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Chapter III. Methodology

III.IV. Sample Selected

La investigación histórica sobre los sacramentos de la iniciación cristiana 3 permite admitir que no existía en los comienzos de la Iglesia una única forma de celebrar el

bautismo 4.

Para una visión de las diferencias podemos partir de las tres grandes tradiciones litúrgicas atestiguadas en la segunda mitad del siglo IV: la occidental, la jerosolimitana y la siríaca. La primera es conocida a través de la Iglesia de Milán, donde se administraba el bautismo mediante tres inmersiones acompañadas de preguntas referentes a la fe en cada una de las personas trinitarias, la señal de la cruz hecha por el obispo para conferir el Espíritu y, finalmente, la eucaristía bautismal 5. La segunda era propia de Jerusalén, y en ella a las tres inmersiones, acompañadas de la consabida fórmula bautismal, seguían la unción de la frente con «myron» para comunicar el Espíritu y la eucaristía bautismal 6. Finalmente, en Antioquía, el gran centro comercial de la época, el centro del bautismo consistía en una unción pre-bautismal en la frente para comunicar el Espíritu, tres inmersiones, acompañadas de una fórmula trinitaria, y la eucaristía bautismal 7.

La diversidad de la liturgia bautismal del siglo de oro de la Patrística hace sospechar que el origen de las diferencias es anterior. No son creación del siglo IV ni

decadencia u oscurecimiento de la tradición primitiva. De hecho, la tradición pre-nicena presenta una auténtica diversidad que podría sistematizarse en tres diferentes modelos de liturgia bautismal 8, todos los cuales hunden sus raíces en el NT.

El primer modelo está representado por la Tradición Apostólica de Hipólito 9, maestro griego que escribe su obra en Roma (finales del siglo II). El bautismo en sentido estricto (llamémoslo provisionalmente «baño bautismal») está enmarcado en una serie de ritos, entre los cuales hay diversas unciones, de entre las que sobresale, después del baño bautismal, la imposición de las manos por el obispo, que, unida a la unción de la cabeza y a la señal de la cruz, tiene el sentido de conferir el don del Espíritu 10. Las tradiciones de las Iglesias de Milán y Jerusalén en el siglo IV, diferentes entre sí, tenían en Hipólito una primera versión, en el sentido de que, tras el baño bautismal, se añadía un rito de

comunicación del Espíritu 11.

El segundo modelo es el de la Didajé 12 (finales del siglo I), donde únicamente se menciona el baño bautismal, sin acompañamiento ritual alguno ni antes ni después. Tampoco se menciona especialmente el don del Espíritu. Las Iglesias nacidas de la Reforma retomarán esta tradición.

El tercer modelo se encuentra en los Hechos de Tomás 13, apócrifo proveniente de Siria (primera mitad del siglo III). El baño bautismal va precedido de una unción con óleo que comunica el Espíritu, invocado con anterioridad sobre dicho óleo y sobre el agua; la unción es explicada como signo del bautismo en el Espíritu Santo.

De estos tres modelos, a su vez, pueden encontrarse indicios en el Nuevo

Testamento, donde no existe ningún ritual bautismal unitario y obligatorio para toda la

Iglesia14. Al primer modelo corresponde el testimonio de Hch 18 y 19 (bautismo seguido de imposición de las manos para transmitir el Espíritu); al segundo, el de las Cartas de Pablo y del Evangelio de Mateo (únicamente baño bautismal en el nombre de Jesús o en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo); al tercero, los relatos del bautismo de Cornelio (el Espíritu desciende sobre los paganos antes del baño bautismal, aunque sin intervención de gesto ritual alguno 15) y la mención del bautismo de Saulo/Pablo (antes de bautizarlo, Ananías le impone las manos y dice que el Señor lo ha enviado para que Saulo recobre la vista y quede lleno del Espíritu Santo) 16.

Esta diversidad, a su vez, podría explicarse a partir de las diferentes tradiciones del

judaísmo en lo tocante a los baños rituales. La comunidad cristiana primitiva no es un

grupo homogéneo, un bloque compacto. Las personas y los grupos que se convierten al cristianismo tienen sus propias tradiciones y siguen practicándolas, siempre y cuando no contradigan la fe que han abrazado. El bautismo, en cuanto rito, no era ninguna

novedad: había innumerables sectas bautistas en la época en que nace la Iglesia. La novedad del bautismo cristiano consistía en que se realizaba «en el nombre del Señor

Jesús», confesando que en Jesús muerto y resucitado se había revelado Dios

escatológicamente. El rito ya conocido adquiría, de este modo, un sentido nuevo a partir de la fe en Jesús. Pero la configuración del mismo podía dejarse a la elección de cada grupo, que le daba forma, sin duda alguna, a partir de la tradición que le era familiar.

Podríamos incluso tratar de identificar, como pura hipótesis, tales tradiciones. La Iglesia de la diáspora judía habría seguido el ritual del bautismo de prosélitos y de los baños rabínicos en general. En la Tradición Apostólica de Hipólito se traslucen rasgos de esa tradición, que tiene su raíz bíblica en Hch 8,17 y 19,6. En este caso, la imposición de las manos de la ordenación rabínica –con la cual se significaba la transmisión del Espíritu como autor y distribuidor de los carismas– pasa a tener un sentido eclesiológico: el

Espíritu, transmitido en el bautismo, suscita el celo de vivir y testimoniar el Evangelio de acuerdo con la capacidad de cada uno. El primer modelo estaría, por lo tanto, en la línea de la tradición rabínica 17.

El testimonio de la Didajé, que privilegia, aunque no exclusivice, el uso de «agua viva» (= agua corriente) en el bautismo 18, puede reflejar la influencia en la Iglesia de las sectas bautistas pre-cristianas que, a ejemplo de Juan Bautista y en contra del uso

rabínico de baños rituales en una cisterna, daban importancia al hecho de que el baño bautismal se realizara en «agua viva» 19. De este modo, el segundo modelo provendría

del bautismo de Juan.

La Iglesia palestinense habría seguido la tradición esenia (Qumran), según la cual la purificación por el Espíritu prepara para las abluciones cultuales 20. A partir de aquí se explicaría la práctica de la Iglesia Siríaca de una unción pre-bautismal que confiere el Espíritu Santo, sin necesidad de ningún otro rito post-bautismal 21. Sería esta la matriz del tercer modelo.

Ligado a sendas tradiciones pre-cristianas, cada uno de los modelos transforma, sin embargo, los ritos que lo habían inspirado, de forma que pudieran expresar la

particularidad y la plenitud del bautismo cristiano (es el caso de la imposición de las manos, o de las unciones, o incluso de la fórmula bautismal de la Didajé). La

comparación entre los tres modelos y sus diferentes elementos es posible porque en los tres se trata del único bautismo cristiano. Debido a esa unidad básica, es posible, por

ejemplo, identificar la unción pre-bautismal siríaca con la imposición de las manos post- bautismal latina. La unidad del bautismo cristiano no radica en una determinada

secuencia ritual obligatoria. Desde el punto de vista litúrgico, dicha unidad proviene de la unidad de la iniciación cristiana; desde el punto de vista teológico, brota de la unidad del propio misterio pascual de Cristo, del que los bautizados pasan a participar, ya que este constituye una unidad diferenciada en distintos momentos (cf. cap. 4, 2). Y lo mismo puede decirse de los sacramentos del bautismo y de la confirmación, como trataremos de mostrar a continuación.

2. La unidad y distinción entre bautismo y confirmación a partir del misterio