3.0 ASSESSING THE TWO HVDC LINES IN THE EDMONTON-CALGARY CORRIDOR
3.4.2 COST OF GENERATION RE-DISPATCH AND/OR ALTERNATE GENERATION EXPANSION CASES
Hay muchos y variados aspectos que pudiera analizar y reflexionar en relación a la paciente presentada y al proceso psicoterapéutico realizado con ésta; sin embargo me centraré en aquellos que van en la dirección de los objetivos que orientan este trabajo. De esta manera, la discusión estará focalizada en identificar las principales situaciones traumáticas vividas por ella, en revisar y comprender los síntomas y algunos aspectos de la subjetividad de Paz a la luz de sus experiencias traumáticas, y en analizar y reflexionar acerca de las principales dinámicas y procesos que han emergido en el espacio clínico, observando cómo se encuentran (o desencuentran) nuestras subjetividades y cómo se hacen presentes sus experiencias traumáticas en nuestra relación.
La discusión estará apoyada en los autores expuestos en el marco teórico, es decir en representantes del psicoanálisis relacional e intersubjetivo, en particular en Bromberg, aun cuando también recogeré planteamientos formulados por algunos de los precursores de esta perspectiva, por autores dedicados a la integración psique-soma y por terapeutas que han escrito sobre trauma desde una perspectiva psicosocial.
a. BUSCANDO IDENTIFICAR LAS EXPERIENCIAS TRAUMÁTICAS DE PAZ En la historia de Paz percibo varios eventos, a mi juicio, traumáticos, en la medida en que, como diría Winnicott (1963?), constituyeron grandes discontinuidades, “cortes” reales en la continuidad de su existir. Dentro de éstos identifico el Golpe de Estado y el inmediato presidio del padre, la huida hacia Argentina, el tener que refugiarse abruptamente en Finlandia estando además embarazada y el retorno a Chile. Todos ellos marcaron un cambio abrupto en la trayectoria de su vida.
Estos eventos calzan muy claramente con aquellas definiciones de trauma concebido como una ruptura inesperada que sobrepasa las capacidades para hacerle frente. Cabe, por ejemplo, recordar que para Ferenzci (1934) el trauma consiste en una conmoción psíquica, un “choque” para el que no existe previa preparación, que implica destrucción y aceptación sin posibilidad de resistencia. También resulta interesante considerar las ideas de Winnicott (1963?) quien asocia este concepto con intrusiones ambientales demasiado poderosas y desestabilizadoras, ante las cuales las defensas yoicas no son suficientes, por lo que la persona afectada siente la emergencia de lo que él llama las angustias primitivas. Para ambos autores el trauma implica además una pérdida de la confianza en el medio (Ferenczi, 1931, Winnicott, 1965), lo que es claramente observable en Paz, desde que era una niña.
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Sin embargo, junto con los eventos recién mencionados, me impresiona cómo ella, especialmente entre los cinco y los veinte años, vivió constante y crónicamente atemorizada, emoción que se prolonga hasta el día de hoy. Un primer periodo con este tinte es el que ocurre desde que su padre es detenido hasta que, seis meses después, regresa tan demacrado que ella por un instante no lo reconoce. En esta etapa Paz estuvo en casa de su abuela paterna, sin poder comprender bien dónde estaban sus padres ni qué había pasado exactamente en el país. Sólo recuerda que permanecía “detenida mirando por la ventana”, como si ella también hubiera estado presa; en su caso, “presa” de su propia angustia. Luego creció atemorizada de que sus padres y hermanos -o tal vez ella misma- fuesen detenidos, ya fuese a causa de “esconder” personas clandestinas o debido a la participación política activa de los hombres de la casa. A esto se sumaba la tensión de percibir dificultades conyugales (infidelidad, críticas del padre a la madre por la crianza, discrepancias en los padres respecto al uso del dinero) y la molestia de tener un padre cariñoso, pero machista y muy poco permisivo con ella. Finalmente, en Argentina, ella y su familia pasaron a ser los clandestinos que debían ocultar su identidad, con el consiguiente sentimiento de amenaza constante para Paz.
En Finlandia la vida fue algo más fácil y al menos no había que esconderse ni huir. Por último, tras retornar a Chile, si bien ya no siente el temor a la persecución política, vive en una constante angustia a causa de su muy precaria situación económica. Es como si desde los cinco años de edad en adelante, Paz viviera sin paz.
Estimo que esta vida cotidiana, en constante situación de tensión y amenaza, también terminó siendo traumática; tanto o más que los eventos ya mencionados. Me conmueve observar cómo, desde pequeña, vivió tan asustada y tan sola con sus temores, en un contexto no contenedor. Tenía, y aún tiene, pesadillas en que visualiza persecuciones y matanzas, y en las que ella misma corre peligro de ser encontrada por sus perseguidores.
Considero que estas experiencias amenazantes instaladas en el día a día, pueden ser consideradas como expresión de lo que Khan (1963) llama un trauma acumulativo, es decir, como irrupciones ambientales cuyo impacto no es obvio a simple vista ni en el breve plazo, pero que igualmente constituyen un trauma. Efectivamente, vivir con el temor constante a que sus familiares o ella misma fuesen detenidos y posiblemente torturados, expulsados o asesinados parece haber sido un peso muy grande para esta niña delicada y menuda, y posiblemente para cualquier niño/a. Es un temor y un peso que todavía ella carga, aunque ya no se siente perseguida por los militares si no por la mala suerte. El peso ya no lo siente en la espalda como cuando pequeña sino que en todo el cuerpo. Se siente atada y rígida como un “bloque de cemento” que le impide moverse.
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Mientras escribo esto, me planteo que el trauma acumulativo silencioso, sumado a los eventos traumáticos puntuales pueden alcanzar una mayor gravedad cuando se dan –como en este caso- en un contexto de persecución política, por la realista sensación de inescapabilidad. En este sentido, el contexto en el que le tocó crecer a Paz fue claramente de traumatización extrema. Cabe recordar que este concepto, desarrollado por Bettelheim a partir del Holocausto, alude a situaciones en que un grupo de seres humanos se vuelve contra otro, buscando voluntariamente hacerle daño. Se trata de situaciones sin salida, de duración incierta, en que las acciones de los perseguidores son impredecibles y de las cuales no se puede escapar (Bettelheim, 1981; Castillo y otras, 1996; Faúndez, 2012).
Creo que al menos hasta llegar a Finlandia, Paz vivió bajo este tipo de amenaza: siempre estaba la muerte persiguiéndola. Posiblemente los escenarios posteriores fueron menos peligrosos, pero nunca tranquilos del todo. Así ella considera que donde vivió mejor y pudo alcanzar una mayor seguridad personal fue en Finlandia, sin embargo la vida allá tampoco fue del todo óptima. Por ejemplo, pese a tener garantizado su bienestar económico, se sintió desarraigada de sus amigos y proyectos en Chile y forzada a adaptarse a una realidad extremadamente diferente a la de Latinoamérica, en múltiples aspectos como la cultura, el idioma y el clima. Además a veces se sintió excluida del grupo de pares y en ocasiones se sintió criticada por su incorrecto dominio del lenguaje. Por otra parte, desde el retorno, si bien no se siente perseguida políticamente como en los años de Dictadura, se siente violentada por un estado y una sociedad que no reconocen ni validan su padecimiento y que, por lo mismo, no reparan.
Frente a esto me parece útil recordar a Ferenczi (1931, 1933, 1934) y a Stolorow y Atwood (2004), quienes plantean que una parte central, o tal vez la principal del trauma, es el no reconocimiento del medio. Incluso estos últimos autores, señala que “dolor no equivale a patología” (p.101), refiriéndose a que efectivamente para que una vivencia difícil se transforme en traumática es necesario un ambiente sin capacidad de respuesta (de validación, de apoyo, etc.) hacia la persona afectada. Si bien en su familia de origen pueden reconocer -aunque parcialmente a mi juicio- lo difícil que ha sido para Paz vivir las experiencias traumáticas ya mencionadas, desde la sociedad chilena ha habido una muy insuficiente reparación hacia las víctimas de la dictadura como ella. De hecho Paz esperaba tener ayudas más concretas para insertarse tras el retorno y para encontrar trabajo. Pero nada de ello ocurrió e incluso tuvo problemas excesivos para revalidar su título. Esto es coherente con lo que plantea Díaz (1994) cuando señala que a partir del fin de la dictadura, termina la represión pero el trauma continúa por la falta de reparación por parte de la sociedad y el Estado y por el aislamiento social que afecta a
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quienes vivieron represión política. También va en la misma línea de lo que expresa Rebolledo (2004) al referirse a lo difícil que ha sido el retorno para los exiliados, tanto por el estigma de su condición como por la dificultad de insertarse laboral y socialmente.
Por otra parte, se podría plantear que Paz vivió un “trauma relacional temprano”, en el sentido que le da Gómez a este concepto (2013), quien utiliza este término para referirse al trauma de los descendientes directos de adultos afectados por traumatización extrema de origen político, asociado al deterioro de las capacidades parentales de sus padres, dado el contexto de persecución. Señalo esto, en la medida en que, al menos desde el Golpe de Estado, ocurrido cuando Paz tenía cinco años, el ambiente protector que le daba su familia cambió abruptamente, dejando de ser un medio contenedor. Como ya he señalado, sus padres estuvieron centrados en sobrevivir y escapar de la represión política y además enfrentaron dificultades conyugales que los llevaron a estar poco disponibles para la crianza. Incluso puede que su contexto familiar previamente no haya sido suficientemente contenedor (padre muy ocupado durante la UP, traslado temporal de la familia a Tomé, eventuales conflictos de pareja previos al Golpe), pero esto no es del todo claro y además ella tiene el recuerdo de haber sido una niña feliz antes de 1973.
Lo que sí es claro es que Paz se sintió sola y apesadumbrada durante su infancia en dictadura, aparentemente por la suma de situaciones políticas y familiares que la angustiaban y porque su aflicción no fue percibida y menos reconocida, ni por sus padres, ni por el contexto social más amplio. Esto es coherente con lo que plantea Castillo (2013), quien menciona que los niños no escapan a los efectos de
la violencia –en este caso violencia política- señalando que incluso los efectos
pueden ser mayores en ellos que en los adultos.
Además, se puede señalar que Paz, en la medida en que es hija de un hombre perseguido por la dictadura y tomado prisionero en los comienzos de ésta, ha recibido una transmisión transgeneracional del trauma experimentado por su padre a causa de la violencia política. Ella nunca se ha atrevido a preguntar respecto a lo vivido por él en prisión. Al respecto, cabe recordar lo difícil que es para Paz hablar del Golpe. Parece constituir una situación tan traumática que aún le es difícil, o tal vez no puede ponerle palabras, simbolizarla.
La soledad y el sufrimiento de Paz cuando pequeña me recuerda aquella sesión en que me habló de su pequeña alumna finlandesa que pintaba y trasladaba piedras, conducta que ella y sus colegas interpretaron como una representación del gran peso que cargaba pues había problemas en su hogar. Ella misma parece haber sido una niña frágil, con un gran peso en sus espadas y con un dolor
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invisible para los demás. Todavía en la adultez, muchas veces me parece una niña, buscando adultos que la miren y la ayuden a cargar sus piedras.
b. REVISANDO Y COMPRENDIENDO CÓMO LAS EXPERIENCIAS TRAUMÁTICAS VIVIDAS HAN INFLUIDO EN SU SUBJETIVIDAD Y SE HAN EXPRESADO A TRAVÉS DE SUS SÍNTOMAS
Para comenzar, creo importante explicitar que mi interés en la subjetividad de Paz -sus principios organizadores, sus estados del self- y en particular en los síntomas de esta paciente, es absolutamente inseparable de lo que ambas hemos experienciado en nuestro encuentro en el espacio clínico. Es más bien desde allí, y desde mi propia subjetividad e historia que me pregunto “¡¿cómo tanto?!”, “¿qué le “pasó”?” o “¿qué le “hicieron” a Paz que siente, piensa, actúa y reacciona del modo en que lo hace?”, modo que a mí me parece peculiar y generador de más sufrimiento. Asumo que otro terapeuta, habría percibido sus síntomas de manera sutilmente distinta, habría puesto el foco en otras luces y se habría impactado de una manera diferente. Ella también habría sido sutilmente otra.
Por esto analizar cómo las experiencias traumáticas vividas han influido en su subjetividad y en sus síntomas, implica inevitablemente hablar también de mi propia subjetividad y de mi asombro, congoja, molestia y compasión frente a los síntomas y la subjetividad de Paz.
Dentro de los síntomas que desde un comienzo más me sorprenden, enrabian y/o entristecen, están su falta de energía y vitalidad, su cansancio extremo, su timidez e inseguridad para buscar trabajo, su falta de realismo en relación al dinero, su constante ilusión de que algún milagro “la salve”, y su deseo de ser conducida de la mano por otro que la acompañe y la cuide.
En mi afán de comprender estos síntomas intento darles sentido desde su historia. Lo primero que pienso es que aparentemente, a partir de la detención del padre, o tal vez desde antes, Paz desarrolló lo que Winnicott llamaría un “falso self” y Brandchaft, una “acomodación patológica” (Orange, 2013). Fue así la hija sobreadaptada, que buscaba no dar problemas, tanto porque veía a los padres muy afectados por la situación política, como porque empezó a descubrir conflictos conyugales, en particular, infidelidades del padre. Además en la niñez y la adolescencia temprana buscó no generar dificultades ni tener actitudes rebeldes, pues cuando mostraba algún mínimo grado de porfía, el padre culpaba a la madre por ello. Incluso se podría plantear que ella terminó identificándose con su mamá, quien era bastante dócil y, aun cuando a veces no estaba de acuerdo con su marido, casi siempre apoyaba las decisiones de éste. De hecho en la niñez y la adolescencia, Paz también fue una hija sumisa y actualmente tiende a serlo
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frente a su padre y a su pareja, evitando los conflictos con ambos, especialmente con Iván.
Al comienzo del proceso clínico, Paz tendía a idealizar a los hombres de su familia, básicamente a sus hermanos, su padre y esposo, ya fuera por su consecuencia política, su idealismo o su lucha por sobrevivir. Sólo con el transcurso de la terapia, la paciente ha podido visualizarlos con más realismo, y percibir en ellos aspectos que no le son gratos. Es posible que esta tendencia a proteger a los hombres, esté relacionada con lo que ella observó en su madre, quien siempre defendió y apoyó al marido y protegió su imagen frente a los hijos, a pesar de la infidelidad de éste y de que tomó decisiones con las que ella no estuvo de acuerdo (dar gran parte del sueldo al partido político al que pertenecía, no irse tempranamente al exilio).
Considero que ambos padres, posiblemente por lo afectados que se encontraban dado el contexto político, por las dificultades conyugales ya nombradas y por características individuales previas, fueron poco hábiles para vislumbrar cómo su hija estaba vivenciando las situaciones a las que estaban expuestos como familia. Mi impresión es que si bien la madre siempre estuvo más presente, tampoco logró calmar significativamente las ansiedades de su niña. De hecho, Paz da a entender que la mamá si bien prestaba atención a sus estados de ánimo, muchas veces actuaba de un modo bastante egocéntrico, focalizándose en sus emociones más que en las de ella. Así en la medida en que fue creciendo, Paz se empezó a plantear: “¿para qué hablar si no me va a escuchar?”.
Me pregunto también por el inconsciente prereflexivo de mi paciente, es decir por los “principios organizadores invariantes”, que se fueron desarrollando en Paz desde niña, a partir de su experiencia intersubjetiva (Stolorow, 2004). Asumo que Paz aprendió a callar y no dar problemas, ser la silenciosa “alegría del hogar” en un periodo familiar e histórico en el que no era fácil estar feliz. Tal vez incluso desde antes del Golpe ella ya jugaba este rol, y obviamente con la llegada de la dictadura éste se consolidó. Así como Storolow (2007) señala que pueden desarrollarse estados traumáticos más o menos permanentes, en la medida en que se vayan dando a futuro situaciones que reproduzcan el trauma inicial y que confirmen los principios organizadores patológicos derivados de este trauma, estimo que en Paz, muchas situaciones apuntaron en la línea de consolidar en ella la necesidad de silenciarse y ser “sólo ojos” como ella misma expresa.
Reafirmando esto último, ella comenta que se sentía como una niña “con grandes ojos y sin voz” que observaba y se impactaba ante el dolor de los demás. Así señala: “yo sufría por todo el resto, no me dormía hasta que mi papá y mis
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hermanos llegaban. Siento tanto por los otros, que es demasiado, sufro en extremo.”
Posiblemente el “ser sólo ojos” y “no oír ni hablar”, se reforzó con el mandato de observar, callar y no recordar, que recibió Paz de parte de sus padres, con el objetivo de evitar correr riesgos frente a la persecución política. Me refiero a que desde el Golpe, recibió instrucciones expresas de no comentar nada sobre la posición y actividad política de los padres para correr los menos riesgos posibles y no recordar nombres ni ningún otro dato asociado a las personas clandestinas alojadas en la casa o a las reuniones políticas que se efectuaban en el hogar. Paz, obedientemente, se transformó así en una Mona Lisa, levemente sonriente pero absolutamente muda, que lo miraba todo sin recordar nada. Incluso, ahora en la adultez, Paz considera que tiene muy mala memoria, expresando que esto le dificultó el aprendizaje en la educación media y la universidad.
A su vez, el modo que los padres eligieron para proteger a Paz, aparece paradójicamente muy poco protector, pues desde el Golpe en adelante, la mantuvieron bastante al margen de información básica sobre las actividades políticas que hacían los hombres de la casa y sobre los riesgos que corrían. Hoy ambas creemos que tener más información y simultáneamente haber sido contenida, le hubiera servido para estar más tranquila, o tener algo más de sensación de control. Sin embargo, no fue así, sintiendo más bien que desde pequeña en su hogar la aislaron y protegieron como un cristal, delicado y frágil. También, inspirada por mi formación de terapeuta sistémica, pienso cómo la disociación, elemento central del trauma según Bromberg (2006A), actúa no sólo a nivel individual sino también familiar. En este sentido me llama la atención cómo, durante la adolescencia de Paz, mientras ella parecía expresar la vulnerabilidad y fragilidad de la familia, el padre (secundado por sus hijos) mostraba una faceta que a mí me parece excesivamente omnipotente y megalomaniaca, negando todo riesgo. El que Paz haya encarnado la fragilidad, obviamente tiene relación con que ella efectivamente se sentía muy pequeña y sola, y el que el padre haya asumido el rol contrario, también guarda relación con sus propios principios organizadores- De hecho la paciente, en varias ocasiones ha comentado que el papá, desde joven, tal vez desde la viudez de su madre, asumió el rol grandilocuente de salvador de la familia.
Además, cuando Paz se deprimió en la adolescencia, la hipótesis que formuló el psiquiatra que la atendió en esa época, a ella y a mí nos hacen sentido. El le