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Todo lo dicho sobre la naturaleza y el papel de los dones del Espíritu Santo nos revela su impor- tancia en la vida espiritual.

Los dones del Espíritu Santo son en nuestra alma puertas que se abren al Infinito y por las que nos llega el gran soplo de la generosidad, ese soplo del Espíritu de amor que, lleva consigo la luz y la vida. Es cierto que este. Espíritu «sopla donde quiere y no se sabe de dónde viene y adónde va»26, pero sabemos, que es el soplo de la Sabiduría de amor, de la misericordia infinita, que tiene necesidad de difundirse, que nos ha creado para dársenos y llevarnos en el poderoso movimiento y en las riquezas ardientes de su vida desbordante.

Tal soplo es infinitamente sabio e infinitamente poderoso. Para cumplir sus designios, se sirve de todos los recursos de su sabiduría y de su fuerza. Él es quien ha realizado la unión hipostática, enri- queciendo, antes de todo consentimiento y de todo acto propio, la humanidad de Cristo con la unción de la divinidad. Es ese mismo soplo de la misericordia infinita quien ha sustraído al alma de la Virgen de las consecuencias del pecado original y la ha hecho purísima y llena de gracia.

Para la realización de sus designios en nosotros, nuestra buena voluntad es demasiado lenta y enferma. El soplo divino utilizará, pues, estas puertas que se abren ante él, se precipitará en ellas como un torrente, como un «río caudaloso» dice la Escritura, para enriquecer al alma sobre todos sus méritos con todas sus exigencias, sin preocuparse más que de su necesidad de entregarse y difundirse.

Por medio de los dones del Espíritu Santo, potencias receptivas cuya capacidad se adapta a la potencia del soplo que reciben, invade Dios el alma, realiza en ella el querer y el obrar, perfecciona las virtudes y ejerce su acción progresivamente o de una sola vez, según el modelo y la medida que él se ha fijado. Santa Teresa del Niño Jesús comprueba un día que Dios la ha tomado y la ha colocado allí. San Pablo confiesa que él es lo que es por la gracia de Dios.

Por estas puertas abiertas al Infinito, por estas velas desplegadas para recoger el soplo del Espí- ritu, la misericordia todopoderosa entra en las almas y las hace profetas y amigos de Dios.

Además, es necesario que estas puertas se abran al Infinito por la confianza, y que estas velas se desplieguen por el amor para ser henchidas por el viento de la generosidad. ¿Cómo podría ser esto, si el alma no conoce la existencia de los dones del Espíritu Santo y no sospecha lo que Dios puede hacer por medio de ellos?

En los primeros siglos de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia adoptaba formas exteriores que la hacían manifestarse a plena luz. El día de Pentecostés el Espíritu Santo desciende en forma de lenguas de fuego, toma posesión de los apóstoles y, por medio de ellos,

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de la Iglesia. Afirmó su presencia por la transformación que experimentaron, y su poder por todas sus obras. Con frecuencia intervenía en la vida de la Iglesia por sus iluminaciones claras o simbólicas, por sus órdenes o sus mociones. Era una persona viviente en el seno de la Iglesia y reconocido como tal:

Visum est Spiritui Sancto et nobis...27, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros, escribían los apóstoles. Con ello hacían alusión en efecto, a su iluminación y a su decisión, que se manifestaban ex- teriormente:

Desde entonces parece que el Espíritu Santo se ha ocultado progresivamente en las profundida- des de la Iglesia y de las almas. No sale de esta oscuridad más que en raras manifestaciones exteriores. Ciertamente, no hay decadencia, de su poder y actividad. El cambio no atañe más que a sus modos de obrar. Siempre está vivo en nosotros, presta a difundirse, y nosotros siempre tenemos sus dones para recibir su soplo. Pero sea porque se ha ocultado o, más bien, porque, menos ferviente e inclinada hacia la tierra, la humanidad no ha pensado en servirse de su acción, es un hecho fácil de comprobar que el Espíritu Santo se ha convertido no sólo en un Dios escondido, sino también en un Dios desconocido, y que la ciencia espiritual que puede servirse de su poder por los dones ha sido ignorada durante largo tiempo por la generalidad de los cristianos.

La ciencia mística –pues tal es su nombre– ha sido, incluso, desacreditada, cuando no menos- preciada, en los ambientes sinceramente cristianos. «¡Obra de la imaginación!, ¡ilusiones enfermi- zas!», se decía. Se temía como un peligro esta acción del Espíritu Santo, sobre todo si se manifestaba por efectos sensibles. Los maestros de la vida espiritual se dedicaban únicamente a desarrollar las vir- tudes, descuidando los dones o fingiendo ignorar su existencia. El Espíritu Santo, que habita en nues- tras almas y que viene a ellas para vivir en ellas su vida ardiente y conquistadora, estaba proscrito de una vida que quería ser cristiana sin él. A veces parecía que se escapaba de su prisión, pero el alma en quien se manifestaba, convertida en feliz víctima suya, se convertía asimismo en la víctima del círculo cristiano bien pensante y razonable en que se encontraba: era juzgada como sospechosa y, a veces, proscrita como peligrosa para su entorno. ¿Quién de nosotros no podría añadir a estas reflexiones al- gunos nombres, y tal vez eminentes, rehabilitados hoy día, por otra parte?

A esta ciencia mística se le ha devuelto el honor. El frío jansenismo ha: desaparecido. El Espíri- tu de amor puede soplar de nuevo en las almas. El corazón divino se ha manifestado. Santa Teresa del Niño Jesús nos ha enseñado un camino de infancia que conduce a la hoguera de amor y recluta una le- gión de almas pequeñas, víctimas de la misericordia. El Espíritu Santo vive en la Iglesia, su vida se di- funde. Cristianos fervientes, incluso incrédulos, buscan esta vida, unos con un amor esclarecido y ya ardiente, otros con su dolorosa inquietud. ¿Cómo llegar aquí sin guía, sin método, sin doctrina?

La Iglesia nos ofrece estos guías en ciencia mística, estos doctores en ciencia de amor: son santa Teresa de Ávila, la Madre espiritual; san Juan de la Cruz, el Doctor místico; santa Teresa del Niño Jesús, su hija, la mejor maestra de vida espiritual de los tiempos modernos, una de las más grandes de todos los tiempos28.

Partiendo del hecho de que la perfección está en el reinado perfecto de Dios en nosotros por el Espíritu Santo, toda la ciencia mística está en la solución de este problema práctico: ¿cómo atraer el soplo del Espíritu y cómo entregarse después y cooperar a su acción invasora? Es cierto que el Espíritu Santo es soberanamente libre en sus dones y nada puede coartar o disminuir su libertad divina. Con todo, hay disposiciones que ejercen una atracción casi irresistible sobre su misericordia, y otras que él exige como cooperación activa a su acción.

Toda la doctrina de los Maestros del Carmelo tiende a poner de relieve estas disposiciones, a. establecer la ascesis adaptada a la acción de Dios por medio de los dones. No se encontrará otra cosa en la Subida del Monte Carmelo, en el Camino de perfección y en la doctrina de santa Teresa del Niño Jesús. Toda su ciencia espiritual es una ciencia para servirse de los dones del Espíritu Santo. No se puede olvidar esto al estudiar sus escritos sin desconocer su fin y sin falsear sus perspectivas.

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Hch 15, 28.

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Nos parece que un estudio profundo de santa Teresa del Niño Jesús haría progresar admirablemente la ciencia de los dones del Espíritu Santo. La acción de los dones es, predominante en ella desde la edad de los tres años, desde la que no nie- ga nada a Dios. Esta acción de Dios por los dones aparece en ella desligada no solamente de los fenómenos extraordinarios, sino también de las reacciones sensibles fuertes a las que bastante generalmente se la cree indisolublemente ligada. Acción muy sencilla y muy pura, ella nos revela lo que le es esencial.

Cuando se estudia a santa Teresa del Niño Jesús, no hay que olvidar este predomino de los dones del Espíritu Santo en su vida espiritual. Su generosidad es de total sumisión a la luz de Dios; su fuerza radica en la docilidad bajo las mociones de Dios. En consecuencia, no es exacto querer ver en ella más que una fuerza violenta que quiere triunfar de sí misma para ad- quirir las virtudes. No se esfuerza, bajo la moción del Espíritu Santo, sino para hacer triunfar la virtud de Dios en ella. Así es como podrá decir que no tiene virtudes y que Dios le da en cada momento lo que le es necesario.

3. El den de sí mismo 195

Hay tres disposiciones que están en la base de esta ascesis y que corresponden a tres leyes o exigencias de toda acción de Dios en el alma. Estas disposiciones fundamentales, qué regulan toda la cooperación del alma y que irán perfeccionándose a Medida que la acción divina se desarrolle, son el don de sí, la humildad y el silencio. Las estudiaremos en esta tercera parte.

Estos preliminares darán luz al estudio siguiente sobre los modos particulares de la acción pro- gresiva del Espíritu Santo y sobre la cooperación que exige en cada una de sus fases.

CAPÍTULO 3