a lo largo de las Veni­

nas, está, en buena parte, excusado por la temática relati­

vamente complicada, porque el establecimiento y percep­ ción de los diezmos estaban minuciosamente regulados por la ley de Hierón, y de ello tenía que dar cabal cuenta Cice­ rón a sus conciudadanos, si quería que le prestaran una atención suficiente.

Pero las crecientes necesidades del estado romano ha­ cen que caigan nuevas cargas sobre Sicilia: son el «trigo comprado» o «segundos diezmos», el frum entum impera­

tum para los territorios no sometidos al diezmo, y el trigo

estimado o in cellam, destinado a la manutención del go­ bernador y su servicio. Esta situación, ya de por sí compli­ cada y proclive a despertar codicias, se ve agravada por la discrecionalidad del gobernador en el ejercicio de sus funciones, que, aun estando controlada, en teoría y por lo que se refiere a los primeros diezmos, por la ley de Hie­ rón, se encontraba apoyada o, al menos, no reprimida por los tribunales de justicia de la Ciudad.

Comienza Cicerón diciendo que quien acusa a otro de algo no debe incurrir en la falta objeto de la acusación. Continúa la presentación advirtiendo (¿hacía alguna fal­ ta?) sobre la monotonía del discurso, lo que no debe ser impedimento para escucharlo, ante la importancia que tiene.

La primera acusación es que Verres ha actuado contra la ley de Hierón y que ha modificado, en conjunto, el de­ recho siciliano.

Con la aparición de Apronio, pasa a las arbitrariedades procesales que intentan acallar las protestas por la arbitra­

ria adjudicación y exacción de los diezmos: el edicto de Verres sobre los diezmos. El gobernador es acusado de pe­ culado a propósito de su singular sistema de proceder al abastecimiento. Una vez más, Cicerón dice que sólo va « tratar casos paradigmáticos, que evitará la acumulación de datos y sucesos, pero sí advierte sobre la inexistencia de libros de cuentas, lo que era indicio de que las ganancias iban a manos de Verres, quien exigía un dinero suplemen­ tario y adjudicaba los diezmos en una cifra más alta qué la que correspondía a la producción, con lo que provocó que los agricultores vendieran sus tierras y aperos. Por eso su sucesor, Lucio Metelo, intentó, con poco éxito, que Si­ cilia no quedara desierta de agricultores.

Con la nueva acusación de que Verres prohíbe a los sicilianos cualquier investigación sobre las declaraciones de Apronio acerca de su sociedad con él termina el examen de los diezmos y comienza (a partir del capítulo 70) el del «trigo comprado», en el que Cicerón vuelve a acusar a Verres de peculado, y también de usura.

El «trigo estimado» comienza en el capítulo 81 y ocupa la parte final del discurso, que termina con la advertencia de Cicerón de que los precedentes que haya podido tener Verres no constituyen una excusa para su mala actuación, entre otras razones porque también ha habido gobernado­ res que actuaron honradamente. Hay, asimismo, advertens cias a los jueces en el caso de que no condenen al exgober­ nador de Sicilia, a partir de las que insiste (¡cómo no!) en el riesgo de que la administración de justicia recaiga de nuevo sobre el orden ecuestre.

Es una inexactitud titular el discurso De signis «Sobre las estatuas», si nos atenemos al contenido. En efecto, ob­ jetos artísticos y no artísticos, aunque de valor económico ;

objetos, en general, donde la sensibilidad por el arte se pueda manifestar, aparecen aquí de forma abrumadora. Como ocurre en otras ocasiones, también el tema de este discurso se ha visto aludido anteriormente en concreto en el De praetura Siciliensi. Como ha ocurrido antes con el trigo, Cicerón pretende impresionar con una acumulación de datos: estatuas, adornos de templos, instrumentos litúr­ gicos, piedras preciosas, anillos arrancados de las manos... todo esto y más robó Verres durante su estancia en Sicilia y en otros lugares.

Pero la impresión que Cicerón quiere causar en los jue­ ces y en el auditorio no reside sólo en el aspecto cuantitati­ vo de los hurtos. La propia cualidad de los objetos roba­ dos podrá despertar animosidad. Si a fines de la República los sentimientos religiosos de los romanos habían mengua­ do ostensiblemente, subsistía el escrúpulo del rigor form a­ lista en la liturgia. Si los romanos podían pensar que su misión era dominar el mundo y no emplear el tiempo en la contemplación artística, la sociedad del siglo i a. de C. estaba ya lo suficientemente helenizada como para que no le fueran indiferentes actos como el arrancamiento de los adornos de un templo.

En cambio, cualquier atentado contra la propiedad pri­ vada sí que encontraba bastante eco en un pueblo con sen­ timientos jurídicos exquisitos. Para rematar, el ver que otro obtenía gratuitamente lo que a muchos de los presentes les había costado y seguía costando su buen dinero, sería un motivo de malquerencia, no ya para los romanos, sino para cualquier persona acomodada, como, naturalmente, los miembros del tribunal que juzgaba a Verres.

Esta táctica de ataque insistente lleva a Cicerón a pre­ sentar a un acusado imperito en el arte, que no es tal, si nos queremos apoyar en el propio parlamento del acusa-

dor, pues el trabajo de aleación, la fabricación o, cuando menos, diseño de recipientes, la confección de vestidos... revelan a un Verres de unas trazas totalmente contrarias. Sí, en cambio, podemos sacar la impresión de que era un depredador tan furibundo que, en su ansia loca de acumu­ lar riquezas, no prestaba siempre la debida atención a sus rapiñas.

Aparte de lo anterior, este discurso puede ser un ejem­ plo de la labor de Cicerón con la lengua latina, intentando acomodarla, en esta ocasión, al lenguaje del arte.

No hay preámbulo. Verres se lo ha llevado todo, se dice. Ya en el capítulo segundo se cuenta el robo del Cupi­ do de Heyo. El orador va al grano. Se refiere casi siempre a casos concretos. Así, tras la interesante noticia sobre la prohibición de comprar que pesaba sobre los magistrados provinciales y la acusación del trato favorable que Verres dispensó a Mesina, su cómplice y encubridora, hace desfi­ lar ante el auditorio los medallones de Filarco, Aristo y Cratipo, los robos en Lilibeo y otros puntos de la geogra4 fía siciliana, la fábrica de orfebrería en Siracusa y la de telas y bordados, el asunto, tan bochornoso, de los hijos de Antíoco, la Diana de Segesta, el Mercurio de Tíndaris, el Apolo y el Hércules de Agrigento, la Ceres de Catania y, en un estudiado clímax, el ultraje a Ceres y Libera en Hena. La descripción de Siracusa no es más que un pretext to para seguir con la enumeración de los robos y para co·* municar el importante dato de que, de las dos únicas ciu-¡ dades sicilianas que apoyaban a Verres, Siracusa es, en rea­ lidad tan enemiga como el resto. Sólo le quedan, pues* los mamertinos.

Mesina es, precisamente, el punto geográfico donde al­ canza su punto culminante la descripción de las maldades

de Verres: allí manda crucificar a Gavio, municipe de Con- za. Pero el último discurso tampoco tiene un título que revele exactamente su contenido. Se trata, en realidad, de resumir ordenadamente las malas acciones del acusado, en cuyo extremo deben figurar, naturalmente, las ejecuciones de ciudadanos romanos. Así, la primera parte puede tratar materia nueva, pero que constituye delitos ya expuestos: recibir dinero por rescatar esclavos acusados falsamente, por liberar al capitán de los piratas, por dispensa de servi­ cios militares, malversación del dinero destinado a la flo­ ta... Pero, aun no siendo delitos novedosos, Cicerón se ve obligado a presentarlos en el juicio para neutralizar la posible defensa que utilizaría, a la desesperada, Hortensio, tras el cúmulo de cargos que pesan sobre su defendido: la buena actuación militar de Verres durante su mandato. Conociendo Cicerón a sus compatriotas, sabe la impresión que les puede causar tal supuesto y, en lugar de insistir en que esa buena actuación no borra lo demás, prefiere atacar directamente, mostrando que Verres fue todo lo con­ trario de un buen general; de ahí que nos llegue a describir hasta una pintoresca revista del pretor a la flota que par­ tía, desde su asentamiento playero. Ni en tierra, porque no combate a los restos del ejército de Espártaco, ni en el mar, porque con su desidia provoca que los piratas se paseen por el puerto de Siracusa, demuestra Verres nada, a no ser que es un ladrón y un asesino. En efecto, tras la invalidación del testimonio de los mamertinos con la noticia del comportamiento parcial de Verres hacia ellos, y aprovechando el suceso del desastre naval de la flota ro­ mana, Cicerón introduce en la última parte del discurso la patética descripción del castigo injusto de los capitanes de las naves.

Pero queda lo más impresionante: la muerte de ciuda­ danos romanos. A partir del capítulo 53, describe el supli­ cio de Servilio, las siniestras Latomias, la ejecución de mer­ caderes disfrazados de piratas y la crucifixión de Publio Gavio. La fuerza patética de este último episodio no pro­ viene tanto del artificio del orador como de la mera expo­ sición del hecho, insistiendo, eso sí, en el desprecio de Ve­ rres a la lacónica, pero decisiva invocación del desdichado: «soy ciudadano romano».

El contenido del capítulo siguiente tampoco constituye novedad: la amenaza a los senadores de perder su predo­ minio en la administración de justicia.

Sólo queda ya el remate de la peroración con la larguí­ sima invocación a los dioses, aprovechada para recordar los ultrajes a ellos inferidos.

El texto. Ediciones manejadas

Madvig fue el primero en advertir que los manuscritos de las Verrinas se podían agrupar en dos familias, que él llamó Gallica e Italica.

A la familia Gallica que ahora se llama a o x, pertene­ cen los siguientes códices: el Parisinus 7774 (R), del siglo IX, que, si contuvo todas las Verrinas o, al menos toda la Segunda Sesión (como demostró E. Thomas), en la ac­ tualidad conserva sólo los dos últimos discursos, y no com­ pletos. El Parisinus 7775 (S), del siglo xm, según Klotz 49 apógrafo de R y, según Peterson —al que siguen otros fi­ lólogos, al menos hasta la aparición de la edición de Klotz—, apógrafo de un manuscrito gemelo de R. El Pari-