Chapter 5 Discussion
5.1 Current and Evolving Practice
No es necesario decir que de María no se poseía nada, ni lo más míni- mo. Los habitantes de Nazaret no habían observado en ella nada de par- ticular. En todo el Nuevo Testamento se la cita sólo muy raras veces y sin
una veneración especial. Incluso los Padres de la Iglesia del siglo m le re- prochan vanidad, orgullo, falta de fe en Cristo y muchas otras cosas. Tam- bién los guías oficiales de la Iglesia manifestaron al principio una cierta cautela frente al culto mariano o al menos intentaron mantenerlo dentro de los límites del culto a los santos. Mientras que desde el siglo iv a éstos se les veneraba nombrándoles en las oraciones litúrgicas durante el servi- cio religioso, María quedó fuera de esa práctica hasta el siglo v. Apenas un siglo antes se la valoraba menos que al menor de los mártires. Hasta finales del siglo iv no se construye en Roma la primera iglesia dedicada a María, mientras que hoy la ciudad cuenta con más de ochenta. En aquella época tampoco se conocía en ningún sitio una peregrinación mariana. Por espacio de al menos cuatro siglos el cristianismo prescindió de ella. Sólo a partir del siglo v se conmemoraron festividades de María. Pero in- cluso así, en tiempos de Agustín no hay todavía ninguna fiesta mariana. Sólo a partir del Concilio de Efeso, cuando el Padre de la Iglesia Cirilo logra imponer con enormes sobornos el dogma de la maternidad divina de María, rivalizan entre sí los obispos, los emperadores y quien se lo po- día permitir para construir iglesias dedicadas a ella.162
/" No se sabía nada acerca del aspecto de María, según testifica Agustín, ^(4 pero en su peregrinaje a Jerusalén, la emperatriz Eudoxia logra un feliz ' IsJiallazgo. Alrededor del año 435 descubrió una imagen de María ¡pintada \además por el apóstol Lucas! En los siglos vi y vn, sus retratos se fabri- caban casi «en serie» y en el siglo vm llegaron las imágenes de la madre de Dios no realizadas por mano humana, los aquiropoitos. Las imágenes más habituales de María adornaban en el siglo vi las casas de la mayoría de los cristianos orientales así como las celdas monacales, donde casi se la adoraba. Se las veneraba más que a las imágenes de todos los otros santos, como a las reliquias, motivo por el que probablemente no existía todavía un próspero comercio con sus reliquias: su imagen era un sustitu- tivo suficiente. Acabó siendo el objeto más frecuente del arte cristiano. A comienzos ya del siglo vn (610) aparecía en los navios de guerra del em- perador Heraclio, y en el curso de los siglos María, «reina de mayo», ha seguido siendo la gran diosa de la guerra y de la sangre, que vive sus ma- yores triunfos en Occidente, hasta la segunda guerra mundial.163
; Desde finales de los siglos v y vi se generaliza, sobre todo en Palesti- na, movilizar con sus reliquias la fe y el negocio. De pronto se halló la piedra con la que la virgen tropezó cuando viajaba a Belén. Alrededor del año 530 y según testifica un peregrino, esta piedra sirvió de altar en la iglesia sepulcral de Jerusalén. Sin embargo, algunas décadas más tarde otro peregrino volvió a encontrarla en su emplazamiento original; en esta ocasión manaba de ella un delicioso agua de manantial.
Sin embargo, en el siglo vi hay relativamente pocos restos del guarda- rropa mariano. Alrededor del año 570 los peregrinos procedentes de Oc-
cidente veneran en Diocesárea un jarro y una cestilla de María, en Naza- ret piezas de ropa que producen milagros y en Jerusalén se mostraba su cinturón y su diadema. Parece que sobre todo el primero gozó de gran aprecio y más tarde se le cantó en himnos y sermones. (Hay reliquias del cinturón en Limburg, Aquisgrán, Chartres y en Prato, cerca de Florencia. En Toscana una reliquia de este cinturón es muy apreciada y en Oriente se celebra una festividad en su honor el 31 de agosto.) Las iglesias y los par- ticulares se disputan ahora la posesión de tales reliquias de María. Cons- tantinopla es la que mayor cantidad consigue: los sudarios con los que se envolvió su cadáver y el vestido que llevó durante el embarazo. En honor del vestido y del cinturón se organizan fiestas en Constantinopla y se lle- va el vestido en procesiones rogativas y además con gran éxito, pues en los siglos vn y ix protege a la ciudad contra sus enemigos en la guerra y contra los terremotos. Hay ahora reliquias de estos vestidos en Aquisgrán (del «tesoro de las reliquias» carolingio), en Chartres (como regalo de Car- los el Calvo), en Sens, en Roma, en Limburg, etc.164
Finalmente, todo lo imaginable de la santa madre de Dios se distribu- ye por el mundo.
Durante la Edad Media se venera en Gaming algo de «la roca sobre la que cayó la leche de santa María», algo de «sus cabellos, de su camisa, de sus zapatos», etc. La iglesia palatina de Wittenberg posee en 1509 «5 par- tículas de la leche de la Virgen, 4 partículas de los cabellos de María, tres partículas de la camisa de María», etc. Téngase en cuenta que en ese año Wittenberg poseía 5.005 reliquias, la mayoría de ellas del príncipe elec- tor Federico el Sabio (!), importadas de «Tierra Santa»; hasta 1522 los príncipes tuvieron empleado un comprador propio en Venecia. No obs- tante, en medio del siglo del Racionalismo histórico, los jesuítas que has- ta la fecha siguen activos en Munich celebraban «una novena por el pei- ne de santa María», afirmando que la adoración de los cabellos de María protegía contra las balas: «Como si pendiera un saco de lana sobre ti, es- tará en medio de la lluvia de balas [...]». Y también enaltecían la historia de María en una poesía de la que tendremos suficiente con la primera es- trofa:
Dios, que todos los cabellos cuenta, éstos ha escogido en ella,
para mí son estos pocos
más valiosos que todas las perlas.165
Este breve repaso de sólo un minúsculo aspecto pone de relieve el em- brutecimiento de la Cristiandad por espacio de dos milenios. Desde el punto de vista histórico -¡y aquí no consideramos ningún otro!-, el culto mariano brinda una visión sobre la que uno como Arthur Drews se lamen-
ta: «Enfoca toda la miseria de la humanidad. Es una historia de la supersti- ción más infantil, de las más descaradas falsificaciones, tergiversaciones, interpretaciones, fantasías e intrigas, de lamentos humanos y necesidad, entretejida de astucia jesuítica y deseos de poder religioso, un espectácu- lo que hace a un tiempo llorar y reír: la auténtica divina comedia I...]».166