3.0 ASSESSING THE TWO HVDC LINES IN THE EDMONTON-CALGARY CORRIDOR
3.3.3 EVOLUTION OF GENERATION New Generation
Antes de comenzar a examinar lo que ocurre en el encuentro intersubjetivo entre terapeuta y paciente, parece relevante revisar el concepto de intersubjetividad, para el que diversos autores plantean definiciones con diferencias sutiles pero a la vez significativas.
De acuerdo a Aron (2013), Stolorow y Atwood fueron quienes introdujeron el concepto intersubjetividad en el psicoanálisis norteamericano, señalando que la teoría de la intersubjetividad era una teoría de campos o de sistemas que buscaba “la comprensión de los fenómenos psicológicos no como productos de mecanismos intrapsíquicos aislados sino como emergentes de la interacción recíproca de las subjetividades en relación” (p116). Posteriormente, a la perspectiva propuesta por ellos, se sumaron autores como Donna Orange. Así, en un texto escrito por los tres, plantean que la intersubjetividad es la influencia mutua entre dos o más subjetividades organizadas de manera diferente, que coexisten en un mismo campo intersubjetivo, que les serviría de contexto, sin importar si hay reconocimiento o no entre estas subjetividades (Orange y otros, 1997).
Por su parte, Jessica Benjamin, representante del psicoanálisis relacional, adoptó el término intersubjetividad de Habermas y otros filósofos que deseaban poner el acento en una relación sujeto-sujeto en contraposición a una relación sujeto- objeto. (Aron, 2013) Para ella, no basta con la coexistencia e influencia mutua de dos o más subjetividades en un mismo campo, sino que considera imprescindible el reconocimiento entre los sujetos, que implica moverse entre el reconocimiento y la negación del otro (se niega al otro para subrayar la propia subjetividad pero se lo reconoce como otro que tiene una propia subjetividad y que a su vez nos reconoce) (Benjamin, 1996, Benjamin 2004; Aron, 2013). Específicamente ella define este concepto como “una relación de reconocimiento mutuo en la que cada persona experimenta al otro como un sujeto semejante, otra mente que puede ser “co-sentida” aunque resida en un lugar de sensación y percepción distinto y separado” (Benjamin, 2004, p. 7). De un modo similar, Bromberg (2012) define intersubjetividad como “el reconocimiento autorreflexivo recíproco de la subjetividad del otro” (p.8).
De este modo se aprecia que las diversas concepciones sobre intersubjetividad hacen referencia a la influencia mutua entre los miembros de la diada psicoterapéutica en su encuentro momento a momento, aunque algunos autores incluyen el reconocimiento como parte central de este concepto.
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Aron (2013), apoya lo ya dicho, señalando que desde la perspectiva relacional, la relación terapéutica es algo continuamente cambiante y que paciente y analista son sistemáticamente afectados el uno por el otro.
La manera en que se da esta influencia mutua, ha sido tema de investigación y reflexión para diferentes autores. Así Beebe y Lachmann (2002), a partir de la investigación de infantes, han descrito el funcionamiento de las diadas, y han señalado que lo que ocurre entre el paciente y el terapeuta es muy similar a lo que ocurre entre el bebé y su cuidador principal. Estos investigadores descubrieron que los bebés disponían de capacidades insospechadas de regularse a sí mismos. A partir de esto, definen la “autorregulación” como la capacidad del individuo de regular los propios estados desde el nacimiento en adelante, planteando que es una capacidad que posibilita el acceso a estados internos, permitiendo articularlos y utilizarlos y que además hace posible volverse hacia el mundo y establecer un intercambio amable con éste (Beebe y Lachmann, 2002). También señalan que esta capacidad permite “dominar estados de activación, mantener la vigilia y la vitalidad, reducir la excitación en el caso de sobreestimulación e inhibir arrebatos emocionales” (Sassenfeld, 2006, p.330).
A su vez, apreciaron que, de modo paralelo a sus procesos de autoregulación, los pequeños se encontraban en un sistema de mutua influencia y adaptación con sus respectivos cuidadores, que ellos denominaron “regulación interactiva”, y que incluía la posibilidad de que una de las direcciones de influencia fuese dominante en relación a la otra. (Beebe y Lachmann, 2002). De hecho tanto en las relaciones madre-bebé como en las relaciones terapeuta paciente, la relación sería de una “mutualidad asimétrica”, pues se influyen mutuamente pero hay uno que tiene una responsabilidad ética claramente mayor (Aron, 2013; Orange, 2013).
En base a sus observaciones, Beebe y Lachmann (2002) han afirmado que la autoregulación y la regulación interactiva son procesos recíprocos, que se influencian mutuamente, y que potencian su respectivo éxito. Esto nos permite ser conscientes simultáneamente de la experiencia interna y del contexto interactivo en el que participamos. Además, a partir del cruce de ambas formas de regulación, se definen para cada dupla principios organizadores de los procesos de interacción. Desde esta perspectiva, la base del desarrollo del self estaría dada justamente por los principios organizadores o patrones recurrentes de influencia mutua madre-bebé, por la autoregulación y por el interjuego entre ambas (Sassenfeld, 2006).
Lo ya dicho respecto a la influencia entre autoregulación y regulación interactiva, no sólo se aplica a la diada madre-hijo, sino también a la diada terapeuta-paciente. Así se puede asumir que los principios organizadores recurrentes ordenan todas
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las interacciones entre terapeuta y paciente, especialmente las interacciones no verbales, que si bien usualmente están fuera de la capacidad de “percatación” de los involucrados en ellas, sirven de contexto permanente. Esto es equivalente a lo que Daniel Stern llama “los modos de estar con”, que se refiere a la manera implícita y procedimental de interactuar con el otro (Dio Bleichmar, 2009).
Tanto analista como paciente crean y transforman, por medio de la autoregulación y la interacción interactiva, estados diádicos de consciencia que son únicos. Una situación particular son los que Beebe, Lachmann, Sander y Stern han denominado “momentos de encuentro” En ´ellos, paciente y terapeuta, desde sus respectivas subjetividades, se sintonizan de tal manera que ambos alcanzan una “expansión diádica de la consciencia” que los lleva a percibir lo que el otro percibe, en un clima de reconocimiento mutuo. Estos momentos, auténtica conexión, permiten que el paciente pueda autoregularse mejor y tolerar afectos que anteriormente estaban disociados, lo que posibilita una resignificación del sí mismo. Lo mismo ocurriría en el terapeuta (Stern y otros, 1988; Beebe y Lachmann, 2002; Coderch, 2015).
Otra idea relevante es que la relación de la diada temprana no se caracteriza por una armonía continua sino por momentos de ruptura y reparación (Stern y cols, 1998, Beebe y Lachmann, 2002). Para Beebe y Lachmann (2002) la existencia de quiebre y reparación en las relaciones interpersonales es un principio central de éstas. Ellos señalan que los quiebres pueden ser reparados o no reparados. Lo complejo ocurre ante la no reparación permanente pues el bebé (o quién vive la no reparación) puede internalizar la expectativa de no respuesta. Por eso se puede considerar que lo traumático es el quiebre sostenido y la no reparación.
En la misma línea Castillo y Díaz (2011) señalan que “Benjamin propone entender el proceso terapéutico como un proceso de oscilaciones entre el quiebre y el restablecimiento de la conexión empática, un proceso de destrucción y sobrevivencia, de ruptura y reparación de la regulación” (p.427).
Considerando lo anterior, es necesario saber que en la terapia va a haber siempre momentos de quiebre, pues son inherentes al encuentro intersubjetivo, pero lo importante para el terapeuta prestar atención a su reparación. Si no ocurre podría ser retraumatizante para el paciente, pero si logra reparar (o logran reparar) se pueden ampliar los principios organizadores de la diada y del paciente en particular.
Además, Aron (2013) señala que la importancia de la bidireccionalidad y la mutualidad en la relación terapéutica se expresa a través del reconocimiento que hace el paciente de los estados afectivos del terapeuta. Según él, los pacientes
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tienen ideas conscientes e inconscientes sobre la subjetividad de su terapeuta y es importante que los terapeutas tengamos presentes esto.
Por otra parte, en la relación terapéutica, ambos miembros se influyen mutuamente y son invitados a cambiar, de diferentes maneras. (Beebe y Lachmann, 2002, Aron, 2013). Orange (2013), por ejemplo, plantea que el sufrimiento del paciente causa gran impacto en la subjetividad del terapeuta, sintiéndose éste último conmovido por el sufrimiento del “desconocido” que llega a pedirle ayuda terapéutica. En la misma línea postula que el trabajo clínico implica “escuchar la voz” y “ver el rostro” del que sufre y dejarnos tocar por ello, lo que a su vez conlleva el riesgo de ver desafiadas algunas de nuestras creencias y convicciones, así como el desafío inevitable de contactarnos con nuestros propios sufrimientos y traumas. Bromberg (2009) también destaca que, en el encuentro intersubjetivo, terapeuta y paciente se ven enfrentados a aceptar sus vulnerabilidades y vergüenzas. Posiblemente los momentos de encuentro tienen mucho de ello.
Los autores relacionales e intersubjetivos también se refieren a la actitud que debiese tener el terapeuta frente al paciente. Orange (2013, 2013A) plantea que es importante escuchar al paciente con lo que ella llama “disponibilidad emocional”, es decir con una actitud receptiva y no enjuiciadora, asumiendo que las defensas y la eventual hostilidad que el paciente pudiera mostrar, le han servido como modo de supervivencia, por lo que hay que tratarlas con consideración. Ella y otros autores, de diferentes maneras, muestran también que los terapeutas tenemos el rol de ser testigos que escuchamos, comprendemos y validamos la experiencia del paciente.
Por su parte, Bromberg (2006A, Bromberg, 2012) subraya que el trabajo clínico equivale al encuentro en profundidad entre terapeuta y paciente, siendo muy importante la honestidad, la seguridad emocional que le mostremos a quienes nos consultan y la espontaneidad con lo que expone su similitud con los planteamientos de Ferenczi.
6.2.2. PROPUESTA TERAPÉUTICA DE BROMBERG Y ENACTMENT