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El sentido es analizado con particular profundidad por una serie de pensadores franceses a los que suele incluirse dentro del postestructuralismo para indicar la relación crítica que establecieron con el pensamiento estructuralista. Entre otros investigadores, me interesa destacar a Paul Ricoeur, la ya nombrada J. Kristeva, y la obra de R. Barthes a partir de la publicación de

S/Z, a la que hice mención anteriormente.

En líneas generales, el postestructuralismo desplaza el interés por el significado del signo a su significante, que aparece asociado a infinitos significados de tal suerte que no existe significado que no sea a su vez un nuevo significante. Esta nueva dirección ubica al sujeto en un lugar central respecto del lenguaje y -en consecuencia- cobra importancia especial la enunciación y la temporalidad. Por otra parte, el hecho de que para el postestructuralismo, el significado no esté

atado al signo, lleva a considerar el sentido no ya en función de una estructura sino en relación

con su estructuración textual. 70

Para J. Derrida (1987), los signos tienen culturalmente una huella producida por sus infinitas resignificaciones de tal forma que cualquier producto puede pensarse como una red intertextual en la que es imposible llegar a un significado final, porque este siempre se constituirá en el significante siguiente. El autor critica el concepto de estructura y en especial el de centro, entendido como aquello que es único e invariable en una estructura determinada. La

estructuralidad de la estructura sería el elemento permanente de la razón occidental y el lenguaje

-en tanto sistema- su último estadio.71 Para explicar estas ideas, utiliza el concepto de différance,

entendido como la imposibilidad de completar el sentido debido a la intervención de los

70 En su versión más extrema, el postestructuralismo considera que no existen textos sino solamente lectores.

71 Por este motivo, M. Payne afirma que “el postestructuralismo no es un abandono de la estructura, sino más bien una reflexión

crítica sobre su dinámica.” (2002: 533).

significados de las otras palabras, que le sustituyen y le añaden nuevos sentidos. Debido a que no es posible fijar un sentido coherente y no problemático, tampoco lo es establecer un metalenguaje ya que los signos que lo conformarían estarían siendo objeto de permanentes deslizamientos e indeterminaciones.72

Para J. Derrida, deconstruir es el procedimiento jerárquico de interpretación cuya finalidad última no consiste en comprender lo que el texto dice sino lo que calla. Se busca así demostrar cómo los sistemas o las estructuras están apuntalados desde afuera por otros sistemas. En este sentido, la deconstrucción es una práctica política ya que devela la lógica mediante la cual ciertos sistemas construyen sus sentidos.

Paul Ricoeur investiga la narración desde una perspectiva hermenéutica organizada en niveles, uno de los cuales es el texto mismo no ya como estructura sino como la configuración de un material preexistente. El acto de narrar –como el acto de leer- imbrica procedimientos de conocimiento, de interpretación y de invención. En Tiempo y narración (1995), el autor establece dos ideas centrales. Por un lado, conecta la metáfora con el relato a través de los conceptos aristotélicos de mythos y mimesis. Por el otro, determina que el tiempo relaciona las experiencias humanas con la narración.

Para Ricoeur, en su procesamiento, el discurso se hace obra y al mismo tiempo metáfora interactiva. La metáfora así planteada es una forma de predicación sobre el mundo. El carácter metafórico no está dado por un efecto de sustitución o de desviación del objeto narrativo, porque este nunca se encuentra presente sino a través del lenguaje que lo representa o reconstruye haciéndolo pasar por la memoria (como ocurre en el relato histórico) o por la imaginación (como en la literatura). Por lo tanto, la narración es una referencia indirecta o una re-presentancia, como

72 Por eso, desde esta perspectiva, una narratología modal postestructuralista sería poco probable.

propone I. Klein (2008: 17), en la que la función de la lectura es interpretar la analogía que produjo la trama.

En su análisis de Poética, P. Ricoeur identifica tres niveles narrativos o mimesis:

- la prefiguración (mimesis I) puede pensarse como un antes de la puesta en intriga. En este nivel, ocurre la comprensión práctica a través de los conocimientos previos que operarán para que la mimesis ocurra. El autor identifica tres dimensiones de operaciones necesarias: las redes conceptuales, los recursos simbólicos y los caracteres temporales;

- la configuración (mimesis II). Aquí la sucesión de acontecimientos que la mimesis I prefiguró, se constituye en una totalidad organizada temporalmente a través de la causalidad. Los hechos se vuelven inteligibles por medio de la trama (el mhytos); y

- la refiguración (mimesis III). Ocurre aquí la apropiación y la interpretación de la obra a través de la lectura. Esta por lo tanto produce un nuevo sentido en la medida en que se ordena en una operación cognitiva que actualiza un conocimiento a la vez que se instituye como su fuente. La refiguración aumenta la realidad que la comprensión práctica había construido en la

mimesis I a través de la mediación de la mimesis II.

En conclusión, para P. Ricoeur la ficción -como condición inherente de la narrativa-, se aproxima más al concepto de interpretación que de fingimiento o no verdad debido a la supremacía asignada a las mimesis. Por otra parte, en esta perspectiva el texto aparece como autónomo, por lo tanto, en sus diferentes procesos de lectura, se descontextualiza y se recontextualiza en forma permanente. 73

73 Ambos aspectos –la autonomía y el problema contextual- llevaron a pensar que en P. Ricoeur, la obra parece hacerse a sí misma

y que no se tiene en cuenta que “los individuos se transforman en sujetos cuando son interpelados por los discursos, los que, a su vez, son determinados por formaciones ideológicas, las que remiten, en definitiva, a posiciones de clase.”, como señalan M. Contursi y F. Ferro (2000: 60). Sin embargo, este tipo de cuestiones tan valiosas no son preocupaciones centrales para la hermenéutica.