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Chapter 3 Research Methods

3.2 Data Collection and Analysis

3.2.2 Phase two

«Espero haber aclarado con lo anterior que la esencia general del culto

a las reliquias cristiano y del de la Antigüedad es la misma.»

FRIEDRICH PFISTER115

«Debido sobre todo a las cruzadas, Tierra Santa y el Oriente cristiano fueron descubiertos para Occidente como una cámara de los

tesoros de reliquias.»

LEXIKONFÜRTHEOLOGIEUND KiRCHEn6

«Es evidente que en la adquisición de estos tesoros sucedieron cosas

que caen dentro del campo de lo criminal. No fueron raros la venta

y el robo de las reliquias.»

Lo mismo qué no hay nada nuevo en el cristianismo, tampoco lo es el culto a las reliquias, que se considera como una parte del culto de los már- tires y santos a sus «restos» (latín: reliquiae), y que desempeña un impor- tante papel en la vida de la fe cristiana durante dos milenios.

Ya había reliquias de dioses y de héroes. Los «primitivos» guardaban restos de personas especialmente fuertes, de parientes, jefes, guerreros, enemigos, como por ejemplo los cráneos en la caza de cabezas. O bien se llevaban esos restos como amuletos. La adoración de las reliquias se basa en la creencia de que en los héroes, profetas, redentores y santos actúa una fuerza especial que se mantiene activa después de la muerte.118

El culto a las reliquias está extendido en algunas de las grandes reli- giones precristianas.

En el hinduismo sólo algunas sectas tienen reliquias, como sucede con los radhasvamis, que guardan la osamenta de antiguos gurús, o los kabis- panthis, que conservan las zapatillas de su maestro. En el jainismo y en el budismo, por el contrario, este culto experimenta un gran desarrollo. De los santos budistas se veneran los restos corporales {sharirikd) y los obje- tos de uso {paribhogika). Las cenizas de Buda se distribuyeron entre sus seguidores, lo mismo que se haría después con muchos de los santos cris- tianos, y en numerosas localidades de la India se mostraron sus dientes, cabellos, la vara y el colador, así como reliquias de sus discípulos. Todavía hoy se conserva en Kandy, Ceilán, un diente de Buda (de 5 cm de largo), y en la pagoda Shve-Dagon de Rangún (Birmania) poseen ocho pelos de Gutama y el legado de su antecesor mítico. (Varias mezquitas conservan en botellas de vidrio pelos de la barba de Mahoma.) En el budismo chino se guardan huesos santos juntos a una gran cantidad de otras cosas, hasta diminutas partículas de cadáveres.119

El judaismo no conoce el culto a las reliquias. ¿Cómo, si no, podría ha- berse desarrollado en un pueblo que en sus Sagradas Escrituras, 4 Mos. 19, 11, afirma: «Quien toque a persona muerta, será impuro durante siete días»? En efecto, el que no se purifique al tercero y al séptimo días, quien haga «impura la casa del SEÑOR», «deberá ser arrancado de Israel». Eso no es obstáculo para que la teología católica, lo mismo que muchos otros 186

cristianos, encuentre también en el Antiguo Testamento ese culto a las re- liquias, como en el pasaje: «Enterraron los restos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto [...]». O: «Sus restos [los de los justos] reverdecerán en su localidad».120

La magia cristiana de las reliquias tiene tan poco que ver con el ju- daismo como con Jesús y sus apóstoles. Por el contrario, existen llamativas coincidencias con el culto pagano.

El culto cristiano a las reliquias se limita a proseguir el culto a los héroes de los griegos

Los héroes eran para los griegos campeones de la época primigenia, los vencedores en las batallas, en las competiciones, eran príncipes, re- yes, en su mayoría figuras míticas, pero a los que de modo casi general se consideraba hombres reales. Se les atribuía la fundación de los templos y de las ciudades, de todas las construcciones importantes; las familias no- bles entroncaban en ellos sus árboles genealógicos; Hornero los ensal- zó y por doquier se creía poseer sus reliquias. Puesto que se conocían las tumbas de los dioses, de Zeus, Urano, Dioniso, Apolo, etc., se conocían y veneraban naturalmente también toda una serie de monumentos de héroes, tumbas rodeadas de leyenda, fuentes, árboles, rocas, cuevas, que los guías mostraban a los visitantes.121

Pero había también héroes entre las personas históricas. Al fin y al cabo hacía tiempo que se había divinizado a muchos seres humanos: por ejemplo Filipo, el padre de Alejandro Magno, o Hefaistion, el amigo de la juventud de este último; desde hacía mucho se practicaba la venera- ción divina, al mismo Alejandro, a Demetrios, a Poliórcetes y más tarde también a los emperadores romanos. De este modo, el antiguo culto a los héroes veneró en Gela, en Sicilia, al poeta Esquilo, en Egesta al olímpico Filipos, a los tiranos sicilianos Gelon en Siracusa, Hieron en Catana y Theron en Akragas. A Dion, de Siracusa, se le divinizó en vida cuando entró triunfante tras libertar su ciudad natal.122

Las reliquias de los héroes solían guardarse en la tumba, que a menu- do era el único lugar sagrado, contándose éstos por centenares. Lo mis- mo que harían más tarde los cristianos con sus santos, los griegos ente- rraron los restos de sus héroes en lugares destacados, como por ejemplo el centro de una ciudad, aunque normalmente no se enterraban allí los muertos por motivos de salubridad. Y aunque esto tampoco estaba per- mitido en los santuarios, los héroes fueron una excepción y muchos tem- plos contaban con tumbas de héroes, la mayoría de figuras míticas pero asimismo algunas históricas.123

Sin embargo, el culto a las reliquias corporales en la Antigüedad pa- 187

gana fue casi siempre un culto a los sepulcros y sólo de modo excepcio- nal se conservaron restos mortales de héroes en un relicario, fuera de la tumba, como por ejemplo en Creta en el caso de Europa. Las osamentas de Pélope en Olimpia y de Tántalo en Argos reposaban en un cofre de bronce. Los fragmentos de reliquia se guardaban por lo general en la tum- ba. Lo mismo que el culto a los héroes, el culto cristiano a las reliquias estuvo destinado al principio a los sepulcros. Los cristianos enterraban en un sepulcro a los mártires del siglo i y allí se les adoraba. Sin tumbas de mártires no había ningún culto. Como en el caso de los paganos, entre los cristianos el depósito de las reliquias fue primero el féretro. Se encontraba en la tumba o bien situado de modo visible en la cueva, donde lo mismo que con los héroes paganos se les podía ver y tocar. Incluso la siguiente fase en este culto a las reliquias, la elevación del féretro y su exposición a la misma altura que el altar, existió también en Thera. Igualmente suce- día con el traslado de las reliquias en procesión, siendo un caso singular él culto a Europa, que en Creta se veneraba como Helotis. El adorno ex- temo de las tumbas de los mártires se parecía también a los héroes de la época tardía.124

El traslado de reliquias, sobre todo de las míticas, estaba muy exten- dido entre los griegos, aunque hubo también casos históricos, como el de Alejandro Magno, cuyo cadáver embalsamado, colocado en el interior de un sarcófago de oro y recubierto de una alfombra púrpura con oro en- tretejido, estuvo casi dos años en Babilonia antes de que fuera llevado a Siria, en el año 321, en un carruaje tirado por 64 muías y con un gran sé- quito y fuera enterrado primero en Menfis y después en Alejandría.125

Lo mismo que por diversos motivos se llevaban las reliquias de los san- tos de un lugar a otro, como medio protector y remedio tanto en la vida como en la muerte, y muchas veces también como ayuda en la guerra, los traslados de reliquias entre los paganos solían hacerse con un fin deter- minado, por lo general después de consultar al oráculo de Delfos: tras llevar el esqueleto de Orestes a Esparta, ésta volvió a dominar en la gue- rra. De manera similar, en su lucha contra los «bárbaros» los atenienses se ayudaron del omóplato de Pélope. Y lo mismo que sucedía muchas veces entre los cristianos, los traslados de los griegos solían hacerse en secreto, con artimañas o con violencia. Igual que en las leyendas los san- tos se oponen a veces a su traslado, también los héroes se resisten a veces al cambio de lugar.126

A los héroes, lo mismo que a los santos, no se les homenajeaba de forma altruista, pero la ayuda que se esperaba de ellos no dependía de la veneración a que se sometía la tumba. Había, desde luego, infinidad de héroes sin reliquias pues eran libres y podían actuar por doquier, podían hacerlo allí donde se solicitaba su ayuda y se hacía el sacrificio. Se im- ploraba su apoyo sobre todo en la lucha y en la guerra. Pero su eficacia

iba más alia de estos campos y ayudaban también contra la peste y el hambre, como Héctor, Hesiodo o el omóplato de Pélope. Había asimismo tumbas de héroes que eran un lugar permanente de curaciones o vatici- nios, como la de Macaón en Gerenia, así como héroes a los que se acudía en ciertas ocasiones y con determinados fines, a los que iban por ejemplo los enamorados o los esclavos liberados; el Teseion de Atenas era consi- derado asilo para los fugitivos. Como se sabe, tales especificaciones exis- ten también hoy en el catolicismo. Por último, en las tumbas de los hé- roes se producían asimismo milagros y apariciones; en efecto, la actividad de aquéllos era «tan diversa» como la de los santos cristianos (Pfister). Y otro tanto allí como aquí: cuanto mejor los resultados tanto mayor el círcu- lo de los adoradores.'27

Como demuestran multitud de tumbas, las festividades de los héroes se celebraban todos los años con himnos y discursos en prosa, igual que a los santos se les celebra en sus festividades con cantos y sermones; las procesiones eran allí tan frecuentes como con éstos. En el culto a los hé- roes y a los santos se han acuñado muchas veces sus imágenes en las mo- nedas, si bien con los segundos no se inició la costumbre hasta la Edad Media. Y lo mismo que los cristianos recibían a menudo el mismo nom- bre que los santos, en especial desde finales del siglo ffl, para los paganos los héroes eran determinantes a la hora de elegir un nombre.128

En ocasiones, los objetos que utilizaron los héroes emanan una fuer- za especial y se la puede transmitir. Pero en general es el mismo héroe el que actúa mediante milagros, mientras que según la fe cristiana tam- bién lo hacen las reliquias, que transmiten su propia fuerza. Esto es vá- lido también para los fragmentos de reliquias. San Basilio enseña que aquel que toca los restos de un mártir participa con su fuerza en la san- tificación.129

De todos modos, las reliquias antiguas nose dividieron ni se disgre- garon en fracciones. Tampoco se hicieron reliquias artificiales, una idea impensable para los griegos. Ni se hizo un comercio con ellas, actividad que los cristianos iniciaron en el siglo rv. Salvo unas pocas excepciones, los paganos adoraban los restos mortales en el sepulcro. Hubieran considera- do una falta de piedad perturbar la tranquilidad de los muertos. Aunque en el antiguo Egipto se dividieron los restos del dios Osiris y se distribu- yeron por todo el país, sólo fue en el mito. La única excepción histórica en la época precristiana fue la dispersión de los despojos mortales de Me- nandro, uno de los soberanos helenísticos de la India, un budista, pero no afectó al esqueleto sino a las cenizas.130

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