Como en los casos de Ameghino y Vucetich, entre otros, en que los lujanenses y los dolorenses, respectivamente, pre- tendían los restos mortales del antropólogo y del dactilos- copista, los rosarinos –por intermedio del lord mayor de la ciudad santafecina- pretendieron en los años 1992 y 1993, gestión mediante, y ante el ministro del Interior, el traslado de los restos del Santo de la Patria para ser depositados en
el Monumento a la Bandera que, como se sabe, se ediicó en
Rosario, lugar en que, el 27 de febrero de 1812, el prócer diera natalicio a la Enseña Nacional.
Con ser entendible y atendible tal aspiración, sin embar- go, debe examinarse relevancia de otros argumentos que le- gitiman la permanencia de tales restos donde actualmente permanecen desde siempre.
El testamento del general fue claro al dejar solicitado que sepultaran sus restos en la iglesia de Santo Domingo, un lu- gar no escogido ad libitum, o antojadísimamente, pues el testador nació y murió en la misma casa, aledaña del templo elegido y en el que se encuentra la imagen de la Virgen de las Mercedes a la que anteriormente el prócer había ofrendado los estandartes realistas logrados en la Campaña Militar del Norte Argentino.
Con oportuno testimonio, el Lic. Manuel Belgrano, des- cendiente directo del prócer, dejó puntualizado que no se puede ni se debe “olvidar que los restos del ilustre prócer se encuentran desde el año 1903 en el mausoleo sito en la Basílica del Santísimo Rosario y Convento de Santo Domingo,
circunstancia ésta que releja su voluntad, manifestada ex- presamente en su testamento” (sic, “La Nación”, 19/02/1993). En “El Norte” de San Nicolás, y con fecha 20 de junio de 1995, titulado ¿A Rosario el “Santo de la Patria”?, me permití dejar el siguiente testimonio:
Cuando el pasado año la SADE tuvo a bien “considerar” (o evaluar) los méritos de mi último libro “De las almas que no mueren” y, entre ellos, se “ponderaba” lo que se ha dado enllamar “creación” (después diré mi juicio sobre este vo- cablo), pues se había acuñado admirablemente el título de su capítulo I con la designación de “Belgrano, el Santo de
la Patria”, airmé mi concepción de siempre: que algunas
veces aciertan (atinan) los jurados. No hay tal “creación” porque yo no hice nada de la nada.
Y ahora, se corresponde la confesión de que, si bien yo había utilizado la tal designación de SANTO DE LA PATRIA en la improvisación de mi discurso pronunciado el 19 de junio de 1987 en cursos nocturnos de postgrado de la Escuela de Enseñanza Técnica Nº 1 “Albert Thomas” de La Plata (en la que, por entonces, desempeñaba como profesor), el libro en cuestión venía siendo “pensado”, investigado, proyectado y escrito desde hacía casi dos decenios. Y en aquellos prime- ros años de la gestación, ya tenía in mente entenderme con tal signatura que le pintaba de cuerpo entero al general abogado. También, de alma…
Tuve una pre confesión de esta designación muchos meses antes de la designación del tal título –que coloco simple- mente como epígrafe de estos apurados apuntes de mis confesiones, memorias y afectos-, con gente del benemérito Instituto Belgraniano de La Plata y, algunos de sus miem- bros, prestamente me indicaron la conveniencia de no di- vulgar esto hasta que el libro se editara y se procediera a cumplimentar los trámites pertinentes de las leyes 11.723 y 22.399.
No voy a hacer el relato de otros sucesos no menos vale-
rosos y valederos de esa instancia de la “concepción” del libro que protagonicé y viví con García Saraví (a quien cito en este texto), con Juan José Terry (a quien dedico
el trabajo, pues es “belgraniano” y presidente del referi- do Instituto) o con el almafuerteano Héctor Marcelino Rivera (a quien le dedico justamente el capítulo dedica- do al poeta don Pedro Benjamín…, pues era –hace poco se fue con el Señor- presidente del Instituto Almafuerteano de la Provincia de Buenos Aires) o… con tantos otros. Me detendría demasiado en lo que no puedo ahora, ni debo, y
preiero terminar, esta breve nota de homenaje al prócer,
respondiendo al preguntario del epígrafe.
Como nicoleño no me desagradaría que El Santo (sus res- tos mortales, digo, porque su alma y su ejemplo están en otra dimensión de los discursos, de las inteligencias y de los espíritus) sea traído a la cercana ciudad de Rosario como lo habría pretendido alguna vez el intendente de dicha locali-
dad, pues ese traslado signiicaría depositar los tales restos
en el Monumento a la Bandera. Petición legítima, a mi jui- cio, que habría de satisfacer no pocas inquietudes y legíti- mos deseos de muchos habitantes de la santafecina región. Pero, no hay que olvidar que el propio abogado general pi- dió en su testamento que se le sepultara, cuando lo llamara el Señor, en la Iglesia de Santo Domingo, escogiendo expre-
sa y especíicamente ese lugar santo, porque el Santo de la
Patria nació y murió muy cerca de allí, y además en dicho templo se encuentra la imagen de la Virgen, depositaria de estandartes realistas provenientes de la Campaña del Norte, ofrendados por el prócer.
Con igual dosis de verdad habrían de querer formular idén- tica petición los hombres de Salta, o Tucumán, o las provin- cias de la Mesopotamia, o Jujuy, o…
¡En este día de la Patria, de la Bandera y de el Santo de la Patria, Dios llame a la Concordia de los espíritus, a la
paz en toda la Nación y a olvidar deinitivamente el intento
de sacar los restos del general abogado del templo de San Benito!