3.2 Knowledge Revision Algorithms
3.2.3 Evaluation in the Flag Collection domain
La persona necesita de otras para comportarse conforme a lo que es y alcanzar su plenitud: no hay yo sin tú (7.1). Las relaciones interpersonal- es no son un accidente añadido, del que se pueda prescindir. Entender esto es entender al hombre: su ser es ser–con otros, con el mundo, a los cuales está abierto. Como se ha mostrado ya, el hombre no existe sin m- ás, sino que es–con, coexiste con los demás y con la naturaleza, y ese
coexistir es su mismo existir. El ser humano del hombre es coexistir471. Esto es otro modo de resumir las notas radicales de la persona de las que se habló más atrás. (3.2).
La visión de la persona como ser abierto a los demás, tratada en los cap- ítulos anteriores, necesita ser ahora completada diciendo que el hombre
es naturalmente social, es decir, pertenece a su esencia vivir en socied- ad. Que de hecho vive así es innegable. Ahora de lo que se trata es de
entender porqué y cómo lo hace, lo cual es la materia tratada en este cap- ítulo. Parece completamente impensable e irrealizable una vida humana que no se lleve a cabo en sociedad. Por eso, para entender lo humano es
imprescindible entender lo social. El nervio de la visión clásica del homb-
re es precisamente éste, según las palabras de Aristóteles: «es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales y el hombre es por natural-
eza un animal político»472, en donde se entiende «ciudad» como «comu- nidad social» y «político» como «social».
Según esta manera de entender las cosas, «una naturaleza autoperfecti-
ble es naturalmente social»473. En el arranque mismo del ser humano aparecen los demás. Si ser hombre es ponerse en marcha libremente ha- cia los fines propios de un ser inteligente, adquiriendo hábitos y autopeL-
eccionándose (3.6.5), esto no puede comenzar a suceder sin educación
y no puede continuar sucediendo sin convivir con otros, sin coexistir. La
convivencia con los demás pertenece a la naturaleza humana, porque é-
sta no puede desarrollarse sin aquélla, según recalcamos al hablar de la formación de la personalidad humana (7.1). Por eso no hay un hombre sin ciudad: «el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia autosuficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios»474.
Frente a esta manera de concebir a la persona como un ser rodeado de otros, como él, que le permiten ser biológicamente viable y alcanzar su alt- ura humana, hay otra distinta, nacida tiempo atrás, en los siglos XVII y X- VIII. En aquella época se pensó en efecto, que la sociedad era una conv-
ención que el hombre se vio obligado a admitir, cuando vivía aislado en un
supuesto estado «natural», y que la vida social descansaba en un contr-
ato inmemorial mediante el que los hombres se pusieron de acuerdo para convivir, cediendo parte de sus derechos para adquirir a cambio
seguridad. Según esta visión475, la sociedad es, por así decir, una inven- ción construida por el hombre para salir del estado «salvaje» o «presoci- al», y conseguir así más fácilmente aquello que necesita para vivir, por medio de un acuerdo entre un conjunto de individuos independientes. Este punto de partida suele generar una determinada visión de la vida so- cial, a la que se aludirá con detalle: el individualismo (9.9).
En este capítulo adoptaremos más bien la primera perspectiva, según la c- ual vivir en sociedad es lo que hace posible que el hombre se perfeccione y alcance los fines propios de su naturaleza. En virtud de eso puede defi- nirse la sociedad como «un sistema de auxilios a la perfectibilidad hum-
ana»476, y por tanto el escenario propio de ésta. Se establece entonces una cierta contraposición con la segunda concepción recién apuntada, s- egún la cual la sociedad es más bien la libre asociación de un conjunto de individuos autónomos que, mediante un convenio (7.4.3), deciden convivir,
no tanto porque les sea imprescindible, sino porque así es más fácil que t- odos puedan satisfacer sus propios intereses (9.9, 13.8).
Según nuestro plan, será preciso hablar primero del fin y elementos de la vida social (9.2, 9.3), para pasar después a tratar de su articulación en las instituciones (9.4) y de las características internas de éstas (9.5, 9.6), a- lgo verdaderamente decisivo para entender los grupos humanos estables y su dimensión cultural. Tras estas descripciones será preciso clasificar las instituciones según los fines del hombre y la perspectiva teleológica a- quí adoptada (9.7), y referir después ese despliegue a su dimensión tem- poral e histórica, lo cual nos lleva a hablar de la tradición (9.8) y de la con- cepción individualista, que la tiene poco en cuenta (9.9) y contribuye así a conformar algunos de los rasgos principales de la sociedad actual (9.10). 9.2 EL FIN DE LA VIDA SOCIAL
La visión clásica de la vida social, hoy reivindicada477, ponía como fin de la ciudad (entendida como comunidad social) la vida buena, cuyos element- os ya fueron analizados (8.2), porque se pensaba que era capaz de dar el bienestar o bien–ser en que ella se cifra. Aquí trataremos de entender la vida social sin perder esta inspiración clásica, que podemos describir así: «El fin de la ciudad es la vida buena»478, y no sólo la conveniencia, o el simple vivir. El «vivir bien» o «bienvivir» supone la convivencia con otr-
os, y ésta es obra de la amistad (7.7). Por tanto, los hombres se asocian
no sólo para sobrevivir y satisfacer sus necesidades materiales más per- entorias, sino sobre todo para alcanzar los bienes que forman parte de la vida buena, y ésos sólo se alcanzan gracias a la amistad en sentido amp- lio, es decir, a las buenas relaciones interpersonales entre el conjunto de los ciudadanos, las cuales ya son en sí mismo uno de los principales ele- mentos de la vida buena.
En consecuencia, mantiene Aristóteles, la justicia, el respeto a la ley (11.6), la seguridad (11.9), la educación (12.11), y sobre todo, los valores aprendidos que guían la libertad (6.3), la amistad y la virtud son los bienes que constituyen el fin de la vida social, pues sólo en ella se pueden alcan- zar. Por tanto, vida buena y fin de la vida social se convierten. De ello se derivan entonces estas sorprendentes conclusiones. 1) El fin de la vida
social es la felicidad de la persona; 2) En consecuencia, la sociedad y sus instituciones (a esto llama Aristóteles «la ciudad», la «polis») deben ayudar a los hombres a ser felices y plenamente humanos, lo cual consi-
ste en conseguir el conjunto de bienes que integran la vida buena, entre los cuales están los que perfectamente moralmente la naturaleza humana y la libertad: ser justos, amantes de la ley, de su familia y amigos, magná- nimos, amantes de la sabiduría, etc. ; en suma virtuosos. El fin de la ciudad es entonces lograr «lo que conviene para toda la vida»479, es decir, para una vida plena y completa, para una vida buena. Todo esto se puede res- umir así: si la vida social es el conjunto de las relaciones interpersonale-
s, cuando éstas se ejercen en su forma más alta, el hombre alcanza su realización en y con los demás, en la dinámica del coexistir (9.1).
De aquí se derivan muchas e importantes consecuencias. La primera de ellas es que la vida social y en consecuencia, la vida económica, cultural y política (12, 13 y 14), tienen mucho que ver con la ética, porque pueden asegurar o impedir el desarrollo y perfeccionamiento de las capacidades humanas, y en consecuencias favorecer o impedir la libertad y la felicidad, como se vio al hablar de la miseria (6.5). Y la segunda es que no podemos
considerar la vida social separada de su fin: dar al hombre los bienes que
le permiten llevar una «vida buena» y en consecuencia ser feliz. Por tanto, se puede sentar como principio la siguiente afirmación: corresponde al
los bienes que constituyen la vida buena para aquellos que están dentro de ella (cfr. 13.8).