D.3 Protocol verification
D.3.1 The Dolev-Yao Model
Sin precisar mis consensos y disensos, vale tener en cuenta una oportuna publicación de Hernán Luna (“El Día” del 17/06/1996) que dice lo siguiente:
De la escarapela nacional creada por el Triunvirato el 18 de febrero de 1812, de las citas usadas como distintivo en la Semana de Mayo de 1810 y en la preparación de la Reconquista de 1806, se desprende que los colores celeste y blanco tenían ya raigambre en la expresión popular. Abona este aserto un testimonio tan pueril al parecer como signi-
icativo en su sinceridad: el que se reiere a la costumbre de
las damas de lucir en los días de mayo de 1810 un rebozo celeste y blanco, así como ramitos de violetas azules y de junquillos blancos, no por iniciativa de una determinada persona, sino como producto de un sentimiento destinado a exteriorizar la adhesión de las mujeres argentinas a la cau- sa revolucionaria. Entre las posibles causas de la predilec- ción nacional por los citados colores, pueden enumerarse las siguientes: 1º) El penacho blanco y celeste de los mo- rriones del Regimiento de Patricios, cuerpo representativo de la juventud porteña; 2º) Las vestiduras de la Virgen de Luján, ya venerada con particular devoción por los argenti- nos, si bien puede aducirse que los colores celeste y blanco no caracterizan solamente a aquella sagrada imagen sino a la mayoría de las que representan a la Madre de Dios; 3º) La cinta de la Orden de Carlos III integrada por dos franjas celestes y una blanca en el medio (esta versión se vincula con la anterior, porque tales colores fueron escogidos por el citado rey español en 1771 al consagrar esa nueva conde- coración a la Inmaculada Concepción, cuya similar repre-
sentación a la Virgen de Murillo iguraba en el centro de la
cruz esmaltada de blanco y azul de dicha Orden); 4º) Los colores del escudo confeccionado por Juan de Dios Rivera para la fachada del Consulado de Buenos Aires creado en
1794 (esta versión se apoya en el hecho de que el Consulado estuvo colocado bajo la protección de la Santísima Virgen y hace hincapié en la circunstancia de que Belgrano, al crear la bandera, pudo conservar el recuerdo de su actuación en el Consulado en calidad de secretario. Pero, no existe nin- guna constancia que permita documentar la veracidad de tal suposición); 5º) Los colores del escudo de la ciudad de Buenos Aires, establecidos por el Cabildo el 05/11/1649 (si
bien este escudo igura en tinta negra y sin colores en el acta
que dispone su adopción, la descripción del mismo permite comprender que el cielo, donde se representó la paloma del Espíritu Santo debía ser azul celeste, mientras el agua del Río de la Plata, que ocupa la porción inferior del blasón, con un ancla en el medio, había de lucir el color plateado que en heráldica es igual al blanco. Idénticos colores ostentó el primitivo escudo de Montevideo, también ubicado sobre el Río de la Plata); 6º) La denominación “Argentina”, aplica- da por derivación literaria a los territorios bañados por el Río de la Plata, halló adecuada imagen en los colores celeste
y blanco (o sea, plateado) que relejan cromáticamente el
color de todo objeto argentado (aunque esa representación no se haya mantenido presente, bastó con la tradición para acreditar los citados colores y conservarlos unidos a la idea de la argentinidad, aún en sus momentos incipientes); 7º) Las leyes de la heráldica representan a los ríos mediante un blasón cortado por una faja central entre dos colores iguales; la faja indica el cauce del río, y las listas superiores e inferior, señalan ambas orillas (es natural, por lo tanto, que la Argentina, cuyo río epónimo es el Plata, ostente una bandera cruzada por una franja blanca entre dos celestes. Esta última versión, que no se basa, por cierto, en ninguna manifestación de la época en que fue creada la bandera, ro- bustece sin embargo la posibilidad de que estén acertadas las dos interpretaciones citadas anteriormente, y si bien no se aplica al aspecto del escudo nacional –cuyo origen debiera buscarse, en cambio, en el escudo de la ciudad de Buenos Aires, creado en 1649-, permite vislumbrar la certe- za de que la primera bandera haya lucido ya las tres franjas que hoy distinguen a la enseña argentina, punto éste que ha sido muy controvertido por los historiadores.
Sin alterar ni conirmar lo expuesto, se puede recordar
cuanto me permití exponer sobre la divisa (en Pza. Belgrano de La Plata el 27/02/2004), lo siguiente:
Desde el Virreinato del Río de la Plata en 1776 hasta 1810 –que no pocos añoraron, con posterioridad, a ciertos go- biernos que se sucedieron a partir de la Revolución de Mayo y de la Independencia en 1816-, usáronse los colores de la
monarquía borbónica, tales como el blanco (si se le puede llamar color), que predominaba, y el rojo combinado con el albo (en España, a partir del año 1843, cobró carácter na- cional el rojo con el gualda, que venía usándose desde la guerra naval). Asimismo, se ha sostenido sin disidencia que tres fueron los monarcas hispanos, bajo cuyos reinados de- sarrollóse el proceso de gestación y nacimiento de la bande- ra, a saber: Carlos III estableció por Real Orden conceder el uso de la bandera a quienes hubieran prestado señalados a la Corona, poniéndola bajo la protección de la Inmaculada Concepción de María Santísima, e inspirándose, por ende, en la túnica y manto para los caballeros distinguidos, orde- nándose, entonces, una franja azul-celeste con periles
o ribetes blancos, colores que se repetían en cruces y cintas varias. Luego: Carlos IV, hijo del anterior, efectuó ciertos cambios en el diseño de la banda, pues las ordenó ensam- blar en tres franjas horizontales, de ancho similar, blanca, la central, y azul-celeste, las laterales (en algunos cuadros del monarca, se la puede admirar en su pecho, como en las obras de Goya, dedicadas a la familia real). Fernando VII, nieto del primero, reinando en los inminentes tiempos de la revolución maya, fue la época en que nació o surgió la enseña patria. En efecto, en la semana de mayo utilizáronse divisas y colores que inocultablemente adherían a la men- tada dinastía borbónica (y los tales “matices” no eran sino el rojo y el blanco, aunque el día 25 no se distribuyó cinta, ni divisa o enseña alguna en la Plaza Mayor).