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Chapter III. Methodology

III.II. Developing the Tool-Inputs

La absoluta trascendencia de Dios aparece expresada de distintas formas en la Escritura, como es el caso, por ejemplo, de la afirmación de la imposibilidad humana de verlo. A Moisés, que pedía a YHWH poder ver su gloria, el Señor le responde que nadie puede verlo y seguir viviendo (cf. Ex 33,20). Y de este principio se hacen eco muchos pasajes del AT 19.

También el NT sabe que Dios «habita en una luz inaccesible que ningún ser humano ha visto ni puede ver» (1 Tm 6,16). Así pues, parecería que no hay más que

una posibilidad de acceder a Dios: el éxtasis, que aleja al ser humano de lo cotidiano para transportarlo al mundo trascendente. Esta perspectiva queda invalidada por la paradoja cristiana: el Dios inaccesible quiso hacerse próximo, el Dios invisible se dejó ver en su Hijo Jesús. «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el

seno del Padre, el lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). «Quien me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,9). Jesús es la revelación del Padre, «el resplandor de su gloria y la expresión de su ser» (Heb 1,3).

El acceso al misterio de Dios se da, pues, en el seguimiento de Jesús 20, que, a su vez, se historiza en la opción por los pobres y en la cruz. Ambos aspectos exigen iniciación, porque no son obvios, sino que han de ser aprendidos de quien ya ha

recorrido con éxito esos caminos o, cuando menos, trató de hacerlo. En último análisis, es Cristo, mediante la acción del Espíritu, el único mistagogo cristiano, porque conduce al misterio a partir del interior del misterio mismo. El camino que es Jesús no es extrínseco al misterio de Dios, sino que pertenece a él.

a) El seguimiento, una praxis intersubjetiva

El verbo «seguir» (akolouthein) aparece 90 veces en el NT, 79 de las cuales en los Evangelios, referidas 73 veces a la persona de Jesús, y 6 a otras personas, denotando siempre una dimensión interpersonal. Según el NT, únicamente se sigue a personas, no teorías, ideologías o principios. Por eso mismo, cuando Jesús propone el seguimiento, no presenta un programa, sino que invita a seguirle a él, a su persona, su destino, su modo de ser y de vivir. El seguimiento establece, pues, una relación personal con Jesús

como persona inconfundible y única, aun cuando en la iniciación al seguimiento actúen muchas otras personas y, en última instancia, la Iglesia, la comunidad de

quienes, gracias al Espíritu, se han hecho una sola persona mística con Cristo 21.

Quien se convierte a Cristo necesita ser iniciado en el seguimiento, no solo instruido en una doctrina. He ahí una primera característica de la iniciación

cristiana. La tarea de la iniciación consiste en hacer que el iniciando «se encariñe» con

la persona misma de Jesús, a fin de imbuirse de su Espíritu. Se trata de una iniciación

práctica y afectiva, no meramente teórica, porque seguir a Jesús es abrirse a su misterio

recibir y dar. La primera actitud consiste en dejar que el amado sea él mismo, en

aceptarlo y respetarlo, porque solo así se hace la experiencia del otro tal como es y en aquello que lo constituye como tal persona concreta. La segunda consiste en entrar en el proyecto personal del otro y colaborar en él. Y solo entra en el universo del otro quien actúa con él, asume sus ideales y los persigue, junto con el otro y en la dinámica del otro. Esta actitud significa que el otro no se me presenta como problema ni como mero objeto de contemplación, ni tampoco como objeto de manipulación, sino como persona, en cuyo universo me introduzco colaborando en sus acciones.

Aceptar y darse es una relación mutua. Solo se puede acceder al universo del otro cuando este se ofrece, se da, se entrega a sí mismo. Es la experiencia afectiva de la

presencia mutua, del compartir, del diálogo, de la intimidad, de la alegría de saberse amado. Es ser para el otro y estar con el otro. Solo así hay encuentro de personas.

Querer estar con el otro sin ser para el otro conduce al subjetivismo y al sentimentalismo; querer ser para el otro sin estar con el otro deriva en mero activismo ideológico.

Pero este movimiento mutuo no puede cerrarse en una relación bilateral,

exclusivista, so pena de hacer del otro un objeto, una mera prolongación de uno mismo.

El amor es centrípeto y centrífugo: lleva, juntamente con el otro amado, a dirigirse a los otros que han de ser encontrados y amados.

Mc 3,14 explicita muy apropiadamente este doble movimiento. El texto indica lo que Jesús tenía en mente al constituir a los Doce: «Para que se quedaran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios». Seguir a Jesús es permanecer próximo a él («para que se quedaran con él»), pero no para limitarse a disfrutar de la intimidad de un amigo. La proximidad no tiene sentido en sí misma, ni es únicamente para los propios interesados, sino que está en función de los demás, de aquellos a quienes son enviados los Doce («para enviarlos»), con vistas al bien ajeno (para predicar y

expulsar los demonios) y a partir de la proximidad con Jesús.

Proximidad y misión –movimiento centrípeto y movimiento centrífugo– son

interdependientes. No se sigue a Jesús limitándose a una pretendida proximidad extática,

porque Jesús es el ser humano libre por excelencia, que no se ata a ningún lugar ni a ninguna circunstancia. Ni siquiera tiene el mínimo de estabilidad que tienen las zorras y las aves (cf. Mt 8,20 par.). Su existencia es una existencia pascual (cf. cap. 4, 2). Por eso la proximidad con Jesús acarrea desinstalación, movimiento, para estar atentos a la

voluntad del Padre y ser fieles al soplo del Espíritu, cosas ambas que se van revelando, al hilo de los acontecimientos y las circunstancias, en el rostro del otro, en los «signos de los tiempos». Los Evangelios lo sugieren de manera plástica mostrando con frecuencia a Jesús «en camino» 22. Lucas dio densidad teológica a ese estar en camino estructurando su Evangelio como un trayecto hacia Jerusalén 23, y los Hechos de los Apóstoles como la andadura de la Iglesia de Jerusalén al mundo, simbolizado en la capital del Imperio (cf. Hch 1,8). Más profundamente, Lucas designa en los Hechos el ser cristiano como «el Camino» 24, expresando plásticamente la realidad dinámica del discipulado. No se trata de un estado, sino de un movimiento, de un ponerse en camino con Cristo en pos de

Cristo.

El seguimiento es expresión de la fe en Jesús, que encabeza la andadura (cf. Heb 12,2); pero junto con él, en pos de él, va toda la «nube de testigos» (cf. Heb 12,1), con quienes tenemos prometido que hemos de obtener la «plena realización» (cf. Heb 11,40). El camino del seguimiento de Jesús es comunitario, eclesial. Por eso

mismo, requiere iniciación: el acompañamiento de la comunidad de quienes, «con su caridad, su ejemplo y sus oraciones» (LG 11 25), muestran diferentes facetas del seguimiento de Jesús, distintas formas de vivir, expresar y asimilar el Misterio de Dios, revelado en Cristo por el poder del Espíritu Santo. De esa «nube de testigos» el

catecúmeno aprende cómo seguir a Jesús en las circunstancias históricas y sociales de cada cual: si con la pobreza de un Francisco de Asís, o con el fervor misionero de un Francisco Javier, o con la espontaneidad ardiente de una Teresa de Jesús, o con el amor a los pobres de un Vicente de Paúl, o con la confianza de una Teresa de Lisieux, o con la fidelidad a su pueblo de una Edith Stein, o con la valentía de un Maximiliano Kolbe, o con la bondad y el humor de un Juan XXIII (por no citar más que a testigos que han obtenido el reconocimiento de la Iglesia). La Iglesia de ayer y de hoy conduce de la mano al catecúmeno para que descubra su forma personal de seguir al Señor. La iniciación en el seguimiento es necesariamente comunitaria y se da en la Iglesia y como Iglesia (cf. cap. 9).

La multitud de testigos diferentes evita que el seguimiento de Jesús se reduzca a mera repetición carente de creatividad o a una búsqueda que consista, en último término, en volverse sobre sí mismo, en puro intimismo a la hora de relacionarse con el Señor. Nadie está solo, nadie es el primero en el seguimiento del Señor.

b) Seguimiento hasta la cruz

Todo camino tiene un rumbo. El de Jesús es su «arrebatamiento» o «asunción», como lo expresa Lucas al comienzo de la subida a Jerusalén (Lc 9,51), es decir, su misterio pascual, que se consuma en Jerusalén. Seguir a Jesús significa, por tanto,

asemejarse a él (proximidad) mediante una praxis semejante a la suya (movimiento subordinado) y que tiene un desenlace como el suyo: la cruz.

La solidaridad con Jesús hasta la cruz es tema recurrente en muchos de los logia evangélicos sobre el seguimiento 26. La cruz es justamente el resultado del camino

personal de Jesús. Muchas veces se ha entendido indebidamente como la voluntad de un Dios cruel que únicamente se sacia con el sufrimiento de su propio Hijo; o bien como la superioridad del sufrimiento a la hora de buscar a Dios; o también como medio de

purificación ascética. Pero la cruz no es nada de eso. La cruz no constituye para Jesús un fin en sí misma, como si el sufrimiento tuviese más valor que el placer o la alegría. Por el contrario, Jesús ve los bienes de la creación como dones del Padre que, por tanto, deben ser debidamente valorados. El sufrimiento es y seguirá siendo siempre un mal. Y un mal no se busca, como si se tratara de un bien; el mal nos es infligido por otros que desean

impedir el bien que estamos buscando.

Así pues, la cruz de Jesús fue el resultado histórico de su predicación y de su

actuación; una predicación que, en resumen, proclamaba el derecho de Dios a ser el

único absoluto, derecho que se traducía en la necesidad de morir a los ídolos. Ahora bien, morir a los ídolos, que dan muerte a hombres y mujeres concretos, es afirmar la vida del ser humano. Los derechos de Dios se traducen, pues, antropológica e

históricamente, en derechos del ser humano. Aceptar el Reino de Dios, expresión del carácter absoluto del propio Dios (cf. Mt 13,44-46), significa construir un mundo mejor, pues al Dios del Reino, que es Padre, le correspondemos construyendo fraternidad.

Quien actúa en el sentido del Reino allí donde imperan los ídolos y –lo que viene a ser lo mismo– crea fraternidad en un mundo conflictivo y fratricida, en el que rige la dominación, atrae sobre sí el odio de los idólatras y los dominadores. Jesús murió víctima de ese odio. La cruz fue el resultado histórico de la predicación del Reino en medio de las tinieblas de una historia de pecado. Jesús no escogió la cruz, sino la vivencia del Reino. Y el pecado humano lo llevó a la muerte. La cruz fue el destino escogido por unos seres humanos que reconocieron que la acción de Jesús de construir fraternidad ponía en jaque a sus ídolos y el sistema de dominación en que ellos basaban sus privilegios.

Y lo que decimos de Jesús podemos decirlo de sus seguidores 27. No se sigue a

Jesús buscando la cruz. La cruz nos sobreviene si seguimos a Jesús. La cruz es consecuencia de una praxis. No es buscada en sí misma, sino aceptada como

consecuencia del hecho de proclamar y vivir a Dios como absoluto y como Padre, en el contexto de la idolatría, de la dominación, del aplastamiento del ser humano.

Tomar la cruz en el seguimiento de Jesús es, pues, ante todo, aceptar las

consecuencias de vivir una vida en favor del Reino. Consecuencias que serán tanto más extremas cuanto más coherente sea el compromiso en favor del Reino y más afectado se vea el núcleo del sistema vigente de pecado. No se busca la cruz; se busca el Reino, como hizo Jesús; y buscando el Reino allí donde y cuando impera el antirreino, se encuentra la cruz.

La relación entre seguimiento y cruz no es secundaria en la iniciación al misterio de Dios, porque precisamente en la cruz se revela el Padre tal como es: como el Dios

inaccesible, cuya trascendencia no es un atributo «local», como había explicitado la

filosofía griega 28, sino algo mucho más profundo. Se trata de una relación que expresa la total diferencia entre lo que el ser humano elabora sobre Dios y la realidad divina

revelada por Jesús. «Cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55,9). Dicho en términos paulinos: la sabiduría humana se opone a la sabiduría de Dios, que es Cristo crucificado; sin la

iluminación del Espíritu Santo, la sabiduría de Dios es inaccesible a la humanidad (cf. 1 Co 1,18-30).

Con solo considerar la cruz es posible conocer a Jesús y, de ese modo, al Padre, porque entonces realmente se rompen todos los esquemas humanos acerca de quién es Dios y lo que significa ser Hijo de Dios 29. Los otros aspectos, tales como la oración

de Jesús invocando a Dios como abbá, o la conciencia que tenía de su misión,

corroboran la revelación que se da en la cruz; sin la cruz, tales aspectos serían ilusorios. Mediante la cruz, Jesús nos inicia en el misterio del Padre, y muy concretamente cuando nosotros mismos entramos en su dinámica del camino a Jerusalén, rumbo a la cruz y la resurrección (cf. Lc 9,51). En el acontecimiento histórico del Calvario se comprende la resurrección, y viceversa, ya que la cruz es el contenido de la

resurrección, y la resurrección es la clave de interpretación de la cruz. Cruz sin

resurrección es afirmación del sinsentido de la historia; resurrección sin cruz es fuga de la historia. Sin embargo, la cruz sigue siendo un escándalo y un sinsentido, incluso

después de la resurrección. De ahí la necesidad, percibida desde el comienzo mismo de la Iglesia, de una teología que dé razón de la cruz.

El primer recurso es la argumentación a partir del AT. Jesús muere en la cruz,

«según las Escrituras» 30, como afirma, aludiendo posiblemente a Is 53, el primitivo credo cristiano citado por Pablo en 1 Co 15,3. En el mismo sentido, los Evangelios refieren la historia de la pasión inspirándose fuertemente en los Salmos, en especial el salmo 22. Ahora bien, si las Escrituras ya la predecían, la cruz era voluntad de Dios y, por lo tanto, «era preciso», «era necesario» que la vida de Jesús desembocara en ella (cf. Lc 24,26). Con el verbo griego dei (era preciso), Lucas y otros autores querían decir que la cruz estaba en el centro mismo del designio de Dios sobre la historia humana,

manifestando definitivamente quién es Dios y qué es la historia.

El segundo recurso son las fórmulas de oblación (Jesús es entregado). El sujeto de

la entrega es Dios 31. Solo en una perspectiva superficial es la cruz obra de los hombres. En el fondo, la cruz es el acto salvífico escatológico de Dios, por medio del cual se revela Él de un modo decisivo y definitivo y que contradice todas las ideas habituales acerca de Dios. La cruz es crisis y revolución en la idea de Dios. Dios, a quien se suele

considerar como poder, fuerza y gloria, se muestra en la impotencia, la vergüenza, la ignominia y el absurdo (kénosis).

Al entregarse a Dios, que se ha hecho humanamente irreconocible (cf. Mc 15,34), Jesús muestra cuán insuperablemente conoce al Padre (cf. Mt 11,27), pues lo conoce también cuando se presenta irreconocible. Más aún: su conocimiento no es únicamente teórico, sino que se trasciende en el amor de la auto-entrega. Mediante el don de sí

mismo al Padre, Jesús participa del desposeimiento total de Dios, que es el rostro de Dios que se revela en la cruz.

El Padre se revela en Jesús y, al hacerlo, revela a Jesús como el camino que

conduce a Él. El abandono extremo de Jesús tiene su razón de ser en otro abandono: el del Padre que se entrega a la irrisión de los humanos entregando a su Hijo, al tiempo que se da totalmente en Jesús, en el acto mismo en el que Jesús se abandona a Él.

El silencio de Dios en el Calvario se convierte en revelación en la resurrección.

Aniquilándose en la muerte de Cristo, Dios se manifiesta como la verdad de esa muerte. El Padre se revela en la cruz, no a pesar de su silencio y su no intervención, sino,

de intervenir, interviene de forma decisiva y definitiva, porque en su abstención se manifiesta como el Padre del Crucificado, a quien confirma resucitándolo 32.

El Padre se muestra en el destino histórico del Hijo, solidario con el Hijo, con el condenado, con el pobre, en una solidaridad que no es en absoluto «barata», como lo habría sido si hubiese arrancado a Jesús de la cruz (cf. Mt 27,42-43). La solidaridad del Padre, realmente seria y verdadera, consiste en llegar con Jesús al extremo de la

condición humana: la muerte... ¡y la muerte de un condenado! Así es Dios, y por eso, al igual que Jesús, el ser humano únicamente encuentra a Dios solidarizándose con los últimos. En la cruz, Dios se muestra como libertad pura, como la libertad de darse al otro hasta entregarse a la muerte. Y de este modo afirma Dios su trascendencia en la

inmanencia, su grandeza en la nada, pues es Aquel que no necesita nada positivo para mostrarse. Se revela como la libertad de ser Él mismo en el otro distinto de sí, en la criatura, e incluso en su mismo opuesto, la muerte. En la cruz, Dios revela quién es Él

en realidad: el absolutamente Otro. Y enseña cómo, históricamente, el ser humano se trasciende rumbo a Dios: en la solidaridad con los «crucificados por la injusticia», cuyo prototipo es Jesús.

La revelación de Dios en la cruz y en la resurrección de Jesús significa una

verdadera crisis y revolución en la idea de Dios: Dios se revela en lo totalmente opuesto a lo que esperamos: en la humillación suprema. Se confirma el mensaje de que el Reino es de los pobres y los rechazados. Dios se revela en la historia como el absolutamente Otro, a quien se llega remando contra corriente por el camino de la solidaridad con los últimos, el camino de Jesús, recorrido en el Espíritu Santo. El camino hacia el Padre en pos de

Jesús no se recorre por la vía de la eficacia, sino de la solidaridad con los últimos, el

camino del Siervo de YHWH 33.

La voluntad del Padre, que de tal modo se desvela en la cruz, se muestra en el Evangelio por primera vez en la escena del bautismo de Jesús (cf. infra, 3, a, en este mismo capítulo). El Padre lo presenta: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» 34. Es la escena de la vocación de Jesús, que acepta hasta las últimas consecuencias el

camino indicado. Porque se trata de un camino, no solo de una meta. La meta,