¿P
or qué la muerte?, ¿qué he hecho yo?, ¿qué no he hecho o dejé de hacer?, ¿qué se me pasó y perdí la oportunidad?¿Qué sentido tiene la muerte?, ¿dónde está mi ser querido?, ¿adónde ha ido?, ¿qué significa esto de «estar muerto», «estar en duelo»?
¿Qué he de hacer ahora?, ¿podré en soledad seguir caminando?, ¿qué me cabe esperar?, ¿esto es así siempre?, ¿no vuelve?, ¿hay algo después, más allá?
Pasado, presente y futuro quedan marcados bajo el signo de la pregunta. Y son preguntas que no encuentran respuesta en los libros, en los consejos de los demás, en las creencias; ni en la soledad ni en la compañía. ¿Qué hago yo con las preguntas?: esa es una pregunta.
Las preguntas que no tienen respuesta no se mueven en el plano racional. No se manejan con la evidencia científica ni se resuelven con explicaciones. No hallan respuesta, sencillamente. Las preguntas existenciales revelan, más bien, el misterio que nos envuelve, como diría Gabriel Marcel, al distinguir entre problema y misterio. El duelo no es un problema que se resuelva con una ecuación. Es un proceso que evoca el camino en medio del misterio que nos caracteriza. El misterio de la vida, de la muerte, del amor, de la soledad, de la relación.
Malditas preguntas que se imponen enigmáticamente. Amadas preguntas que nos revelan nuestra naturaleza humana, que no pasa de largo en medio del estrés postraumático. El sufrimiento que entrañan las preguntas sin respuesta sería ensordecedor si no hubiera en el fondo una voluntad de vivir superior que lleve al doliente a autoafirmarse por encima del sinsentido y de la impotencia.
El dolor del duelo no es un tema. Es solo una cara del sufrimiento de la vida que no controlamos con el poder de la razón. Intentar responder las preguntas puede generar angustia en el doliente, porque ninguna será tan poderosa como para satisfacer las ansias de sentido último. No son las preguntas curiosas del niño que todo lo cuestiona con su
«¿por qué?». Son las preguntas del adulto indefenso, aturdido, buscador, más interpelado que interpelante. Son las preguntas que nos revelan, que nos ponen ante nuestra verdad.
Una tentación ante el misterio del sufrimiento puede acampar en las creencias religiosas, como si estas fueran un anestésico para el misterio. De ahí surgen expresiones, con frecuencia superficiales, en quien quiere aliviar con tópicos y frases hechas. «Dios sabrá», «Dios se lo ha llevado», «Antes o después nos toca a todos»... son solo anestésicos para la angustia de quien, no sabiendo acoger y escuchar las preguntas, mata su mensaje revelador con infantiles respuestas cogidas al vuelo de la tradición no necesariamente solidaria y compasiva.
Enrique Momigliano pone en verso la empresa que el doliente tiene ante las preguntas:
«Cuando llora el corazón sobran las palabras y los ojos ni osan mirar. La firmeza huye de las manos
y parecen los pasos temblar. Cuando llora el corazón
el sentido se ha escapado y ausente está la voluntad. La confusión la mente ha encerrado
y la única compañía es la soledad. Una sola pregunta viene a retumbar:
¿cómo, cuándo y por dónde empezar?»
Es conocida la propuesta del psiquiatra judío vienés Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración. El arte estará en la capacidad de transformar la pregunta «¿por qué?» en «¿cómo?», siendo dueños del modo en que vivimos aquello que no podemos cambiar. ¡Casi nada! Y hoy nos desafían anunciándonos que es posible crecer en la adversidad, que es posible la resiliencia, cuando nos hemos rebelado contra la resignación, que es necesario reinventarse más que encasquillarse en el pasado o cavar una fosa en el presente y morir de duelo. Un gran desafío.
Retumban las preguntas como repicaban las campanas en las torres de las iglesias. Y nadie acude a responderlas. La tradición judeocristiana propone también la posibilidad de dirigir estas mismas preguntas a Dios mismo, como lo hiciera el mismo Jesús de Nazaret,
también recitando poemas –salmos– de lamentación y de interpelación que no son mera nostalgia o quejumbrosa expresión del mal presente, sino compromiso por salir adelante en el duelo.
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Oración
ORAR LAS PREGUNTAS
Mi cabeza sigue haciéndose todo tipo de preguntas, no consigo encontrar respuestas acertadas,
nada de lo que me ocurre tiene sentido, y doy vueltas y más vueltas a mi loca cabeza, a la que Santa Teresa llamaba la loca de la casa.
Siempre he buscado respuestas en la vida,
no me gustaba vivir en la inseguridad de las preguntas, y por eso hoy, Padre Dios, te pido que me aclares
el porqué de lo que ocurre y a quién beneficia...
No entiendo las locuras de la vida,
el sinsentido del vivir y del no saber cuándo acaba. La enfermedad, el dolor
el sufrimiento, la pena y el llanto,
la separación definitiva y la lejanía de quien quieres...
Tú eres el Dios de las respuestas,
tú llenas de sentido y de respuestas nuestra vida, tú conoces el porqué de todo y de todos.
Dame pistas para aclararme un poco y para llenarme de serenidad y paz vital.
Lléname de tu Paz, esa que calma, que deja al ser humano en armonía, dame conformidad con lo que no entiendo
y tranquilidad de niño
Respiro en ti, para que me llenes de tu Amor, al coger aire, lléname de Ti y de tu paz...
y al expulsarlo,
haz que salga de mí la tensión y la duda. Quiero ir viviendo en armonía, sin tensión, sin buscar las respuestas
y sin tener que controlarlo todo.
Dejo que tú, Dios Padre, seas quien lleva el mando, de este mundo loco en el que vivimos