• No results found

Chapter 3: Methodology

3.6. Simulation software

3.6.3. Coupling technique

Una de las ventajas con que contó Gran Bretaña al en­ trar en la primera revolución industrial fue un sistema mo­ netario y bancario altamente desarrollado. Era muy desa- i rollado en comparación con los sistemas monetarios de muchos de los actuales países subdesarrollados y, desde lue­ go, en comparación con la mayoría de los entonces existen­ tes en Europa. Le faltaba, sin embargo, mucho camino por recorrer antes de alcanzar el nivel del Estado moderno que ejerce un control directo y deliberado sobre su propia ofer­

ta monetaria. ¿Hasta qué punto el sistema bancario de fi­ nales del siglo xviii cumplió eficazmente su tarea de sumi­ nistrar a una economía en proceso de industrialización los recursos financieros móviles que requerían el cambio y el desarrollo económicos?

En 1750, el Banco de Inglaterra llevaba ya más de medio siglo de existencia. Se había fundado en 1694, durante el

boom de promoción de compañías de los años 1690: tenía

un capital de un millón y medio de libras esterlinas y su principal objetivo era suministrar dinero al Gobierno. Al cabo de un año, se encargó de transferir moneda extranjera para financiar las guerras del holandés Guillermo contra Luis XIV. En 1700 se ofreció a guardar el oro importado y pronto empezó a hacer préstamos contra estos depósitos En 1720 era la principal fuente del oro de la ceca y de las guineas del público. Capeó la tempestad del asunto de la South Sea, que destruyó tantas compañías fundadas en los anteriores períodos de auge de las sociedades por acciones. Desempeñó un papel clave en la decidida y triunfante polí­ tica de Walpole para aligerar la carga de la deuda nacional en los años 1720 y 1730. En la década de 1750 las relaciones entre el Banco y el Tesoro se regularizaron y formalizaron completamente. Y el Gobierno, que en la época de los Stuart había sido uno de los prestatarios más insolventes y menos, de fiar, se convirtió en uno de los canales de inversión más seguros. Por entonces, el Banco era ya el banquero del Go-

bierno y de la mayoría de sus Departamentos. Había empe­ zado como una «especulación con un futuro incierto» y se había convertido en una institución nacional,1 aunque no fuese todavía un banco central que controlase la oferta mo­ netaria.

En principio, la libra del siglo xviii se basaba en la pla­

ta —era la libra esterlina (sterling). Desde la época isabeli- na la libra inglesa se había identificado con una cantidad fija de plata. El valor de la guinea de oro se fijó en términos de un cierto número de chelines. Pero la plata escaseaba en la mayor parte de Europa y más todavía en el Lejano Orien­ te, donde el precio del mercado era más alto que el de la ceca inglesa. A los comerciantes les resultaba, pues, mucho más comprar plata al precio inglés y transportarla a la Eu­ ropa continental y al Lejano Oriente a cambio de oro. El resultado inevitable fue una degradación de la moneda de plata inglesa; y cuando con la acuñación de 1696-1698 las pie­ zas de plata recortadas se reemplazaron por monedas de plata con todo su peso, con bordes acordonados, éstas de­ saparecieron gradualmente de la circulación. La ceca no es­ taba, en realidad preparada para seguir acuñando nuevas monedas de plata a este precio. Por ello, en la década de 1760 había muy pocas monedas de plata en circulación, aparte de algunas piezas de un chelín y de seis peniques, muy usadas. De hecho, aunque todavía no de derecho, Inglaterra había adoptado el patrón oro. En la década de 1770 se reconoció formalmente (aunque no se legalizó todavía) con una refor­ ma de la acuñación que volvió a poner en circulación las pe­ queñas monedas de oro y limitó el curso legal de la plata a los pagos que no excediesen de veinticinco libras. El reco­ nocimiento legal de la situación no llegó hasta 1816, cuando el oro fue declarado patrón único y adquirió la plenitud del curso legal.

Además de las citadas, se utilizaban normalmente otrasi formas de moneda a mediados del siglo x v i i i. Los primeros*

cheques de que tenemos noticia datan de finales del si­ glo x v i i, aunque es dudoso que llegasen a generalizarse an­

tes del siglo xix. Más importancia tenían los billetes de ban­ co, es decir, las promesas de pagar al portador una cantidad especificada, si lo pedía. El Banco de Inglaterra los emitió para sus depositantes desde el primer momento (aunque hasta avanzado el siglo no empezaron a emitirse por cantida­

des redondas) y se utilizaron libremente como equivalentes a la moneda en metálico —con la cual podían cambiarse fá­ cilmente— para el pago de las deudas entre individuos. Los bancos privados también emitían billetes. En Londres, nin­ guno tenía la reputación del Banco de Inglaterra y por ello los billetes privados desaparecieron prácticamente en los años 1770. Pero en Escocia había una larga tradición de emi­ sión de billetes privados y en el resto de Inglaterra los ban­ cos provinciales emitían billetes al portador para la circula­ ción local.

La cantidad de dinero suministrada a una economía es una cuestión de la máxima importancia para su desarrollo, porque influye en el nivel de precios y, a través de éstos, en el nivel y a veces en el carácter de la actividad económica. Si la oferta de dinero no aumenta al mismo ritmo que la ex­ pansión de los negocios en una determinada economía —es decir, si el dinero escasea más que las mercancías— los pre­ cios tienden a bajar, los productores pierden su incentivo y a los empresarios les es más difícil obtener los recursos financieros que necesitan para poner en marcha o ampliar sus negocios. Y viceversa: si el dinero se emite con exceso, los precios suben y las inversiones tienden a reducirse en los sectores de actividad más inmediatamente afectados por el alza de precios. En algunos de los actuales países subde­ sarrollados, por ejemplo, la inflación tiende a estimular in­ debidamente las inversiones en la construcción de edificios residenciales, en los que el alza del valor del capital ofre­ ce unas perspectivas de beneficios totalmente desproporcio­ nados a la productividad real de los nuevos edificios. En una economía preindustrial, en la que las comunicaciones son reducidas y a veces azarosas —como ocurría en Gran Bretaña en el siglo xvm— existe, además, el problema de trasladar dinero en cantidad suficiente a las regiones en ex­ pansión.

¿Cuáles fueron los determinantes de la oferta de dinero en la primera revolución industrial? ¿Que influencia tuvo ésta en el nivel de precios y en el estado de los negocios? El volumen del dinero en circulación dependía esencialmente de la oferta de oro al Banco de Inglaterra; y ésta, a su vez, dependía, en parte, de la demanda y de la oferta mundiales de oro y, en parte, de la balanza comercial británica. Pues si las exportaciones eran mayores que las importaciones, se

producía, en general, una afluencia de oro; y viceversa, si las importaciones superaban a las exportaciones, el exceso te­ nía que financiarse con la exportación de oro. En efecto, el oro era la moneda internacional con la que se saldaban las deudas importantes entre las personas de diferente naciona­ lidad. La capacidad del Banco de poner en circulación mo­ nedas de oro dependía del precio a que tenía que pagar el oro en el mercado mundial y, por consiguiente, de los inter­ cambios con el exterior, pues esto era lo que determinaba el valor en oro de la libra esterlina.

La relación entre la oferta de oro y la circulación de mo­ nedas de oro, es, pues, evidente. Había también una relación, aunque menos directa y automática, entre la oferta de bille­ tes de banco y la del oro. La complicación era que no sólo emitía billetes el Banco de Inglaterra sino también los ban­ cos provinciales de Inglaterra y los bancos de Escocia. No sabemos qué proporción de la emisión global de billetes in­ gleses correspondía a los bancos de provincias, pero es in­ dudable que la cantidad emitida por ellos era importante, tanto desde el punto de vista cuantitativo como del cualita­ tivo.2 Los billetes del Banco de Inglaterra no eran de uso comúp fuera de Londres, porque sólo se podían convertir en metálico en Londres y se utilizaban para cantidades re­ lativamente importantes. Hasta la década de 1790, el Banco no emitió nunca billetes de menos de diez libras. Los pro­ blemas del transporte rápido entro Londres y las regiones y el peligro del bandidaje hacían que los comerciantes no estu­ viesen muy dispuestos a transportar grandes cantidades de di­ nero en metálico entre Londres y las provincias. A los que que­ rían disponer de dinero metálico y de billetes para las tran­ sacciones cotidianas con los jornaleros y los comerciantes les era más cómodo recurrir a los bancos provinciales, que emi­ tían billetes de valor más bajo (por ejemplo, de una libra), localmente convertibles, y que a veces emitían billetes dei más valor (por ejemplo de cinco y diez libras) convertibles* en Londres y en la región donde eran emitidos. Los datos de que disponemos parecen indicar que los billetes al por­ tador convertibles a voluntad llegaron a ser de uso común en las provincias a finales de la década de 1780 y que por entonces su valor global era igual o superior al de los bille­ tes en circulación del Banco de Inglaterra. Pero las estadís­ ticas no son concluyentes al respecto. Existen cifras relati­

vas a un impuesto sobre la impresión de billetes a partir de 1784 pero hasta 1804 no diferencian los billetes al portador de las demás formas crediticias (por ejemplo, letras de cam­ bio), ni siquiera entonces son indicadores seguros de la cir­ culación total o de las variaciones en la circulación porque no toman en cuenta los billetes inutilizados y los billetes estampados y no puestos en circulación. En 1808-1809, que fue, probablemente, el año en que las emisiones privadas se acercaron más a la circulación privada total, los datos indi­ can que esta última se aproximaba a los veinte millones de libras, cifra que hay que comparar con la de las emisiones del Banco de Inglaterra: 171’5 millones de libras. Parece, sin embargo, que durante las dos últimas décadas del si­ glo xvin y las tres primeras del xix, los billetes emitidos por los bancos provinciales tenían el mismo orden de importan­ cia en la oferta nacional de dinero que los billetes emitidos por el Banco de Inglaterra.

Esto complica grandemente la cuestión de qué fue lo que determinó la oferta de dinero. Para empezar, podemos dar por supuesto que tanto los bancos privados como el Banco de Inglaterra concedieron lodo el crédito que quisieron (y que, por lo tanto, emitieron un volumen correspondiente de billetes). Pues eran estas transacciones —sus préstamos al resto de la sociedad— lo que les daba beneficios y justifica­ ba su existencia. Un comerciante, por ejemplo, pagaba las mercancías que compraba con una promesa de pago a fe­ cha fija —digamos, al cabo de tres meses—; esperaba que mientras tanto habría vendido una cantidad de mercancías suficiente (vendido o lo que hiciese con ellas) para pagar la deuda. El vendedor de las mercancías no tenía que esperar los tres meses, si podía conseguir que un banco le descon­ tase la letra, es decir, que le pagase inmediatamente la can­ tidad debida menos una cantidad que representaba el tipo de interés más una prima para compensar el riesgo de una posible quiebra del deudor. Este margen constituía el bene­ ficio del banco. Si el comerciante gozaba de crédito, el ban­ co podía esperar que la cantidad le sería pagada totalmente en la fecha estipulada; en este caso, todo el descuento se convertía en beneficio.

Cuando el comercio estaba en auge y los pedidos fluían libremente, el número de receptores de promesas de pago que buscaban el reembolso inmediato, en billetes o en me­

tálico, en los bancos debía ser muy grande; y los bancos es­ taban deseosos de satisfacer a aquellos clientes si el crédi­ to era bueno, con la única limitación de la prudencia im­ puesta por la necesidad de disponer de suficientes reservas para cubrir la posible demanda de los depositantes. Hoy, la proporción de los fondos bancarios que se considera como, reserva necesaria contra una súbita demanda de los depo­ sitantes se fija con límites muy estrechos y rígidos. Pero se trata de una innovación moderna, relacionada con la polí­ tica también moderna de control central del crédito y de la oferta de dinero. Los banqueros del siglo xvm no se consi­ deraban instrumentos de la política monetaria. Eran puras instituciones con propósito de lucro, que sólo tenían obliga­ ciones para con sus accionistas y depositantes, y no con el público en general. Operaban con unas reservas en metáli­ co flexibles, basadas en la valoración de los riesgos que co­ rrían al ampliar el crédito. Si los negocios iban bien y los riesgos de que los deudores tuviesen dificultades o de que sus propios depositantes retirasen el dinero eran escasos, podían operar con unas reservas muy bajas. Si las perspec­ tivas no eran tan favorables, podían mantener unas reser­ vas más altas. El Banco de Inglaterra operaba con un prin­ cipio similar. También adoptó la política de descontar los efectos comerciales que consideraba seguros y permitió que su reserva de oro fluctuase ampliamente. Al mismo tiempo, se sintió obligado a satisfacer todas las demandas guberna­ mentales de crédito que ofreciesen un tipo de interés razo­ nable.

En aquel sistema, los límites del crédito y de la emisión de dinero dependían del volumen de los depósitos y del cli­ ma de confianza pública. El Banco de Inglaterra no podía prestar cantidades superiores a las que los depositantes le habían confiado; y mientras mantuviese la promesa de con­ vertir todos los billetes en oro no podía prestar más de lo que sus depositarios —o los que disponían de billetes con* tra estos depósitos— quisiesen retirar normalmente en me­ tálico. Del mismo modo, los bancos provinciales, cuya reser­ va consistía en billetes (de otros bancos, entre ellos el Ban­ co de Inglaterra) y en dinero metálico no podían pagar más de lo que podían llegar a necesitar. En último término, lo que fijaba el límite a la expansión del crédito era la canti­ dad de oro existente en el país. Esta situación perduró has-

ta 1797, cuando se suspendieron súbitamente los pagos en efectivo y se liberó al Banco de Inglaterra de su obligación de convertir los billetes en oro.

Un sistema de crédito que dependía tanto del estado de la confianza pública era demasiado inestable: estaba a mer­ ced de cualquier acontecimiento que perturbase esta con­ fianza. Cabe decir, sin embargo, que dado que el sistema no estaba articulado en absoluto, la pérdida de confianza en una región podía saldarse simplemente con algunas ban­ carrotas locales. Si la perturbación era general, la tensión principal recaía sobre el Banco de Inglaterra, depósito final de la única reserva metálica verdadera. Esto es lo que ocu­ rrió en 1797, cuando se decidió eliminar esta presión rom­ piendo el vínculo entre el oro y la oferta de dinero. ¿Cuáles fueron las razones de esta decisión?

La primera causa era que el oro estaba saliendo del país y no había ninguna perspectiva inmediata de que el proceso se detuviese. En el siglo xvm se habían producido ya mu­ chas salidas masivas de oro. En la crisis de 1783, por ejem­ plo, el balance del mes de agosto en el Banco puso de relie­ ve que la reserva de oro había bajado a menos de 600.000 li­ bras —inferior al nivel a que se suspenderían los pagos en efectivo en 1797. Pero la crisis de 1783 era una de las secue­ las de la guerra norteamericana. Nadie esperaba que durase mucho tiempo. Las perspectivas comerciales eran mejores que unos años antes. No había razón alguna para esperar una retirada masiva de fondos de los bancos, y éstos siguie­ ron descontando confiadamente los buenos efectos comer­ ciales y mantuvieron el nivel del crédito. La confianza re­ sultó justificada; el comercio prosperó; el oro volvió al país y en 1789 la reserva de oro en barras subió a un nivel equi­ valente a más de la mitad de los billetes y depósitos totales del Banco; era, desde luego, una reserva confortable.

Como ya hemos visto, el sistema de crédito dependía de la confianza mutua entre los prestamistas y los prestatarios. Si los comerciantes y los industriales podían confiar en la posibilidad de descontar fácilmente sus letras, podían se­ guir expandiendo sus actividades, siempre que viesen la po­ sibilidad de aumentar sus beneficios. Si los depositantes con­ fiaban en los recibos en papel para realizar sus inversiones, los banqueros podían seguir ampliando el crédito y emitien­ do nuevos billetes en favor de los que parecían tener posibi­

lidades de obtener buenos beneficios en sus actividades. Cuando los depositantes tenían la sensación de que los ban­ cos no podrían cumplir su promesa de convertir los bille­ tes en oro, se apresuraban a retirar su parte. Si el Banco de Inglaterra hubiese sido el centro de esta estructura cre­ diticia —como lo es hoy—, con la obligación de acudir en ayuda de los bancos asaltados por sus depositantes y capaz de influir directamente en las posibilidades crediticias de ios demás bancos, la solvencia del sistema habría dependido de la situación y de la política del Banco. Pero, aunque el Banco de Inglaterra era en el siglo xvm el eslabón más im­ portante de la cadena, no era más que uno de tantos centros emisores de billetes y una perturbación seria en la cadena, de la confianza en un sector sobre el cual no tenía influen­ cia alguna podía conmover toda la estructura del sistema crediticio. Si tenemos en cuenta la multitud de pequeños bancos de emisión que funcionaban en Inglaterra en el úl­ timo cuarto del siglo, parece asombroso que el colapso de la confianza no se produjese antes. Las razones son, esen­ cialmente, dos. La primera cabe buscarla en la solidez de la mayoría de los bancos provinciales. Algunos quebraron pero la mayoría eran dirigidos por hombres muy capaces que traían los depósitos de sus vecinos porque todos sabían que eran personas de confianza, y que abrían crédito a la gente que conocían para negocios que comprendían después de un atento examen de las perspectivas de los prestatarios. Ha­ bía, desde luego, un cierto riesgo en prestar dinero a los empresarios en una economía recientemente industrializada, pero los riesgos se asumían con inteligencia y se repartían por toda la sociedad. La otra razón de la relativa estabilidad del sistema era que la revolución industrial ejercía ya una fuerte presión al alza sobre el índice de crecimiento econó­ mico. Las perspectivas comerciales eran tan buenas que siem­