4.2 Constraint-Grammar-Based Topological Dependency Supertagger
4.2.4 Grammar Processing
4.2.4.2 Evaluation and Discussion
L
a Castilla medieval había puesto en pie una tradición militar de cruzada que le haría ganar, en elsiglo XVI, un imperio ultramarino. Pero había desarrollado también otra tradición que se ha menospreciado con demasiada ligereza: una tradición de experiencia marítima que fue la condición previa esencial para la adquisición de los territorios de ultramar. El descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo distó mucho de ser un accidente feliz para España. En muchos aspectos, la península Ibérica era, en las postrimerías del siglo XV, la región mejor equipada de Europa para la expansión marítima. Aunque el descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo iba a ser sobre todo tarea castellana, la empresa tenía una base ibérica común. Cada una de las diferentes partes de la Península contribuyó con su experiencia propia a formar un fondo común que los castellanos aprovecharon con tan espectaculares resultados. Los catalanes y los aragoneses habían adquirido, durante la Edad Media, una gran experiencia en la aventura comercial y colonial en el Norte de África y en el Mediterráneo oriental. Los mallorquines habían creado una importante escuela de cartografía que ideó técnicas de un valor inapreciable para la confección de mapas de tierras hasta entonces desconocidas. Los vascos, con su experiencia en la pesca de altura en el Atlántico, eran hábiles pilotos y constructores navales. Los portugueses habían desempeñado un papel de primer orden en el perfeccionamiento de la carabela, el sólido navío de aparejo de cruzamen que había de ser el instrumento esencial en la expansión marítima europea de los siglos XV y XVI.Pero también los castellanos habían adquirido su propia experiencia comercial y marítima, sobre todo durante los dos siglos anteriores. El auge de la Mesta y la expansión del comercio lanero con el Norte de Europa aceleraron el desarrollo de los puertos del Norte de España —San Sebastián, Laredo, Santander, La Coruña—, que ya en 1296 se unieron en una hermandad llamada Hermandad de las Marismas, encaminada a la protección de sus intereses comerciales en el país y en el extranjero, como una especie de Liga Hanseática. Asimismo el avance de la Reconquista, a finales del siglo XIII, hasta Tarifa, junto al estrecho de Gibraltar, había dado a Castilla otro litoral atlántico, que tenía su capital en Sevilla, recuperada por Fernando III en 1248. En Sevilla se estableció una poderosa comunidad comercial que contaba en sus filas a influyentes miembros de la aristocracia andaluza, atraídos por las nuevas perspectivas de riqueza mercantil. En el siglo XV la ciudad se había convertido en un activísimo centro comercial con unos astilleros prósperos, en el lugar donde los comerciantes de España y de los países mediterráneos solían reunirse para discutir nuevos proyectos, crear nuevas asociaciones y planear nuevos y arriesgados negocios. Era el puesto de observación de Europa desde el que se vigilaban el Norte de África y la ancha extensión del océano Atlántico.
Estos desarrollos confluyeron en una época en que toda la Europa occidental daba muestras de un interés cada vez mayor por el mundo de allende los mares. Portugal, sobre todo, desplegaba una gran actividad en los viajes de descubrimiento y exploración. Con su largo litoral y su poderosa comunidad mercantil, se hallaba en una situación inmejorable para lanzarse a la busca del oro, los esclavos, el azúcar y las especias, artículos todos ellos de los que existía una fuerte demanda. Como padecía una carestía de pan, ansiaba también nuevas tierras de cereales, que encontró en las Azores, redescubiertas en 1427, y en Madera. Se hallaba inspirado también, como Castilla, por la tradición de cruzada, y la ocupación de Ceuta en 1415 fue concebida como parte de una cruzada que algún día habría de dar la vuelta al mundo y sorprender al Islam por la retaguardia.
La enemistad tradicional entre Castilla y Portugal, exacerbada por la intervención portuguesa en el problema de la sucesión castellana, representó para Castilla un incentivo más para la adquisición
de sus propias posesiones ultramarinas. Uno de los principales campos de batalla del conflicto castellano-portugués del siglo XV iba a ser el de las islas Canarias, que, según parece, habían sido descubiertas por los genoveses a principios del siglo XIV. En el transcurso de la guerra de sucesión castellana, Fernando e Isabel intentaron hacer valer sus derechos sobre las Canarias enviando en 1478, desde Sevilla, una expedición para ocupar la Gran Canaria. La resistencia de los isleños y las disensiones entre los castellanos dieron al traste con las intenciones de Fernando e Isabel y sólo en 1482 una nueva expedición, capitaneada por Alfonso Fernández de Lugo, puso los cimientos de un posible éxito, que empezó, al año siguiente, con el sometimiento de la Gran Canaria. Aun así, La Palma no fue ocupada hasta 1492 y Tenerife hasta 1493. Entretanto, sin embargo, el tratado de 1479, que puso fin a la guerra entre Castilla y Portugal, saldó la disputa sobre las Canarias favoreciendo a Castilla. Portugal renunció a sus pretensiones a cambio del reconocimiento de la exclusividad de sus derechos sobre Guinea, el reino de Fez, Madera y las Azores. De este modo Castilla adquirió sus primeras posesiones ultramarinas.
La ocupación de las Canarias por Castilla fue un acontecimiento de gran importancia en la historia de su expansión marítima. Su situación geográfica iba a hacer de ellas una indispensable escala, de gran valor, en la ruta de América: las cuatro expediciones de Colón se aprovisionaron en el archipiélago canario. Pero habían asimismo de proporcionar un laboratorio perfecto para los experimentos coloniales castellanos e iban a servir de vínculo natural entre la Reconquista española y la conquista de América.
En la conquista y colonización de las Canarias pueden verse la continuación y la extensión de técnicas ya ensayadas en las postrimerías de la Edad Media y la creación de nuevos métodos que habrían de perfeccionarse en la conquista del Nuevo Mundo. Existían notables similitudes entre los métodos de la Reconquista y los adoptados en la conquista de las Canarias, empresa considerada por Fernando e Isabel como parte de la guerra santa castellana contra el Infiel. La conquista de las Canarias, al igual que la Reconquista, fue una mezcla de iniciativas públicas y privadas. La Reconquista había sido dirigida en gran parte, sobre todo en los últimos años, bajo el control de la monarquía. El Estado participó también en las expediciones contra las Canarias, que fueron financiadas, en parte, por la corona y las instituciones públicas. Pero la iniciativa privada intervino paralelamente al Estado. Fernández de Lugo suscribió un contrato privado con una compañía de comerciantes sevillanos, uno de los primeros contratos del tipo utilizado más tarde para financiar las expediciones de descubrimiento americanas. Sin embargo, incluso las expediciones organizadas y financiadas por entero bajo los auspicios del sector privado dependían de la corona en cuanto a su autoridad legal. Una vez más la Reconquista aportó aquí un precedente útil. Ésta había sido la costumbre de la Corona al suscribir contratos con los líderes de las expediciones militares contra los moros. Es probable que estos contratos inspirasen el documento conocido con el nombre de capitulación, que se convirtió más tarde en la fórmula acostumbrada de los acuerdos entre la corona española y los conquistadores de América.
El objeto de las capitulaciones era el de reservar para la monarquía algunos derechos sobre los territorios recién conquistados, al tiempo que garantizaban al jefe de la expedición las debidas mercedes o recompensas por los servicios prestados. Esta recompensa podía consistir en un cargo oficial como el de adelantado de Las Palmas, concedido a Fernández de Lugo. El cargo de adelantado era un título hereditario, concedido por los reyes castellanos durante la Edad Media, que confería a su poseedor poderes militares especiales y los derechos de gobierno sobre una provincia
fronteriza. El jefe de una expedición solía también quedarse con los despojos de la conquista, en forma de bienes muebles y cautivos, y recibir concesiones de tierras y un título de nobleza, como sus predecesores durante la Reconquista.
Al establecer capitulaciones de este tipo, la corona malbarataba, desde luego, muchos de sus derechos, pero generalmente no le quedaba otra alternativa. En los casos en que proporcionó ayuda financiera, como lo hizo con Colón y Magallanes, pudo esperar imponer condiciones bastante más favorables, pero la empresa de la conquista y la colonización tuvo que ser dejada en gran parte en manos de la iniciativa privada. En tales circunstancias resulta sorprendente la extensión del control que la corona española se ingenió para retener sobre los territorios recién conquistados. Quedaba claro desde un principio que la capitulación era la escritura legal imprescindible para cualquier nuevo establecimiento y Fernando e Isabel hicieron uso de ella para insistir, al suscribirla, tanto en los objetivos religiosos inherentes a la conquista como en la esencial presencia del Estado, de quien la expedición recibía su única autoridad legal. Colón y sus sucesores tomaron asi posesión de las tierras en nombre de la Corona. De modo semejante, se tuvo gran cuidado, durante la conquista de los nuevos territorios, en prevenir la enajenación de los derechos soberanos de la Corona por señores feudales. La reciente experiencia de las Islas Canarias había hecho a Fernando e Isabel muy cautos frente a los peligros de un establecimiento sin restricciones y tomaron varias medidas para evitar una repetición. Los gobernadores de las islas permanecían estrechamente sujetos a su propio control. La Corona insistió en su derecho de disponer repartimientos de tierras entre los colonos, de acuerdo con una práctica puesta ya en vigor durante la Reconquista, y los fueros y privilegios de todas las nuevas ciudades dependían de una carta real. De este modo la organización municipal de la Castilla medieval fue fielmente trasplantada a las colonias de ultramar.
La prudente actitud de Fernando e Isabel y su celo constante por la preservación y extensión de sus derechos reales quedan admirablemente ilustrados por su conducta para con Colón. En este caso las dificultades fueron a la vez financieras y políticas. Cuando el aventurero genovés llegó por primera vez a la corte en 1486, existían poderosas razones para rechazar sus propuestas. La Corona era pobre, se hallaba enzarzada por completo en la guerra de Granada y los planes de Colón suscitaron un escepticismo que no estaba fuera de razón. Los motivos por los que Fernando e Isabel cambiaron de opinión en 1491 no están aún demasiado claros. Colón tenía amigos entre los altos cargos. Entre ellos se incluían el secretario de Fernando, Luis de Santángel, que ayudó a conseguir la financiación de la empresa, y el franciscano Juan Pérez, antiguo confesor de la reina, cuyo monasterio de la Rábida dio cobijo al explorador cuando solicitó por vez primera el favor de la corte. Pero es también probable que la proximidad de la victoria en la guerra de Granada contribuyese a inclinar a los monarcas a considerar con mayor benevolencia algunas de las pretendidas ventajas que habían de derivarse del proyecto. Si el viaje de Colón tenía éxito, significaría una ventaja sobre los portugueses y podría seguramente aportar riquezas a un tesoro exhausto. Por encima de todo —por lo menos en lo que hacía referencia a Isabel— el proyecto podía resultar de crucial importancia en la cruzada contra el Islam. Si el viaje tenia éxito pondría a España en contacto con los países de Oriente, cuya ayuda era necesaria en la lucha contra el Turco. Podía también, con un poco de suerte, hacer volver a Colón por la ruta de Jerusalén y abrir así un camino para atacar al Imperio Otomano por la retaguardia. Isabel se sentía naturalmente atraída también por la posibilidad de poner los cimientos de una gran misión cristiana en Oriente. En el clima de intensa exaltación religiosa que caracterizó los últimos meses de la campaña de Granada, incluso la realización de los proyectos más descabellados parecía posible. La estrecha coincidencia entre la
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caída de Granada y la autorización de la expedición colombina puede hacer pensar que la última fuese a la vez una acción de gracias y un acto de renovada dedicación de Castilla a la tarea, aún incompleta, de la guerra contra los infieles.
La autorización sólo fue concedida, sin embargo, después de arduas discusiones. Las condiciones de Colón parecían exageradamente elevadas. Exigía para sí y para sus descendientes, a perpetuidad, el cargo de gobernador general y virrey de todas las tierras que descubriese. En una época en la que Fernando e Isabel luchaban, con éxito notable, por hacer valer los derechos de la realeza frente a las pretensiones feudales, era evidentemente imposible que aceptasen una petición que hubiera convertido los territorios ultramarinos de España en dominio feudal del explorador genovés. Se negaron igualmente a aceptar que el duque de Medinaceli contribuyese a financiar el viaje de Colón, temiendo que la participación de los magnates en las empresas coloniales condujera, de modo semejante, a la creación de feudos independientes en ultramar. Finalmente Colón tuvo que contentarse con lo que ya era, en realidad, una concesión muy amplia: el título hereditario de Gran Almirante y los diezmos de las mercancías y productos de los nuevos territorios.
Cuando Colón se hizo a la mar en agosto de 1492 con tres naves y ochenta y ocho hombres, era, pues, el legatario de varias tradiciones diferentes y, en algunos casos, opuestas. Al igual que un capitán de la Reconquista, había suscrito un contrato con la Corona, por el que obtenía derechos muy considerables sobre las nuevas tierras que para ella iba a ganar. Pero Colón no pertenecía a la tradición de la Reconquista. Como genovés, establecido en Portugal y luego en el sur de España, era un representante de la tradición comercial mediterránea, que había empezado a atraer a los castellanos en los últimos tiempos de la Edad Media. Su propósito era descubrir y explotar las riquezas de Oriente en asociación con un Estado que le había otorgado su protección. Para dicha empresa podía contar con la experiencia adquirida por Castilla en sus aventuras comerciales y en su colonización de las Canarias. Pero, por desgracia para Colón, la tradición mercantil de Castilla no estaba aún lo bastante bien establecida como para poder competir con su tradición militar con esperanzas de éxito. Mientras que él veía su tarea esencialmente como el establecimiento de bases y enclaves comerciales, la mayoría de los castellanos estaban acostumbrados a las ideas de un continuo avance militar, del reparto de las tierras y del botín y de la conversión de los infieles. De modo inevitable las dos tradiciones opuestas, la del comerciante y la del guerrero, entraron en un violento conflicto y en este conflicto el propio Colón fue derrotado y puesto fuera de combate. Quedó probado que no podía luchar contra los hábitos, profundamente enraizados, de una sociedad con espíritu de cruzada. No pudo tampoco hacer frente por sí solo al creciente poder de un Estado que vio muy pronto tanto las posibilidades como los peligros de la expansión en ultramar y que estaba decidido a mantener, firmemente bajo su control, el proceso de la colonización.
4. LA CONQUISTA
uando Colón murió en 1506, dos años después que la reina, era ya una figura del pasado. Sus intentos de colonizar La Española (Haití) y de establecer un monopolio comercial habían fracasado a finales de 1498. Como se hacían nuevos descubrimientos y las perspectivas de hallar oro crecían en la imaginación con cada relato de un nuevo explorador, los colonos ansiaban partir. Entre 1499 y 1508, expediciones salidas de España, enviadas a reconocer la costa norte de Sudamérica,
establecían la existencia de un continente americano, mientras que el propio Colón, en su último viaje de 1502-1504 tocaba tierra en Honduras y en el istmo de Nicaragua. A partir de 1508 el proceso del descubrimiento empezó a cambiar. Hacia ese año La Española se hallaba por completo bajo control español y había de proporcionar a España una base para futuras expediciones para el descubrimiento y conquista de Cuba y las Antillas.
Hacia 1519 tuvieron lugar las primeras tentativas. Núñez de Balboa había avistado el Pacífico seis años antes y el descubrimiento de Panamá en 1519 dio a España el control del istmo y su primera base en el Pacífico. Los años que van de 1519 a 1540 representaron la heroica fase final de la conquista, los años en que España ganó su gran imperio americano. Este imperio fue edificado sobre las ruinas de los dos imperios autóctonos de los aztecas y los incas. La conquista del imperio azteca de Méjico fue emprendida desde Cuba, en 1519, por Hernán Cortés, de un modo brillante y audaz que inflamó la imaginación de sus contemporáneos y de las generaciones futuras. La destrucción del imperio de los Incas por Pizarro no fue, en realidad, sino una copia exacta — tristemente empañada en sus últimas fases— del triunfo, diez años antes, de Cortés. Francisco Pizarro salió de Panamá en 1531, con un grupo de hombres aún más reducido que el de Cortés, y, tras superar con éxito el obstáculo de las enormes distancias y de las casi infranqueables barreras montañosas, su pequeña tropa aniquiló el gran imperio inca en el espacio de sólo dos años. Desde el centro de este imperio derrocado, los conquistadores exploraron en todas las direcciones el continente sudamericano en busca de El Dorado. Hacia 1540 la gran época de la conquista había pasado ya. Quedaban aún vastas extensiones de país por explorar y por conquistar. El avance hacia el interior de Chile fue detenido con éxito por la feroz resistencia de los indios araucanos. Pero en toda Sudamérica, con la excepción del Brasil, que entraba en el área que correspondía a Portugal por el Tratado de Tordesillas, de 1494, la “presencia” española había quedado establecida de modo triunfante y casi milagroso.
La destrucción de los imperios azteca e inca fue llevada a cabo tan sólo por un puñado de hombres. Cortés aniquiló el imperio de Moctezuma con seiscientos soldados y dieciséis caballos. Pizarro, que tenía treinta y siete caballos, contaba sólo con ciento ochenta hombres. Se sabe muy poco acerca de la procedencia y la personalidad de estos conquistadores, menos de mil en total, que conquistaron un continente venciendo dificultades inimaginables. Indudablemente procedían en su mayor parte de la Corona de Castilla. América era, de acuerdo con la ley, una posesión castellana, en la que los habitantes de Navarra o de la Corona de Aragón eran considerados como extranjeros. Entre los procedentes de la Corona de Castilla, parece ser que predominaban los nativos de Andalucía y de Extremadura: tanto Cortés como Pizarro eran extremeños. Los primeros que llegaron al Nuevo Mundo eran, como es natural, hombres jóvenes y solteros y la mayoría de ellos tenían ya una experiencia militar anterior. En cuanto a su extracción social, procedían casi todos de la pequeña nobleza rural y de las clases inferiores, pues la alta aristocracia no tomó parte en la conquista y tendió a mirar con desagrado las perspectivas de emigración, que podían arrancar a los labradores