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Data Model Planning and Organization

In document Army Information Architecture (AIA) (Page 123-126)

G.2 Data Planning Processes

G.2.4 Data Model Planning and Organization

Habían hablado de los indios y los españoles, de sus hazañas guerreras y políticas, de Juárez y Maximiliano, de los tiempos de engañosa quietud de la Colonia y de la azarosa época de Santa Anna, del humo de los cañones y el humo de las fábricas, de la educación como prioridad nacional, de sus remotas correrías infantiles en las ruinas de Mida y sus recientes correrías de cazador en la hacienda de El Cazadero, de sus fotografías a caballo o posando con el pecho cuajado de medallas... Era hora de que el «Master of México» de setenta y siete años hablara del futuro político de su país.

Y habló. Midiendo palabra por palabra, letra por letra, comenzó por decir un sí y un no, un «sí, pero», a la pregunta clave: ¿entregaría al pueblo mexicano el depósito democrático que se había reservado desde el año de 1876? «Es un error suponer que el porvenir de la democracia en México ha sido puesto en peligro por el largo periodo que ha ocupado el puesto un solo presidente ... Puedo decir sinceramente que el puesto no ha corrompido mis ideales políticos, y que creo que la democracia es un verdadero y justo principio de gobierno, aun cuando en la práctica es solamente posible para los pueblos que han adelantado mucho. ...

Puedo deponer la presidencia de México sin el menor remordimiento; pero no puedo dejar de servir a mi Patria mientras viva ... Es un sentimiento natural para los pueblos demócratas el que sus gobernantes cambien a menudo. Yo estoy de acuerdo con ese sentir ... Cierto es que cuando un hombre ha ocupado un puesto elevado y poderoso por mucho tiempo, puede llegar a considerarlo como una propiedad personal; y está bien que los pueblos libres deban precaverse contra las tendencias de la ambición personal. Sin embargo, las teorías abstractas de democracia y la aplicación práctica y efectiva de ellas, no son a menudo necesariamente la misma cosa ... El porvenir de México está asegurado ... Los principios de la democracia no se han implantado lo bastante en nuestro pueblo; es mi temor. Pero la nación se ha desarrollado y ama la libertad. Nuestra dificultad ha sido que el pueblo no se preocupa lo bastante sobre asuntos políticos para la democracia. El mexicano, individualmente, y por lo general, se preocupa demasiado de sus propios derechos y está siempre dispuesto a reclamarlos. Pero no se preocupa mucho de los derechos de los otros. Piensa en sus privilegios, pero no en sus deberes. La capacidad para el dominio propio, es la base de todo gobierno democrático; y el dominio de sí mismo es posible para aquellos que respetan el derecho ajeno ... Sin embargo, creo firmemente que los principios de la democracia han crecido y fructificarán en México.» Sin embargo, estaba forzado a transigir, a ser menos ambiguo, a tranquilizar un poco a la opinión pública norteamericana que lo sabía dueño de una fortaleza envidiable, pero lo sospechaba mortal. Por eso, acaso sin quererlo, transmitió más un sí que un no: «He esperado con paciencia el día en que el pueblo mexicano estuviera preparado para seleccionar y cambiar su gobierno en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin perjudicar el crédito nacional y sin estorbar el progreso del país. Creo que ese día ha llegado.

Cualquiera que sea el sentir o la opinión de mis amigos y partidarios, estoy dispuesto a retirarme cuando termine mi periodo actual, y no volveré a aceptar mi reelección. Tendré entonces ochenta años. Mi país ha tenido confianza en mí y me ha tratado con bondad. Mis amigos han ensalzado mis méritos y han hecho punto omiso de mis defectos.

Pero acaso no estén dispuestos a tratar con la misma indulgencia a mi sucesor, y pueda tener, acaso, necesidad de mi consejo y ayuda; por consiguiente, deseo estar vivo cuando se haga cargo del poder, para que pueda yo ayudarle ... Yo veré con gusto un partido de oposición en la República Mexicana. Si se forma, lo veré como una bendición, no como un mal. Y si puede desarrollar poder, no para explotar, sino para gobernar, lo sostendré, aconsejaré y me olvidaré de mí mismo, para inaugurar con éxito completo un gobierno democrático en la República. Me basta con haber visto a México surgir entre las naciones útiles y pacíficas. No tengo deseo de continuar en la presidencia. Esta nación está lista para su vida definitiva de libertad».

En Washington, la entrevista fue leída con atención y con un moderado escepticismo. En México causó un revuelo inmenso. Había que tomarle la palabra al viejo dictador. Había que consolidar la oposición.

En Coahuila, un joven y riquísimo hacendado llevaba años de luchar por la democracia. No era un místico del poder, como Díaz, sino un místico de la libertad: Francisco I. Madero. En 1908, escribió un libro que se vendió como pan caliente en todo el país: La sucesión presidencial en 1910. Allí hacía un balance apasionado pero objetivo del régimen, y rechazaba la «política patriarcal», a la cual le atribuía: «la corrupción del ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo. En la sociedad que abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de gobernarse a sí misma hay una mutilación, una degradación, un envilecimiento que pueden traducirse fácilmente en sumisión ante el extranjero ... Estarnos durmiendo», profetizaba Madero, «bajo la fresca pero dañosa sombra del árbol venenoso ... no hay que engañamos, vamos a un precipicio».

Si don Porfirio tenía su idea fija (el poder), don Francisco tenía la suya (poner límites al poder). Con buena lógica y en un lenguaje que hasta sus detractores consideraron «virilmente franco y accesible a todas las inteligencias». Madero proponía el remedio: restaurar las practicas democráticas y la libertad política que iguala a los hombres ante la ley; volver, en suma, a la Constitución del 57.

Nacido en 1873, tres años antes de que Porfirio Díaz tomara el poder. Madero representaba una voz antigua y nueva: antigua, porque había leído a los liberales «puros», los creadores de la Constitución y la Reforma, y, como ellos, pensaba que el valor por el que habían luchado, la libertad, se había perdido en el régimen de Díaz.

Nueva, porque sus métodos de lucha no fueron simbólicos o románticos: desde 1903 había orquestado poco a poco (en cartas, en periódicos, en apoyo material a los disidentes) una vasta empresa de reconquista democrática. Había comenzado en su municipio, más tarde en su estado, y ahora intentaba una labor nacional. Algo debía su devoción libertaria a la fe espiritista que había adoptado en París: Madero hablaba, o creía hablar, con espíritus (entre ellos el del propio Benito Juárez) que le dictaban los pasos que había de dar. Se creía llamado por la providencia —siempre la protagonista de la historia mexicana— a redimir al pueblo mexicano de la tiranía—. Pero su principal inspiración era la lectura de la propia historia mexicana: encamaba al último y más puro caudillo liberal del siglo xix, al primer caudillo demócrata del siglo xx.

En 1909, Madero daba el paso decisivo: la formación del Partido Nacional Antirreeleccionista y el lanzamiento de su candidatura presidencial para 1910. Al poco tiempo comenzaba una serie de giras políticas por toda la República al estilo político norteamericano: nunca en México se había visto algo semejante. «Es la lucha de un microbio contra un elefante», comentó don Evaristo Madero, el abuelo de Francisco, fundador de la gran dinastía empresarial de los Madero. Pero Francisco, que conocía la lección perseverante de Juárez y era tan «salvajemente independiente» como el hacendado liberal Melchor Ocampo, no cedió: sabía que los microbios, en efecto, a veces matan elefantes.

Díaz vio aquel intento de acción política del mismo modo en que hojeó ese libro: con infinito fastidio y desdén. El pobre «Panchito», quizá por sus fervores espiritistas, se había vuelto loco. En cuanto a la oposición «verdaderamente seria», la que propondría la candidatura del general Bernardo Reyes, su eterno procónsul en el norte, don Porfirio la sofocaría en 1909 de la manera más democrática: enviando a Reyes en una comisión al exilio. Juárez no habría hecho otra cosa. No, decididamente no: México no estaba preparado para la democracia. En julio de 1910, el viejo dictador se «sacrificaba» nuevamente por el bien de la nación: una elección a todas luces fraudulenta le daba la victoria sobre Francisco I. Madero, que desde su prisión en San Luis Potosí, ese mismo mes, llamaba al pueblo a una revolución con una fecha predeterminada: el 20 de noviembre de 1910. De Sonora a Yucatán, el pueblo —no sólo las élites— escuchó su voz: se le conocía ya como el Apóstol de la Democracia.

Díaz, entre tanto, iniciaba su octavo periodo presidencial, que debía terminar en 1916: a sus ochenta y seis años. Si Juárez había muerto en la cama... y en la silla, ¿por qué no él? Además, en el horizonte asomaba un hecho de inmensa significación: su octogésimo cumpleaños y el aniversario número cien de la patria mexicana. Había que festejar ambas biografías conjuntamente: en el fondo, Díaz pensaba que eran una y la misma.

*

Y vinieron las fiestas del Centenario en la provincia y la capital.

Y Díaz presidió la apoteosis de los héroes y la suya propia. Y no se habían apagado aún las luces de bengala, ni había callado la música y la cohetería, cuando de pronto, como en una súbita erupción volcánica de los pasados mexicanos, todo se estremeció y confundió con otro estruendo, no de artificio, sino de verdad: el formidable estruendo de una nueva Revolución. Esta vez no sería una revolución de opereta, como las de Santa Anna. Tampoco una revolución breve y casi incruenta, como las que había encabezado el propio Díaz. No se parecería siquiera a la guerra de Reforma, guerra de élites al fin, guerra en la que el pueblo había participado más por la leva que por la voluntad. Esta vez sería «la más grande y poderosa de las revoluciones», la revolución social que Lerdo de Tejada había profetizado. Su bandera no era nueva.

El caudillo Madero la había tomado de una vieja proclama de Díaz: «Sufragio efectivo, no reelección». Porfirio Díaz pensaba que septiembre de 1910 marcaría el Centenario de un ciclo histórico pleno, el de la Independencia consumada en el progreso, el orden, la paz. La historia cumplida, congelada. No había escuchado la voz crítica de Sierra en aquella lejana carta, ni había leído la última frase de su Historia Política: «Toda la evolución social mexicana habrá sido abortiva y frustránea si no llega a ese fin total: la libertad».

Nunca lo creyó y la historia se lo reclamó con inaudita puntualidad: septiembre de 1910 no marcaría un final sino un comienzo: el de una revolución popular muy semejante a la que se festejaba; una revolución que, como la de 1810, duraría diez años; una revolución generalizada, que costaría cientos de miles de vidas; una revolución encabezada por nuevos caudillos modernos y arcaicos, desgarrados como aquéllos entre los ideales de futuro y las raíces en el pasado; caudillos nacionalistas, democráticos, anarquistas, socialistas, religiosos, jacobinos, guadalupanos. Con el tiempo, todos estos caudillos ingresarían triunfalmente a un nuevo panteón cívico nacional: el panteón de la Revolución Mexicana. Sobre ellos se escribirían nuevas epopeyas, hagiografías, catecismos que darían cuenta de sus hazañas reales o imaginarias y de las muertes de varios de ellos: ya no frente a un pelotón sino asesinados a traición. Este catecismo revolucionario se enlazaría con el liberal para fundirse en uno solo: el Catecismo de la Patria Revolucionaria. Hidalgo, Morelos, Bravo, Guerrero, Juárez se hermanarían en el mismo cielo con Madero, Villa, Zapata, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas.

En el infierno seguirían purgando su culpa eterna los «traidores», los «vendepatrias», los «mochos», los «cangrejos», los «ilusos», los «reaccionarios», los «malos mexicanos»: Iturbide, Alamán, Santa Anna, Miramón, Maximiliano de Habsburgo (y Cuernavaca), acompañados ahora por un nuevo e inesperado huésped liberal: el «Héroe de la paz, el orden y el progreso», Porfirio Díaz, que no acabaría como Juárez, sino en el olvido, lejos de su país, de su añorada Oaxaca y de «Juana Cata», la india de Tehuantepec a la que llamaba y recordaba en su hora final.

Falleció en París, el 2 de julio de 1915. Como todos los otros antihéroes de la maniquea historia mexicana, don Porfirio moriría sin «un recuerdo de gloria ni un sepulcro de honor», pero en su caso con una pena mayor, tal vez la más injusta de aquel siglo de caudillos. Los restos de todos, incluso los de Hernán Cortés, descansarían en México; los de Porfirio Díaz no. En 1994 permanecen todavía sepultados en una sencilla tumba del Panteón de Montparnasse en París, proscritos de la patria cruel que contribuyó a salvar, edificar y consolidar. Su exilio postumo ha sido largo: quizá será eterno.

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