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In document The Sensible Solution 1984 pdf (Page 128-135)

Como se ha observado en el anterior subcapítulo, el mensaje de los profetas se basa en denunciar los problemas sociales y su esfuerzo por construir una sociedad más justa que consolide la paz. Los profetas dieron un nuevo impulso a la religión de Israel, imprimiendo un sentido ético del que antes carecía, al menos en tan alto grado. En Israel, la sabiduría tribal, el culto, las leyes, intentaron inculcar desde antiguo, antes de que apareciesen los grandes profetas, el interés y el afecto por las personas más débiles, los pobres. Se interpretaría mal a los profetas sin los considerásemos francotiradores al margen de la lucha

por la justicia.210 Algunos de los problemas concretos que denunciaron son: comercio,

esclavitud, latifundismo, salario, tributos e impuestos, robo, asesinatos, garantías y préstamos, lujo.211

De igual modo, la misión del Gran Profeta, Jesús de Nazaret fue anunciar e iniciar el reino de Dios como Buena Noticia, como aparece sobre todo en Lucas. Y esa Buena Noticia se dirige hacia los pobres de este mundo, que en el caso de Tabio serían los campesinos afectados por la actividad extractiva: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). En Lucas y en Mateo, cuando a los discípulos de Juan Bautista les dice: mirad lo que está ocurriendo, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y también, bajo la formulación de reino de Dios aparece esto claro en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” (Mt 5,3). Entonces los pobres aparecen como los destinatarios preferentes de la misión de Jesús. En lenguaje sistemático, puede decirse que existe una correlación trascendental entre Reino de Dios y los pobres.212

La Iglesia ha tomado las banderas de Jesús, anunciando el reino de Dios a todos los hombres y las mujeres especialmente a los más pobres y la libertad a los oprimidos y la dignidad humana a los marginados. El reino de Dios comporta la evangelización y la liberación, que se complementan.213 Existe un clamor por la libertad, ya que los seres

humanos sufren por la explotación económica del ser humano por el ser humano, y claman por la justicia social. Sufren por la opresión política del ser humano por el ser humano y luchan por el reconocimiento de su dignidad humana y de sus derechos humanos.214

210 Sicre, Introducción al profetismo bíblico, 395. 211 Ibid., 407.

212Sobrino, Opción por los pobres y seguimiento de Jesús, 33.

213 Moltmann, Primero el reino de Dios, 11-13. 214 Moltmann, El futuro de la creación, 125.

Moltmann afirma que: “…mientras no todos los hombres sean libres, los supuestamente libres de ahora, no lo son en realidad.”215 Pero el clamor por la libertad no atraviesa tan

solo a los seres humanos explotados, oprimidos, alienados, divididos y angustiados, sino que mueve también a la criatura destrozada por la humanidad, veamos por qué:216

La naturaleza y nuestro propio cuerpo nos resultan extraños. Hemos convertido el entorno natural en materia de nuestra dominación explotadora. Hemos rebajado el cuerpo que somos, a corporeidad que tenemos. Con ello hemos condenado a muerte a los dos. Por eso, “también la criatura anhela verse libre de la servidumbre de la decadencia” y “espera angustiosamente la revelación de los hijos de Dios, que son libres” (Rom 8,19). La naturaleza aguarda –decía Marx- la “verdadera resurrección” en el reino humano del hombre. El cuerpo aguarda el verse libre de las sublimaciones del espíritu y de las represiones de la moral, decía Freud. La materia que está en nosotros y en torno nuestro ansía la fuerza de la nueva creación. Así pues, el clamor por la libertad une al hombre con la naturaleza en una sola esperanza. Hombre y naturaleza o bien se hundirán si están divididos y enfrentados, o bien, sobrevivirán como compañeros en una comunión renovada.

Pero el clamor por la libertad no atraviesa sólo a la humanidad y a la naturaleza. Es también el propio clamor de Dios. En el gemido de los que pasan hambre, en el tormento de los presos, en la callada muerte de la naturaleza gime, pasa hambre y suspira el Espíritu de Dios mismo. Las tradiciones mesiánicas del judaísmo y del cristianismo no nos hablan de un Dios apático, sentado en su trono celestial en medio de una felicidad intocada. Nos muestran al Dios que sufre con su creación abandonada, porque la quiere. Dios sufre con su pueblo en el destierro, sufre con su humanidad que se ha hecho inhumana, sufre con su creación esclavizada y condenada

215 Ibid., 127.

a muerte. Sufre con ellos, en ellos y por ellos. Su sufrimiento es su secreto mesiánico. Creó al hombre a imagen suya, es decir, lo creó para la libertad. Creó la naturaleza para gozar de ella, como un juego que era de su agrado. Por eso Dios, a través de su espíritu creador, se ve afectado por la historia del sufrimiento del mundo, y mediante su dolor se implica en ella. Su espíritu anhela, gime, y clama por la libertad. Su Espíritu aboga por los que no pueden hablar “con gemidos inenarrables” (Rom 8,26), no con el grito glorioso de la victoria. Sólo así mantiene viva la esperanza de la criatura.217

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