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Chapter 3 Research Methods

3.2 Data Collection and Analysis

3.2.1 Phase one

La autenticidad de las visiones las considera garantizadas el catolicis- mo a través de las visiones del Antiguo y del Nuevo Testamento. Ade- más, en cuanto a visiones, revelaciones y contemplaciones en el cristia- nismo, y hasta los tiempos modernos, no ha faltado de nada, ¡por todos lados! Por mucho que se hostilizaran unos contra otros, a menudo destro- zándose, para el cielo era justo y se repartía entre todos. Pero naturalmen- te, las visiones del adversario no podían ser auténticas visiones. «Cuando afirman algo nuevo -dice Tertuliano de los valentinianos-, llaman a su impertinencia una revelación y a su ocurrencia una gratificación.» Ésta era, en efecto, la táctica de todos los cristianos.85

Pablo tiene sus famosas visiones, según ejemplos precisos de la histo- ria de la religión, con paralelismos en Hornero, Sófocles y Virgilio, pero sobre todo con similitudes sorprendentes con Las Bacantes de Eurípides y en la leyenda de Heliodoro del Antiguo Testamento. A una conocida profetisa montañista se le aparece Cristo, adornado con ropajes brillantes y en forma de mujer, y deposita en ella «la sabiduría». Al valentiniano Marco se le presenta, asimismo con forma femenina, la suprema tetralo- gía surgiendo de lugares invisibles e innombrables y le revela, algo que no ha mostrado antes a dioses ni a hombres, su propio ser y el origen del universo.86

En especial a los ascetas, las visiones les venían como abejas de un enjambre. La demente mortificación con la que maltrataban el espíritu y el cuerpo, el ayuno permanente, la vigilia, el delirio visionario estimula-

do por la desnutrición, todo ello en medio de una soledad a veces terrible, les hace ya de entrada proclives a las «apariciones». Cuanto más autotor- mentos y luchas con los demonios, tantas más alucinaciones, visiones y audiciones y menos sentido para el resto del mundo.

San Antonio, tan asceta que ni se lava ni se baña tiene tal contacto permanente con las fuerzas supraterrenales y subterráneas, que percibe las famosas «voces de arriba» como nosotros la radio, sin irritación, pues está «habituado a que le hablen de este modo». Y a las audiciones se aña- den visiones. Una vez, todo tipo de gentuza infame por el aire pone en peligro su propia ascensión al cielo. Otra vez ve cómo un terrible demo- nio que llega hasta las nubes intenta detener a otras almas (aladas) que ascienden; pero el diablo no puede «vencer a los que no le han escucha- do». Mucho de la famosa y sospechosa vida de Antonio, de la pluma del santo falsificador Atanasio -«una pieza de la literatura universal» (Staats), «uno de los libros más influyentes de todos los tiempos» (Momigliano), probablemente el cuento de santos con mayor éxito-, reaparece en otras vidas de santos, también visionarios. Igual que por ejemplo Antonio ve ascender al cielo el alma del monje Amun cuando éste muere, lo mismo el abad san Benito ve el alma de su hermana al morir, que asciende al cie- lo en forma de una paloma. Aquella mamarrachada literaria del patriarca de Alejandría se convirtió en el bestseller cristiano del siglo iv y embru- teció a la humanidad como ninguna otra hasta la fecha.87

También Pacomio, el fundador de los cenobios monacales, ve la as- censión a los cielos de un justo y el viaje al infierno de un pecador, cuya alma (negra) arrastran dos ángeles inmisericordes con ayuda de un gan- cho que fijan a su boca, subiéndole después sobre un «corcel negro». Aunque así de realista y dictatorial este fundador de ocho monasterios para hombres y dos para mujeres, creador asimismo de una escuela de re- glas monacales, era también una «figura aquilina, que con sus alas espiri- tuales volaba hacia lo más alto», un hombre «que hablaba con los ánge- les», una «experiencia estremecedora» (Nigg). Por doquier le provocan Satanás y sus acólitos. Aullan a su alrededor como perros, escucha las conversaciones de los malos espíritus, ve en alucinaciones también a una hija de Belcebú, una maravillosa mujer, y se le revelan el cielo y el in- fierno con todos sus detalles magníficos y terribles cada uno de ellos. En resumen, todo lo que hay alrededor de Pacomio está lleno de diablos y demomos, el aire, el desierto, e incluso la punta de los dedos de los poseí- dos, pero sobre todo, naturalmente, su propia cabeza cristiana. Puesto que mientras que el celebrado fundador de monasterios organiza sabiamente y manda con dureza, al mismo tiempo le hierve el cráneo, al menos así parece, de «metafísica» y de visiones de ángeles y de demonios.88

También aparecen de vez en cuando los papas. Así, el papa san Fé- lix III (483-492) se aparecería a su nieta santa Tarsila; al menos es lo que

cuenta el papa san Gregorio I Magno, biznieto de san Félix y a su vez, como es fácil de entender, un gran taumaturgo. Y era también cotidiano que los mártires se mostraran a los peregrinos en sus tumbas. Agustín -en directa contradicción con un sínodo de la Iglesia norteafricana- está convencido de la autenticidad de estos eventos y expone por escrito de manera muy amplia sus posibilidades y tipos.89

María se aparece infinidad de veces, aunque por lo general en épocas posteriores, cuando los católicos comenzaron a descubrirla por así decir- lo. En el Nuevo Testamento sólo muy raras veces se la menciona, y siem- pre sin una participación especial. Su culto no está reconocido todavía de modo oficial en el siglo iv y es más costumbre adorar a mártires y ascetas que a ella. Todavía en el siglo v, en los tiempos de Agustín, se descono- cen las fiestas marianas en África. Mientras que en todo el Imperio hay cientos de iglesias dedicadas a los Santos, no hay todavía ni una sola a María.

. Con todo, María se presenta ya a Gregorio Taumaturgo, fallecido en 270, aunque no es hasta finales del siglo iv cuando lo relata san Gre- gorio de Nisa, uno de sus cuatro biógrafos. Una noche, mientras medita en difíciles problemas de fe, aparece ante él un anciano: el evangelis- ta Juan. Tranquiliza a Gregorio y señala hacia la otra esquina: allí está santa María, una mujer de majestad sobrehumana. Informa a Gregorio y le explica todo perfectamente. «Después de una conversación franca y clara -relata el Padre de la Iglesia Gregorio de Nisa cien años des- pués-desapareció.»

Gregorio Taumaturgo era obispo de Neocesarea, donde, cuando se hizo cargo de la sede, sólo había 17 cristianos y cuando murió, sólo 17 paga- nos; es decir, hizo una ciudad cristiana de una pagana y seguramente con ayuda de sus milagros, de donde recibió el sobrenombre. Los milagros favorecen la evangelización. En una esquina el evangelista, en otra la san- ta Virgen, entre ellos el taumaturgo, ¿qué puede salir mal?

Además, siempre que hay problemas hay también visiones marianas, que aunque, según un moderno teólogo, se caracterizan «porque en su mayoría se sustraen a los requisitos de un análisis crítico, el hecho que les da fe es que» -y esto lo recalca, para manifestar todo su cinismo- «producen lo que anuncian».90

También a san Martín, además del diablo y de todo tipo de espíritus malignos, se le persona María repetidas veces. Martín trató igualmente con otras personalidades celestiales, con Pablo, Pedro, Inés, Tecla. Su biógrafo señala a este respecto que a muchos les puede parecer increíble. «Pero Cristo es mi testigo de que no miento.» Y el abad Schenute, un gran bandido y asesino ante el Señor, tuvo encuentros con David y Jere- mías, con Elias y Elisa, con Juan el Bautista y con Cristo.91

de lo legendario -aunque, en el fondo, eso pasa ya con el Antiguo Testa- mento y también con el Nuevo, especialmente con los evangelios- pero hay, no obstante, razones más que suficientes para la existencia de otro género especial de leyenda, de embuste con halo de santidad, de poesía devocional y, sobre todo, de hagiografías, de vidas de santos.

La leyenda, «el alimento espiritual del pueblo»,

o «grandes, desvergonzados, repugnantes, graves

y solemnes embustes papistas»

En lugar de los «apócrifos» cada vez más endiablados y arrinconados, aparecieron en la Iglesia antigua devocionarios populares, textos recrea- tivos muy apreciados y leyendas puras, y aparecieron novelas triviales, una literatura aparentemente observada a distancia por el clero, pero en su conjunto secretamente favorecida, cada vez más increíble pero al mis- fc mo tiempo gozando de gran credibilidad, que «adquirió una gran impor-

tancia histórica», que se convirtió efectivamente en «el alimento espiri- tual del pueblo» (Bardenhewer, católico).92

Etimológicamente la palabra procede de legenda («lo que ha de leer- se»). En principio es aquello que ha de leerse al pueblo en los servicios religiosos del Lectionarum o del Epistolarium. Más tarde se entienden bajo ese término todos los relatos sobre la vida de los santos católicos. En el siglo vi se cristianizó todo el sistema antiguo de leyendas y el santo se convirtió en su nuevo portador. Desde comienzos de la Edad Media son lectura obligada para los clérigos textos de las historias de los santos que corresponden al día, y estas historias de santos se convierte en «le- genda». Aunque también se habla de la «vita» o, en el caso de los márti- res, de la «pa^ío».93

El poco honroso final del papa Juan I bajo el rey Teodorico resulta vi- siblemente glorificado por la leyenda católica. Cuando se precipitan so- bre el lecho de muerte del papa los senadores y el pueblo para obtener sus reliquias y romper sus vestiduras, se produce una curación milagrosa. Durante el entierro tiene lugar un nuevo milagro. Después crecen los mi- lagros, como relata el papa Gregorio I a finales del siglo, milagros que Juan realiza ya en vida, como durante su viaje a Constantinopla, donde también devuelve la vista a un ciego. «La creencia en los testimonios de milagros de personas vivas y otras recién fallecidas [...] surgió ahora en una época de una nueva espiritualidad naciente, que se aleja cada vez más del brillo intelectual de la Antigüedad, con fuerza y a la luz pública» (Gaspar).94

Según se anota en el diccionario de la Iglesia católica de Wetzer/WeI- tes, los relatos de la vida de los santos cristianos presentan en el siglo u

«los hechos más curiosos», poco a poco van haciéndose más extensos, legendarios, llenos de embustes. Su misión principal, que según la citada obra incluyen «una presentación noble y real de los grandes caracteres de los santos» y «consecuencias rectas», era «despertar en el pueblo los sen- timientos y sensaciones más nobles y santos y ponerle así ante los ojos de la manera más variada el poder y la grandeza del cristianismo en los dis- tintos santos». Y el Lexikonfür Theologie und Kirche, más reciente; con- fiesa: «La tendencia de las leyendas de la época protocristiana y durante toda la Edad Media es la fundación religiosa [...1. A finales de la Edad Media la leyenda gozaba de gran predilección y era un medio poderoso de la educación religiosa del pueblo, reconocido hoy de manera general en su importancia para la historia de la Iglesia, de la cultura y del arte y para la investigación lingüística, mientras que el enciclopedismo la des- preciaba como "engaño de curas"» (A. Zimmermann), en lo que tenía toda la razón.95

Mediante estos relatos inventados, pero presentados como historia, se influyó sobre las masas, probablemente más que con todos los restantes «bienes de la fe». «A partir de la leyenda los santos entraron a formar parte de la vida afectiva del pueblo» (Schauerte, católico). Las leyendas fueron un «factor educativo» muy importante (Günter) y en el catolicis- mo lo han seguido siendo hasta la época moderna, e incluso en muchas regiones hasta la actualidad. En el resto de la cristiandad tuvieron validez hasta la Reforma; hasta que Lutero habló del «embuste» y en 1562 el predicador de la corte del Palatinado Jerónimo Rauscher plasmó sobre el papel una antología de título mucho más agresivo: «Cien grandes, des- vergonzados, repugnantes, graves y solemnes embustes papistas selec- cionados».96

Muchas de estas falsificaciones recuerdan en su modo de representa- ción a las novelas paganas. No obstante el juicio habitual es indiscutible, o mejor, el pretexto frecuente, por no decir la mentira estándar de los apologistas católicos, de que la literatura novelística cristiana no quería ofrecer historia, que los creyentes consideraban tales producciones como literatura piadosa. Pero estos libros no querían ser una invención artísti- ca, ni deseaban servir de entretenimiento sino de instrucción, de propa- ganda y de misión, eran una literatura teológica tendenciosa. Y lo mismo que los judíos, los cristianos consideraron históricamente verdaderas ta- les ficciones, pues durante toda la Antigüedad apenas se distinguió entre novela histórica e historia. No obstante, todos los autores de la Iglesia han considerado tales textos «como testimonios históricos y basándose en su contenido los han juzgado como auténticos -cuando concuerdan con la doctrina- o como falsos en caso contrario» (Speyer).97

Las leyendas, pues, eran todo menos inofensivas. Estas glorificacio- nes e inventos falsos e impertinentes eran propaganda católica, escritos

con la intención de que se les creyera. Eran un medio de fortalecimiento y conversión, «testimonios de fe». Y se les creyó, en ningún caso se les tomó por una mentira «piadosa». ¡Entonces habrían fallado en su objeti- vo! No, a lo largo de los siglos, durante toda la Antigüedad, toda la Edad Media y más tarde también, con las leyendas se hizo historia, no sólo una historia de la fe sino también una historia política, algo que siempre ha es- tado interrelacionado, con las leyendas se hizo historia en no menor medi- da que con la espada. Y tanto más por cuanto que, gracias a la educación católica, la Edad Media «no distinguía entre leyenda e historia» (Günter). Un jesuíta moderno escribe que las «leyendas son creídas y actúan deci- sivamente (!) para incrementar la fuerza de atracción y la confianza». «Muchos aceptaban sin inconvenientes (!) como verdadero cualquier (!) relato que leían en las obras de escritores célebres» (Beisel). Si esto valía para las personas formadas ¿que sucedía entonces con la gran masa de cristianos analfabetos? ¡Se les podía engañar con todo, y así se hizo!98

Pero al contrario de lo que suele creerse, las leyendas, durante siglos, hasta finales de la Edad Media, no surgieron del pueblo sino que fue el clero el que las creó para el pueblo, aparecieron en especial en los mo- nasterios y en las sedes episcopales, allí donde mejor provecho se las po- día sacar. Pues, si prescindimos de esas historietas de milagros, nada ha- bía con lo que aleccionar o impresionar a la masa de los creyentes, de no ser con las cámaras de tortura o con la hoguera. Que se falsificara por puro afán de lucro o que «de buena fe», para mayor honor del Señor o de un santo, se redactara todo tipo de «miracula» y «virtutes», de hecho da igual para sus consecuencias y es de lo que aquí se trata. El embus- te de los milagros en las leyendas de los santos, que comienza en el cris- tianismo con el Nuevo Testamento aunque ya se daba en el Antiguo, ha debido proporcionar a la Iglesia más oro y poder que todas las inconta- bles falsificaciones que se hicieron sólo por codicia. La creencia en la au- toridad «superó todos los arranques críticos» (Günter).99

El mayor de los evangelistas previene ya contra los falsos profetas, que «hacen prodigios y milagros para confundir como sea posible a los elegidos». Más tarde, arríanos y católicos se acusarían mutuamente de fraude en los milagros. También en los exorcismos los adversarios en el Señor se acusaban de engaño. Conforme -a la práctica habitual de sacer- dotes y magos, también el cristianismo en el siglo n, y más aún en el m, comenzó realmente con la falsificación de los milagros, alcanzando unas enormes proporciones en la Edad Media y llegando hasta la época mo- derna, tanto en los círculos gnósticos como en la Iglesia católica. Entre los tipos del «mago» y del «sacerdote» hay toda una serie de puntos co- munes.100

Debemos una alusión muy significativa a san Epifanio, arzobispo de Salamis, en Chipre, un Padre de la Iglesia de gran celo pero, sin que na-

die lo discuta, de escaso intelecto. Epifanio relata que «en muchos luga- res» se repite el milagro de las bodas de Cana, la conversión del agua en vino, «hasta el día de hoy [...] para testimonio de los incrédulos», como demostraban «en muchos lugares las fuentes y los ríos» en el aniversa- rio de esa boda. Se entiende de por sí que Epifanio debió beber vino de una de esas fuentes, lo mismo que su comunidad (de otra). Sin embargo, ese aniversario tiene lugar en la liturgia protocristiana el 6 de enero, la misma fecha de una festividad de Dionisos, que medio milenio antes que Jesucristo realizó la milagrosa conversión del agua en vino, como atesti- gua Eurípides (hacia 480-406), evidenciando que los sacerdotes cristia- nos continuaron con el engaño de los de Dionisos, entre otras cosas, ocu- pando los restos del templo de este último.101

Es evidente que incluso los santos más famosos del catolicismo parti- ciparon de estas prácticas de timadores, sobre todo cuando comenzó una cierta desaparición paulatina de los milagros.

San Ambrosio resucitó al hijo de un distinguido florentino y llevó a cabo una serie de maravillosos descubrimientos de osamentas de santos mártires, siniestras obras de arte pero en el fondo muy significativas. Los arríanos le acusaron de escenificar las curaciones de poseídos.102

Agustín opina que los milagros, si bien ya no tanto como antes, to- davía siguen siendo frecuentes; en cuanto a los de los paganos, los rea- liza, naturalmente, el diablo. Agustín anima a los obispos vecinos a pres- tar atención a todos los fenómenos milagrosos, escribirlos y aprovechar- los apologéticamente y con fines misioneros. Él mismo así lo hace, y creó un «índice de milagros» (Libellus Miraculorum), que sólo entre los años 424 y 426 documentó setenta prodigios; hoy no lo hay ni en Lourdes. El último capítulo de su obra principal, De civitate Deí, alardea también de veinticinco milagros edificantes, en parte presenciados por él mismo, cuya escala oscila entre una curación de hemorroides y una resu- rrección. Sólo los huesos de san Esteban, hallados por un milagro -una revelación en sueños al sacerdote Luciano-, hicieron resucitar en Hipona a cinco muertos, que fueron trasladados solemnemente a la parroquia de Agustín.103

Desde el «miraculum sigillum mendacii»

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