En este periodo es especialmente interesante el estudio de una serie de documentación donde la enfermedad mental está prácticamente ausente siendo la situación excepcional de conflicto bélico el eje del discurso. Por un lado, uno de los escasos escritos de pacientes conservados en las historias clínicas nos remite más a la experiencia personal de la guerra que a la vivencia subjetiva de la enfermedad y el internamiento429. También los documentos escritos por familiares y allegados recibidos por correspondencia en el manicomio, muestran el desastre de la guerra y sus efectos como temática casi exclusiva. La correspondencia de los clínicos se sitúa en el mismo sentido, y así se repiten las quejas por bombardeos, daños materiales, deficiencias del personal por la incorporación a filas de varios de ellos, etc.
427 Historia 1116, Archivo Histórico del IPSSM José Germain.
428 Carta con fecha del 15 de septiembre de 1937 enviada por un médico. Archivo Histórico del IPSSM José Germain. Las colonias de la Prensa fue un lugar de veraneo para periodistas que comenzó su construcción en enero de 1931 en los terrenos existentes entre Carabanchel Alto y Bajo. Dada su situación en el frente de batalla numerosas edificaciones fueron destruidas durante la Guerra Civil.
429 Historia clínica 1119. Archivo Histórico del IPSSM José Germain. Los escritos conservados de este paciente se exponen en el capítulo IV de esta tesis.
En el presente apartado, pretendemos recoger otro tipo de manifestación escrita
fuera del ámbito de la familia y el médico, y que, a través de textos periodísticos, muestran también cómo es visto y vivido el enfermo mental en un momento histórico determinado y en una sociedad determinada. Reproducimos, a continuación, un artículo del ABC de Sevilla sobre los pacientes del Manicomio de Leganés publicado en 1937. Este texto fue escrito por Juan Deportista, pseudónimo de Alberto Martínez Fernández, que, recordamos, estuvo alojado en el manicomio durante parte del conflicto:
« [...] En el Manicomio de Leganés, la mayor parte de los enfermos, para su fortuna, gozan de cierta apacibilidad. Suelen pasear, discutir, leer y hasta hacer versos, ya que son excepción los peligrosos y los agitados.
Yo no había destapado la Psiquiatría, pero ahora empiezo a comprender, luego de larga época de contacto frecuente con los perturbados, por qué los especialistas concluyen tantas veces en fenómenos dignos de estudio.
Valga por lo que valiere, os quiero anticipar que este artículo lo he escrito yo, aunque otra cosa pudierais deducir si llegáis hasta el final. Y estoy por asegurar que hasta ahora sigo siendo externo, con apariencias de normalidad. ¡Vamos, que no estoy loco!
Pérez, su excelencia y la suprema razón
Siempre en la cancela, Pérez es, con su boina roja, el hombre más popular dentro y fuera del establecimiento. Tiene una gran manía: dar a todo el mundo trato de excelencia; y otras más pequeñas: tergiversar un poco los conceptos. Por lo demás, suave, servicial y finísimo. A mí, explicándome las causas de la guerra y sus consecuencias, en relación con la locura, me dijo: “No crea su excelencia que yo estoy loco. A mi lo que me pasa es que domino la suprema razón, que está por encima de la razón normal. ¿Comprende usted lo que tiene que discurrir un loco para engañar al director de un Manicomio, que cree saber de razones perturbadas? Pues ese es mi caso. Como el del pollino ese –señalándome un asno que se ha subido a la acera- que se ha salido de su cauce para elevarse inútilmente hasta el de nuestra inteligencia.
Es una vana pretensión. Tan quimérica como la de los rojos. Pero no crea usted que éstos perderán la guerra por cobardes o por falta de armamentos, sino porque aquellas excelencias se han obstinado en demostrar al mundo la sinrazón del marxismo, y el mundo, todas las excelencias que están sueltas, querrían el comunismo si todos y cada uno de los comunistas pudieran ser Stalin. Pero a vuecencia, como a mi, nos molestaría ser incluidos en la gentuza aporreada por Stalin. Esto es lo que yo llamo la suprema razón… Citado con José Antonio
En la misma puerta del jardín discurría, pletórico de facultades oratorias, un hombre en la plenitud de la vida, que no cesa de despotricar, imprecando siempre a una masa tan gregaria como las otras, pero aquí inexistente; y al final de cada diez minutos de charla cambia de puesto y actitud, diciendo: “En fin, os dejo porque os supongo convencidos y me espera José Antonio para ir a hablar a otro sitio. ¡Viva España!”
Luego, en el rincón de al lado, vuelve a sus furibundas peroratas: “Vedme, soy camisa vieja, y encanecido al servicio de España. No miréis más hacia el pasado. El pasado es la Historia, y la Historia, para que se repita, tenemos nosotros que elaborarla a brazo, como el chocolate. Mis brazos se cansan y vuestros labios se cansan; todos nos cansamos del marxismo, pero salvo los que luchan ¿qué hacemos nosotros contra el marxismo? ¿Quién me acompaña a Valencia para destrozar a Prieto? ¡Calláis! Así somos todos los antimarxistas de la retaguardia. Pero no temáis, ya sé que no os dejo convencidos. Por lo demás, yo tampoco estoy dispuesto a ir a Valencia, ni solo, ni acompañado. En fin, os he dicho todo lo que quería, y como sé de qué color son los forros de vuestras conciencias, me voy, porque no quiero hacer perder tiempo a José Antonio. ¡Arriba España!”
El aspirante a hombre
Este desdichado cretino, que lleva martillando la cadena de una bicicleta que le regalaron desde que se conquistó Pozuelo de Alarcón hasta hoy, es inabordable hasta que arregle su burra, y la cadena de su máquina al cabo de los meses, está cerca de la laminación. Yo no quiero pensar la desilusión de este pobre aspirante a hombre, si algún día la bicicleta pudiera andar, y él se convenciera de que con cadena y sin ella no podía separarse del suelo.
El perturbado de las aleluyas y la Lotería
Su autor no me los ha querido prestar, pero me ha regalado con la lectura. Son unos versos magníficos y orondos, entre los que hay varias composiciones dedicadas al Generalísimo. La particularidad de este vate es que su antología está sembrada de décimos y aun vigésimos de la Lotería Nacional, para que los consonantes rimen con la suerte. O. por mejor decir, con la mala suerte, ya que todos estos números del poeta dio la casualidad de que no resultaron premiados.
Si la memoria no me hace traición, hay unos versos que dicen así: Y el Generalísimo será orgulloso y veneración
De aquellos a quienes aguante la canción Como en la Lotería siempre toca.
A pedir de boca, a pedir de boca. Lo planes fáciles y las cuartillas locas
He prolongado demasiado la visita, cuando me sale al encuentro uno de mis mejores amigos.
-¿También hoy sin noticias?- me dice -¿No ha habido operaciones? Pues ¿sabe lo que le digo? Que los cronistas de guerra, cuando no saben decir nada de la guerra no son tales cronistas. Yo que no me he movido hoy de aquí, por las cartas que he recibido de Varela, de Queipo, de Moscardó y de Yagüe (Franco no me ha escrito porque ha marchado a Vizcaya), le puedo comunicar la situación exacta de los frentes. Pero no lo haré, porque ellos me escriben en confianza, y si le dijera cuanto me dicen, descubriría secretos que no me pertenecen. Aquí estuvo Varela, y yo le vi, y me dijo: “Pronto estaremos en Madrid, mediante la gran sorpresa” Ahora es Queipo el que en la suya escribe: “Parece mentira que todavía estés ahí metido y no des tu sangre por España. Hay que saber dar la vida y escapar, aunque se perezca en la demanda. Si todos los que esperan fueran capaces de intentarlo…”
¿Ve qué gracioso? ¿Cómo voy a salir yo de aquí? ¿Están acaso las operaciones interrumpidas porque falten mis luces? ¡Pues que me lleven a
Salamanca! Se habla y se escribe muy bien. Cierto que yo tengo un plan para
ganar la guerra en tres días; pero día más o menos, todos los españoles tenemos uno. La cuestión es dar con el bolsillo donde está el programa que abrevie más horas. Porque las horas se abrevian escribiendo. Ejemplo: yo le hago a usted la crónica esa, que usted da luego por teléfono, diciendo que ha estado con nosotros, y la gente nos toma por locos a todos…
Pues lo mismo que yo le hago estas cuartillas se hacen fáciles los planes de todos los españoles…-»430
En este texto no científico, ausente del lenguaje de la psicopatología, se muestra una imagen un tanto infantilizada del enfermo mental. Aparece minimizada la cuestión de la peligrosidad social, que ha sido uno de los grandes estigmas de la locura, pero se presenta al paciente de forma ingenua, no exento de condescendencia y comicidad. Por otro lado, es especialmente interesante el uso que se hace de estos pacientes pues como texto periodístico de los años de la guerra cumple también una función de divulgación y propaganda política, a favor en este caso del ejército nacional, con referencia a algunos de los militares más destacados del mismo (Varela, Queipo de Llano, Jose Antonio Primo de Rivera o el mismo Franco). De modo que el discurso del enfermo mental es puesto al servicio de esta causa.
Al inicio de la posguerra el mismo periodista (en esta ocasión bajo el pseudónimo de Spectator) publicó un nuevo artículo sobre el Manicomio de Santa Isabel con idéntica mirada sobre el enfermo mental. Son también especialmente interesantes en este texto los datos que aporta sobre la situación y funcionamiento del manicomio durante la guerra. Narra, como se ha expuesto en un capítulo previo, la utilización del manicomio como “parada y fonda” para militares y periodistas, entre otras personas. Y alaba el trabajo de las religiosas de la institución, que se presume del contenido del artículo que debieron distinguir en su trato a los militares -y demás personas alojadas- y ocuparse de su abastecimiento:
« Yo era hombre de ciudad hasta que la guerra me llevó por muchos pueblos; y el primero donde senté mis reales, a los pocos días de escapar de Madrid, fue Leganés. Allí acepté habitación y mesa en la Casa de Salud de Santa Isabel, donde las Hermanas de la Caridad tuvieron para mí, y para cuantos pasamos interminables meses al borde de la guerra atenciones absolutamente inolvidables. Con todo, lo más interesante para los recuerdos para el espectador de la guerra ante los hoscos muros madrileños, no fueron aquellas
bondades, sino las curiosas reacciones de los huéspedes de la Casa a la que todo el mundo llama manicomio.
Los rojos que abrieron las puertas del establecimiento, olvidaron que, aun en estos enfermos, hay un gran sentido del agradecimiento y hasta de la responsabilidad; y así que los malvados huyeron, cometidas las múltiples fechorías obligadas, los perturbados, suavemente requeridos unos, otros por el imperativo mandato de los estómagos, fueron volviendo a su residencia habitual.
No están tan ausentes los perturbados que vivieran al margen de la guerra inmediata. Los tremendos cañones, varias veces enfilados contra el establecimiento, algunas de ellas con dramáticas consecuencias, les alteraban terriblemente. Pero la presencia de aviones enemigos, que intuían por no sé que extraños presentimientos -¡aquel terrible prólogo de la batalla de Brunete!-, ponían a toda la población desequilibrada en un trance de exaltación cerca del paroxismo, con reacciones de furor o de verbalismo, que los alienistas tendrán que estudiar.
Entonces yo les observaba tanto a ellos como a las monjas, que procuraban convencerles, con dedicación maravillosa en la que procuraban desdibujarse el humano terror mintiendo consuelos y burdos embustes que debían tranquilizar a los eternamente intranquilos. Sublime abnegación de las Hermanas de la Caridad, con la más cristiana, española y caritativa de las fraternidades.
Llegó a ser, por lo acogedora, aquella Casa una especia de hotel donde forzosamente hacían alto jefes y autoridades en obligada visita al frente de Madrid; y llegué a gozar de relativa confianza en el ánimo de algunos enfermos que, estoy por asegurar, viéndome tan asiduo, llegaron a creer que era un colega más.
Dos de ellos entre tantísimos despertaron mis simpatías, y a una y otro les prometí traerles a los papeles –hoy cumplo la promesa- cuando la oportunidad fuera propicia.
Hace un año que Madrid fue liberado de las hordas, y fiel a su costumbre de perturbada, de costumbres regulares, doña Olvido sigue intentando la fuga, como siempre, todas las tardes. Porque doña Olvido, que entró joven en la Casa y ya tiene nieves en la cabeza, hace una vida suave y sencilla de mujer de casa, hacendosa y devota, que se interrumpe entre cinco y siete de la tarde, súbitamente, para hacer el equipaje y escapar a toda prisa. Con los años, el equipaje se hizo tan austero, que cabe en un pañuelo que ella lía para salir a todo correr…, hasta que el portero la toma suavemente, ella gimotea un poco, torna a la habitación y a sus labores y… a esperar la ocasión de la fuga siguiente.
Cuando le pregunté, ella me dijo:
- Yo soy de Franco y tengo un plan para acabar con esto. Ayúdeme a escapar y se lo llevamos juntos. Estas monjas no saben nada de agricultura, y a mi me da mucha rabia que la luna no sepa hacer encaje de bolillos. Ande, vamos a hacer el equipaje y luego tomamos un cañón de merienda. Pero…¡chitón! Y después de esto, lucidez perfecta y veintitrés horas de tranquilidad para una de excitación, salvo que los rojos lo dispusieran de otro modo.
Mi gran amigo en la Casa, sin embargo, es Pérez. El se puso boina roja al entrar los soldados nacionales y todavía no se la ha quitado. Muchos años
antes, con salud a prueba de bombas. Decidió no trabajar; y sigue diciendo
ahora tonterías magníficas, que los alienistas diagnostican severamente, pero ante las que los “externos” se sonríen y muchos “internos” también.
Porque Pérez, que está a la busca del más tibio rayo de sol, me explicó un día filosóficamente:
- A mi me parece que los borricos son más inteligentes que las personas, porque los burros callan siempre y nosotros lo discutimos todo. Los rojos son menos inteligentes que los asnos, porque aguantan todos los golpes y además no se callan; que son sumados los mayores males. Cuando la guerra acabe, yo procuraré que a los rojos, por todo castigo, se les den las cuadras de los jumentos, con lo que a poco tendrán su silenciosa sabiduría; y ellos trabajaran y todos saldremos ganando. Lo más importante después de ganar la guerra es acabar con los aviones y luego callar para que uno mismo no pueda jamás decir lo que piensa. ¿Me comprende?
Yo no sé si Pérez comprendía demasiado o si yo debía incluirme entre los “internos”. De lo que estoy persuadido es de que en la guerra y en el frente de Madrid es donde se han aprendido las cosas más extraordinarias y han acaecido los hechos de toda índole más asombrosos.»431
10. EL FINAL DE LA GUERRA. EXPEDIENTES DE DEPURACIÓN DE