Chapter 3: Methodology
3.4. Control parameters for mixed-mode buildings
Una condición indispensable del desarrollo económico es la existencia de una oferta de trabajo en expansión, móvil y adaptable. Para conseguir los cambios en la estructura y c-1 ritmo de crecimiento de la producción nacional que cons tituyen la revolución industrial, debe haber también pro fundos cambios en la cantidad y la cualidad de la fuerza de trabajo. En este capítulo examinaremos el carácter de es tos cambios tal como se manifestó en la primera revolución industrial e intentaremos explorar algunas de sus causas y consecuencias.
Para empezar, importa ver el factor de producción tra bajo con una cierta perspectiva. Si nos preguntamos cuáles son los principales determinantes del desarrollo económico por ejemplo, los podremos clasificar bajo cuatro grandes epígrafes: recursos naturales, progreso técnico, acumulación de capital y aumento de la oferta de trabajo. Es decir, el ritmo con que una economía puede desarrollar su produc ción de alimentos y de servicios depende de cuatro factores fundamentales:
1) El ritmo con que pueda ampliar sus existencias de re cursos naturales. Así, por ejemplo, un país que pueda po ner en cultivo nuevas tierras, explotar nuevos recursos mi nerales, construir nuevas carreteras en puntos hasta enton ces intransitables o hacer navegables ríos que no lo eran o lo eran únicamente en determinadas épocas del año puede aumentar su base de recursos y su producción por unidad de trabajo o de capital. En general, hay ciertos límites a la posible expansión de los recursos naturales de un país, aun que un país como los Estados Unidos en el siglo xix pudo continuarla durante mucho tiempo a base de extender sus fronteras. En la Inglaterra de finales del siglo xvm y co mienzos del xix estaba en marcha el mismo proceso, aun que en menor extensión, con la endosare de baldíos y la eliminación de los puntos de estrangulación cruciales en el
transporte, eliminación que permitió utilizar recursos mi nerales hasta entonces inaccesibles.
2) El progreso técnico permite también producir una ma yor cantidad de bienes y servicios con una determinada inver sión de trabajo y de capital. Una innovación en la técnica pro ductiva (una nueva rotación de los cultivos, por ejemplo, o la utilización del coque en vez del carbón vegetal) o una nueva máquina reducirán los costes y permitirán a los em presarios aumentar su producción por unidad de inversión. 3) El tercer determinante del ritmo de crecimiento eco nómico es la tasa de nuevas inversiones; es decir, el incre mento de la inversión (input) de capital en el proceso pro ductivo. Un mayor número de barcos o de canales permite transportar más mercancías; un mejor equipo para el bom beo de agua y los mecanismos de elevación permite extraer más carbón, etc.
4) El cuarto determinante del ritmo de crecimiento eco nómico es la tasa de expansión de la oferta de trabajo. Si los hombres trabajan con más intensidad o durante más tiempo o con mayor regularidad o si aumenta la población activa, aumenta también la producción de bienes y servicios.
Estos determinantes se relacionan estrechamente entre sí. Normalmente, es imposible, por ejemplo, ampliar las exis tencias nacionales de recursos naturales o introducir cam bios técnicos sin aumentar la tasa de inversiones. Al final, el capital requerido por unidad de producto puede ser me nor, pero en un primer momento la cantidad absoluta de capital requerido por el proceso productivo es casi siempre mayor. Y viceversa: un aumento de la tasa de inversión dará, a menudo, más valor a la oferta de recursos natura les existentes o elevará el ritmo del progreso técnico. Una nueva máquina es, en general, más moderna y eficiente que la que reemplaza y aunque las diferencias sean triviales en cada caso concreto el flujo continuo de estos perfecciona- j mientos menores en las técnicas o en las máquinas, junto con un aumento continuo de la formación de capital, darán lugar a una elevación también continua de la eficiencia del capital, a un continuo progreso tecnológico. Además, toda ampliación sustancial de las existencias nacionales de re cursos naturales o todo aumento apreciable de la inver sión de capital o todo progreso técnico significativo exigi rán, seguramente, o un aumento del número de personas de
dicadas a una actividad productiva o un desplazamiento de obreros de una ocupación a otra, o ambas cosas a la vez. Es difícil concebir una extensión de los recursos naturales o un aumento del capital nacional que no impliquen un au mento de la oferta de trabajo en el sector afectado. Incluso en los casos en que el cambio técnico en la revolución in dustrial permitió, ahorrar trabajo, -el inmenso impulso que dio a la expansión de las inversiones dio lugar a un aumen to neto de la demanda de trabajo.
En principio, un sector económico en expansión siempre puede atraer mano de obra ofreciendo a los trabajadores sa larios más elevados que los que cobran en otro lugar. Cuan do existe pleno empleo de la fuerza de trabajo, éste es el único medio de aumentar la producción. Si la reducción de costes debida a una determinada innovación es lo bastante grande y si los riesgos son escasos, quizá valga la pena ofre cer aumentos salariales importantes. En cambio, si existe una cierta cantidad de paro forzoso o de subempleo y, por consiguiente, no hay por qué atraer a los trabajadores em pleados en otros sectores, puede no ser necesario ofrecer salarios superiores al promedio existente. Es evidente que cuanto menor sea el aumento salarial necesario para atraer la adecuada fuerza de trabajo, más lucrativas serán las pers pectivas de una determinada innovación o de una nueva in versión. Una oferta de trabajo elástica —es decir, el acceso
a una oferta de trabajo abundante a un precio relativamen te bajo— es, pues, un factor enormemente atractivo para los inversores potenciales.
El hecho de que los empresarios británicos de finales del siglo x v i h y principios del xix pudiesen aumentar la pro
ducción y la capacidad industriales sin tener que enfren tarse con una elevación correspondiente de los costes a cau sa de un aumento de los salarios reales significó que los be neficios de la innovación se repartieron, sobre todo, entre el inversor y el consumidor. Esto aumentó grandemente el incentivo para la industrialización. Los beneficios aumen taron y los precios bajaron. Al aumentar los beneficios, los inversores se decidieron a dedicar una fuerte proporción de sus beneficios a nuevas inversiones y a aumentar todavía más, de este modo, la producción y las posibilidades de em pleo. Al bajar los precios, aumentó la demanda y dado que la demanda de productos manufacturados tendía a ser elásti
ca, los gastos totales crecieron pese a la baja de precios y la ampliación del mercado estimuló las inversiones ulterio res y la demanda de trabajo. Era un proceso acumulativo. El aumento de las inversiones aceleró el ritmo del progreso técnico: los productores adoptaron máquinas y técnicas cada vez más nuevas y esto significó un aumento de la producción
(output) con una menor inversión (input) de capital o de
trabajo. La abundancia de mano de obra barata fomentó, así, las nuevas inversiones y mantuvo un ritmo de progreso técnico que, al permitir ahorrar capital y trabajo, generó una expansión acumulativa y autorreforzada de la actividad económica.
Aunque en la segunda mitad del siglo xvni los produc tores tuvieron más dificultades para encontrar la mano de obra que necesitaban, es indudable que la fuerza de traba jo estaba lejos del pleno empleo y que aumentaba a un ritmo más rápido que en cualquier otra época anterior. Después de una fase de estancamiento en las primeras décadas del siglo, la población de Inglaterra y el País de Gales empezó a aumentar a un ritmo del 3’5 % por década hacia 1740 y al canzó un punto culminante en la década de 1811-1821: casi el 17 %. Se mantuvo en el 16 % en la década siguiente y du rante todo el siglo xix estuvo siempre por encima del 11 %, aunque nunca superó el 14 %.* En el momento culminante de la revolución industrial la población crecía a un ritmo del 1 '5 % anual, aproximadamente. Era un ritmo lento, en comparación con los explosivos índices que caracterizan al gunos de los actuales países en desarrollo, pero era supe rior al de cualquier otro período anterior en Gran Bretaña.
En las primeras fases, el aumento de la población se de bió sobre todo a los efectos combinados de una baja del ín dice de mortalidad infantil y de un alza del índice de na talidad: por ello el aumento se compuso en gran parte de niños. En consecuencia, hasta 1821 aproximadamente la fuer za de trabajo activa aumentó con más lentitud que la po blación total. Por otro lado, los niños del siglo xvm no te nían que esperar mucho para poder contribuir a los ingre sos de la familia. La industria doméstica daba trabajo a los niños casi desde que empezaban a andar y en las primeras factorías textiles se utilizaban niños pobres desde la edad de cinco años. La carga de los miembros dependientes de la sociedad tan frecuente en los casos de aumento de pobla
ción, fue, en general, menos pesada para la economía britá nica de finales del siglo xvm que en los países que en la ac tualidad están en vías de desarrollo, con niveles de trato más humanos a causa del ejemplo internacional. La conciencia de la comunidad se hizo más sensible a medida que fue trans curriendo el siglo xix y las Factory Acts, los inspectores de fábricas y las escuelas nacionales empezaron a sacar a los ni ños de las fábricas, pero el trabajo infantil continuó, en una forma u otra, durante más de un siglo después del comienzo de la revolución industrial. En 1871, el Medical Officer of
Health for the Local Government Board informó de que había
encontrado, todavía, a un niño de tres años en una fábrica de fósforos de Bethnal Creen.
Otro factor que contribuyó a aumentar la inversión de trabajo en el proceso productivo fue el aumento del pro medio de horas de trabajo por obrero y día. Esto era mucho más visible en las factorías que en la industria doméstica. Las factorías utilizaban mano de obra de jornada total (full-
time), es decir, mano de obra que permanecía junto a las
máquinas mientras éstas funcionaban, lo que quería decir, mientras existiese demanda para sus productos. Mientras de pendieron de la energía hidráulica, sus operaciones se vieron sujetas a interrupciones estacionales pero al introducirse la máquina de vapor y, sobre todo, cuando se utilizó el gas para iluminar las factorías, las máquinas sólo dejaron de fun cionar en las épocas de crisis. Los hombres, las mujeres y los niños trabajaban de doce a dieciséis horas, de día o de noche, en turnos continuos. Es discutible que el trabajo arrancado a unos niños que laboraban durante quince o die ciséis horas con temperaturas de más de 30" fuese más pro ductivo que, por ejemplo, once o doce horas trabajadas en condiciones más humanas y en factorías mejor acondicio nadas. Debió existir un límite más allá del cual el trabajo extra tenía que dar más resultados negativos que positivos, incluso en las operaciones no calificadas de la labor infan- lil. Sin embargo, es indudable que a medida que la gente fue abandonando la industria doméstica, que era una activi dad marginal de los agricultores, y se fue incorporando al trabajo en las factorías y los talleres, la inversión (input) efectiva de trabajo por miembro de la fuerza de trabajo aumentó. A medida que se fue incrementando el rendimien to por hectárea que los agricultores fueron abandonando los
barbechos para adoptar cultivos de tubérculos y raíces que requerían mayor empleo de trabajo y que la cría de ganado aumentó en complejidad, el jornalero agrícola medio de fi nales del siglo xviii pudo dedicar más horas de cada día y más días de cada año que sus predecesores a un trabajo remu- nerador.
Se acostumbraba a afirmar que al expulsar a los peque ños propietarios y los cottagers de la tierra y al despoblar las zonas rurales, las enclosures crearon la gran fuerza de trabajo proletaria que hizo posible la revolución industrial. Esta era la opinión que Oliver Goldsmith expresó en térmi nos literarios en su poema The Deserted Village y que más tarde Karl Marx formuló en términos políticos. Pero creo que se trata de una visión muy simplificada de lo que ocu rrió realmente.2 Que la enclosure contribuyó a destruir al gunas de las rigideces tradicionales que rodeaban a la fuer za de trabajo agrícola y que, al eliminar los derechos comu nales, expulsó los pocos cottagers autosulicientes que que daban, es algo que parece perfectamente plausible. Lo que no confirman los datos, en cambio, es que hubiese una cone xión general entre la enclosure y el movimiento de la fuer za de trabajo de la agricultura a la industria. El verdadero éxodo del campo no ocurrió hasta la segunda mitad del si glo xix, y aunque el proletariado rural aumentó algo en el curso de la revolución industrial la transformación no fue tan súbita y radical como se suponía tradicionalmente. Com parando los resultados del censo de 1831 con la tabla de Gre- gory King, Clapham llegó a la conclusión de que en aquella fecha había todavía sólo 275 familias de proletariado rural por cada familia rural propietaria, en comparación con una proporción de 175 a 1, ciento cuarenta años antes.3
El hecho es que el complejo proceso de cambio y de desarrollo económico que denominamos revolución indus trial —tanto en relación con la agricultura como con el trans-| porte, el comercio o la industria— fue un proceso que re quirió un aumento masivo de la inversión de trabajo y cons tituyó, en parte, la ocasión de este aumento. Las factorías ofrecieron un empleo pagado no sólo a los hombres sino tam bién a las mujeres y a los niños, grupos que raramente ha bían podido trabajar en tareas que no fuesen estacionales o parciales, durante la época de la industria doméstica. Sería erróneo, sin embargo exagerar el alcance de las nuevas po-
oibilidades. Sólo una pequeña parte de la población tenía acceso al empleo en una factoría y muchos obreros fabriles desplazaron a otros que sólo trabajaban parcialmente en la lábrica. Es indudable, sin embargo, que tanto por su alcan ce como por su número las oportunidades económicas au mentaron en todos aquellos casos en que la producción cre ció más rápidamente que los costes de la misma; es decir, en todos aquellos casos en que el progreso técnico adquirió una fuerza apreciable.
La relativa estabilidad de los precios confirma que había trabajo disponible para satisfacer ia nueva demanda. Las categorías especiales de trabajadores —como los tejedores en los primeros años, cuando las máquinas hiladoras pro ducían más hilo del que podían tejer o como los ingenieros, cuando aumentó la demanda de maquinaria— ganaron a ve ces salarios de verdadero boom. Pero para la gran masa de la población trabajadora los salarios diarios no aumen taron de manera clara o sostenida a lo largo del período 1780-1830, si tenemos en cuenta el alza de los precios alimen ticios durante los años de guerra. Esto constituye, en sí mis mo, un hecho notable, y a veces se ha pretendido que la clástica oferta de trabajo que refleja constituyó una de las principales razones de la enorme expansión de la economía británica en este período. En una famosa nota, por ejemplo, el profesor Hicks sugiere que «toda la revolución industrial de los últimos doscientos años no ha sido más que un vasto
boom secular, inducido, en gran parte, por un aumento sin
precedentes de la población*.4
Decir que la abundancia de mano de obra barata fue un tactor crucial para mantener el ímpetu de la revolución in dustrial británica no quiere decir, sin embargo, que se pro pugne una economía de bajos salarios, como la que querían los mercantilistas de los siglos xvii y xvm. El argumento de
sapareció a medida que progresó la industrialización. Man- deville, por ejemplo, afirmó en 1705, en su Fable of the Bees, que «en una nación libre, donde no se permiten los escla vos, el medio más seguro de obtener riqueza consiste en man tener una multitud de pobres laboriosos».5 Arthur Young planteó la cuestión de manera más radical en 1771: «Sólo los idiotas ignoran que se debe mantener a las clases más bajas en la pobreza para que sean industriosas.»6 En sus
mes Stewart expuso una concepción más compleja del desa rrollo económico, no exenta de un cierto tono de moderni dad. Stewart reconocía que los salarios altos aumentaban el poder adquisitivo de los consumidores, lo cual estimulaba la demanda y, por consiguiente, lo producción. Pero consi deraba que la elevación de salarios limitaba la expansión del sector de exportación. En ausencia de un progreso técnico continuo —argüía— el alza de los salarios frenaría el desa rrollo económico nacional al hacer aumentar los precios do mésticos más que los de los competidores extranjeros, re duciendo, de este modo, el mercado para las exportaciones.7 Adam Smith veía la cuestión con más optimismo. En su
Wealth of Nations, publicada en 1776, señala que, por un
lado, la miseria producía un elevado índice de mortalidad infantil y reducía con ello la oferta de trabajo; por otro lado, los salarios altos daban al trabajador un incentivo para trabajar con más intensidad. «La recompensa liberal del tra bajo —escribía— fomenta la propagación e incrementa la industriosidad de la gente común... cuando los salarios son altos los obreros son más activos, diligentes y eficaces que cuando son bajos; así ocurre en Inglaterra, más que en Es cocia; en las cercanías de las grandes ciudades más que en las remotas zonas rurales.» "
Es significativo también, que Adam Smith se ocupase específicamente de la teoría de la «curva de la oferta de tra bajo en retroceso», teoría utilizada hoy a menudo para ex plicar el comportamiento de la fuerza de trabajo en algunas de las regiones preindustriales del mundo. Esta teoría afir ma que, en algunas zonas económicamente atrasadas la fuer za que trabaja se comporta de manera muy diferente a lo que sería de esperar. En vez de ofrecer más trabajo por sa larios más altos —en cuyo caso la inclinación de la curva de oferta sería «normal» (es decir, subiría de izquierda a de-| recha)— hace lo contrario. La razón es que la demanda de ingresos monetarios de los trabajadores de estas zonas es limitada y un salario más alto permite al obrero alcanzar el nivel de ingresos deseado en menos tiempo que antes: por esto trabaja menos días. Adam Smith admitió la exis tencia de esta actitud, pero negó que fuese aplicable a la mayoría de los obreros: «Es cierto que algunos obreros, cuando han ganado en cuatro días lo suficiente para mante
nerse dejan de trabajar los otros tres. Pero no es ésta la actitud de la mayoría.» 9
Lo interesante en la interpretación de Adam Smith es que marca una fase de transición en la experiencia económica in