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5.3.2.5 Data Selection: Out-of-Domain Data

l reinado de Fernando e Isabel fue calificado por Prescott como “la época más gloriosa de los anales” de España. Generaciones de españoles, al comparar la época que les tocaba vivir con la de los Reyes Católicos, la consideraban la edad de oro de Castilla. La conquista de Granada, el descubrimiento de América y el triunfal acceso de España al primer plano político europeo daban un brillo incomparable al nuevo Estado creado por la unión de las dos coronas y consagraban el éxito de las reformas políticas, religiosas y económicas de la real pareja.

Nota 25

Frente a la descripción convencional de una gloriosa primavera bajo el reinado de Fernando e Isabel, demasiado pronto convertida en invierno por la locura de sus sucesores, hay que presentar sin embargo algunos de los hechos menos afortunados de su reinado. Habían unido dos coronas, pero no habían ni siquiera intentado emprender la tarea, mucho más ardua, de unir a dos pueblos. Habían destruido el poder político de la alta aristocracia, pero habían dejado intacta su influencia económica y social. Habían reorganizado la economía castellana, pero al precio de consolidar el sistema de latifundios y la preeminencia de la ganadería sobre la agricultura. Habían introducido en Castilla ciertas instituciones aragonesas de espíritu monopolístico, pero habían fracasado en el intento de unir siquiera un poco las economías castellana y aragonesa. Habían restablecido el orden en Castilla, pero habían derribado en la empresa las frágiles barreras que se levantaban en el camino del absolutismo. Habían reformado la Iglesia, pero habían creado la Inquisición. Y habían expulsado a uno de los sectores más dinámicos y ricos de la comunidad: los judíos. Todo esto ensombrece un cuadro que a menudo se pinta demasiado risueño.

Desde luego nadie puede negar el hecho de que Fernando e Isabel crearon España; de que, durante su reinado, ésta adquirió a la vez una existencia internacional y —bajo el impulso dado por el ímpetu creador de los castellanos y la capacidad organizadora de los aragoneses— un principio de entidad como comunidad. Además de su larga experiencia, los aragoneses podían aportar los métodos administrativos que darían forma institucional a la nueva monarquía. Los castellanos, por su parte, habían de aportar el dinamismo que haría progresar al nuevo Estado y fue este dinamismo la característica distintiva de la España de Fernando e Isabel. La España de los Reyes Católicos era, esencialmente, Castilla: una Castilla rebosante de energías creadoras que parecía haberse de pronto descubierto a sí misma.

En ningún aspecto aparece tan claramente este autodescubrimiento como en las realizaciones culturales del reinado. Después de varios siglos de relativo aislamiento, Castilla se había visto sometida, en el siglo XV, a las poderosas y contradictorias corrientes culturales europeas, a partir de las cuales había de modelarse un arte nacional. Los contactos comerciales con Flandes trajeron consigo las influencias nórdicas: el realismo flamenco en la pintura, el gótico flamígero en la arquitectura y la religión flamenca en los manuales de devoción popular tan leídos entonces. Al mismo tiempo, los tradicionales vínculos entre la Corona de Aragón e Italia introdujeron en la Corte española el nuevo humanismo italiano y, más tarde, la nueva arquitectura italiana.

Estas corrientes culturales extranjeras se fundieron de algún modo con las tradiciones judía, islámica y cristiana de la Castilla medieval. El resultado fue, a menudo, una amalgama de influencias muy dispares, pero en algunas artes, especialmente en la arquitectura, surgió un estilo genuino que llegó a ser reconocido como característico de España. Éste fue el caso del plateresco, extraña mezcla de estilos arábigos y nórdicos que combinaba los motivos góticos y renacentistas para crear superficies fantásticamente ornamentadas. Alejado por un igual del gótico medieval y del ideal renacentista, que quería que los detalles estuviesen subordinados a la unidad, el plateresco era un estilo que sugería vívidamente la exuberante y característica vitalidad de la Castilla de Isabel.

Sin embargo, como todas las demás realizaciones coetáneas, la creación del estilo plateresco dependió tanto de la dirección y el impulso dados por los dirigentes como de la vitalidad creadora de los dirigidos. El plateresco era un estilo rico y extravagante que quería unos mecenas ricos y extravagantes. Enrique de Egas construyó el Hospital de la Santa Cruz de Toledo para el Cardenal Mendoza. Pedro de Gumiel la universidad de Alcalá por encargo del Cardenal Cisneros. Los

Grandes castellanos rivalizaban en el mecenazgo con los altos personajes eclesiásticos y se hacían levantar suntuosos palacios como el de los Duques del Infantado, en Guadalajara, con su complicadísima y magnífica ornamentación. Pero es sintomático de la recién adquirida supremacía de la monarquía en España, el hecho de que muchos de los más ricos e impresionantes edificios fuesen fundaciones reales: el Hospital de los Reyes de Santiago, la cartuja de Miraflores, la Capilla Real de Granada. Fernando e Isabel realizaron una enorme labor restauradora y constructora y dejaron en todas sus creaciones, en forma de emblemas y medallones, anagramas y divisas, la huella de su autoridad real.

La Corte era el centro natural de la vida cultural castellana y, como España no había fijado aún su capital, era una Corte en continuo movimiento y llevaba las nuevas ideas y corrientes de una ciudad a otra, siguiendo sus desplazamientos por el país. Como Isabel gozaba de una reputación europea por su protección a la ciencia, pudo atraer a la Corte a distinguidos eruditos extranjeros, como el milanés Pedro Mártir, director de la escuela palatina. Frecuentada por escolares extranjeros y por españoles que regresaban de cursar estudios en Italia, la Corte se convirtió asi en un bastión del nuevo humanismo, que entonces empezaba a establecerse en España.

Uno de los partidarios de la nueva ciencia fue Elio Antonio de Nebrija (1444-1522), que regresó de Italia en 1473, el mismo año en que se introdujo la imprenta en España. Nebrija, que ocupó el cargo de historiógrafo real, era un gramático y lexicógrafo y un editor de textos clásicos dentro de la más pura tradición humanista. Pero su interés, como en el caso de muchos humanistas, se extendía también a lo vernáculo y en 1492 publicó una gramática castellana, la primera compilación gramatical de una lengua europea moderna. “¿Que para qué podía aprovechar?”, preguntó Isabel cuando se la presentaron; y el Obispo de Ávila respondió en nombre de Nebrija con un discurso animado, elaborando una frase que se encuentra en la misma gramática: “siempre la lengua fue compañera del imperio”.

Esta frase resultó profética. Uno de los secretos de la dominación castellana en la monarquía española del siglo XVI residió en el triunfo de su lengua y su cultura sobre la de las otras regiones de la península y del imperio. El éxito cultural y lingüístico de los castellanos se vio, sin lugar a dudas, facilitado por la decadencia de la cultura catalana en el siglo XVI, así como, también, por la ventajosa posición del castellano como lengua de la Corte y de la burocracia. Pero, en última instancia, la preeminencia cultural de Castilla derivó de la vitalidad misma de su literatura y su lengua a finales del siglo XV. La lengua de la obra más importante escrita en la Castilla de los Reyes Católicos, la Celestina, del converso Fernando de Rojas, es a la vez recia, flexible y autoritaria: una lengua que era desde luego “compañera" perfecta “del imperio".

Este recio lenguaje era el producto de una vigorosa sociedad, cuyos líderes intelectuales compartían el espíritu crítico común a gran parte de los europeos de finales del siglo XV. El humanismo, protegido por la Corte y popularizado por las ediciones de textos clásicos, halló partidarios entusiastas entre los conversos y ganó gradualmente aceptación en las universidades de Castilla. Con la fundación de la universidad de Alcalá y la publicación de la Biblia Políglota, el humanismo español alcanzó la mayoría de edad. El patronazgo real había contribuido a hacer respetar la nueva ciencia y ésta resultó ser una buena palanca para conseguir el favor real. La aristocracia castellana, como la de otros Estados europeos, aprendió muy pronto le lección. De entre los siete mil estudiantes que, en un momento dado, se hallaban en Salamanca, en el siglo XVI, había siempre representantes de las principales familias españolas y algunos nobles llegaron a ser

distinguidos adelantados del nuevo saber, como Don Alonso Manrique, profesor de griego en Alcalá. Indudablemente algunas de las manifestaciones del humanismo español eran prematuras e imperfectas, pero incluso éstas se veían en cierto aspecto compensadas por el entusiasmo que caracterizó a la vida cultural durante el reinado de los Reyes Católicos. Existía en el país una inquietud intelectual y un afán por los contactos culturales con el extranjero. Esto es lo que distingue, por encima de todo, a la España de los Reyes Católicos de la de Felipe II. La España de Isabel y Fernando era una sociedad abierta, interesada por las ideas extranjeras y dispuesta a aceptarlas. La creación de la Inquisición y la expulsión de los judíos fueron sendos pasos hacia atrás, pero al mismo tiempo resultaron insuficientes para desviar a España de su viaje de exploración más allá de sus fronteras. Bajo el gobierno de Fernando e Isabel, Castilla —resueltos por el momento sus problemas internos más urgentes— estaba preparada para lanzarse a nuevas experiencias, culturales o políticas, con toda la energía de una nación salida de un largo aislamiento. Fernando e Isabel, al dar a Castilla un nuevo sentido del destino y de la dirección, habían quitado las trabas para la acción. Fue Castilla, mucho más que España, la que nació a la vida a finales del siglo XV, una Castilla que se había hecho súbitamente consciente de sus propias posibilidades. Para los castellanos, Castilla era ya España y se veía lanzada a un futuro aún más grande, pues las circunstancias, tanto internas como exteriores, la arrastraban inexorablemente a un papel imperial.

El destino