Chapter III. Methodology
III.III. Developing the Tool Outputs
El Espíritu Santo nos hace fijar los ojos en Jesús para ver en él al Padre: «Quien me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,9). Llegar a Jesús, «el camino» (cf. Jn 14,6), es caminar con él y como él hacia el Padre, su meta permanente, en una andadura que se realiza en el Espíritu Santo. Seguir a Jesús nos llevará a descubrir quién es el Padre y experimentarlo además como Padre, pues toda la existencia de Jesús fue un continuo ir hacia el Padre (cf. cap. 4, 2, b). Jesús nos revela el rostro del Padre y, mediante la acción del Espíritu, imprime en nosotros el «carácter», la marca indeleble de hijos e hijas de Dios [a.],
gracias a la cual podemos dirigirnos al Padre con la franqueza (parrhesía) de hijas e hijos [b.].
a) Hijos en el Hijo
Nuestra filiación divina se deriva de la filiación de Cristo y se expresa, de manera condensada, en la fórmula «hijos en el Hijo» 36. Según escribía Cirilo de Alejandría, «de la misma forma que es de Dios Padre de quien “recibe su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,5), porque Él es soberana, originaria y verdaderamente Padre, así también toda filiación viene del Hijo, porque él es soberanamente el único
verdaderamente Hijo» 37.
Pablo desarrolla la doctrina de la filiación divina del cristiano en Ga 4,4-7 y Rm
8,14-17. En la Carta a los Gálatas, Pablo desea que los destinatarios tengan muy claras
las ideas acerca de su libertad en Cristo (cf. Ga 5,1). La libertad cristiana es dada por Dios mediante la fe y el bautismo 38. Se trata –para los paganos– de la libertad respecto de los «elementos de este mundo» y de las fuerzas de la naturaleza divinizadas,
imponen sus propias leyes y observaciones. Pero se trata también –ahora para los judíos y los gálatas que han sido seducidos por ellos– de la libertad respecto de la ley, mero «pedagogo» que debía llevar a la fe en Cristo (cf. 3,26), «tutora» y «administradora» hasta que el ser humano alcanza la mayoría de edad (cf. 4,2). En el fondo, ley e ídolos son intercambiables: someterse a la ley abstracta y absolutizada es una forma de idolatría; el culto a los ídolos hace al hombre esclavo de una ley enormemente rígida (cf. cap. 4, 1, a3 y a4). Cristo llama a la libertad, porque hace de los seres humanos hijos e hijas de
Dios, incorporándolos a sí por la fe en su Palabra y por el bautismo que sella esa fe. El resultado de la filiación en Cristo es el libre acceso al Padre, ya que el Espíritu nos pone en relación íntima y directa con Él 39. Es el acceso a la herencia que Dios había prometido a Abrahán y hecho realidad en Cristo 40.
La diferencia entre el ser humano que se hace hijo de Dios y la filiación divina de Jesús es acentuada en el Corpus Joaninum por medio de una terminología muy precisa:
la designación Hyiós (Hijo) únicamente se emplea para referirse a Jesús, mientras que a los cristianos tan solo se les llama tekna (hijos, niños) 41. Los hijos de Dios se
caracterizan por haber sido engendrados y nacer de Dios o de lo alto 42, lo cual acontece por medio del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5). Aquí está la raíz o –empleando una
metáfora más adecuada– la fuente de nuestra filiación divina, porque en el bautismo «nos hacemos una sola cosa con él», el Hijo (Rm 6,5). Hemos sido configurados con él,
«primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), pasando así a llevar en nosotros «la imagen del hombre celeste» (1 Co 15,49). Sin embargo, vivimos esta humanidad nueva, la libertad de hijos, la condición de herederos, en la tensión escatológica entre el «ya» y el «todavía no». Lo que somos solo se manifestará plenamente en el futuro 43. De este modo se muestra que la filiación no constituye mérito ni conquista ni posesión alguna que nos permitan presentar reivindicaciones de ningún tipo delante de Dios, sino que es
gracia, beneplácito del Padre, puro don (cf. Ef 1,5). Y, aun siendo hijos, tenemos que trabajar por la salvación «con temor y temblor» (cf. Flp 2,12).
Objetivamente, la filiación adviene al ser humano gracias al envío del Hijo (cf.
Ga 4,4-5), en el sentido de que este abre a todos la posibilidad de hacerse hijos e hijas de Dios. Mediante la fe y el bautismo, la filiación divina se convierte en realidad para
todos y cada uno de los bautizados. Quien, conducido por la fe, se acerca a la fuente
bautismal, se hace objetivamente hijo o hija de Dios, recibe la adopción filial (cf. Ga 4,5), pues es revestido de Cristo y, de ese modo, está en Cristo (cf. Ga 3,26-27). Gracias al envío del Espíritu, la filiación se convierte en experiencia personal de cada bautizado, a quien solo le cabe responder poniéndose bajo la dirección del Espíritu 44. Solo actuando
según el Espíritu se asimila existencialmente la filiación y se manifiestan en el
cristiano los «frutos del Espíritu» (cf. Ga 5,22-23). Pablo sabe que esos frutos se resumen en el amor al prójimo (cf. Ga 5,14); pero es la Primera Carta de Juan la que explicita e insiste en este único criterio seguro de la filiación: «Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4,7).
La afirmación de la fe y del bautismo como origen de la filiación divina de los seres humanos es hoy causa de escándalo. Se querría extender la dignidad de hijo o hija de Dios a todo ser humano que viene a este mundo, pues sale también de las manos de Dios. El privilegio cristiano de ser hijo parece causar más problemas que otra
cosa, en este mundo consciente de la igualdad de todos y preocupado por lo «políticamente correcto». La pregunta es, pues, si no sería posible afirmar una
filiación divina creatural o si únicamente es admisible la posibilidad de «ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo».
Dos pasajes del NT sugieren la posibilidad de afirmar la primera perspectiva. El árbol genealógico de Jesús en el Evangelio de Lucas culmina en Lc 3,38. Retrocediendo de generación en generación, la genealogía llega hasta Adán y, finalmente, hasta Dios. Se supone entonces que es lícito deducir que todos los personajes citados son «hijos de Dios», como lo son de Adán. Cabría, pues, afirmar que son hijos e virtud de la creación. De modo semejante, cuando Hch 17,28, citando las palabras del poeta pagano, afirma que todos «somos también de su linaje», es decir, del linaje de Dios, en quien «vivimos, nos movemos y existimos», parece dar por supuesta la filiación divina de todo ser
humano en el orden de la creación.
Por otro lado, hay que considerar la preocupación, verificada en el NT, de no se atribuir a Dios el título de «Padre» en el orden creatural. Los hagiógrafos parecen no querer confundir la verdad cristiana con la afirmación estoica, según la cual Dios es «padre de todos los humanos» por naturaleza. Mt 5,43-45 podría dar la impresión de estar sugiriendo la identidad entre la doctrina estoica y la cristiana, pues el motivo que da para amar a los enemigos es la bondad del Creador. Sin embargo, Jesús no afirma tal cosa como verdad universal, sino como motivación que obliga al oyente a decidirse con respecto al discipulado, a la fe en el mensaje de Jesús y a la aceptación o no aceptación de vivir como hijo del «Padre que está en los cielos». En correspondencia con el actuar de Dios, se verifica quién es y quién no es hijo. No se trata de una mera consecuencia de la creación, sino de una respuesta de fe. Solo a quien acoge el mensaje de Jesús le es lícito emplear la palabra «Padre» para dirigirse a Dios, porque procura ser perfecto como lo es Él (cf. Mt 5,48) 45.
De este modo, los dos pasajes citados, por sugerentes que sean, no constituyen la regla. Por lo demás, es preciso considerar que incluso la afirmación cristiana de un Dios padre de todos en virtud de la creación diferiría profundamente, por su propia naturaleza, de la postura estoica en relación con la paternidad universal de Dios, simplemente porque la concepción del origen de todo en Dios es distinta en ambas cosmovisiones.
El cristianismo entiende el origen como creación, y creación en Cristo. A partir
de ahí, se puede y se debe afirmar que todo ser humano que viene a este mundo está llamado –por el hecho mismo de nacer en este mundo creado en Cristo– a ser «hijo en el Hijo», pues Cristo no es un mero accidente que acontece más tarde en la historia de la humanidad, sino la meta misma de la historia. Todo fue creado por él, en él y para él. Pero entonces ya estamos de lleno en el orden sobrenatural, de la libre elección de Dios,
que quiso agraciar en Cristo al mundo creado. En este sentido, la afirmación de la
filiación en virtud de la creación puede y debe ser leída bajo la categoría de «existencial
sobrenatural»: en el actual orden histórico-salvífico, todo ser humano está llamado a ser
«hijo en el Hijo», lleva en sí la exigencia intrínseca, pero gratuita, de llegar a la filiación. El «existencial negativo» del pecado original y, posteriormente, la influencia del pecado social y la ratificación de ambos por los pecados personales impiden que ese don llegue a hacerse visible. Pero no por ello la llamada de Dios deja de marcar la existencia humana concreta. En este sentido, todo ser humano que viene a la luz en este orden salvífico –
que es el único real– lleva en sí el germen de la filiación divina, la marca del Cristo «primogénito de toda la creación» (Col 1,15). Al permitir la participación en el
misterio pascual e incorporar al ser humano al cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la fe y el bautismo constituyen el momento de la revelación de aquello que el ser humano lleva latente en sí gracias a la segunda gratuidad 46 de la creación en el orden actual. En este sentido, si solo la fe y el bautismo nos hacen «hijos en el Hijo», no por ello tal cualificación resulta ajena al no bautizado. Pero una cosa es «ser llamado a ser hijo», y otra llegar a serlo efectivamente. El anhelo inherente a la creación en Cristo y la
posibilidad abierta por el envío del Hijo al mundo se hacen realidad por la fe y por el bautismo 47.
El ser «hijos en el Hijo» podría resumirse retomando la escena del bautismo de
Jesús. Narrada por los cuatro evangelistas, es al mismo tiempo narración de la
«vocación» de Jesús y catequesis sobre nuestra vocación bautismal. Del cielo abierto se
deja oír la voz del Padre, que declara quién es Jesús, y sobre él desciende el Espíritu. Pero los evangelistas no quieren únicamente proclamar quién es ese Jesús cuya historia comienza en esos momentos a ser narrada (al menos en Marcos), sino que evocan además lo que acontece en el bautismo cristiano.
En la voz del cielo se reconoce una cita de Isaías (42,1) perteneciente al primer cántico del Siervo de YHWH. La forma de vivir históricamente la filiación divina es la solidaridad con los pecadores y los marginados, propia del Siervo. No es casual que, en el contexto en que es narrado el bautismo en el Evangelio de Juan, el Bautista proclame que Jesús es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
Dos observaciones nos parecen necesarias para comprender la frase de Juan Bautista. La primera se refiere a la palabra «Cordero», que en arameo suena igual que «Siervo». La segunda se refiere al verbo griego airon, que suele traducirse como
«quitar». Pero entre las muchas formas posibles de quitar algo, el verbo es muy preciso, pues significa también «cargar con». Es decir, el Cordero (Siervo) quita el pecado
cargando con él, poniéndolo sobre sí y eliminándolo. Del mismo modo que el Siervo de YHWH del Déutero-Isaías carga sobre sí con nuestras iniquidades (cf. Is 53,4).
De este modo, las palabras del Padre en el bautismo de Jesús nos remiten de nuevo a la relación entre revelación de Dios y pecado humano. Ser Hijo de Dios en la
situación de una historia de pecado significa cargar sobre sí con el pecado humano en solidaridad con los pecadores, no para «soportar» dicha situación de pecado, sino
para acabar con ella.
Llamados a ser hijos en el hijo por el bautismo, compete a los cristianos «cargar» con el pecado del mundo y eliminarlo. No el pecado propio, pues con este ya cargó Jesús, sino el de la humanidad, en solidaridad con el mismo Jesús. Ser hijos en el Hijo es experimentar el perdón del Padre y aprender con Él, gracias al ejemplo y la actuación de Jesús y a la fuerza del Espíritu, a perdonar igualmente. No es casual que una de las peticiones esenciales 48 del Padre nuestro se refiera al perdón recíproco. Quien se sabe perdonado perdona. Quien reconoce que otro «ha cargado sobre sí y eliminado» su pecado se dispone a hacer lo mismo con el pecado de los demás, ante todo mediante el perdón y la lucha contra cualesquiera formas en que el pecado se historiza en las
estructuras de la sociedad y en el psiquismo de las personas.
Pero la escena del bautismo de Jesús, figura del bautismo cristiano, no concluye con la voz del Padre. El Espíritu desciende sobre Jesús, del mismo modo que desciende sobre el bautizando. Es el Espíritu quien crea en el ser humano la condición de hijo en el Hijo, don del bautismo, y por eso le dota de parrhesía, que le permite ejercer su derecho a hablar: primero, al propio Padre, a quien ya no se dirige como esclavo, sino con
confianza filial; y en segundo lugar, derecho a hablar en público, delante de todos, para proclamar «las excelencias de quien os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2,9) y dar, a cuantos lo pidieren, razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3,15).
Gracias a la condición de hijos, adquirida por quien fue incorporado al Hijo y agraciado con el don del Espíritu por la fe y el bautismo, desaparece para el cristiano la necesidad de mediaciones para llegar a Dios. La voz del cristiano es la voz del propio Hijo, porque es el clamor del Espíritu en sus entrañas 49. La oración del cristiano es la consecuencia inmediata de su condición de «hijo en el Hijo».
b) Clamando «¡Abbá, Padre!» 50
Uno de los momentos de celebración en el catecumenado es la «entrega del Padrenuestro», en el que se resume la novedad de la oración cristiana: una oración al Padre, por el Hijo, que la enseña, y en el Espíritu Santo, que clama en nosotros y por nosotros: «¡Abbá, Padre!».
La oración cristiana, en su especificidad, se dirige al Padre, como lo sugiere el
comienzo del Padrenuestro y como lo resume Pablo al decir que la fuente y origen de la oración cristiana es la presencia del Espíritu en nosotros. El Padre es el misterio último, siempre mayor e inmanipulable, de nuestra existencia. Sin embargo, gracias al Espíritu podemos llamar «nuestro» al Padre. En este adjetivo posesivo está incluido quien
pronuncia la oración, pero se expresa también la conciencia de no estar solo al dirigirse al Padre. «Padre» supone la existencia de hermanos y hermanas. Ya nadie está solo u olvidado de los demás, justamente porque se dirige al Dios del Reino.
puede llamar «Padre» a Dios quien es hijo en el Hijo amado. La mediación de Jesús en la oración cristiana debe verse desde dos puntos de vista. Ante todo, Jesús enseña al cristiano a orar (cf. Lc 11,1), pero no de un modo meramente exterior, como si se tratara de ver lo que dice Jesús sobre la oración o cómo ora él mismo. Eso también, pero no solo. Jesús, además, es mediador de la oración cristiana, porque en él el cristiano es hijo de Dios y, como tal, puede clamar: «¡Abbá, Padre!».
Jesús enseña al cristiano a orar, ante todo, transmitiendo el Padrenuestro. Pero
conviene recordar que Jesús también previene contra los peligros de la oración, pues dista mucho de ser un orante ingenuo. Jesús critica el narcisismo espiritual, el cinismo de quien se presenta ante Dios para vanagloriarse de su vida, despreciando a los demás, como el fariseo de la parábola (cf. Lc 8,11). Rechaza la hipocresía, que vacía de
contenido la oración al buscar vanidosamente en ella una ventaja sobre los demás (cf. Mt 6,-6). Condena la palabrería de la oración mecánica, espiritualista, desligada de la
búsqueda y la realización de la voluntad de Dios (cf. Mt 7,21): sin acción, sin obras, no hay nada sobre lo que pueda versar la experiencia cristiana de sentido que es la oración. Finalmente, Jesús detesta la instrumentalización opresora, la oración transformada en mercadería, capaz de oprimir a la viuda so capa de piedad (cf. Mc 12,38-40).
Jesús enseña a orar con su ejemplo. Como fiel judío, Jesús rezaba habitualmente según la tradición de su pueblo 51. Sus enemigos pueden criticarlo por muchas cosas, pero no se encuentra en los Evangelios vestigio alguno de que lo criticasen por omitir las oraciones acostumbradas. Más importante, sin embargo, es su ejemplo de oración
personal. Toda la vida de Jesús se desarrolla en un clima de oración: con ella inicia la
vida pública al ser bautizado por Juan Bautista (cf. Lc 3,21); con ella concluye su vida, entre la angustia (cf. Mc 15,34) y la esperanza (cf. Lc 23,46). Entre el comienzo y el final, los Evangelios presentan a Jesús orando en los momentos de tomar decisiones importantes: al escoger a los Doce (cf. Lc 6,12s), antes de enseñar el Padrenuestro (cf. Lc 11,1), antes de curar al epiléptico (cf. Mc 9,29)...; reza por Pedro, sometido a la tentación (cf. Lc 22,32), y por sus propios verdugos (cf. Lc 23,34). Los Sinópticos refieren, como una costumbre de Jesús, cómo se retira para orar 52. Y aun cuando tales pasajes sean, al menos en parte, redaccionales y estén, por tanto, teológicamente
coloreados, no puede ponerse en duda la impresión que Jesús causaba como orante.
También el contenido de la oración de Jesús que nos transmiten los Evangelios enseña al cristiano a orar, pues Jesús sabe dirigirse al Padre tanto en la alegría, en
forma de alabanza y acción de gracias 53, como en los momentos de crisis, en Getsemaní y en el Calvario, en la búsqueda angustiada de Dios y de su voluntad 54.
De todo ello se concluye que la oración de Jesús es una oración históricamente
situada: parte de la vida y desemboca en la vida. Y en ella se reflejan las dos actitudes
fundamentales del ser humano ante Dios: acción de gracias y entrega.
Más importante, sin embargo, que el ejemplo de Jesús, que se quedaría en lo
exterior, es considerar que, por la inserción del cristiano en el misterio de Cristo, por la fe y por el bautismo, su oración no es simplemente suya, sino que es oración de Cristo,
pues como miembro de Cristo clama al Padre. Agustín, después de recordar que formamos con Cristo un solo cuerpo –él la cabeza, nosotros los miembros–, añade: «Oramos, por tanto, a él, por él y en él. Hablamos junto con él, y él habla con nosotros.