7. Data and Services Deployment (DSD)
7.6 Discovery and Accessibility Planning and Implementation
La versión de la historia prehispánica y colonial que los liberales propalarán años después adolecerá de inexactitudes, distorsiones, omisiones, incluso invenciones, pero es difícil no concordar con una de sus premisas fundamentales: en ambos sistemas de dominación los individuos vivían oprimidos y se sabían oprimidos. La lectura más superficial de los cronistas de Indias revela la absoluta naturalidad con que el emperador azteca, ese semidiós llamado tlatoani, sacrificaba por millares, en un solo día, a sus prisioneros, además de a sus propios subditos. Lo terrible es que la liberación de ese delirio de sangre condujo a otro delirio de enfermedad, postración y muerte. El desastre no ocurrió en realidad durante la Conquista sino tiempo después, en la segunda mitad del siglo xvi. Los conquistadores trajeron a las Indias enfermedades para las que los nativos estaban indefensos. La más mortífera fue la viruela, que los indios llamaban «cocolitztli». Su efecto fue mucho más pavoroso que todas las matanzas juntas en el altar del sangriento dios Huitzilopochtii: en 1548 Nueva España contaba con 20 millones de indígenas, que cien años después no llegaban a 500.000.
En algún rincón del carácter indígena y, por eso mismo, del carácter mexicano, habitaría siempre esta tragedia, este remache de la Conquista. Los «padrecitos» de la Iglesia sólo pudieron paliarla. No bastaba la fe. Había que huir de la condición indígena, huir de las repúblicas indígenas a los obrajes, las minas, las haciendas, las ciudades blancas de españoles. No porque en ellas la vida fuese particularmente feliz, sino porque eran ámbitos más libres. Libres de los gobernadores indígenas o caciques que, aliados con los oficiales del virrey, todavía en tiempos de Humboldt, oprimían a los miembros de su propia raza.
Libres de los mismos frailes que, al protegerlos, los condenaban a una eterna minoría de edad. Libres de las leyes de Indias y de sus agentes, sobre los que el propio Humboldt escribió: «De todo abusa la malicia humana que pervierte en armas ofensivas contra esa miserable gente los mismos escudos destinados a su protección». El mestizaje fue un proceso de escape. Nadie lo sabía mejor que las indias, ansiosas de tener hijos con los españoles no por «amor» sino por instinto genésico de salvación.
En los albores del México independiente. Benito Juárez encarnó por cuenta propia este proceso de huida social e histórica.
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Oaxaca —su estado natal— era el santuario indígena de México. Sin minas que atrajesen la ambición del conquistador, alejada de la ciudad de México por distancias casi insalvables, Oaxaca conformaba un universo cerrado: una ciudad blanca y española, notablemente culta gracias a la libresca evangelización dominica, cercada por un indescifrable mosaico indígena. Veinte lenguas diversas, veinte naciones distintas vinculadas solamente por su particular adopción del cristianismo se repartían las sierras y los valles de aquel universo apartado de la civilización.
Una de esas etnias era la zapoteca. De temple suave, orgulloso, reconcentrado, los zapotecas habían sido los políticos y comerciantes del mundo prehispánico a los que había doblegado la fuerza de sus enemigos acérrimos: los guerreros mixtéeos. Con el paso de los siglos, ambos grupos perdieron la memoria de sus tiempos legendarios. De sus tiempos, no de sus costumbres. La embriaguez, la pobreza y la insalubridad extremas, el fetichismo, eran rasgos que alternaban con una suerte de
estoicismo natural, una sobriedad, una laboriosidad y una resistencia al sufrimiento que sólo eran paliadas por dos bálsamos: la música y la fe.
En el corazón de aquel santuario nació en el año 1806, Benito Juárez. Sobre sus congéneres, los integrantes de las veinte familias del pueblo zapoteca de Guelatao, tenía una ventaja de la que tal vez no se daba plena cuenta: provenía de la vieja nobleza indígena, de los que «mandaban». Por una antigua disposición de la Corona, únicamente los gobernadores indígenas en Oaxaca podían poseer ovejas. Tras perder a sus padres a la más temprana edad, Benito fue pastor del rebaño de su tío: en esas labores de mando pasó su infancia. Poco antes de cumplir los doce años, alentado quizá por una hermana que trabajaba de sirvienta en Oaxaca, sintió el apremio de hablar con corrección el idioma castellano y huir a la ciudad blanca. Entre Guelatao, en la fría e intrincada sierra de Ixtlán, y Oaxaca, la ciudad capital del estado, había sesenta kilómetros y algo más: siglos de civilización. «Acantonado en su roca indígena», escribiría Justo Sierra, «sin poder hablar la lengua de Castilla, encerrado en su idioma como en un calabozo». Benito sintió el impulso poderosísimo de escapar: hacia el español, el mestizaje, la civilización, el futuro.
En Oaxaca, vivió primero en casa del español Antonio Maza, donde su hermana servía de cocinera, y más tarde al lado de un paciente protector y maestro de jóvenes llamado Antonio Salanueva, que vestía el hábito de la orden tercera de san Francisco. Salanueva se volvería su padre espiritual, su padrino de confirmación, y al poco tiempo lo conduciría al Seminario Conciliar, único «establecimiento» de educación en la capital. A partir de 1821, Benito estudiaría gramática latina, en 1824 filosofía escolástica y, más tarde, teología moral. A los veintidós años se enfilaba claramente hacia la carrera eclesiástica, cuando «por curiosidad, por el fastidio que me causaba el estudio de la teología ... o por mi natural deseo de seguir otra carrera distinta de la eclesiástica», tomó la decisión de estudiar jurisprudencia en el nuevo Instituto de Ciencias y Artes.
A pesar de que el Instituto había sido fundado por clérigos, abandonar el Seminario era un paso arriesgado en esa sociedad cerrada al tiempo. Como en muchas ciudades de la provincia, pero de manera más acentuada debido a su aislamiento, en Oaxaca el pasado colonial seguía intacto a pesar de que Nueva España se llamara México. Los días se median por las campanadas de las iglesias que llamaban a misa o marcaban puntualmente, desde la madrugada hasta el anochecer, los momentos de oración. La diversión principal .del oaxaqueño era acudir a las procesiones y fiestas de cada parroquia. Los indios de la sierra bajaban a la ciudad para llevar en andas imágenes de los patronos, reliquias y linternas. Acompañaban su marcha con el ruido de tamborines y flautíllas^ Tras ellos seguían los frailes, vestidos con los hábitos de sus respectivas órdenes (dominicos, agustinos, franciscanos, carmelitas), el clero secular, los flagelantes azotándose la espalda hasta hacerla sangrar, las autoridades civiles, los militares y una banda musical por lo común desafinada. Mendigos y potentados, sacerdotes y soldados, blancos e indios: la Iglesia los vinculaba a todos en una suerte de democrática comunión religiosa.
«Oaxaca era una ciudad que vivía a la sombra de un monasterio», escribió Justo Sierra; «allí todos eran frailes o querían serio.» Juárez no había sido una excepción. Temeroso de la severidad de Dios y de la omnipresencia del demonio, profundamente piadoso en su fuero íntimo, Juárez participaba en las procesiones y obedecía las campanadas.
Cincuenta años atrás hubiera tomado los hábitos. Pero Oaxaca, a pesar de su conservadurismo, despertaba lentamente a los nuevos tiempos.
Desde 1827, el Instituto de Ciencias y Artes se disputaba con el Seminario Conciliar las vocaciones juveniles. En aquél daban clases varios clérigos, abogados y médicos de ideas más abiertas. Aunque no faltaban los detestados y misteriosos masones —cuyas «tenidas» se celebraban en una casa frente a la Plaza Mayor—, el grueso de esos maestros eran católicos fieles que reconocían la necesidad de
guardar en los estantes la escolástica y abrir algunas ventanas a la libertad intelectual, las nuevas profesiones y la ciencia. Estos hombres no eran precisamente «liberales», y mucho menos antirreligiosos: sólo pretendían instaurar en el Instituto el brazo civil del Seminario. Benito Juárez fue su discípulo. Oscura, ciegamente, vivió el paso del Seminario al Instituto como un peldaño más de su emancipación personal.
A principios de la década de los treinta, Juárez fue elegido regidor del Ayuntamiento. Comenzaba a forjarse un prestigio de experto en cuestiones jurídicas, pero su cátedra en el Instituto —donde además, se desempeñaba como secretario— versaba sobre temas muy distintos: daba clases de física. En 1833, una campaña de varias madres de familia contra el «pernicioso» Instituto lo puso en la palestra pública. Juárez presidió una junta de los principales profesores, en la que cada uno expresó su opinión sobre la historia y el sentido del plantel. El propósito era desmentir la idea de que en el establecimiento se inspiraban a los jóvenes máximas de corrupción e impiedad. Juárez recordó «que en las funciones literarias públicas, han manifestado los catedráticos y los alumnos sus respetos a la religión y corporaciones eclesiásticas, dedicándole actos públicos» a todas las venerables instituciones eclesiásticas así como «a varios santos en particular», todo lo cual manifestaba que el Instituto no era «un establecimiento antimoral e irreligioso». Ese conciliatorio alegato en pro de la educación fue su primera batalla. Con ese mismo tono de firmeza, gravedad y parsimonia, y en defensa de su «honor ultrajado» por mentiras o calumnias, daría muchas otras en la prensa de Oaxaca. Era un indio que no volvería a bajar la mirada.
En aquel año de 1833, Juárez entra por primera vez a la legislatura local. En ella interviene como jurista para fundamentar casos de difícil (y discutible) solución legal, como la nulidad de las elecciones de un gobernador de Oaxaca, una nueva expulsión de españoles y el cese de empleados contrarios al sistema federal. Juárez encontraba el modo de sustanciarlos. Desde su curui en la Cámara, defendió al «benemérito general Santa Anna», que, «tratando, como siempre, de darle vida a las instituciones», había derrotado en 1828 a la «facción aristócrata», pero había hecho caer al país «en el defecto de la ilegitimidad». En retrospectiva, el diputado Juárez reprobaba el golpe de Estado de Guerrero porque había impedido que el pueblo ejerciera con libertad «el augusto acto del ejercicio de su soberanía». Con todo, no atribuía a Guerrero la falta sino a «las maniobras de los partidos y las intrigas de la aristocracia» que lo pusieron «en la silla que después le sirviera de suplicio».
La admiración de Juárez por Guerrero tenía su origen inmediato en la muerte del caudillo, en 1831, en la capilla de Cuilapan, a unos cuantos kilómetros de Oaxaca. En el fondo, sin embargo, obraban otros elementos. Guerrero había sido lo contrario de un aristócrata: si no un indio, sí un amigo de los indios. Y una víctima de los prejuicios raciales. Eso explica que en febrero de 1833 el diputado Juárez presentara una iniciativa que declaraba que los restos de «la ilustre víctima de Cuilapan» le pertenecían en propiedad al estado de Oaxaca y que la villa donde había sido fusilado cambiara su nombre por el no muy eufónico de «Guerrerotitlán». Días más tarde, la Cámara de Diputados acordaba, por iniciativa de Juárez, la más plena beatificación cívica de Guerrero. Se le daría el mismo trato que el pueblo deparaba a sus santos, el culto fervoroso a sus reliquias, a sus huesos. Juárez comenzaba a incorporar a su formación católica una incipiente religiosidad cívica: «El presidente de la Cámara de Diputados ... custodiará ... la llave de la urna que encierra los venerables restos del general Guerrero, poniéndola sobre su pecho, del que la quitará sólo para entregarla a su sucesor».
Cuando el «benemérito general Santa Anna» decretó el fin del federalismo, Juárez se dedicó al ejercicio de su profesión: litigios, donaciones, demandas. Pero su proyecto personal de emancipación era otro: el servicio público. El 16 de septiembre de 1840 fue el encargado de pronunciar el discurso a los héroes de la
patria. Es uno de esos raros momentos en que casi se oye al joven Juárez hablar abiertamente sobre su imagen de México y su vocación personal.
Se refirió a España con delicadeza. No tenía la intención de zaherirla ni de «renovar heridas que debían cicatrizar». Pero le parecía claro que España había legado a México un sistema político guiado por «máximas antisociales»: ante todo, «descuidó» la educación de los mexicanos, les impuso doctrinas de ciega obediencia, «crió clases con intereses distintos»... aisló, corrompió, intimidó, dividió. El resultado: «Nuestra miseria, nuestro embrutecimiento, nuestra degradación y nuestra esclavitud por trescientos años». ¿A quién se refería Juárez con la palabra «nuestro»? No a los mexicanos, a los indios: «Pero hay más: la estúpida pobreza en que yacen los indios, nuestros hermanos. Las pesadas contribuciones que gravitan sobre ellos todavía. El abandono lamentable a que se halla reducida su educación primaria».
Estas eran las «reliquias del gobierno colonial» que persistían, que impedían la «consolidación» de la Independencia. Para desterrarlas se requería ejercer, a la manera de los clásicos latinos, las mismas «virtudes sociales» que movieron a Hidalgo para ponerse a la cabeza de «unos cuantos indígenas sin más armas que hondas, hoces y palos». A diferencia de los desesperanzados discursos criollos que comenzarían a volverse habituales, en el de Juárez todo miraba al futuro. La verdadera independencia, el temor y el respeto de los enemigos, la paz, la concordia, el momento en que México fuese la «tierra clásica del honor, de la moderación, de la justicia», estaba por llegar. Para que el «árbol santo de la libertad» echara «raíces muy profundas» alguien tenía que plantarlo. El lo plantaría.
En la década de los cuarenta el país vivió entre «pronunciamientos» y «con el Jesús en la boca». Juárez navegó en la política de esos años con pericia, sin mayor apego a los principios liberales o federalistas, en apoyo irrestricto al poder de hecho que encarnaba Santa Anna.
Por un tiempo permanece al margen del poder ejecutivo: es juez civil y de Hacienda. Pero en 1842 ingresa de lleno al mando como secretario de Gobierno en la administración centralista y santanista del general Antonio de León. Las profusas hagiografías de Juárez omitirían siempre los incómodos datos de este periodo: sus elogios públicos y sus profesiones de lealtad al «héroe zempoalteco» que enterraba su pierna y jugaba a los gallos en mi. Sin embargo, los documentos existen y son ciertos. Por sentido común, por incapacidad para el idealismo, por apego al hombre fuerte, por las mismas razones que todo México, también Juárez fue santanista.
En 1843, cuando ocupaba aquel importante puesto de gobierno, a sus no muy tiernos treinta y siete años, Juárez asciende un peldaño más en su proceso interior de emancipación. Huye al matrimonio con una mujer en la que predominaba la raza blanca: Margarita Maza, hija natural de don Antonio Maza. Los hijos que tuvo con Margarita —para entonces tenía otros, fuera de su matrimonio— no serían ya indios como él, sino mestizos, pero mestizos con una particularidad notable: hijos de padre indio y madre de raza española y no, como en la inmensa mayoría de los casos, a la inversa. Por excepción, un indio había conquistado a una mujer blanca y no un español a una mujer indígena.
En 1845, Juárez continúa ascendiendo: es fiscal del Tribunal Superior de Justicia. En 1846, forma parte de un triunvirato que gobierna interinamente el estado de Oaxaca. En 1847, viaja por primera vez a la capital mexicana, para ocupar un escaño en el Congreso Federal. Ese mismo año, luego de defender públicamente a Santa Anna de quienes pretendían impedirle su noveno periodo presidencial, Juárez completa un primer ciclo en su carrera emancipatoria. El 29 de octubre de 1847 es nombrado gobernador interino de Oaxaca.
Caminando y con inmensa, estoica paciencia, había llegado en 1818 a la ciudad blanca desde Guelatao. Caminando de puesto en puesto por todos los poderes del Estado, en el ejercicio libre de su profesión o en el papel de maestro, había llegado a la gubernatura de su estado.
Caminando desde «la estúpida pobreza» en que había nacido junto a «sus hermanos», se había convertido en el primer gobernador indio de la República Mexicana.
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Ante el peligro de que la invasión norteamericana alcanzara el territorio de Oaxaca, el gobernador Juárez tuvo un aliado inapreciable: el «venerable clero secular y regular del estado». En enero de 1848, el gobernador había solicitado a las autoridades de la Iglesia que «excitasen» en sermones públicos al pueblo a defender los dos objetos sagrados que estaban en trance de perderse: la religión y la patria. El obispo de Oaxaca le aseguraba que ya se ocupaba en «reanimar» el espíritu público por todos los medios que estuviesen al alcance de su mitra.
La temida invasión no se llevó a cabo, pero el pacto entre la autoridad civil y la eclesiástica perduró a todo lo largo del gobierno de Juárez. En abril del mismo año, el gobierno logró la colaboración del clero en la construcción de una escuela en Tehuantepec. ¿Cómo no apoyar a un gobierno que pretendía «hacer ciudadanos útiles a su patria y desterrar los males que trae consigo la ignorancia de los primeros rudimentos de la religión cristiana»? Lo mismo ocurrió en la construcción del camino al puerto de Huatulco, en el que intervinieron reclutas del servicio militar que pretendían eludir el destino de la milicia: en el momento de su inauguración, el clero se unió a los festejos y celebró una misa al aire libre para honrar la «eficacia característica del gobernador».
Como el camino a Huatulco, el de las relaciones entre Juárez y el clero era de dos sentidos: el gobernador pagaba los servicios y recibía nuevos. En julio decretó la reincorporación de los cursos de «historia eclesiástica» al Instituto de Ciencias y Artes. Nadie podría decir, en su gobierno, que aquel establecimiento era una casa de herejes, impíos, corruptores de la juventud. Poco tiempo después, emite varias órdenes al comandante general de armas del estado. No son órdenes militares sino de militancia religiosa: que se hagan salvas y concurra la escolta para solemnizar la festividad del 12 de diciembre (la aparición de la Virgen de Guadalupe) y que alisten la escolta que debía acompañar a la comitiva en la celebración de Nuestra Señora de la Soledad. Por otra parte, en una circular que envió a los gobernadores de los departamentos, Juárez defendió al clero justamente de lo que Ocampo lo atacaba: sus intereses más concretos. Lejos de legislar para limitar o modificar los aranceles, el gobierno civil acrecentaría su intervención persuasiva y coactiva para «la manutención de los ministros de la religión que profesamos»: «Ellos [los curas] tienen un derecho legítimo a percibirlas [las obvenciones y ofrendas], por el cuidado espiritual de que están encargados, por su residencia formal en aquéllas, por la eficaz puntualidad en la administración de sacramentos, porque como cultivadores de la viña deben alimentarse de sus frutos; en una palabra, porque como operarios en lo espiritual, son dignos del sustento en lo temporal».
Es verdad que todos los documentos de la época, no sólo los de Oaxaca, tenían al calce la leyenda «Dios y libertad,». La invocación a Dios, el uso de fórmulas