CONCLUSIONS AND FUTURE WORK
6.1 Contributions
La finalidad constitutiva del modelo socialdemócrata de Estado de bienestar es alcanzar la justicia social. Mientras que el Estado democrático de derecho garantiza las libertades formales -todos los ciudadanos iguales ante la ley, incluyendo los mismos derechos políticos- el modelo socialdemócrata de Estado de bienestar pretendía además que todos gozasen de una libertad real, sin suprimir ni debilitar ninguna de las libertades formales. Además de disfrutar de los mismos derechos formales, habría que tener las mismas oportunidades de ejercerlos, lo que exige, por un lado, partir de un bienestar material equiparable, acortando las grandes diferencias sociales por medio, sobre todo, de la política fiscal y, por otro, haber compartido una misma educación que permita edificar una verdadera igualdad. Constitutivo del modelo socialdemócrata son, por tanto, una redistribución de la renta nacional, desde una perspectiva igualitaria, y una educación compensatoria que contribuya a aminorar las desigualdades sociales. La meta es genera- lizar unas condiciones socioeconómicas que, además de seguridad en los momentos crí- ticos, algo que ofrece ya el Estado social, contribuya a cambiar a la sociedad, haciéndo- la más igualitaria al poner a disposición de amplios sectores populares servicios que mejoren la calidad de vida.
Obsérvese que el modelo socialdemócrata de Estado de bienestar, no sólo protege a los más débiles, sino que ofrece mejoras sustanciales en la calidad de vida de amplios sectores sociales en la perspectiva de llegar a una sociedad más igualitaria. Así, por ejem- plo, supone un salto cualitativo en relación con el Estado social otorgar una ayuda que permita vivir a cualquier ciudadano que, por las razones que fuesen, no estuviera en con-
diciones, o no estuviera dispuesto a trabajar. El modelo socialdemócrata acabó con la maldición, altamente injusta, de que el que no trabaje, que no coma, porque sólo afecta a los que no tengan otros ingresos que los provinientes de vender la fuerza de trabajo, sin contar que suprimir este castigo bíblico dignifica el trabajo (salario y condiciones tendrán que estar en consonancia), al convertirlo, con la sobrevivencia garantizada, de algún modo en voluntario. Si el fin último es asegurar la libertad real de todos, nadie debiera estar obligado a nada, lo que supone que además de los derechos y libertades formales, se precise una base económica que haga efectiva las libertades formales. Únicamente sobre una economía sólida y equilibrada cabría ir desarrollando, paso a paso, un Estado de bienestar que implicase modificaciones significativas en las relaciones de clase.
En cambio, el modelo liberal de Estado social, al interesarse sólo por la protección de los más débiles en momentos de crisis temporal o definitiva, únicamente pretende per- petuar el sistema capitalista de producción. En vez de justicia social -en el capitalismo ésta noción no tiene sentido, ¿cuál es el precio justo de un bien o de un servicio?, el que marque el mercado- el concepto central es el de solidaridad, entendida como la obliga- ción de la sociedad de hacerse cargo de aquellos que no pueden cuidarse de sí mismos, ya de una manera definitiva, por incapacidad personal o vejez, ya por la situación por la que pasan, enfermedad o desempleo. El modelo socialdemócrata aspira a la justicia social y considera la política de igualdad social un instrumento imprescindible para construir una sociedad más justa; en cambio, el modelo liberal rechaza cualquier modificación del orden capitalista, máxime cuando éste se cuestiona apelando a la justicia, que considera un retroceso que en el fondo a todos perjudica: una sociedad que aspira a la justicia, entendida como igualación social, sería mucho menos eficiente. Para responder a las defi- ciencias, permanentes o temporales, de algunos sectores sociales, basta con la solidari- dad. Estudios empíricos muestran que en Europa existe un consenso mayoritario en que la sociedad debe ser solidaria, primero con los viejos, luego con los inválidos y enfermos y en tercer lugar, y en este orden, la sociedad ha de ocuparse de que todo ciudadano reci- ba un mínimo de educación que le permita desenvolverse en la vida. El modelo social- demócrata, en cambio, aspiraba a la igualdad y entendía las instituciones del Estado de bienestar, como derechos propios de la ciudadanía y no como dones de la solidaridad, el nombre nuevo que adquiere la caridad. En principio, a cada ciudadano habría que ofre- cerle la misma oportunidad de llevar a cabo el proyecto de vida que prefiera, que es algo muy distinto que ayudarle en los malos momentos por los que eventualmente pueda pasar.
Con las leyes e instituciones privadas a favor de los pobres en el “antiguo régimen” encontramos ya formas embrionarias del Estado social. En la caridad cristiana estuvo el origen del primer modelo conservador del Estado social. La noción de solidaridad que
introdujo el liberalismo (Friedrich von Hayek), no es más que la secularización laica de la caridad. La diferencia básica entre el modelo socialdemócrata y el liberal de Estado social de bienestar es el largo trecho que va de la justicia social a la solidaridad. Un hecho significativo, del que no siempre se mide todo su alcance, es que hasta los socialistas hablen hoy de solidaridad, la noción que introdujo el modelo liberal del Estado social, que ha reemplazado a la vieja noción de “justicia social” que, junto al afán de superar el capitalismo, son nociones que han desaparecido por completo para fundamentar el Estado social.
Una observación final. En Alemania o Francia no faltan voces que nos recuerdan que el modelo socialdemócrata de Estado de bienestar, tal como lo hemos descrito, fue más una construcción ideológica-programática que práctica cotidiana. La socialdemocracia desde finales del XIX se ha caracterizado por un pragmatismo a ras de suelo. En el fondo, el Estado social de los gobiernos liberal-conservadores y el de los socialdemócratas en los años sesenta y setenta no se diferenciaba tanto, como se refleja en los planteamientos teóricos. En los socialistas siempre ha sido grande el trecho que va del dicho al hecho.