2.3 Summary
3.1.2 Data collection
El objetivo, núcleo y fundamento de nuestra propuesta de terapia lo cons- tituye el proceso de construcción o reconstrucción sucesiva que hace el ser humano de la experiencia. Este proceso ha sido descrito con sencillez y ele- gancia por Kelly (1966/1970) en el Ciclo de Experiencia (1.2.4). Su simplici- dad, sin embargo, no le resta potencialidad heurística tanto a nivel teórico como a nivel de la práctica terapéutica.
La construcción de la relación terapéutica
La primera experiencia a reconstruir en un proceso terapéutico es la pro- pia experiencia de la relación terapéutica. Cliente y terapeuta se encuentran en un proceso dual, que podríamos llamar dialógico, de construcción. Para cada uno la presencia, conducta y lenguaje del otro supone una experiencia a construir. Como tal produce una validación o una invalidación de las antici- paciones implicadas en dicha experiencia.
El cliente, en el contexto de la relación terapéutica, pone en juego sus constructos relacionales con el terapeuta. Así pues, el tipo de relación que el terapeuta establece con el cliente puede constituir uno de los factores de cam- bio más potentes. Es desde esta perspectiva que asumimos los planteamientos de Rogers (1957) relacionados con las actitudes del terapeuta. Ciertamente, para personas que presentan algún grado de perturbación en sus relaciones interpersonales, la experiencia de relacionarse con alguien (terapeuta) que acepta plenamente y de forma profunda lo que dice y su visión de las cosas (aceptación incondicional), que es sincero y expresa sus sentimientos (con- gruencia), y que es capaz de ponerse en su lugar y transmitir además esta vivencia (empatía), resulta altamente terapéutica.
Efectivamente, la mayoría de personas que acuden a terapia mantienen anticipaciones sobre sí mismas del tipo “nadie me acepta”, “soy alguien horri- ble”, “si alguien me conociera realmente me rechazaría”, etc. Todas estas anti- cipaciones se ven invalidadas con el tipo de relación que propone Rogers. Si además terapeuta y cliente consiguen efectivamente esta relación “de persona a persona” (Rogers, 1967) la hipótesis del cliente de que es un ser indigno de ser amado puede también recibir los primeros signos de invalidación.
Sin embargo, creemos que el encuadre de relación terapéutica que propo- ne la Terapia de los Constructos Personales, la relación “de experto a exper- to” (Feixas, 1995) es la más abarcativa y más potente terapéuticamente. Parte de la misma concepción de respeto hacia la persona. Es más, las actitudes del terapeuta recomendadas por Rogers son también adecuadas para el terapeu- ta constructivista. Pero la concepción de la relación terapéutica como colabo- ración entre expertos, supone el reconocimiento de un saber mutuo y com- plementario. Por ser mutuo coloca a cliente y terapeuta en un mismo nivel, por ser complementario delimita las responsabilidades de cada uno.
No podemos olvidar los intentos por sobrepasar los límites y responsabi- lidades que surgen a menudo por parte de los clientes en un contexto tera- péutico. Existe un área, la del marco terapéutico, en la que claramente le corresponde al terapeuta la iniciativa y la máxima responsabilidad. Por tanto, el cliente tiene que ajustarse al encuadre del terapeuta si quiere iniciar o seguir una terapia. Resulta especialmente interesante la elaboración que de este tema hace el grupo de Milán de terapia familiar (p. e., Selvini et al., 1975) y otros desarrollos afines (p. e., Bergman, 1985). Estos autores describen de forma clara y gráfica cómo la no asunción de la responsabilidad de dirigir el encua- dre terapéutico puede inmovilizar las posibilidades de generar cambios por parte del terapeuta.
Consideramos pues necesario definir las líneas generales de las responsa- bilidades básicas del terapeuta, que constituyen la base de su competencia (o “expertitud”) que cubre básicamente dos áreas:
a) Competencia en el proceso terapéutico
Es el terapeuta quien conoce, por experiencia y por formación, lo que constituye el tipo de proceso terapéutico que él está dispuesto a asumir. Ello implica un sin número de aspectos, muchos de ellos referidos al encuadre terapéutico:
1. Forma de realizar el primer contacto. El terapeuta puede canalizar la for- ma en que los casos le han de llegar. En el caso de trabajo en instituciones, esto viene marcado hasta cierto punto por las normas (nos encontramos entonces con un problema de tipo organizacional), pero en otro caso él mismo tiene la posibilidad de orquestar este aspecto: poniendo un horario; limitando esta pri- mera información a un sólo canal (p. e., telefónico), etc. En este sentido consi- deramos muy oportuna la sugerencia de Selvini et al. (1975) de realizar los pri- meros contactos con un cliente de forma estructurada, en lo que ellos llaman “ficha telefónica”.
2. Horario de las entrevistas. Bergman (1985) ha puesto de relieve cómo el proceso negociador que se da en un primer contacto telefónico entre cliente y terapeuta se pueden producir intentos de control de esta área por parte del clien- te. Este autor ha señalado lo útil que resulta desarrollar procedimientos para conservar el dominio de esta área. Ello no significa, sin embargo, que el tera- peuta no deba ser suficientemente flexible como para hacer posible una cita de acuerdo con los horarios a menudo laborales que delimitan las posibilidades rea- les del cliente.
3. Tipo de problemáticas que puede tratar. Una de las ventajas de la ficha telefónica es que permite hacer una selección previa de los casos. Existe un buen número de razones por las que un terapeuta no debe considerarse capaz de resolver todo tipo de problemas, y aceptar todos los clientes. La imposibilidad de ayudar puede ser detectada por el terapeuta ya en el primer contacto o en una fase posterior del proceso terapéutico. El control sobre esta cuestión debe quedar en manos del terapeuta.
4. Personas a convocar en la sesión. Con el fin de optimizar la capacidad de ayuda, el terapeuta puede considerar necesario entrevistarse con más perso- nas que el paciente identificado. Si éste no coincide con el demandante, parece especialmente indicado incluir a éste también. En este sentido no debe renun- ciar a esta potestad de convocatoria en aras de su efectividad terapéutica. Compete, no obstante, al cliente aceptar o no dicha propuesta de convocatoria. Según nuestro criterio, de cara a una primera entrevista puede ser interesante recibir información por parte del mayor número razonable de personas impli- cadas en lo que llamamos el “sistema problema”.
5. Honorarios, duración de la sesión y del período entre sesiones. El tera- peuta, de acuerdo con las disposiciones colegiales o de mercado que existan, es quien fija el precio de la sesión (e incluso las condiciones para una opcional reducción de ese precio). Dicho precio guarda cierta relación con la duración de la sesión, con el tipo de dispositivos necesarios para la terapia y con el período entre sesiones.
b) Competencia en los sistemas de construcción
El terapeuta tiene una formación sobre el funcionamiento de la actividad humana que desde la perspectiva constructivista se basa en los ciclos de expe- riencia y la evolución constante de un sistema de construcción. Este conoci- miento del funcionamiento humano depende de una teoría. De acuerdo con lo que manifestábamos en 1.2.4, las teorías constructivistas describen los pro- cesos del ser humano pero tienen poco que decir sobre los contenidos de dichos procesos en un sentido nomotético. Puesto que no existe una sola for- ma de construir, cada sistema de construcción tiene unas peculiaridades que le son características. En consecuencia, el terapeuta no resulta ser experto en los contenidos del cliente, al menos en el momento de iniciar la terapia.
Ello no excluye, sin embargo, que pueda estar atento a ciertas regularida- des que de forma general se dan en muchos pacientes, especialmente si los agrupamos por características psicopatológicas. Pero, no debe perder nunca de vista la unicidad de cada existencia concreta.
Por otra parte, el terapeuta dispone de conocimientos sobre el funciona- miento interactivo de los sistemas de construcción. Un Sistema de Constructos Personales no se halla aislado. Se ha generado en un contexto familiar y sociocultural determinado. El conocimiento del sistema de cons- trucción familiar y cultural puede resultar, pues, crucial para una compren- sión profunda del problema presentado. Cada sistema está conceptualizado en otro sistema de construcción más amplio, y tal como hemos descrito en II.1.2, debe considerarse. Puesto que el sistema de construcción del terapeu- ta está inserto en otro contexto inmediato distinto, la observación de la inte- racción entre los sistemas de construcción implicados en el problema puede aportar claves no visibles desde dentro de dichos sistemas. Es por ello que el terapeuta no debe renunciar a la distancia que esto requiere. Dicha distancia es un elemento terapéutico fundamental que si se pierde puede aniquilar la
potencia del proceso terapéutico. Ello no impide que suscribamos en su tota- lidad los aspectos relativos a la relación terapéutica descritos al hablar de la Terapia de los Constructos Personales (II.1.1), complementados con lo que acabamos de exponer.
Accidentes de la relación y el proceso terapéutico
La concepción de la psicoterapia como reconstrucción, entendida ésta como el proceso continuo descrito por el Ciclo de la Experiencia, puede dar cuenta de algunos temas que se han constituido en tópicos clásicos de la psi- coterapia. Uno de ellos es la transferencia. Dentro de la tradición en la que se originó, se entiende por transferencia el desplazamiento hacia el terapeuta de afectos o vivencias relacionadas con una figura de referencia anterior del cliente, habitualmente alguno de sus progenitores.
Desde la perspectiva constructivista este fenómeno puede ser visto como el proceso en el cual el cliente utiliza una constelación de constructos, que han resultado serle útiles para comprender a otra(s) persona(s), en la construcción de la relación terapéutica. Es decir, cuando se da este fenómeno los clientes ven y sienten al terapeuta a través de los constructos formados en una rela- ción anterior. De acuerdo con esta conceptualización, la transferencia es un accidente de la terapia que puede darse o no. Por supuesto, los constructos que utiliza el cliente para construir al terapeuta han sido formados en perío- dos anteriores de su vida, pero para que se dé el fenómeno que los psicoana- listas llaman transferencia, tiene que aplicarse toda una constelación de cons- tructos articulados de forma global, y esto no se produce de forma necesaria en la relación terapéutica.
Para el terapeuta constructivista esto sería indicador de la existencia de dicha constelación y del papel que ésta juega en la comprensión del área de las relaciones interpersonales. En este caso la transferencia podría ser un vehí- culo necesario para el cliente con tal de comprender a las personas que cono- ce, y el terapeuta no sería más que un caso particular de este mecanismo. En palabras de Kelly (1955):
“Podemos decir que el terapeuta siempre está buscando transferencias, intentando obtenerlas formuladas como hipótesis comprobables, diseñando expe- rimentos y confrontando al cliente tanto con los resultados negativos como con los positivos. Sobre esta base las transferencias pueden ser abandonadas y reem- plazadas. Las transferencias, y los constructos que emplean, son entonces a la vez los medios y los obstáculos del proceso terapéutico”
Otro tópico bastante usual en la literatura psicoterapéutica es el de la resis-
tencia, entendida desde el marco psicoanalítico en el que se desarrolló, como
aquellos gestos realizados por el cliente que rechazan o no aceptan las sugeren- cias o interpretaciones propuestas por el terapeuta. Parece interesante detener- se a considerar las implicaciones epistemológicas que entraña dicho concepto:
1. El terapeuta ha descubierto algo que sucede en el mundo del cliente que este ignora.
2. Este descubrimiento es real.
3. El terapeuta puede transmitirlo al cliente. 4. El cliente puede comprender este mensaje.
Detrás de las dos primeras descripciones implícitas en el concepto de resis- tencia existe una premisa epistemológica incompatible con el constructivismo: el terapeuta puede conocer la realidad y saber la verdad de lo que le pasa al cliente. El terapeuta constructivista considera sus intuiciones como interven- ciones, más o menos viables o ajustadas según el caso. La no presunción de verdad le aporta cierta tranquilidad por la que no se siente rechazado cuando se da el fenómeno que los psicoanalistas llaman resistencia.
En el tercer supuesto se pone de manifiesto el mito de la interacción ins- tructiva (ver este concepto de Maturana en 1.1.3). La emisión de un mensaje por parte del terapeuta no determina lo que el cliente va a entender, sino que viene determinado por su propia estructura conceptual, por su sistema de construcción. Así la suerte que corre cualquier intervención del terapeuta vie- ne determinada por la estructura del sistema del cliente.
Desde este punto de vista, al encontrarse con el fenómeno de la resisten- cia el terapeuta recibe un feedback negativo. Como hemos visto en 1.1.4, este tipo de información es esencial. En otras palabras, la invalidación de la cons- trucción que el cliente hacía del terapeuta resulta ser una oportunidad valio- sísima para el aprendizaje del sistema de construcción del cliente. Ello no implica necesariamente que la interpretación no fuese acertada o coherente, también puede darse el caso de no haber construido adecuadamente el momento adecuado o la forma de comunicarlo. La constatación de este défi- cit es la base para su superación. Sin embargo, de acuerdo con Dell (1982), ello no es siempre tan fácil...
“Como terapeutas respondemos típicamente al fracaso de nuestras inter- venciones en una de las tres maneras siguientes. Decidimos que nuestra teoría y visión del cliente son correctas, pero que
a) “hice la intervención incorrectamente”; b) “no la prolongué suficientemente”;
c) “debería haber funcionado, pero hay algo que va mal con este cliente” (es decir, el cliente no coopera, se resiste, sufre una patología irreparable, se halla todavía poco preparado para la terapia, etc.). En otras palabras, estamos dis- puestos a interpretar o descalificar los datos con tal de que nuestras hipótesis teóricas se vean preservadas.”
En otros términos, el fenómeno de la resistencia no se concibe desde la perspectiva constructivista como algo negativo sino como un movimiento potencialmente sabio hecho por el cliente para preservar su sistema en una línea de significado que es simplemente distinta a la del terapeuta. El tera- peuta sabe ante tal respuesta a su intervención, que ésta ha tocado un punto vulnerable que requiere ser preservado. El sistema del cliente no soporta el
tipo de reflexión que le sugiere el terapeuta y conviene, por tanto, no despo- jarlo de sus estructuras nucleares.
Tanto Epting (1984) como Dell (1982) proponen abandonar el término de resistencia puesto que es de poca o nula utilidad para el terapeuta que asume la posición epistemológica constructivista. En su lugar, Dell (1982) propone el uso alternativo del término coherencia, perfectamente congruente con la visión constructivista que acabamos de exponer.