Irma es una mujer de 44 años, vive en altos de Cazuca en Soacha Cundinamarca. Habita en una casa prefabricada, la cual fue donada por el pastor de la Iglesia a la cual asiste, a su
hija Angélica quien presenta una discapacidad. Irma nació en una zona rural cálida tuvo 3 hermanos, no tiene conocimiento actual de sus padres, es decir, no sabe si están vivos o muertos, desde los 15 años decidió trasladarse a Bogotá “a aventurar”. En la actualidad trabaja reciclando ropa los fines de semana, especialmente los días domingo; asiste entre semana y cada sábado a culto, vive sola, “mi única compañía es mi perro, es el único que está pendiente de mí como que se alegra cada vez que me ve”. Durante muchos años no ha tenido una pareja estable, ya que como ella misma lo dice: “mis relaciones nunca son estables y además es que es difícil porque no todo el mundo lo acepta a uno con una hija como la que yo tengo, y además es que me preocupa que si estoy con alguien mi hija pueda ser vulnerada”.
Comenta que cuando llegó a Bogotá tuvo que trabajar como empleada doméstica, actividad laboral que tuvo que abandonar porque se presentó maltrato físico y psicológico hacia ella; al poco tiempo, a sus 17 años, se dedicó al trabajo sexual, “es una actividad que trae mejor dinero y además no perjudica a nadie”. En el bar, conoció a un hombre de 30 años, quien trabajaba como vendedor de lotería y con quien decidió entablar una relación afectiva. Esta relación duró hasta que ella cumplió la mayoría de edad (18 años). Irma quedó embarazada, pero ella no lo sabía por lo que sus hábitos se mantuvieron (consumir alcohol, sustancias psicoactivas, fumar, mantener encuentros sexuales con clientes del bar sin protección) y fue a los 7 meses de gestación cuando ella se enteró, pero ya había pasado mucho tiempo y a pesar de los riesgos, ella no asistió a controles posteriores, según lo que ella menciona “a pesar de que nunca asistí a controles médicos, yo sólo pensaba que las cosas salieran bien y que mi bebe estuviera bien”. Comenta Irma que cuando su pareja se
enteró del embarazo, decidió terminar la relación y marcharse de Bogotá. Es así como a los nueve meses y medio, tiene a su hija sola.
Angélica, su única hija, actualmente tiene 29 años, y con ella ha tenido que afrontar varias dificultades sociales, económicos y de salud. Irma durante los cinco primeros años de la vida de su hija la cuidó y trató de proporcionarle todo lo necesario para sobrevivir. Angélica durante el tiempo que permaneció bajo el cuidado de su madre, presentó comportamientos de difícil manejo y con el aumento en los episodios de convulsión, la madre decidió buscar ayuda en diferentes entidades del estado, hasta que acudió a una entidad de Cundinamarca. Una vez presentado el caso se inició el proceso de institucionalización a la edad de los cinco años “es que no sabía qué hacer, la verdad lo intentaba, pero es que para mí fue muy difícil, ella me pegaba muy duro, yo de verdad lo intentaba pero fue muy difícil (llora la madre)”. Angélica durante 20 años desde que inició su proceso de institucionalización fue trasladada en 4 ocasiones a diferentes centros ubicados en diferentes zonas rurales de clima cálido, a los 26 años finalmente llegó a un centro ubicado en la ciudad de Bogotá. Irma, tiempo después institucionalizar a su hija comenzó a presentar síntomas como alucinaciones auditivas, visuales, fuertes dolores de cabeza, episodios de llanto por más de dos semanas, insomnio, pérdida del apetito. Acude al médico y le diagnóstican un trastorno esquizoafectivo, inicia medicamentos, “después que deje a Angélica en Sibate ya para toda la vida, uy no eso para mí fue algo muy duro, porque nunca pensé que yo tuviera que hacer eso y más con ella que es, bueno, fue parte de mí, sentí como que todo el mundo se me vino encima, y yo no sabía para dónde coger, eso fue horrible y pues bueno después de eso me toco usar medicamentos, sólo me acuerdo
de la fluoxetina, levomepromazina, risperidona y otras que no me acuerdo porque eso era como un salpicón mucho medicamento, pero ahora sólo me tomo la fluoxetina”.
Desde esa época hasta la actualidad, Angélica pertenece a un programa de atención integral en el que su cuidado ha estado a cargo de instituciones del estado. Angélica se pasó del tiempo estimado para el nacimiento y presentó sufrimiento fetal, nació con una parálisis cerebral, lo que trajo de forma asociada una discapacidad intelectual profunda, epilepsia y deterioro del comportamiento. Se caracteriza como una persona que carece de lenguaje verbal, no logra establecerse un contacto visual, es dependiente en las actividades de la vida diaria, presenta conductas de autoagresión (se pega, pellizca y muerde), heteroagresión (muerde, pega, pellizca y en ocasiones escupe a otros), destrucción de los objetos que la rodean, tiene dificultades motoras caracterizadas por la pérdida de equilibrio, por lo que cuando hay desplazamientos extensos requiere de apoyo para evitar accidentes, presenta episodios de epilepsia, los cuales son de difícil manejo; requiere medicación, para su epilepsia, para moderador el estado de ánimo y evitar que entre en estado de agitación psicomotora