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Data Service Planning and Implementation

In document Army Information Architecture (AIA) (Page 50-55)

7. Data and Services Deployment (DSD)

7.4 Data Service Planning and Implementation

«Santa Anna tiene el deseo ardiente de contribuir a salvar la República», escribía en agosto de 1846 Valentín Gómez Parías. Los azares de la política mexicana unían de nuevo el destino de ambos hombres.

Como en 1833, harían la mancuerna del poder: presidente y vicepresidente. La guerra entre México y los Estados Unidos había estallado en abril. Las tropas norteamericanas avanzaban desde la frontera norte y sus barcos bloqueaban los puertos mexicanos del golfo. Se decía que, desde su exilio en La Habana, Santa Anna había pactado con un representante del presidente Polk la venta de parte del territorio a cambio de la paz perpetua y de un jugoso pago para México. No se podía explicar de otro modo el disimulo de los barcos estadounidenses que le habían franqueado el paso por Veracruz. Pero por otra parte, conociéndolo un poco, ¿quién podía creer en la palabra de Santa Anna? Cual quier promesa que hubiese hecho para manipular el curso de la guerra tendría explicación en su. impaciencia por volver al país. En todo caso, volvía declarándose ferviente federalista y dispuesto por su voluntad a acaudillar un ejército contra el invasor. La única verdad detrás de todas sus posturas y mentiras era la verdad de siempre: ansiaba sinceramente la gloria, aunque esta vez sabía que la victoria era casi imposible.

Una nueva generación de pensadores y políticos, nacidos durante (y después) de la guerra de Independencia, observaba los acontecimientos con atención e intervenía crecientemente en ellos. Unos seguían las pautas radicales de Gómez Parías, creían en la vigencia de sus reformas anticlericales de 1833 y mantenían correspondencia con el gran exiliado, el doctor Mora. Se llamaban «puros». Otros, menos numerosos, defendían en el periódico El Tiempo las posturas ideológicas de Lucas Alamán: la necesidad de volver resueltamente a las pautas de vida colonial. Comenzaban a llamarse «conservadores». Otros, menos numerosos aún, pensaban que la supervivencia de México sólo podía asegurarse mediante la entrega del trono a un príndpe de las casas reinantes de Europa: es decir, con una vuelta al Plan de Iguala. Se llamaban, obviamente, «monarquistas» y contaban con la anuencia abierta de los diplomáticos franceses y españoles para quienes México era «un barco que se hunde: no hay fuerza que pueda salvarlo». Entre esos extremos, fluctuaba una mayoría de abogados, empleados y profesionales que se autodesignaban «moderados», partidarios del libre cambio, la república representativa, el federalismo y la libertad, pero renuentes a «comprometep>, en palabras de Guillermo Prieto, «sus creencias cristianas». Quizás el más notable entre estos últimos fue Mariano Otero (1817-1850). Abogado, excelente orador, en sus obras de economista y legislador criticó los abusos de las clases privilegiadas (clero, ejército, empleados públicos) y lamentó la falta de «espíritu nacional». Al mismo tiempo y sin contradicción recibiría, poco antes de morir de cólera, la cruz de la Orden Piaña otorgada por Pío IX.

Representantes de las diversas tendencias habían intervenido en los efímeros proyectos legislativos elaborados durante los años cuarenta. En 1847, algunos eran miembros del Congreso que volvía a poner en vigor la Constitución Federal de 1824 —derogada en 1836 y modificada varias veces—. La balanza del poder ideológico había oscilado de nuevo: ahora pertenecía a una inestable amalgama de puros y moderados. Además de la ideología, tres rasgos aparentemente inocuos distinguían a estos hombres de los conservadores y monarquistas: eran por lo general más jóvenes, de cuna mestiza y provinciana.

Frente a la invasión norteamericana, los monarquistas y los conservadores sintieron que todos sus temores y profecías se hacían realidad.

En febrero de 1846, Lucas Alamán había escrito un texto casi apocalíptico que los acontecimientos ulteriores parecían confirmar: «Creemos que con lo presente caminamos no sólo a la ruina, a la desmoralización, a la anarquía, sino a la disolución completa de la nación, a la pérdida de nuestro territorio, de nuestro nombre, de nuestra independencia». Se habían opuesto a la guerra y pensaban que hubiese sido preferible aceptar la anexión de Texas por los Estados Unidos que erigir aquella pérdida irremediable en un casus belli. Una vez iniciadas las hostilidades, volteaban a Europa con mayor fervor que nunca en busca de una tabla de salvación: «perdidos somos sin remedio», escribía Alamán a Gutiérrez Estrada, «si la Europa no viene pronto en nuestro auxilio». Aquélla era, en palabras de Alamán, «la guerra más injusta de que la historia puede presentar ejemplo, movida por la ambición, no de un monarca absoluto, sino de una República que pretende estar al frente de la civilización del siglo xix».

Entre los puros había gente dispuesta a todo, como el gobernador de Michoacán Melchor Ocampo, que llegaría a aconsejar, antes que un tratado o un armisticio, una guerra de guerrillas. Otros puros, como el veracruzano Miguel Lerdo de Tejada, veían llegar el desenlace sin lamentarlo demasiado: un país dividido en sus clases, sin espíritu de cuerpo, cuya riqueza agrícola estaba en manos de un cuerpo indiferente al destino nacional (la Iglesia), no podía enfrentarse a un gigante. Era inevitable que una nación extranjera interviniera en México, y mejor que fueran los Estados Unidos que, al fin y al cabo, constituían el modelo de sociedad con que soñaban los liberales mexicanos.

La conclusión de Lerdo, compartida por muchos puros que colaborarían en el Ayuntamiento de la ciudad de México durante la invasión norteamericana, era escandalosa, pero su descripción de la sociedad no era inexacta. La prueba mayor de desunión e indiferencia por el destino del país la darían, en plena guerra, los flamantes reclutas de la Guardia Nacional. Alojados en conventos de monjas y con el apoyo del clero, estos jóvenes de las clases «decentes» se levantarían en armas, no para combatir a los «gringos» que ya ocupaban una porción importante del norte del país, sino para... conspirar contra el vicepresidente Gómez Parías en represalia por sus renovadas medidas anticlericales. El pueblo los bautizó con el nombre de una danza muy de moda por entonces, y que ellos solían practicar con mucha mayor frecuencia y destreza que la profesión de las armas: «los poikos». Uno de aquellos poikos, el liberal moderado Guillermo Prieto, recordaría aquella hazaña: «Ya se deja entender el desairado desenlace del movimiento de los polkas y la vergüenza y humillación con que debe cubrirnos a los que arrojamos ese baldón sobre nuestra historia en los días de más angustia de la patria ... Otro alegaría su poca edad, su inexperiencia, el influjo poderoso de entidades para mí veneradas ... Yo digo que aquélla fue una gran falta que reaparece más, más horrible a mis ojos mientras más me fije en ella».

Por vías ideológicas distintas, casi todas las facciones políticas llegaban a la misma conclusión: la desunión, la penuria económica, los veinticinco años de caos desde el acceso al trono de Iturbide, la notoria inferioridad técnica y material del ejército, presagiaban el desastre. El infalible poeta popular convenía con ellos: ¿Para la guerra? No somos.

¿Para gobernar? No sabemos. Luego, ¿para qué seremos?.

Muy pocos pensaban, como Melchor Ocampo, que en México podía darse una resistencia popular como la de los patriotas españoles frente a Napoleón. Además, la historia no estaba escrita aún, pues quedaba una carta por jugar, la que representaba el hombre providencial: Antonio López de Santa Anna. «De usted depende», le escribió Ocampo, «como en tantas otras veces, la suerte de México.» *

Le faltaba una pierna, tenía cincuenta y dos años, pero era el mismo de siempre. Con una velocidad prodigiosa levanta y anima en San Luis Potosí un

ejército de 18.000 hombres que, casi sin alimentos, cubre 450 kilómetros en unos cuantos días. El 23 de febrero de 1847, sostiene su primer combate contra las fuerzas del general Zachary Taylor en La Angostura, Coahuila: «Santa Anna galopa de una posición a otra, a pesar de la molestia que sufre su pierna incompleta, e indiferente a las granadas que estallan a su rededor. Un caballo cae muerto y él toca el suelo, se levanta, toma otro y sigue corriendo por el campo, con su espada desenvainada y agitando solamente un füetecillo. Tras él galopa un edecán, para trasmitir sus órdenes. Los soldados se inspiran con su ejemplo de valor y, durante estas horas de emoción, llegó quizás el punto más honroso de su carrera».

Tras aquella batalla sin claro vencedor ni vencido. Santa Anna traslada su ejército «con increíble celeridad», dice Alamán, «a defender las gargantas de la cordillera en el estado de Veracruz, y derrotado allí [por Winfield Scott, en Cerro Gordo] todavía levanta otro ejército con que defender la capital». Entretanto, a fines de mayo de 1847, Alamán escribe a Monteleone: «es imposible que una nación pueda permanecer así algún tiempo sin ser aniquilada». Un mes más tarde, ve cercano el fin y sugiere sus causas: -«en esta ciudad en la que se han estado haciendo muchas obras de fortificación, hay reunidos unos 16.000 hombres ... Temerario parece que Scott marche con tan corta fuerza (12.000 hombres) contra una ciudad de 180.000 habitantes y con una guarnición tan considerable, mucho mayor que la del ejército que la ha de atacar y sin dejar comunicación establecida con la costa, pero no obstante eso, me parece infalible que tome la ciudad, porque toda esa tropa en lo general son reclutas, mandados por generales cuya velocidad en la fuga está muy acreditada, y la masa de la población no se mueve para nada, pues está viendo todo esto como si se tratase de un país extraño. Tal ha quedado de fatigada en tan diversas revueltas. Todo esto va a terminar muy pronto».

Desde la azotea de su casa, el 19 de agosto, Alamán observó a través de su catalejo la batalla de las Lomas de -Padierna, el modo en que el general Valencia se sostuvo, la falta de auxilio del general Santa Anna.

Días antes, Guillermo Prieto se había refugiado con su familia en casa de Alamán. Ese mismo día, Prieto presenció las querellas «horriblemente dolorosas, la saña, la envidia» entre Valencia y Santa Anna, y otras escenas imborrables: «el momento en que el joven Agustín de Iturbide se puso al frente del batallón Celaya gritando, ¡Conmigo, muchachos, mi padre es el padre de nuestra Independencia! ... el encaramarse un yanqui al astabandera, derribarla, desgarrarla, repisotearla orgulloso ... yo lo veía a través de mi llanto y aullaba como una mujer...».

Seguirían las batallas de Churubusco, Molino del Rey y, el 13 de septiembre, Chapultepec, «mi bosque, mi encanto», escribía Prieto, «nido de mi infancia ... atropellado, como si viera pisoteado el cuerpo de mi padre». Y al mando de todo, «entero y valiente», «afrontando los fuegos a pecho descubierto», Santa Anna: «Parece que lo veo con su sombrero de jipijapa y su fuete en mano, su paleto color de haba y su pantalón de lienzo blanquísimo. Despilfarraba su actividad, desafiaba temerario el peligro, y así como no podía llamársele traidor, no podía ... considerársele un buen general, ni como hombre de Estado, ni como personaje a la altura de la situación».

En sus cartas al duque, Alamán convenía con la apreciación de Prieto: «es imposible que Santa Anna y los demás generales que tenemos lleguen a vencer». El propio Santa Anna confesaba que él y los otros generales no llegaban a cabos. Por fin, el 16 de septiembre de 1847, el vaticinio de Alamán se cumplía: «el aborrecido pabellón de las estrellas» ondeaba en el Palacio Nacional.

A Guillermo Prieto le parecía «profundamente desagradable» el hospedaje en casa de Alamán. Tenía «hondas prevenciones políticas» respecto de su arrendador, contra quien había escrito «todo género de dicterios». En aquella casa «silenciosa y como encantada» no transcurría el tiempo: todo era virtud, regularidad, decencia y orden. Por la tarde, «el señor Alamán» pasaba frente al cuarto de Prieto «con su sombrero de paja de grandes alas, su grueso bastón y su levita de lienzo» e

invitaba al «señor don Guillermo» a pasear por el jardín. Prieto se negó hasta que, cautivado por «el encanto de sus narraciones de viaje, su conversación profunda en las literaturas latina y española...», él mismo buscaba a don Lucas. No hablaban de política. Uno y otro creían tener enfrente un fanático irredimible. Y sin embargo, Prieto lo admiraba: «Era el señor Alamán de cuerpo regular, cabeza hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, con dentadura blanquísima, cutis fino y rojo el color de las mejillas ... se levantaba con la luz, y se lavaba y componía. Escribía en la sala ... con unos cuantos libros a la mano. Su escritorio elevado le hacía escribir de pie, y su manuscrito lo asentaba en un libro como de caja, sin una mancha, ni una borrada, ni una entrerrenglonadura, ni ceniza en las hojas, porque no fumaba. Al escribir guardaba suma compostura».

El libro célebre que Alamán escribía desde octubre de 1846 era la continuación de sus Disertaciones: la Historia de México, desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. Al finalizar la guerra, con la ciudad ocupada, informa a Monteleone: «en medio de las aflicciones del espíritu, que han sido las consecuencias de la invasión del territorio de la República, de la ocupación de la capital por las tropas norteamericanas, y de la disipación de tantos sueños de felicidad y engrandecimiento nacional, que el patriotismo falso había hecho concebir, y que una cruel realidad había hecho desvanecer; no han sido pocos los ratos en que me ha hecho olvidar los males presentes la lectura de los acontecimientos a que daban gran importancia nuestros mayores».

Las cosas volvían a una extraña normalidad. «La tropa que ocupa la ciudad», agrega Alamán, «... no se mete con nadie. Así vamos acostumbrándonos a estar con ellos.» Los jefes y oficiales norteamericanos visitaban con frecuencia el Hospital de Jesús y pedían que se les enseñara el retrato de don Hernando Cortés, «al que ven con mucha veneración». El 2 de diciembre, día en que se cumplían tres siglos cabales de la muerte de Cortés, sólo Alamán lo recordaba: «¿Quién hubiera podido pensar en aquella época que a los tres siglos de la muerte del gran conquistador, la ciudad que él sacó de sus cimientos habría de estar ocupada por el ejército de una nación que entonces no había tenido ni el primer principio?».

El drama parecía haber terminado. Santa Anna saldría al exilio, luego de dimitir de un poder que le resultaba «tan afanoso como amargo».

Su única aspiración había sido servir al «bien de mi cara patria». Su destino, esta vez, sería lejano: una población en la provincia de Colombia, donde compró una mansión que muy pronto bautizó como el Palacio de Turbaco. A principios del año siguiente, las tropas norteamericanas saldrían también. Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo firmado en febrero de 1848, México sufría, como Santa Anna, una mutilación, la de la mitad más rica de su territorio. «La guerra más injusta de que la historia puede presentar ejemplo», había concluido. Sobre el comportamiento de Santa Anna, la historia, sobre todo la oficial, diría que fue el acto de traición más grave de que puede presentar ejemplo.

Sus detractores de entonces y después olvidaban que Santa Anna se ofreció como voluntario para dirigir el ejército, cuando pudo quedarse apoltronado en la silla presidencial. En su manifiesto a la nación, antes de salir al exilio, culpó a los gobernadores, a los comerciantes, al clero, por su indiferencia. Podía haber agregado varios otros grupos y estratos que vieron la guerra, de principio a fin, como «si se tratase de un país extraño». Alamán diría que Santa Anna «no desesperó nunca de la salvación de la República». El señor don Guillermo, en su fuero interno, sabía que don Lucas decía la verdad.

*

«Nada creo que haya más difícil que representar con dignidad ante las otras naciones a un pueblo y a un gobierno como el de México», escribía a mediados de 1847 José Bernardo Couto (un fino escritor criollo de ideología moderada, traductor

del Arte Poética de Horacio y crítico de arte) a su antiguo amigo, el nuevo ministro mexicano en Londres, José María Luis Mora.

Mora dio a ese cargo, literalmente, su último aliento. Aunque nunca había admirado de modo particular a los Estados Unidos (su liberalismo tenía origen francés), en tonos similares a los de Alamán lamentaba que la república ejemplar de la era moderna hiciese una guerra imperial a la débil república vecina. Meses antes, Mora había procurado inútilmente interesar a Francia en el conflicto. El futuro más probable para México, argüían las autoridades francesas, era «ser agregado a los Estados Unidos». En Inglaterra, Mora se entrevistó con el ministro Palmerston y le envió varias comunicaciones. De acuerdo con «el carácter propio de la raza española», argumentaba en una de ellas, México rehusaba firmar la paz propuesta por los Estados Unidos porque no estaba dispuesto a ceder por la violencia. No le faltaron tampoco argumentos diplomáticos: Inglaterra y otros países neutrales perderían el acceso a la riqueza minera del país y al estratégico territorio de Texas. En el extremo, Mora trató de interesar a Inglaterra en la compra de las Californias a cambio de su interés en el conflicto. Fue inútil: Palmerston criticó la «poca cordura» de México al no reconocer a Texas y se negó a involucrar a su país en la guerra. La derrota mexicana no afectaría a la balanza de poder europeo. «Los mexicanos», lo admonizó con desdén, «deben poner manos a la obra y construir una nación sólida y perdurable.» Mora, por su parte, confesó decepcionado a un compatriota: «Todo tratado de paz que se haga entre México y los Estados Unidos, de parte de esta última nación, no es sino una tregua que prepara para lo sucesivo los avances de una nueva invasión».

Mora se enfrentó con Palmerston por un motivo adicional, que a sus ojos era aún más grave: la terrible guerra de Castas que había estallado en Yucatán mientras las tropas norteamericanas se acercaban al centro del país. A través del territorio de Belice, los ingleses vendían armamento a los indios mayas que asolaban las ciudades blancas. Antes que conmoverse por la pintura que le hizo Mora, Palmerston aprovechó la ocasión para pontificar de nuevo: México debía ofrecer garantías a los inmigrantes, pero toda colonización resultaba «absolutamente incompatible con los desórdenes públicos que constituían, hasta ese momento, el estado habitual de la sociedad mexicana». Era triste que el displicente ministro no sospechase siquiera la estatura intelectual, la obra magnífica, la coherencia moral del hombre que tenía enfrente. En 1848, dos años antes de su muerte, mientras veía con horror el fantasma de la revolución social que recorría Europa, Mora vio en la guerra de Castas un nuevo capítulo de la guerra insurgente. Con un agravante: la atrocidad extrema. Si bien las huestes de Hidalgo que habían arruinado a su familia, las mismas que había visto Alamán en Guanajuato, saqueaban y asesinaban, sus actos no tenían paralelo con lo que ocurría en Yucatán. Como si toda la furia acumulada durante siglos de dominación

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