3.3 Starcraft: Broodwar
3.3.2 Design
La descripción antecedente de la articulación de la vida social, que podría ampliarse y hacerse con más rigor, es suficientemente válida. Sin embar- go, cabe añadir, a este punto de vista un tanto descriptivo, la consideraci- ón de cómo se pone en juego la interioridad humana para llegar a const- ituir «por dentro» las instituciones. Esto nos permitirá subrayar la conexi-
ón entre ellas y la plenitud del hombre, que es el punto de la vida social
(9.2). En primer lugar, dedicaremos este epígrafe a mostrar que las instit-
uciones surgen, se desarrollan y se consolidan de modo propiamente humano cuando se da en ellas la autoridad política.
Se definió este concepto (6.9) como una forma de emitir las órdenes que establece un diálogo entre el que las emite y el que las recibe, de manera que éste acepta la orden, la hace suya, y modifica libremente su conducta para obedecerla, aunque también se pueda pedir aclaraciones, sugerir u- na modificación, etc. La autoridad política se ejerce así por medio de un
discurso racional compartido y dialogado, que origina una identificación
de voluntades y propósitos entre el que manda y el que obecede486. En la autoridad política mandar y obedecer son alternativos, porque obedecer
significa poner en marcha la propia inteligencia y la voluntad para asumir y ejecutar la orden: uno pasa entonces a ser dueño de su tarea y de su m- isión, aunque la haya recibido de otro. La obediencia es entonces mandar
sobre la tarea que nos ha sido encomendada.
Por eso, la vida social es el intercambio de una serie de razones dialog-
adas, de tal modo que la razón victoriosa no es la que se impone por la f-
uerza, sino mediante la persuasión racional, la que convence a los demá- s487. La razón, mientras es particular y sólo de uno, es estéril: cuando p- asa a ser razón de todos es cuando el que las sostiene sale de su partic- ularidad y entra en el ámbito de lo común488, que es el conjunto de razo-
nes compartidas por todos. Los fines, motivos y razones del que manda
pasan a ser mediante el diálogo fines y motivos de todos: el mando pasa a ser participado.
Al ser participado y dialogado, los que ejecutan las órdenes aportan las v- ariaciones que se han producido al ejecutarlas, porque hay factores nue- vos, etc.: entonces se procede a corregirlas (5.2) para mejorar los result- ados alcanzados. La relación mando–obediencia es de doble direcció-
n489. Aquí se ve cómo el lenguaje, empleado de modo político, es decir racional, y no despótico, es de por sí un conectivo entre los hombres (9.3): si la orden fuese sólo descendente, de sentido único, sería despóti- co: no conectaría a la autoridad con el que obedece, y no serían los resu- ltados. «Hablando se entiende la gente» es un dicho mucho más importa- nte de lo que parece, cuando se aplica al que manda y al que obedece. Este modo de relacionarse se complementa con la descentralización del
poder y la implantación de esferas de autonomía, en las cuales los súbdit-
os tienen libertad y capacidad de decisión sobre sus propias tareas, gra- cias a la actitud confiada de los jefes hacia sus capacidades y experien- cia. El poder superior pide entonces ser informado, pero sin que eso signi- fique paralizar la acción del súbdito. De este modo, este último puede rea- ccionar con rapidez para solucionar los problemas que entran en su esfe- ra de competencias, sin inhibir su responsabilidad traspasando el asunto a la esfera superior: cada uno responde de lo que le compete. De este mod- o, la relación mando-obediencia se estructura sobre la responsabilidad (6.9) de cada uno sobre su tarea y esto es lo que hace posible la iniciati-
va y garantiza una mayor eficacia en el cometido del trabajo de que se
trate.
La autoridad política, en resumen, se basa en: el diálogo, la inteligencia,
la persuación490, el mando alternativo, la desentralización del poder, las
esferas de la autonomía, la confianza, la responsabilidad y la iniciativa.
El uso de este modelo de autoridad es lo que ha hecho del capitalismo el sistema económico más eficaz del mundo.
De lo anterior se concluye que una sociedad no puede mejorar, sino todo lo contrario, si las personas no son tratadas de modo que puedan hacer suyas las tareas. Cuando esto se excluye, sólo cabe autoridad despótica. Entonces lo común (7.2) se va debilitando y aparece la fuerza como
medida de la relación social: se impone quien tiene más, o quien es cap-
az de hacerla prevalecer, adoptando medidas de presión; se sustituye la negociación por la confrontación, el diálogo por la protesta, y la persuasi- ón por el engaño o la retórica vacía. Obviamente, en tales casos los bien- es y valores compartidos disminuyen y se lucha sólo por un reparto más favorable para una u otra parte: rige la ley del más fuerte (8.8.6).
La autoridad despótica sustituye el diálogo por la lucha dialéctica y la opo- sición de voluntades no aunadas, sino enfrentadas. No hay persuasión, sino imposición de una voluntad sobre otra. Por consiguiente, este modelo de autoridad se basa en el dominio de unos sobre otros, siendo éste el
Por consiguiente, la autoridad despótica basa su poder, no es la razón, sino en la coacción, la cual no tiene por qué ser injusta, desde luego, en cuanto toda autoridad, como se verá (11.11) necesita tener fuerza coacti- va para castigar el delito. Pero una autoridad basada en la coacción está mucho más cerca de la violencia que la basada en la razón y la ley (11.2). Resulta evidente entonces que esta segunda forma de autoridad es la que toma todas o casi todas las decisiones, mediante una detallada planifica-
ción central, que recorta o suprime por entero las esferas de autonomía y
paraliza la libertad de los súbditos, inhibiendo por consiguiente su respon- sabilidad, pues ni lo que hacen ni lo que de ello resulta es atribuible ni decidible por ellos. Desaparece entonces la iniciativa y la eficacia de la t- area común. Cuando esta situación se da durante generaciones, los resu- ltados económicos planificada y autoridad ideologizada491 (la ideología p- lanifica toda la vida de las personas particulares: cfr. 2.8, 14.8).
Sociedad libre, en sentido profundo, significa sociedad regida por la auto-
ridad política, en la cual todos tengan participación en el mando de las t-
areas que les han sido asignadas, haciéndose dueños de ellas. Cuando
se habla de democracia, se suele querer aludir, quizá no muy consciente- s, a una sociedad regida, por este tipo de relaciones humanas, basadas en el diálogo y la persuasión racional, que hacen crecer a los hombres en libertad, y constituyen un ideal por el que merece la pena de luchar, y del que hoy seguimos estando bastante faltos (14.7).
Por tanto, «es menester tratar de compartir las razones: que el otro obed- ezca en virtud de las mismas que tiene el que manda. Si el que obedece tiene las mismas razones y motivaciones, es evidente que estamos en un sistema comunitario»492. Sin esto, las instituciones no se pueden consolid- ar, pues se frustra entonces un segundo elemento imprescindible en ellas: la comunicación (9.3).