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2.6 Detection and Mitigation of spoofing attacks

3.1.1 The delta test

I. Como sabiduría, ordena y dispone todo para la realización del designio de Dios

1. Para regular, en efecto, nuestra actitud con respecto a ella, no está de más señalar que esta. Sabiduría es inteligente y sabia. Tiene un designio en cuya realización emplea los recursos de su inte- ligencia y de su poder. No deja nada al azar y ordena todo, con fuerza y dulzura. El mundo ha sido creado para la realización del designio de Dios y cada uno de nosotros tiene en el señalado su puesto. No hemos entrado en el mundo para vivir en él a nuestro antojo, o para llevar a la práctica nuestros fi- nes personales La Sabiduría divina nos ha colocado en él para que seamos los agentes humanos de su designio divino y los artífices de la misión precisa que nos ha señalado en su plan.

Seremos, ciertamente, sus agentes –sometidos amorosamente o rebeldes, eso depende de noso- tros–, pero, cualquiera que sea nuestra actitud, el plan de Dios se realizará con nosotros o contra noso- tros. Cuándo se realice, el curso del tiempo se detendrá; el mundo será vencido, porque la Sabiduría habrá realizado la obra para la que lo había creado.

Conocemos ese designio eterno de Dios; es el designio de misericordia oculto a los siglos pasa- dos, cuyo heraldo y ministro es el apóstol Pablo, a saber: el designio de la voluntad divina, decretado en la eternidad y que la Sabiduría debía realizar en la plenitud de los tiempos, reuniendo todo en Cris- to, las cosas del cielo y las de la tierra18. El designio, eterno de Dios que ha de realizar la Sabiduría dé amor es la Iglesia de Dios, fin y razón de todas las cosas19.

Se rebelan dictadores e imperios, pueblos e individuos. Su agitación se inscribe en la realización del gran designio de Dios y está ordenada por su Sabiduría que todo lo penetra y lo dispone todo de un extremo del mundo al otro. Pasan ellos y de sus obras no permanece más que lo que su voluntad ha ordenado amorosamente en la realización de los designios de Dios por los caminos de la Sabiduría.

La Sabiduría de amor interviene en el alma en las cuartas moradas con el auxilio particular para realizar su designio eterno en nosotros y para nosotros. La obra que ha de realizarse en el alma es, en efecto, tan elevada, que la misma Sabiduría tiene que intervenir y dirigirla directamente por sus luces y mociones.

2. Este designio eterno de Dios, cuya fórmula conocemos, es impenetrable para nosotros. Es la Sabiduría quien lo ha concebido y quien lo realiza. Los pensamientos de Dios sobrepasan los nuestros como el cielo sobrepasa a la tierra. Son tan misteriosos como Dios mismo.

17 Sab 7, 27. 18 Ef 1, 9-10. 19 San Epifanio.

1. La sabiduría del amor 183

Las regiones en donde se extiende el reino de la Sabiduría, porque su luz y su acción dominan allí como dueñas, son regiones oscuras. La trascendencia de la luz divina es quien creó esta oscuridad, no como un accidente pasajero, sino, como un efecto normal de la debilidad de nuestra mirada.

No podemos, pues, penetrar o abrazar con nuestra inteligencia el designio de Dios en su conjun- to, ni tampoco la parte que nos corresponde en las realizaciones o caminos por los que seremos lleva- dos. Los resplandores que brillan en esta oscuridad podrían ser para nosotros, engañosos si no los in- terpretáramos de un modo bastante preciso. Al fundar el monasterio de. San José de Ávila, santa Tere- sa se sentía arrastrada por un ansia divina de soledad y de intimidad con el buen Jesús; y desde ahí la Sabiduría de amor la hizo partir algunos años después para que surcase como fundadora los caminos de. España. Al escribir sus libros, la Santa respondía a las necesidades de sus hijas; estaba lejos de pensar que la Sabiduría de amor preparase por medio de ellos un alimento selecto para las almas espi- rituales de todos los tiempos. San Francisco de Sales quería fundar la Visitación de Santa María para proveer a las necesidades del pueblo, y acaba en un Instituto contemplativo que había, de recoger las confidencias del Corazón de Jesús.

En estas regiones, oscuras porque la Sabiduría reina en ellas como dueña, se otorga a cada paso la luz al alma que cree y se abandona a esta Sabiduría de amor, que ha tomado como guía y maestra.

Estos juegos de la luz de la Sabiduría en la oscuridad que ella crea son ya una aparente contra- dicción. Y, sin embargo, son una realidad que toda experiencia espiritual acredita y su origen sobrena- tural está demostrado por la paz y la fecundidad de acción de las almas que las siguen. La Sabiduría es luz y misterio. Por eso su reino en la tierra no es más que penumbra. Es necesaria la fe para entrar en ella y sólo el amor puede habitar en paz con ella.

II. Esta sabiduría es toda de amor

Esta Sabiduría es Sabiduría de amor. Está al servicio de Dios, que es amor. Como el amor es el bien difusivo de sí, necesita derramarse y al entregarse encuentra su alegría, alegría que guarda pro- porción con el don que hace y con su cualidad. Como toda ella está al servicio de Dios, la Sabiduría se servirá de todos sus recursos para difundir el amor.

1. No es, pues, de extrañar que esta Sabiduría de amor encuentre su alegría entre los hijos de los hombres, porque ella puede derramar en su alma el mejor de sus dones creados, la gracia, que es una participación en la naturaleza y en la vida de Dios.

El amor que se derrama es un torrente de suavidad, que asocia a su felicidad y crea la paz, la alegría y la luz. El reino de la Sabiduría de amor es un reino «de justicia, de amor y de paz»20.

2. Pero este amor desciende sobre las facultades humanas no adaptadas a recibirlo y que aún llevan en sí las huellas del pecado. Este reino se establece en el mundo entregado al pecado. Hay lucha y sufrimiento. Los torrentes de amor en el alma aportan sufrimiento; sus conquistas no se hacen sino al precio de rudos combates; su reino pacífico le ocasiona golpes y odios. «El discípulo no está por en- cima del Maestro... el mundo me ha odiado y os odiará a vosotros»21. La Sabiduría de amor es en la tierra como un cordero en medio de lobos, porque el mundo es malo; con su sola presencia lo condena. Es una ley de lucha y de sufrimiento interior y exterior, que sigue todo el desarrollo y los triunfos de la Sabiduría de amor en la tierra. Vive y extiende sus conquistas sobre la tierra en una Iglesia militante y dolorosa hasta en sus victorias. «¿No era necesario que el Cristo sufriera y entrara así en la gloria?», proclama Jesús después de su resurrección. Es una necesidad que se impone a todos los que le siguen.

3. Suave y dolorosa, la Sabiduría de amor es esencialmente activa. El movimiento no es para ella un estado pasajero: es constante. Si el bien difusivo de sí, que es el amor, dejara de derramarse por un instante, ya no sería amor. El amor que se detiene se transforma en egoísmo. Dios engendra sin ce- sar a su Hijo, del Padre y del Hijo procede constantemente el Espíritu Santo: porque Dios es Amor eterno.

El amor que se nos da no puede detenerse en nuestras almas. Tiene necesidad de volver a su origen y quiere, continuar por medio de nosotros su propio movimiento de difusión. Al conquistarnos, la Sabiduría de amor nos hace entrar en la intimidad divina; pero nos lleva hacia su fin en la realiza-

20

Prefacio de la fiesta de Cristo Rey.

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ción de sus designios de amor. Nos transforma inmediatamente en canales de su gracia y en instru- mentos de sus obras. El amor es esencialmente dinámico y dinamógeno.

El apostolado no es una obra supererogatoria; es la consecuencia normal del movimiento esen- cial del amor. Pensar únicamente en la intimidad, en la unión con Dios, es ignorar la naturaleza del amor y detener el movimiento de expansión que hace el amor. En consecuencia, mantenerlo entre los diques de un egoísmo que, aunque se llame espiritual, sigue siendo destructor, es destruirlo o, al me- nos, viciarlo, y rebajarlo.

La Sabiduría de amor conquista a las almas no tanto por ellas mismas como por su obra. Sólo tiene un fin: la Iglesia. Nos escoge como miembros de la Iglesia, para que ocupemos en ella un puesto y cumplamos una misión. Es necesario que nos acordemos de nosotros con frecuencia, porque nuestro egoísmo y nuestro orgullo, favorecidos en esto, por el sentimiento de nuestra intimidad personal con Dios, están prontos a convencernos de que somos un fin en sí, el fin último en la obra santificadora, de la Sabiduría divina en nuestra alma.

La santa humanidad de Cristo fue creada, adornada de privilegios maravillosos y unida indiso- lublemente a la divinidad, para la redención y la Iglesia. Esta misma santa humanidad lo revela desde que llega a la existencia: «No has querido holocaustos... Me habéis creado... heme aquí para hacer vuestra voluntad»22.

Y lo que justifica la creación de la Santísima Virgen y todos sus privilegios es la maternidad di- vina y la maternidad de su gracia.

Lo mismo que Cristo Jesús y su divina Madre, también los santos están ordenados a la Iglesia. La Sabiduría de amor los santifica para hacer que entren en la unidad de la Iglesia y para utilizarlos para sus obras. Cuando santa Teresa es elevada al matrimonio espiritual, Jesucristo le vuelve a entre- gar el clavo de la crucifixión y le dice: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy; hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante... como verdadera esposa mía, mi honra es tuya y la tuya mía»23.

Las palabras son claras. No es a una intimidad en la soledad a lo que esta unión permanente la destina, sellada por un signo y por la palabra dada, sino a la acción por Cristo. Jesucristo la ha tomado como esposa y la entrega a la Iglesia para que sea en ella Madre de las almas.

La Sabiduría de amor no tiene más que un deseo, para cuya realización emplea todos los recur- sos de su poder y de su sabiduría: la Iglesia, designio único que explica toda su obra.

La obra maestra de esta Sabiduría de amor era, sin género de dudas, la santa humanidad de Cris- to. A esta humanidad, unida al Verbo por los lazos de la unión hipostática, admirablemente adornada con todos los dones y dotada ya en la tierra con la visión cara a cara, la entrega la Sabiduría de amor a las angustias de Getsemaní, a la muerte en la cruz y como alimento para todos aquellos a los que quie- re conquistar. Encarnación, Calvario, Eucaristía: ésos son los triunfos más bellos de la Sabiduría de amor, triunfos que aspira a renovarlos en las almas. Cristo en la cruz es el modelo que la Sabiduría erige ante ella y ante nosotros, como ejemplar perfecto de todas sus obras en la tierra. Quiere, asimis- mo, conquistarnos y embellecernos, para convertirnos en templos suyos purificados y magníficos; quiere levantar un altar en nosotros para inmolamos para gloria de Dios y hacer brotar de nuestras heridas ríos de luz y de vida para las almas.

La Sabiduría se ha construido una morada, la ha adornado con siete columnas; ha erigido un al- tar, inmola sus víctimas y llama a todo el mundo al festín que sigue al sacrificio24. Esta morada de la Sabiduría es Cristo Jesús, la Virgen María... nosotros mismos.

22 Heb 10, 5-7. 23 Cuentas de conciencia 25.ª 24 Prov 9, 1-4.

CAPÍTULO 2