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Chapter 3: Methodology and Methods

3.2 Stage One: Case study of wine grape sector Users’ perspectives on usefulness

3.2.1 Data collection and analysis

Bourdieu (1998) en su libro La domination masculine, hace una lectura histórica al hombre, sus roles, funciones, estereotipos, comportamientos, cultura impositiva, la división del trabajo, la sexualidad, anatomía, el compromiso frente a responsabilidades sociales, culturales, su presencia en lugares públicos y privados, en los que es calificado como persona apta para ese tipo de menesteres. El auto-exponerse y permitir la fijación de funciones, la virilidad, autodeterminación y la instrumentalización de la mujer, su acceso corporal, el aporte biológico, decisivo para el nacimiento de una nueva criatura, la posición de dominación física y psicológica cuando la mujer se deja intimidar, se aísla de sus amistades, familia porque a su cónyuge, compañero permanente no le agrada verla interactuar con individuos que pudiesen penetrarse en su relación, desestabilizarla psicológicamente, inducirla a independizarse económica y afectivamente, abandonarlo y dejar de ser un objeto de intercambio monetario, es una constante para varias mujeres, víctimas de la sujeción causada por los hombres.

La forma de vestirse, acciones, reacciones, omisiones, conductas practicadas en sociedad son provocadas por el sistema homogéneo en que el hombre lleva la vocería, por estar facultado para ello y de no estarlo, simula ser, tener, poder, hacer para no perder la contundencia de su género en su grupo, comunidad y perder la utilidad, efectividad de su labor. Este pensamiento

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de Bourdieu ha revelado como el hombre y la mujer113, en su lenguaje cotidiano emiten juicios de valor, nombran los objetos de uso diario y los actos con el sesgo sexual, los símbolos llegan a ser infinitos y normalizados para la cultura androcéntrica, a pesar de no serlo para la mujer, quien ha sido víctima de discriminación, trato despectivo, humillantes e irrespetuoso. La destinación de la mujer a la procreación, la exhibición de sus cuerpos en eventos recreativos, culturales, la moda, el baile, coreografía, modelos de productos comerciales de cada parte de su cuerpo, los deportes practicados, profesiones elegidas, no ha sido una manera de exaltar su belleza física y las metas alcanzadas, promover su salud, el bienestar orgánico, sino proyectar delgadez, la curvatura perfecta y la imitación a la Barbie.

La clasificación dual entre una y otra actividad efectuada por el hombre y la mujer, ha sido conservadora y drástica, en cuanto ha favorecido su exposición libre ante la sociedad a diferencia de la mujer, quien ha sido confinada a su casa y los quehaceres domésticos, por sus cualidades. Sin embargo, se les desconoce su capacidad, virtudes y complementariedad en la preservación del hogar, pero si se rehúsan a hacerlo, son llamadas mujeres inmorales, de la calle, perversas e hijas desobedientes de Dios o de las figuras a las que les rinden culto, deben brindar justificaciones aunque en un primer momento solo sean creíbles para ellas; y por parte de sus compañeros, son

113 Las divisiones constitutivas del orden social y, más exactamente, las relaciones sociales de dominación y de explotación instituidas entre los sexos se inscriben así, de modo progresivo, en dos clases de hábitos diferentes, bajo la forma de hexeis corporales opuestos y complementarios de principios de visión y de división que conducen a clasificar todas las cosas del mundo y todas las prácticas según unas distinciones reducibles a la oposición entre lo masculino y lo femenino. Ver. Bourdieu (1998), p. 206.

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golpeadas, ofendidas, también como castigo114 a lo que son o deben ser y no lo son, voluntaria o involuntariamente.

Para Bourdieu (1998) la dominación masculina no es un asunto solo histórico, en él concurren múltiples factores, entre ellos la capacidad de resiliencia de los individuos, la adaptación y conformismo a lo permitido, pero no equitativo, porque la desigualdad es preponderante al igual que las relaciones jerárquicas, las definiciones universales de lo que debe hacer el género femenino y masculino. Por otra parte, el amedrentar, inhibir, atemorizar a la mujer es traducido como dominación masculina, el desenfreno de sus emociones, pasiones e impulsos conducentes a ejecutar actos nocivos y letales en contra de los deseos espontáneos de la mujer; y también, muestra como ella reacciona y se apodera del papel de víctima, permite los malos tratos corporales y psicológicos.

114 La violencia simbólica se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador (por consiguiente, a la dominación) cuando no dispone, para imaginarla o para imaginarse a sí mismo o, mejor dicho, para imaginar la relación que tiene con él, de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparte con el dominador y que, al no ser más que la forma asimilada de la relación de dominación, hacen que esa relación parezca natural; o, en otras palabras, cuando los esquemas que pone en práctica para percibirse y apreciarse, o para percibir y apreciar a los dominadores (alto/bajo, masculino/femenino, blanco/negro, etc.), son el producto de la asimilación de las clasificaciones, de ese modo naturalizadas, de las que su ser social es el producto. Ver. Bourdieu (1998), pp. 28-29. La dominación masculina está fundamentada en la preponderancia del androcentrismo, la aceptación masiva de la división de roles y la institucionalización de los mismos, la asignación de responsabilidades diferentes, la aceptación de actos violentos propinados a la mujer y la legitimidad de éstos.

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La mujer ha sido juzgada doblemente, por su género y corporalidad115, pues si éste es desproporcional, las medidas son exorbitantes y no se ajustan a los parámetros de figura delgada, light, impuesta por el consumismo, el mercado y las necesidades creadas por éste, entonces la concepción es de baja estirpe, no aceptación y ello, también genera en la mujer inconformismo con su cuerpo, afectación en su autoestima e inhibe sus relaciones interpersonales y sujeta su aceptación física al criterio de los demás e incrementa sus complejos y en el intento de igualar su cuerpo al de los demás, decide arriesgar su salud, someterse a procedimientos estéticos peligrosos para incorporarse satisfactoriamente en los grupos sociales a los cuales no había accedido antes por varias circunstancias. Usualmente, se ha pensado que este tipo de inseguridades, estigmas creados y fomentados en la niña, adolescente, mujer yacen desde la familia, la escuela; y posterior o simultáneamente son fortalecidos por la iglesia, quien los legitima, socializa e impone una serie de valores, que difunden los mensajes de obediencia y respeto al jefe del hogar-su dueño- (Bourdieu, 1998).

Una aprehensión realmente relacional de la relación de dominación entre los hombres y las mujeres tal como se estableció en el conjunto de los espacios y subespacios sociales, es decir, no únicamente en la familia sino también en el universo escolar y en el mundo del

115 Así pues, el cuerpo percibido está doblemente determinado desde un punto de vista social. Por una parte, es, incluso en lo que tiene de más aparentemente natural (su volumen, su estatura, su peso, su musculatura, etc.), un producto social que depende de sus condiciones sociales de producción a través de diversas mediaciones, como las condiciones de trabajo (especialmente las deformaciones, las enfermedades profesionales que provocan) y los hábitos alimenticios. Ver. Bourdieu (1998), pp. 48-49.

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trabajo, en el universo burocrático y en el ámbito mediático, conduce a derribar la imagen fantasmal de un «eterno femenino», para resaltar con mayor claridad la persistencia de la estructura de la relación de dominación entre los hombres y las mujeres, que se mantiene más allá de las diferencias sustanciales de condición relacionadas con los momentos de la historia y con las posiciones en el espacio social, Y esta verificación de la constancia

transhistórica de la relación de dominación masculina-, lejos de producir, como a veces se

finge creer, un efecto de deshistoricización, y por tanto de naturalización, obliga a darle la vuelta a la problemática habitual, basada en la verificación de los cambios más visibles en

la condición, de las mujeres (pp. 74-75).

Bourdieu (1998) en su tesis sobre la denominación masculina, racionalizó sobre la urgencia de des-idealizar la unidireccionalidad de un sexo sobre el otro, superar el esquema de categorización, imposición de niveles, la cultura del hombre como jerarca de la familia, su remuneración preferencial frente a la mujer, los lugares a los cuales puede acceder, su vestuario, las actividades practicadas, los cargos ocupados, entre otros beneficios con contenido de reserva, limitados y exclusivos. Asimismo, propuso una reversión de la dinámica habitual e impulsó a observar las intervenciones del sexo femenino y masculino de manera concomitante, co- direccional.