Chapter 4 Results
4.2 Perceived Benefits and Implications of Current and Increased Climate Change
4.2.3 Current practice
El catolicismo ve como fundamento bíblico del culto a las reliquias la milagrosa partición de las aguas del Jordán gracias al manto de Elíseo o la resurrección provocada por los huesos de ese mismo Elíseo, que también aparece en el Antiguo Testamento. «Y cuando tocó los restos de Elíseo, volvió a la vida y se puso en pie.» Hay remisiones también a Mat 9, 20, y a los Hechos de los Apóstoles 5, 15, y 19, 12, pero en todos los casos no dejan de ser razones aparentes. En ninguna parte Jesús dice:
guardad reliquias, adorarlas, partirlas, trasladarlas y revenderlas, cons- truid altares sobre ellas y decid misa. Esto serían palabras claras que jus- tificarían el proceso, pero no hay nada, lo mismo que faltan palabras en tantos aspectos. Si las ropas de Jesús, los sudarios y las vendas de Pablo muestran una acción curativa, esto no es ni de lejos lo que llegaría a ser en la Iglesia.131
El primer testimonio del naciente culto cristiano a las reliquias es el tantas veces falsificado relato del martirio de Policarpo, comenzando ese culto en la tumba del mártir. Hasta ella conducen las huellas más antiguas, «como en el culto de los héroes a la tumba del héroe» (Pfister). Desde mediados del siglo ni, el sepulcro de los mártires no es sólo lugar del nue- vo viejo culto sino que se vuelve por sí mismo objeto de culto y se con- vierte, antes del entonces todavía prohibido culto a las imágenes cristia- no, en el punto de cristalización de la veneración a los santos. A éstos se les invoca en la tumba, se busca su intercesión, se cree obtener su ayuda y se les manifiesta el agradecimiento mediante exvotos. Sobre estas tum- bas de los más venerados se construyen iglesias, con lo que se crean así los puntos de partida para las futuras peregrinaciones.132
Los cristianos creían que la fuerza que actuaba en el santo vivo se- guía haciéndolo en su cuerpo muerto. Si la ropa del apóstol Pablo obra- ba milagros, se supuso lo mismo para el cuerpo de los santos. Su fuerza se transmitía a quien tocaba estas reliquias. Y era en virtud de esa fuerza especial (chárís), pensaban, en virtud de su «dynamis» sobrenatural por lo que las reliquias obraban milagros, que expulsaban a los demonios de los paganos; motivo por el que las reliquias se han utilizado también en los exorcismos, se han llevado en las procesiones o se han deposita- do en los altares.133
Lo mismo que en el catolicismo todo está jerarquizado, que el papa es más que el obispo, que éste es más que el párroco, que a su vez es más que el laico, lo mismo las reliquias, por santas que sean, tienen un valor diferente y las piezas capitales (Reliquiae insignes), el cadáver completo,
la cabeza, el brazo y la pierna se consideran más que las Reliquiae non insignes, entre las que se distinguen las «notabiles» (notables) como la mano y el pie, y las «exiguae» (menores) como dedos o dientes. Además de estas llamadas reliquias primarias están las secundarias, que se dividen en reliquias materiales tales como ropas, herramientas de martirio, etc., y reliquias de contacto, que son objetos que han tocado el cadáver del san- to o sus restos.134
Después del propio santo, el objeto primario, aquellos otros de con- tacto que ha tocado en vida son los de máximo valor y entre éstos, a su vez, los principales son las herramientas del martirio. (San Lorenzo fue decapitado. Para los cristianos posteriores esto resultaba demasiado sim- ple. Alrededor del 400 se afirmó que le habían asado en una parrilla y na- turalmente pronto se tuvo la herramienta de este martirio y se la veneró como reliquia; que dicho sea de paso no fue la única parrilla adorada.) Después de los instrumentos de tortura venía la indumentaria de las per- sonas santas, como por ejemplo la de María. (En Bizancio dos iglesias se disputaban el primer puesto en cuanto a las ropas de María que poseían.) Pero entre las reliquias de segunda categoría se contaban también objetos santificados por un contacto a posteriori, objetos procedentes de las proxi- midades de las tumbas de los santos: flores, polvo, que se consumía, acei- te de la tumbas, de las lámparas que allí ardían, u objetos con los que se había tocado el sepulcro, paños, devocionarios. Se consideraba y se con- sidera en sentido más amplio reliquia todo lo que presuntamente estuvo en las proximidades de Jesús y de este modo se santificó, el pesebre, la cruz, la corona de espinas, los clavos, sus ropas, etc.135
También la sana conciencia popular sabía distinguir con sutileza. Un trozo de cadáver contaba naturalmente más que un diente o los pelos de la barba. No obstante, estos últimos estaban a un nivel superior a las ropas u otras cosas con las que el venerado hubiera estado en contacto. También se clasificaban los taumaturgos y a los mayores se les construían iglesias o sepulcros más grandes, a los menores más pequeños y a los primeros se les conmemoraba naturalmente con mayores festividades.136
«Demanda» creciente de santos muertos,»
su descubrimiento y sus milagros
Con la creciente adoración de los mártires y sus reliquias se necesita- ban naturalmente más cadáveres de mártires, pero los sepulcros de los de los siglos i y n habían desaparecido por completo y de los posteriores con frecuencia se desconocía el lugar de enterramiento. Por lo tanto había que buscarlos y trasladarlos hasta allí donde se les quería. Hay testimo- nios de tales traslados en el cristianismo desde el siglo iv. Presuponen
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lizan con la deposición (depositio).137
El primer traslado del cadáver (entero) de un mártir se produjo en el año 354 en Antioquía, cuando se llevó a san Babilas a Dafne para aniqui- lar allí el culto a Apolo. Más tarde, el desacreditado Cirilo transportó desde Alejandría hasta Menuthis a los mártires Kyros y Juan, para des- truir allí el culto a Isis. En el caso de san Esteban, cuya tumba -el hallaz- go más famoso en este campo- apareció en 415 en Kafargamala, se des- cubrieron incluso las piedras con las que fue lapidado y naturalmente se las veneró lo mismo que reliquias, pues habían estado en contacto con el mártir, algo totalmente consecuente pues por tonto que sea sigue un mé- todo.138
En los relatos de traslados desempeñan un papel muy importante los milagros que se producen con el descubrimiento y el levantamiento del santo, durante el propio traslado y poco después de la llegada. Para que la Iglesia reconociera las reliquias una exigencia era la demostración de mi- lagros y visiones. Allí donde está la tumba de un mártir se producen milagros, se curan enfermos y se expulsan demonios. Y desde la segun- da mitad del siglo iv se descubrieron una tras otra las tumbas de mártires desconocidos hasta esa fecha. Los cadáveres y los huesos de las ascetas gozaban también de gran aprecio. En cuanto que fallecía un monje muy venerado, multitud de personas se apresuraban para hacerse con su ca- dáver. Hubo algunos que intentaron escapar a este destino y rogaron que se les enterrara en un lugar desconocido. Cuando se logró llevar a la ciu- dad finalmente al monje Jacobo desmayado -por su causa casi se pro- dujo una lucha entre los campesinos y los habitantes de la ciudad-, al re- cuperar la conciencia no querían devolverle. En la muerte de san Simeón hubo que llamar incluso a los soldados para que protegieran su cadáver. Y tras el asesinato de algunos monjes en el año 395 a manos de bandidos árabes, dos ciudades entablaron una batalla formal por quedarse con sus cadáveres; no es el único caso de este tipo.139
El robo de reliquias era para los interesados casi cuestión de honor. De este modo se sustrajeron los cadáveres, entre otros, de san Hilarión, san Martín de Tours y san Macario. Los restos de san Juan Crisóstomo fueron robados en Constantinopla, junto con los de otros santos, durante la cruza- da del año 1204 y se les «trasladó» a la basílica del Vaticano, en Roma.140
Los cristianos no ahorraban esfuerzos, víctimas y engaños para obtener reliquias. Durante las persecuciones hubo algunos que al parecer, además de los cadáveres santos, quisieron hacerse con las manos de sus persegui- dores, para tener «comunidad» con las «santas carnes». También durante las persecuciones, muchos cristianos que habían apostatado de su fe bus- caban restos de mártires para compensar su debilidad. Y cuando ya no había más mártires se buscaban sus tumbas, se les husmeaba con infali- 192
ble olfato y se les desenterraba. Esto lo hicieron incluso famosos príncipes de la Iglesia como san Ambrosio, al que «cierto sentimiento ardiente» se- ñalizaba los restos de mártires. En el Anno Domini 386 se convirtió en el descubridor de unos mártires totalmente desconocidos hasta entonces, las «santas víctimas» como él gustaba de llamarles, «víctimas triunfantes», los santos «Gervasio» y «Protasio» -el primer levantamiento conocido de mártires «encontrados»-, que escenificó mediante la curación de un ciego, hecho que despertó bastante escepticismo incluso entre sus partidarios. Encontró (inventó) además a los santos «Agrícola» y «Vitalio», «Nazario» y «Celso», y afirmó que «aunque sus cenizas fueron dispersadas por todo el mundo (seminetur), permanece completa toda su fuerza». Sin embar-.:
go, la corte imperial cristiana consideró que estas actividades de Ambro- sio eran una intriga.'41
El mismo año, 386, en que Ambrosio sacó por arte de magia en Milán ; a los dos mártires «Gervasio» y «Protasio», un edicto prohibió la fabrica- ;'l ción y partición de reliquias. El Padre de la Iglesia, que en el momento ^:
culminante de su lucha contra la corte había celebrado sus conquistas como «defensores» y «soldados», como «patroni», y que había elogiado su ^ poderosa protección (praesidia, patrocinio), no se inmutó ni lo más míni- % mo por el edicto. Magnánimamente envió pequeños trozos de «Gerva-^ sio» y de «Protasio» a todo el mundo, pero sobre todo a Galia. Pequeñas ? porciones de los mártires viajaron a Tours, Vienne y Rúan, donde el santo ^ obispo Víctricio (festividad el 7 de agosto) -un antiguo soldado que esca- ' pó del servicio militar «mediante un milagro confirmado» (Lexikon für y
Theologie und Kirche) y que desde entonces actuó como infatigable mi- ^.
sionero hasta Bretaña- contrajo grandes méritos consiguiendo todas las^ reliquias posibles. Victricio utilizaba ya una colección obtenida especial- • mente en Italia cuya eficacia propagaba sin descanso, por muy pequeñas ^ que fueran las porciones: «No debemos quejamos de la pequenez de las í reliquias [...1. Los santos no sufren daño alguno porque se dividan sus í restos. En cada trozo se oculta la misma fuerza que en el total». El jesui-:
ta E. de Moreau le ensalza como una «figura de granito», sobresaliente K
«entre los más nobles de su época».142
Pero no a todos les salió todo bien e incluso un patrono tan experi- • mentado y escaldado como san Martín tuvo que interrumpir un culto a "s los mártires recién iniciado porque al que la comunidad creyente honraba y adoraba era un antiguo salteador de caminos.143
Al igual que Ambrosio, los restantes Padres de la Iglesia también par- ticiparon en el culto a las reliquias: Basilio, Gregorio Nacianceno, Crisós- tomo, Jerónimo, Agustín. Confirman milagros sin un titubeo. Según Am- brosio «a muchos les curó la sombra (umbra quadam) de los santos cuer- pos». «Un poco de polvo ha reunido a una enorme multitud del pueblo. Las cenizas están ocultas, las obras son públicas» (Agustín). «No sólo los cuer-
pos de los santos están llenos de gracia espiritual sino también sus sepul- cros» (Crisóstomo).144
Por ejemplo con aceite. Muchas reliquias desprenden un aceite mara- villoso. Juan de Damasco, que prestó «a la Iglesia grandes servicios [...] como erudito, escritor y predicador» (Altaner/Stuiber) y al que el Conci- lio de Nicea (787) tanto enalteció, tranquilizó a aquellos que dudaban del santo aceite: «Como fuente de curación Jesucristo nos dio las reliquias de los santos, que de modo muy diverso emanan buenas obras y que des- prenden aceites perfumados. ¡Y que nadie lo dude! Pues si de una dura roca del desierto manó agua [...], ¿por qué ha de ser increíble que de las reliquias de los mártires salgan aceites perfumados?».145
Así una idiotez apoya otra.
La hipotética tumba del Apóstol Andrés en Patras, tan venerada y donde al parecer sufrió el martirio de la cruz, desde la que durante dos días estuvo pronunciando sus más edificantes sermones, desde la que procla- mó la «doctrina de la cruz» para eterna perdición de los infieles («se lee como un evangelio»: el capuchino Maschek), desprendía aceite y maná. (Andrés ascendió pues también se le invoca como patrón de Rusia, Esco- cia y Grecia, como protector de la orden del Toisón de Oro, como protec- tor de los carniceros, entre otros, para el mal rojo y los calambres, y como intermediario en cuestiones amorosas.)146
El emanador de aceites más famoso fue san Demetrio -quizá históri- co-, cuyo culto continúa el Kabir pagano. La (presunta) tumba de Demetrio en Tesalónica, donde se convirtió en celebradísimo patrón de la ciudad, hizo bullir el aceite por la fuerza del muerto, aunque también el contacto con sus reliquias provocaba el hervor, y lo mismo que en otros sitios el aceite llegó a manos de los hombres adecuados, por ejemplo en las de san Martín de Tours. Su amigo Sulpicio Severo escribe: «El sacerdote Arpagio testimonia haber visto cómo el aceite aumentaba bajo la bendi- ción de Martín, hasta verterse por el borde del recipiente repleto». Natu- ralmente, este mismo efecto se conseguía con la consagración del «aceite del leño de la santa cruz», cuyos fragmentos peregrinaron por todo el mun- do (ortodoxo). El peregrino de Piacenza relata: «Durante la adoración de la cruz en el atrio de la iglesia sepulcral se pone aceite para consagrar en las ampollas, que están medio llenas. En el momento en que el leño toca la abertura de la ampolla, el aceite comienza a borbotar y si no se la cierra, todo el aceite se vierte fuera».147
En el siglo iv fue adquiriendo carta de naturaleza la costumbre de co- bijar bajo el altar (algo habitual desde hacía mucho tiempo en el paganis- mo) los restos de los mártires. Se colocaban por debajo de la placa o en una depresión de la misma, el «sepulcrum», convirtiéndose el altar en la tumba de los santos. Por mucho mal gusto que tenga esta cuestión, aun- que se haya habituado uno, hay que considerar también, de modo adicio-
nal, que muchos de los huesos, probablemente la mayoría, sobre los que se celebraba la ofrenda eucarística, la santa misa, no pertenecían a aquellos a los que se atribuían; surgió una «fuerte demanda» (Lexikon für Ikono- graphie) de cadáveres santos o de sus fragmentos, las «necesidades» eran literalmente gigantescas. Y lo mismo el problema. Y la pasión coleccionis- ta también. Había entusiastas aficionados a los restos de cadáveres cris- tianos. Poco a poco todas las iglesias querían tener sus propias reliquias de mártires y finalizando el siglo vi casi todas ellas las tenían.148