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SENSITIVITY ANALYSIS Gas Price Sensitivity

3.0 ASSESSING THE TWO HVDC LINES IN THE EDMONTON-CALGARY CORRIDOR

3.4.3 SENSITIVITY ANALYSIS Gas Price Sensitivity

Los niños(as) y adolescentes entrevistados hablaron sobre su experiencia de vivir en el sistema de Residencia Compartida. En general, evalúan positivamente el sistema, tienden a centrarse en los beneficios de este acuerdo y a minimizar las dificultades. Esto probablemente tiene directa relación con el interés de mantener contacto y cercanía con ambos padres después de la separación, que expresaron la totalidad de ellos(as). El mantener una relación cercana con ambos padres es un anhelo de estos niños(as) y adolescentes. La relación que tienen con su padre y con su madre les hace sentir bien. Esta información reafirma lo encontrado en otros estudios, por ejemplo, Bergström (2013) en un estudio con niños suecos que vivían en régimen de Custodia física conjunta (Joint physical custody) señala como conclusión que éstos: “(…) experimentaron resultados más positivos, en términos de relaciones de bienestar subjetivo, la vida en familia y con los compañeros, que los niños que viven en su mayoría o sólo con uno de los padres” (p. 1)

Para los niños(as) y adolescentes de este estudio, es central la relación que tienen con su padre y su madre, no desean que ésta se vea interferida por la separación o el divorcio y están dispuestos a realizar esfuerzos para adaptarse a un sistema que favorezca la cercanía y el contacto frecuente con ambos. Tal vez, por esta misma razón podría explicarse, que a pesar de señalar que puede ser un sistema cansador, por los continuos cambios; o confuso al inicio, por las diferencias entre las costumbres y hábitos de cada casa, no dan importancia a estos hechos y prevalecen en sus discursos los aspectos positivos. No obstante, también hacen algunas distinciones que tensionan esta idea de un sistema absolutamente positivo. Por ejemplo, plantean que tal vez este tipo de acuerdo no es aplicable a todos los casos de separación; que en la adopción de este sistema se debería considerar la relación que los hijos(as) tienen con sus padres, el grado de cercanía afectiva con cada uno de ellos. Por otra parte, hacen referencia a que es importante que sea una decisión conversada entre hijos(as) y padres y que en

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general es mejor comenzar con el sistema de residencia compartida cuando son más pequeños, como una forma de favorecer la adaptación.

Algunas de estas ideas coinciden con lo encontrado en investigaciones en las que se consulta a niños(as) sobre la experiencia de la Residencia Compartida, en el sentido de la importancia de considerar las diferencias individuales cuando se negocia este acuerdo y tomar en cuenta la opinión de los niños(as) (Davies, 2015; Goldson, 2006). La idea de que su opinión sea considerada, sin embargo, aparece más a nivel de reflexión sobre lo que debería suceder, que lo que sucede en los hechos, puesto que cuando se ven en situaciones en las que les piden dar su opinión sobre la distribución del tiempo prefieren que sus padres lleguen a acuerdos, evitando con esto tomar alguna decisión con relación a la cantidad de tiempo que pasarían con cada uno. Esto es coincidente con lo señalado por Haugen (2010) y Smart (2002) quienes refieren que los niños en ocasiones consideran una carga el tener que tomar decisiones con relación al tiempo que pasan con cada uno de sus padres, puesto que no existirían argumentos válidos para no optar por una repartición equitativa entre sus padres, con independencia de sus deseos o necesidades.

Considerando todo lo anterior, se aprecia que es un sistema que satisface las necesidades de afecto y cercanía tanto de los padres (Parkinson y Smyth, 2003) como de los hijos, pero es importante considerar, que pese a que en algunos casos se les pide la opinión sobre la distribución del tiempo a los hijos(as), éstos tienden a favorecer que sean sus padres quienes finalmente decidan. Por consiguiente, lograr la participación efectiva de los hijos(as) en estas decisiones requiere de un trabajo previo, en el que se pueda conversar de manera abierta sobre los temores, o sentimientos de culpa o responsabilidad que podrían interferir en la agencia de los niños(as) y adolescentes (Goldson, 2006).

En este punto, siendo coherente con la definición de experiencia expresada en los antecedentes teóricos, es necesario ir más allá de la lógica de “conversar de manera abierta con los niños(as) y adolescentes”, y tener presente en el

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estudio de este tema el carácter discursivo de la experiencia. Al hacer este ejercicio se complejiza el análisis de la posibilidad de agencia de los niños(as) y adolescentes, puesto que se debe incluir la pregunta sobre las condiciones en que se desarrollan los discursos relativos a la familia, necesidades afectivas, responsabilidades, lealtad y otros. Y la forma en que éstos construyen la subjetividad e identidad de estos niños(as) y adolescentes con los que conversamos. La familia como institución sigue presente como el referente central del desarrollo de los niños. El vínculo afectivo con los padres (padre y madre) se posiciona como una condición para el equilibrio psicológico de las personas. Superando en importancia cualquier otro tipo de vínculo. Siendo así, es compresible que aparezca en el relato de los entrevistados(as) el esfuerzo por mantener este acuerdo de residencia, desconociendo las dificultades que implica.

En otro ámbito, pero relacionado con la evaluación del sistema de residencia compartida, algunos autores como Comerford (2004) consideran que las leyes que favorecen la coparentalidad y este tipo de acuerdo de residencia compartida, tienen más relación con un intento de lograr mayor igualdad de género en los derechos de los padres sobre sus hijos, que con favorecer lo que debiera ser el principio rector de las decisiones en torno a los hijos(as), el interés superior del niño(a), establecido como una obligación de los padres en el Código Civil chileno (Art.222). Otros investigadores son más enfáticos, señalando que el interés de los niños(as) ha quedado postergado. Mason (2002a) afirma que: “(…) la carrera a la custodia compartida en los EE.UU. durante la década de 1980 cambió el enfoque del mejor interés del niño al mejor interés de los padres o, más precisamente, a los mejores intereses del padre” (citado en Haugen, 2010, p.112).

Este tipo de cuestionamiento puede ayudar a profundizar la discusión sobre las ventajas y desventajas de este sistema. Considerando que no se está hablando solamente de los intereses de los niños(as), sino que están en juego, con toda validez, los intereses de los padres. Es mejor reconocerlo de manera abierta para ponderar su impacto en estas decisiones.

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Otro argumento a favor de este sistema tiene que ver con la importancia que se da a la cantidad de tiempo que cada padre pasa con los hijos. Dándose por sentado que la igualdad de tiempo que residen los hijos(as) con cada padre es necesaria o suficiente para el bienestar de los niños(as), dejando de lado otros aspectos de la interacción entre éstos. En este sentido se hace necesario considerar que una relación satisfactoria entre los padres y sus hijos tiene mayor relación con la calidad, que con la cantidad del tiempo compartido (Davies, 2015).

Un segundo aspecto que aparece en el discurso de los participantes de esta investigación es el tema del equilibrio y la justicia en la repartición del tiempo que pasan con sus padres. Los niños(as) y adolescentes hablan abiertamente de la importancia de repartir equitativamente el tiempo entre su padre y su madre. Hay aspectos de la relación que se ponen en juego en la dimensión temporal. Estar más tiempo con uno de sus padres puede significar pasar a llevar los sentimientos del otro. Se establece una relación bastante directa entre tiempo y afecto. El tiempo entregado a cada padre por lo tanto parece regirse por mandatos afectivos y sentimientos de lealtad hacia cada uno de sus padres (Hochschild, 2012; Boszormenyi–Nagy; Spark, 1983). Nuevamente en este punto resulta difícil distinguir si la voz que aparece en los relatos es la de los hijos o la de los padres. Cada vez que los entrevistados(as) se refieren al equilibrio lo hacen desde la perspectiva de sus padres. En concordancia con lo mencionado, es posible notar que están atentos a los requerimientos de éstos, evalúan las posibilidades de hacer cambios en el acuerdo de residencia compartida en función de lo que consideran que sus padres aprobarían. Sus peticiones de cambios en el sistema en general son fundamentadas y se mantienen dentro de ciertos márgenes que no están explicitados, pero que operan regulando el equilibrio. En ocasiones esto es molesto y genera sentimientos de frustración y enojo hacia los padres que son rápidamente soslayados por el peso de los argumentos a favor de dar prioridad a los aspectos afectivos, antes que a cualquier otro interés.

En estudios de otros países se ha descrito que los mayores niveles de insatisfacción con el sistema de residencia compartida se presentan en situaciones en que el acuerdo es poco flexible y los padres están focalizados en la

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justicia y equidad entre ellos, más que en los intereses o necesidad de sus hijos. (Smart, 2002; Mason, 2002a; Moxnes, 2003 citados en Haugen, 2010). Esto es concordante con lo descrito por una de las entrevistadas y resulta útil para considerar este aspecto (la flexibilidad) en el momento de establecer acuerdos de residencia compartida. La dificultad radica en que si se sigue equiparando tiempo y afecto, la flexibilidad se puede traducir en posibilidad de hacer cambios, pero manteniendo la exigencia de igualdad de tiempo. Lo que obligaría a llevar un complejo sistema de cuentas de haberes y deberes con relación al tiempo entregado a cada padre.

Otro elemento que se relaciona con el tiempo, equilibrio y flexibilidad en este sistema es la relación entre los padres. Los hijos(as) están dispuestos a hacer concesiones con la finalidad de evitar conflictos. Tienen muy claro que si la relación entre los padres no es buena, las posibilidades de negociar cambios en el acuerdo disminuyen de manera drástica. Lo que esperan los entrevistados(as) en este aspecto, es que sus padres sean capaces de resolver sus conflictos sin involucrarlos y que consideren sus necesidades por sobre las diferencias que ellos puedan tener. La capacidad de reflexión que presentan en este tema es notoria, toman distancia de las situaciones de conflicto de sus padres y las analizan “desde fuera”. Se percatan de las dificultades que tienen sus padres para resolver sus desacuerdos y se resignan a las consecuencias que estas disputas pueden tener para ellos. En este sentido, los resultados de esta investigación concuerdan con las apreciaciones de otros autores, el acuerdo de residencia compartida requiere de un alto grado de acuerdo entre los padres. Es una organización post separación que no es recomendable para padres con un alto nivel de conflictividad (Lathrop, 2010).

El acuerdo de residencia compartida implica que los hijos(as) vivan en dos casas. Independientemente de cómo se distribuya el tiempo que pasan con la madre y con el padre, los hijos(as) deben trasladarse periódicamente. Al estudiar estos acuerdos, se ha descrito el impacto que este hecho tiene en los niños(as). Se han definido ciertas condiciones que favorecerían una mejor adaptación a

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estos cambios. Entre otras se menciona que factores como los recursos materiales; la posibilidad de contar con un espacio propio en cada casa, la distancia entre las casas influyen en el grado de satisfacción de los hijos(as) con este acuerdo (Davies, 2015; Smart, 2002). Al entrevistar a los niños(as) y adolescentes que participaron en esta investigación se consideraron algunas de estas dimensiones para ser exploradas, sin embargo no surgen como factores que influyan en su evaluación o satisfacción con el sistema. Predomina la idea de igualdad, y cuando hay diferencias entre las casas, (con relación al espacio físico, la distancia entre ellas, la distancia entre las casas y el colegio, los permisos, las obligaciones y las posibilidades de ver a sus amigos) estas se minimizan y se les resta importancia.

Resulta difícil comprender que ninguno de esos factores sea relevante, o al menos se considere al hablar de su experiencia de vivir en dos casas. Parece no tener ninguna importancia si una casa cuenta con más comodidades que la otra, o tener que organizarse semanalmente para trasladar sus pertenencias de una casa a otra, o poder ver a sus amigos en ambas casas. El restarle importancia o negar las diferencias entre las casas y las dificultades que puede implicar este tipo de acuerdo es coherente con la idea claramente planteada por los entrevistados(as) de que es un acuerdo favorable, en el que predominan los beneficios por sobre los costos. El relato sobre lo positivo que es vivir de esta forma de alguna manera impide que surjan otras opiniones. Se transforma entonces en un relato que excluye otras posibilidades. No es posible la disidencia o el conflicto, y en las pocas ocasiones que estos surgen, son rápidamente contrarrestados con argumentos que dan peso a la importancia de mantener el acuerdo de residencia compartida por sobre cualquier tipo de dificultad.

Pese a lo homogéneo del discurso se advierten algunas excepciones relacionadas con la edad. Está presente con mayor fuerza en los niños(as) de menos edad. En cambio, en el relato de los adolescentes de 16 y 18 años se vislumbran algunas dificultades. El cambio ya no es tan cómodo y surge el deseo de establecerse en un lugar de manera más permanente. Pero el peso de la responsabilidad afectiva hacia sus padres es evidente. Tomar la decisión de dejar

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este sistema tiene un alto costo emocional.Hochschild (2012) con su concepto de reglas del sentimiento explica de qué manera somos condicionados por convenciones sociales acerca de lo que es correcto o no sentir en diversas circunstancias. Esta definición aporta a la comprensión de la dificultad de tomar la decisión de dejar de vivir con uno de los padres. Considerando esta conceptualización podemos concluir que los hijos(as) podrían sentirse presionados a sentir el mismo afecto por cada padre y al haber vinculado el afecto con el tiempo y la cercanía física, la decisión de dejar de vivir con uno de ellos adquiere un significado emocional intenso.

En el relato de los entrevistados(as) también se distinguen las voces de otras personas, familiares, amigos y profesionales de la salud mental. El primer aspecto que se advierte en estos relatos es que pese a que se alude al sistema de residencia compartida como un buen sistema, pese a ser poco común, se habla muy poco de éste. Predomina el silencio, en especial de la familia extensa. ¿Qué significado puede tener este silencio? Smart (2002) señala que a la mayoría de los padres les preocupa el efecto que el divorcio tiene en sus hijos, y frente a esta preocupación optan por no hablar del tema, como una forma de protegerlos. Pero en el caso de la residencia compartida no queda claro de qué se intentaría proteger a los niños(as) y adolescentes.

De manera diferente, los psicólogos que son mencionados por los entrevistados(as) dan su opinión sobre este sistema, ésta hace referencia a dos aspectos. En primer lugar se aprecia la percepción de algún nivel de riesgo de este acuerdo para los hijos(as). Se evalúa como una situación compleja que deben enfrentar. Y relacionado con esta idea se menciona la importancia de contar con una relación segura y estable entre el niño y sus padres para que este tipo de acuerdo sea positivo. Son las únicas personas que mencionan de manera directa la posibilidad de riesgo y algunas precauciones necesarias para adoptar este sistema. En general en las investigaciones sobre este tema se mencionan los aspectos favorables y desfavorables de éste para el desarrollo de los niños. Se concluye que es un sistema que presenta una serie de ventajas para padres e hijos(as), pero se hacen distinciones que permiten anticiparse a posibles

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dificultades y orientar a los padres que quieren adoptar la residencia compartida con sus hijos(as). En este sentido, las opiniones de los psicólogos reflejan una perspectiva diferente, pero necesaria. Podrían establecer un puente entre las necesidades de los niños(as) y adolescentes y sus padres. Favoreciendo el diálogo y hablando de lo que es difícil hablar en la familia.

En la última categoría descrita en esta investigación se analiza el cambio estructural de la familia. En la primera etapa después de la separación los abuelos(as) juegan un papel relevante de apoyo tanto emocional como material. Los hijos(as) cuentan con la casa de sus padres después de la separación y a la vez tienen su apoyo en el cuidado de los niños(as). Posteriormente se comienzan a configurar nuevas organizaciones familiares. En algunos casos los padres establecen nuevas relaciones de pareja que implican compartir con hermanastros y hermanos. En esta dimensión surge nuevamente la capacidad de adaptación de los hijos(as) y la ausencia de algún tipo de crítica o rechazo a los cambios. La familia se modifica, constituyéndose en familias ensambladas en las que las parejas de los padres son aceptadas, pero el rol parental principal lo mantienen el padre y la madre. En este sentido, el régimen de residencia compartida parece favorecer el ejercicio de la corresponsabilidad parental, que está a la base de las modificaciones realizadas a las leyes de familia y específicamente de la ley N°20680 que incorpora el Cuidado Personal Compartido.

Un elemento común en las categorías descritas es el esfuerzo por adaptarse que realizan los niños(as) y adolescentes. En general no expresan malestar o críticas a este sistema de residencia. Asumen los costos que puede tener en diversas áreas de sus vidas el estar continuamente trasladándose de un lugar a otro. Esta situación requiere de mayor estudio, puesto que puede significar que el esfuerzo y tensión que implica este tipo de acuerdo recae mayoritariamente en los hijos(as).

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