No obstante, la derrota final de Espitamenes también se ex- plica por los métodos de Alejandro a la hora de acabar con la resistencia moral y militar de las poblaciones. Sin remitirnos a la visión polémica que, para instigar a Agustín de Hipona, desarrolló Orosio, cristiano del siglo IV de nuestra era, contra
Alejandro, «fuente de desgracias, y el más atroz de los ciclo- nes para todo Oriente» (III. 7.5), debemos reconocer que el rey macedonio no dudó en castigar, sin piedad alguna, a sus oponentes, incluso colectivamente10. La guerra de sitios contra
las ciudades de Sogdiana fue efectuada con una brutalidad in- audita. En Gaza, Alejandro dio la orden de «asesinar a toda la juventud… La ciudad de Cirópolis fue arrasada». Las columnas móviles que Alejandro Magno forma para mejorar la rapidez de intervención de su ejército se asemejan mucho a «colum- nas infernales». Como represalia contra la aniquilación de un cuerpo de ejército macedonio en el año 328, Alejandro Magno «dividió a sus tropas y ordenó incendiar los campos y asesinar a la gente joven para que todos aquellos que lo habían traicionado sufrieran, todos por igual, los horrores de la guerra» (Quinto Curcio VII. 9. 22). El propósito de Alejandro estaba claro: sepa- rar a Espitamenes de la población campesina. Los resultados no se hicieron esperar y, al año siguiente, cuando se anunció la llegada de las tropas macedonias, los campesinos expulsaron
9 Aspecto precisamente indicado por A. B. Bosworth, JHS, 1981 págs. 17-39.
10 En lo que se refiere a esta cuestión, veremos las interpretaciones de A. B. Bosworth,
Alexander and the East, Oxford, 1996 y su estudio comparativo entre Alejandro Magno y Cortés en Alexander the Great in Fact and Fiction, Oxford, 2000, págs. 23-49; leeremos en contrapunto las observaciones críticas (justificadas) de F. Holt, AHB, 13/3, 1999, págs. 115-117 y las mías en Studi Ellenistici, 2005, pág. 49 sq.
Alejandro Magno 63 de sus pueblos a los soldados de Espitamenes que pensaban poder acantonarse allí.
Estamos, por tanto, lejos de la actitud «caballeresca» que los autores antiguos atribuyen a porfía a Alejandro Magno durante la guerra contra Darío. Las condiciones habían cambiado. Ale- jandro se encuentra cada vez más irritado por el retraso que estas revueltas imponen a su expedición india. Por otra parte, entiende que la ferocidad de la guerra y la inseguridad de su posición en tanto que conquistadores, alteran gravemente la moral de sus tropas. Por último, él tampoco conduce una guerra clásica contra un adversario establecido y legal, sino contra ban- das dispersas de rebeldes que Quinto Curcio califica sintomáti- camente de «bandoleros» (latrones). Cuando parte para India, Alejandro Magno sabe muy bien, además, que la sumisión de las dos satrapías sigue siendo precaria. Por consiguiente, añadió la toma de rehenes a las matanzas:
Para impedir cualquier levantamiento en la retaguardia que pudiera obstaculizar sus proyectos, Alejandro Magno reclutó en todas las provincias a 30 000 jóvenes que tuvieron que presentarse ante él armados: le servían al mismo tiempo de rehenes y de soldados (Quinto Curcio VIII. 5. 1).
El rey macedonio aplicó los mismos métodos en India, don- de, tras la batalla campal contra Poros, tuvo que enfrentarse de nuevo a levantamientos masivos. La campaña contra los malienses (326) supone una auténtica guerra de exterminio, hasta tal punto que Arriano (VI. 14. 3) llama «sátrapa de los malienses supervivientes» al sátrapa nombrado por Alejandro Magno. Lo mismo sucedió en Gedrosia, según los relatos de Diodoro (XVII. 104. 6-7).
Si bien la existencia de matanzas y ejecuciones no deja lugar a duda, conviene evitar las condenas morales definitivas, tal y como las vemos durante toda la historiografía moralista sobre Alejandro. Decir del rey «que pasó mucho tiempo matando y
ordenando asesinatos, y que es probable que matar era lo que mejor sabía hacer» es propio de un juicio abrupto establecido según valores de nuestra época y no de la de Alejandro Magno11.
Es más, la lectura crítica de las fuentes conduce al historiador a ser prudente. La información sobre las matanzas en Sogdiana es absolutamente contradictoria12: en un caso, el rey pasó a
cuchillo a todos los enemigos que habían sido apresados en la ciudad; en otro, los tomó como prisioneros de su propio ejército, y sabemos que algunos fueron también «rescatados» y se ins- talaron en una nueva ciudad13. ¿Quién puede afirmar cuál es la
versión correcta? Podemos añadir que las cifras proporcionadas deben tomarse con bastante precaución. Está claro que el rey toma decisiones en función de las de sus enemigos, y vicever- sa; y en virtud del «derecho de la guerra» griego, tal y como lo define Xenofón (Cir. VII. 5. 73). No nos encontramos aquí en una oposición entre buenos y malos, sino en guerras en las que se suceden represalias y contrarrepresalias, y en las que el botín también es un medio de pagar a las tropas. La conducta de Alejandro Magno es simple: los que se rinden voluntariamente salvan la vida14; en cambio, los que resisten hasta el final (o los
que se niegan a formar parte de su ejército15) corren el riesgo
de ser aniquilados.
Sin embargo, el rey también es un político; no asesina siste- máticamente a sus oponentes, sino que pone otros métodos a su disposición: alistarlos en su ejército, tomarlos como rehenes16,
o practicar el perdón político, incluso con grupos que se habían
11 La expresión citada es de Bosworth, Alexander and the East, 1996, V y otras de sus
afirmaciones podrían ser citadas; cf. capítulo V: The Justification of Terror (págs. 133- 165). Ya me he pronunciado sobre esta corriente historiográfica en Studi Ellenistici, XVI, 2005, págs. 48-52 (con referencias).
12 Arriano IV. 3. 5.
13 Quinto Curcio VII. 6. 27; cf. Rois, tributs et paysans, 1982, págs. 244-247.
14 Véase, por ejemplo, Diodoro XVII. 103. 8; 104. 4, etc.
15 Arriano VI. 21. 3.
Alejandro Magno 65 rebelado en dos ocasiones seguidas17. Alejandro Magno no es un
demente megalomaníaco (y borracho), que ordena una matanza solo para calmar su angustia y su desesperación: contrariamen- te a la expresión tan literaria utilizada a propósito de esto por Plutarco, el ataque contra los cosenos del Zagros (324) no fue una simple «caza sangrienta», organizada a modo de «derivado de la pena surgida por la muerte de Hefestión»18.
4. PROTESTA Y OPOSICIÓN DE LOS SOLDADOS