¡Qué fuerza tiene este don! No puede menos... de trae al Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza1.
Según el testimonio de santa Teresa, toda la ascesis que propone en el Camino de perfección se resume en la realización perfecta del don de sí:
«Todo lo que os he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasimos de las criaturas...
Porque nos disponemos para que, con mucha brevedad, nos veamos acabado de andar el camino y be- biendo del agua viva de la fuente que queda dicha. Porque, sin dar nuestra voluntad del todo al Señor para que haga en todo lo que nos toca conforme a ella, nunca deja de beber de ella»2.
Esta estrecha relación entre la contemplación y el don de sí es afirmada repetidas veces por san- ta Teresa. El alma debe corresponder por este don completo a las primeras gracias contemplativas; de lo contrario, tales gracias no serán renovadas más que de un modo pasajero:
«Cuando no nos damos a su Majestad con la determinación que él se da a nosotros, harto hace de dejarnos en oración mental y visitarnos de cuando en cuando, como a criados que están en su viña; mas estotros son hijos regalados»3.
Pero ¡cuántas reticencias y dilaciones en la realización de este don de sí!, que debe ser absoluto para atraer los dones plenos de Dios:
«Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que... no acabamos de disponernos
Parécenos que lo damos todo, y es que ofrecemos a Dios la renta o los frutos y quedámonos con la raíz y posesión»4.
La verdad práctica que reclama nuestra atención y nuestras reflexiones es ésta:
«Así que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este tesoro»5.
No bastan afirmaciones claras y fuertes, pero generales, en una materia en la que tan fácilmente se desliza la ilusión; tenemos que consolidar nuestra convicción sobre la necesidad del don de sí y es- tablecer las exigencias divinas sobre la manera como debe realizarse.
A. NECESIDAD Y EXCELENCIA DEL DON DE SÍ*
1. Es santa Teresa quien indica el primero y fundamental motivo que hace del don de sí una ne- cesidad:
«Y como él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo.
Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces; ni obra en el alma, como cuando del todo, sin embarazo, es suya; ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto»6.
1 Camino de perfección 32, 11. 2 Ibid., 32, 9. 3 Ibid., 16, 5. 4 Vida 11, 1.2. 5 Ibid., 11, 3.
* En el texto original francés no aparecen títulos en los cuatro números de este apartado A, pero sí en el índice general de
la obra. Los títulos son los siguientes: 1. Dios no fuerza nuestra voluntad. 2. Acto perfecto de amor. 3. El sacrificio más per- fecto. 4. Don realizado por Jesucristo.
Dueño absoluto de todas las cosas como creador, Dios podría usar sus derechos para obligar a las criaturas a cumplir su voluntad. De hecho, conduce a los seres por leyes conformes a su naturaleza y que respetan los dones que él les ha hecho. Al hombre, dotado de inteligencia y de voluntad libre, Dios le dictará su voluntad por la ley moral, que se dirigirá a la inteligencia y respetará la libertad. Dios no fuerza nuestra voluntad, afirma santa Teresa. Más que forzarla, prefiere afrontar el riesgo de un fracaso parcial de sus designios y tener que modificar el ordenamiento, como sucedió después de la rebelión de los ángeles y de la caída del hombre.
El hombre a veces tiraniza a su semejante. Dios, nuestro dueño soberano, exalta el valor y el poder de las facultades que él ha puesto en nuestra naturaleza. La parte que encomienda a la acción del hombre en sus más excelsos designios es tan importante, que quedamos desconcertados cuando se nos descubre. La cooperación libre del hombre será, en efecto, una condición necesaria para la realización de los decretos eternos de la misericordia divina.
Así es como, antes de realizar la encarnación de su Verbo, el primer anillo de la admirable ca- dena de los misterios cristianos, Dios quiere asegurarse el consentimiento, de aquella a quien ha esco- gido como cooperadora. Envía al arcángel Gabriel para proponerle la misión que ha previsto para ella. Sus decretos no se realizarán sino con su consentimiento. El cielo escucha y espera, suspendido de los labios de la Virgen. Se estremece de alegría al oir el fiat de María, que es el fiat de la humanidad a la acción de la divinidad en la unión hipostática, y que hace de María la cooperadora de Dios. Desde ese momento, será efectiva y activamente Madre en todas las partes en que Dios sea Padre en sus relacio- nes con los hombres.
Asimismo, para unirse perfectamente con las almas, Dios exigirá de cada una su consentimiento personal y su cooperación activa. Cierto que su gracia es preveniente, pero no lleva adelante su obra y no se difunde en nosotros en toda su fecundidad más que con nuestro beneplácito.
No le basta un primer consentimiento, un primer don aunque sea pleno, porque nuestra voluntad libre es un bien inalienable. Después de haberla dado, nos la reservamos y hacemos uso de ella aún. La obra de Dios en nosotros sigue las vicisitudes de nuestras vacilaciones y de nuestros rechazos; que le detienen, lo mismo, que, de nuestros fervientes consentimientos, que nos entregan a las invasiones de la gracia.
«Toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo»7.
Santa Teresa afirma así que esta es una ley de la vida espiritual. Dios nos invade en la medida en que nos damos a él. La unión perfecta exige como primera condición el don completo de sí.
2. El don de sí es una necesidad del amor y su acto más perfecto. El amor, que es bien difusivo de sí mismo, tiende a perderse en aquel a quien ama; encuentra en ello su satisfacción y plenitud. Dios encuentra su dicha infinita en la generación del Verbo, que le Manifiesta perfectamente, y en la aspira- ción de amor, que es el Espíritu Santo, en el que él se difunde completamente.
También la caridad que está en nosotros encuentra su plenitud y perfección cuando, habiendo conquistado todo en nosotros, puede llevarlo todo hacia Dios en su movimiento filial hacia el Padre. Este don completo es el acto más puro que la caridad puede realizar. .
Así la purificación completa no es un privilegio que la teología, con santo Tomás, declara estar vinculada a la profesión perpetua del religioso, una especie de indulgencia plenaria con la que este ac- to tan importante se vería favorecido. Es el efecto normal de la caridad perfecta, que cubre la multitud de pecados y que inspira esta consagración radical y solemne, que es la profesión perpetua. Todo don completo, hecho con el mismo fervor de amor, purifica al alma de la misma manera.
A veces estamos tentados de buscar, entre las fórmulas más poéticas o en los sentimientos más delicados, la expresión del amor perfecto; el don de nosotros mismos, total y sincero, nos ofrece esta expresión, la más sencilla y más elevada.
3. El don de nosotros mismos es también el sacrificio más perfecto que podemos ofrecer a Dios. El sacrificio, acto religioso por excelencia, el único que reconoce el soberano dominio de Dios y rinde reparación por el pecado, comporta la oblación de una víctima, seguida habitualmente de una inmolación.
6 Camino... 28, 12. 7 Ibid., 28, 12.
3. El den de sí mismo 199
La oblación es, según ciertos teólogos, el único acto esencial del sacrificio; todos están de acuerdo en que es el más importante. La oblación entrega la víctima a Dios, la hace suya y le permite disponer de ella cómo él desee, bien para inmolarla, bien para utilizarla para otros fines.
Es esta oblación la que realiza el don de sí, la que ofrece a Dios lo, que tenemos y lo que somos, aceptando de antemano su voluntad y su complacencia.
Al ofrecer para el presente y para el futuro las facultades de la inteligencia y de la voluntad, que son las más excelentes y las más específicamente humanas, el hombre hace la oblación más excelen- temente humana, la mayor y más agradable a Dios entre las que están en su poder. «Mejor es la obe- diencia que el sacrificio»8, enseña el Espíritu Santo, comparando la oblación que impone la obediencia con la inmolación sangrienta de las víctimas de la antigua Ley.
4. Dios dice, asimismo, por el profeta Malaquías:
«No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahvé Sebaot, y no me es grata la oblación de vues- tras manos. Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lu- gar se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi nombre entre las naciones, dice Yahvé Sebaot»9.
De este modo daba Dios testimonio de su impaciencia por ver, al fin, que las figuras cedían a la realidad. Esta realidad es la oblación de Cristo; oblación que tenía el valor de todos los sacrificios fi- gurativos bajo la antigua Ley, y que es la única que puede, bajo la nueva Ley, dar todo su sentido al don de sí realizado por el cristiano.
Al llegar a la existencia la santa humanidad de Cristo, se dio cuenta en seguida, gracias a la vi- sión intuitiva, de todas las riquezas divinas que llevaba consigo. Descubrió las admirables perfeccio- nes de su naturaleza humana formada por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen, la vida desbordan- te de cada una de sus facultades y el armonioso equilibrio de ese complejo humano, no comparable a ningún otro. Cristo ve directamente, cara a cara, la naturaleza divina que habita corporalmente en él y al ungido con su unción suave y fuerte, que le anonada y le sublima, le santifica y le glorifica; descu- bre la unión hipostática, que le hace subsistir en la segunda persona de la Santísima Trinidad y a la que le une indisolublemente. Con la misma luz de visión directa, Jesucristo descubre el plan de Dios sobre él: por el sacrificio del Calvario está llamado a unir todo lo que el pecado ha separado y tiene que con- vertirse en fuente inagotable de gracia para la humanidad regenerada. Estas riquezas y esta misión in- comparable, que se descubren a la primera mirada de Cristo Jesús, han sido otorgadas a su santa humanidad de un modo totalmente gratuito, sin ningún mérito anterior, pues un instante antes no exist- ía y no ha existido jamás sino tomada por el Verbo. ¿Cuál será el primer movimiento de su alma bajo el suave y beatífico peso de la luz y de la unción divina? El salmista lo ha notado, y el apóstol san Pa- blo lo ha señalado en la carta a los Hebreos, para destacar su importancia:
«Por eso, al entrar en el mundo, dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro– a hacer, oh Dios, tu voluntad”»10.
Cristo, en este primer gesto de su humanidad, se ofrece en oblación a su Padre. Este don total de sí mismo, es una adhesión amorosa a la acción del Verbo y al designio de Dios que le ha creado para el sacrificio. Por la oblación comienza ya el sacrificio del Calvario. Desde este momento, Jesús es sa- cerdote y víctima y se obra la redención.
No es un acto aislado esta: oblación, sino una disposición básica del alma de Cristo Jesús, tan constante como la acción del Verbo y tan actual como la unión a la voluntad divina que regula todos sus gestos, En esta ofrenda continua de sí mismo, Jesús encuentra su alimento. Es lo que él mismo di- ce a los apóstoles, que le presionan a que coma, después de su conversación con la Samaritana:
«Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis... Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra»11.
La humanidad de Cristo subsiste en la persona del Verbo; si se separara por un pecado, caería en la nada. Pero no, esto no es posible: la unión es, indisoluble y, en consecuencia, la impecabilidad de Cristo es absoluta. Pero, puesto que la humanidad subsiste en el Verbo, es justo que encuentre en él su
8 1Sam 15, 22. 9 Mal 1, 10-11. 10 Heb 10, 5-7. 11 Jn 4, 32.34.
vida y, ciertamente, la voluntad humana de Cristo vive espiritualmente de su adhesión a la voluntad divina.
La ofrenda es sincera y total; la realización de la voluntad de Dios es perfecta. Jesús se deja, pues, llevar de la voluntad divina; va espontáneamente allá adonde le conduce; aquí y allá, según el momento y los modos que le ha fijado, al desierto, al Tabor, a la Cena, a Getsemaní y al Calvario. Ni siquiera una iota debe omitirse de lo que la voluntad divina le ha fijado.
Terminada la obra, él mismo quiere comprobar si la ha realizado bien. Desde lo alto de la cruz fija su mirada en el rollo de los decretos divinos donde Dios, por mano de sus profetas, ha fijado al de- talle los gestos de Cristo. Sí, todo se ha cumplido. Jesús lo comprueba y lo hace destacar:
«Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido.” E, inclinando la cabeza, entregó el espíri- tu»12.
Toda la vida de Jesucristo está encerrada entre dos miradas sobre el libro de los decretos divinos que se relacionan con él: entre la oblación silenciosa del comienzo; descubierta por la penetrante mi- rada del profeta, y la consumación final, relatada por el evangelista, no hay lugar más que para una ofrenda continua y un don total de sí mismo a la voluntad de Dios.
Este don de sí, que hace perfecta la obediencia de Jesucristo, obra nuestra redención y se con- vierte en el principio de su: gloria:
«Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cie- los, en la tierra y en los abismos»13.
A la luz de la oblación de Cristo es preciso colocar el don de sí para comprender su necesidad y fecundidad. Lo que hemos dicho hasta el presente, no son más que verdades: dispersas que se armoni- zan bajo esta luz y encuentran, en ella una nueva fuerza.
Disposición fundamental de Cristo, el don total de sí es una disposición fundamental cristiana, que identifica a Cristo en sus profundidades y, sin ella, toda imitación de Cristo no sería sino superfi- cial y quizás vano formulismo exterior. Para ser de Cristo hay que haberse entregado a él como, él se entregó a Dios, porque nosotros somos, de Cristo y Cristo de Dios.
La ofrenda de Cristo a Dios es la respuesta a la acción del Verbo. Es vital para él y le garantiza, su alimento. El don de nosotros mismos nos entrega a la gracia de Cristo que vive en nosotros; es una llamada a. una acción más completa de Cristo. En Cristo, la oblación es una adhesión amorosa al mis- terio de la encarnación ya realizado; en nosotros, el don de sí es una invitación a la misericordia divina para nuevas invasiones. La misericordia no puede más que responder, porque, ella es el amor que se inclina irresistiblemente sobre la pobreza que la llama.
La oblación de Cristo le entrega a la voluntad divina, y, especialmente, al sacrificio del Calva- rio. Identificada con Cristo por las invasiones de su gracia, el alma, por la oblación renovada, llega a ser para él verdaderamente una humanidad por añadidura, en la que puede prolongar la realización de sus misterios. Es aceptada normalmente como materia de sacrificio en el altar y como instrumento de redención para las almas. El don de sí, que la une a Cristo, la hace entrar, en los estados, de. Cristo y participar íntimamente en sus misterios y la introduce en las profundidades del misterio de la reden- ción y del misterio de la Iglesia.
Así como toda la misión de Cristo se apoya en su oblación, así todo el poder de su gracia se afianza en el alma por el don completo de sí misma, que es la parte más importante de su cooperación.
En el Camino de perfección, santa Teresa hace resaltar estos efectos de unión e identificación causados por el don de sí:
«Y mientras más se va entendiendo por las obras que no son palabras de cumplimiento, más, más nos lle- ga el Señor a sí y la levanta de todas, las cosas de acá y de sí misma para habilitarla a recibir grandes merce- des, que no acaba de pagar en esta vida este servicio. En tanto le tiene, que ya nosotros no sabemos qué nos pedir y su Majestad nunca se cansa de dar...
Y comienza a tratar de tanta amistad, que no sólo la torna a dejar su, voluntad, mas dale la suya con ella; porque se huelga el Señor, ya que trata do tanta amistad, que manden a veces, como dicen, y cumplir él lo que ella le pide»14.