4.2 Latent Dirichlet Allocation in Depth
4.2.1 The Development of Topic Models
En la tabla Nº 01 se puede observar la distribución de 97 adultos mayores residentes en el Centro Poblado Pacanguilla, de la provincia de Chepén del departamento de la Libertad según el perfil demográfico: edad, sexo, grado de instrucción, estado civil y tipo de familia. En el estudio respecto a la edad se obtuvo que el mayor porcentaje 51,5% de adultos mayores, sus edades oscilan entre 60 a 69 años, el 33% oscilan entre 70 a 79 años, y el 15,5% sus edades son de 80 años a más.
Estos resultados no se alejan de la realidad pues coinciden con otros estudios reportados por Pérez (2005), realizados en Trujillo al realizar el estudio sobre factores socio epidemiológicos relacionados al nivel de depresión, donde la autora encontró que el 46,5% correspondieron a la población comprendida entre 60 a 69 años etapa temprana de la adultez mayor, 34,9% a los de 70 a 79 años y un menor porcentaje (18,5%) a los de 80 años a más. Así mismo Leitón y Col. (2000) en su estudio sobre perfil del adulto mayor en la ciudad de Trujillo encontró que la población adulta mayor se reduce a medida que aumenta la edad.
El incremento de la expectativa de vida en este grupo de edad puede ser resultado del mejoramiento de los sistemas de salud, que contribuyen ha u mejor cuidado de la salud y que genera que la esperanza de vida aumente, puesto que en cierta medida hacen que el anciano disponga de una mejor condición física considerándolos como personas adultas mayores autosuficientes, capaces de
realizar actividades básicas para la vida, esenciales para el autocuidado, capaces de realizar trabajos dentro y fuera de casa, dado que la mayoría de adultos mayores que viven en la comunidad tienen ésta condición para adaptarse (Collado, 2005).
Se puede inferir que el adulto mayor, con menos de 80 años aún permanece en la comunidad, realizando un rol activo, situación que no se aplica para el grupo de 80 a más puesto que las condiciones físicas van decreciendo, se pierde la independencia, así mismo con el paso de los años, ellos se van quedando solos constituyendo una casuística para la institucionalización (Collado, 2005).
Cabe resaltar que el 15,5% de adultos mayores que se ubicó en el grupo de 80 años a más, evidencia un progresivo envejecimiento dentro de esta población, ubicándola como una población de riesgo según la OMS. Desde esta perspectiva la OPS (1994), considera que a mayor edad existe mayor riesgo de enfermedades crónicas debilitantes, discapacidades y riesgo de institucionalización de adultos mayores. Así mismo cabe destacar que en este grupo poblacional existe una mayor tendencia de presentar aislamiento, soledad, mayor atención de salud social, necesidad de apoyo familiar y amigos, con más problemas sensoriales especialmente audición y visión limitando el proceso de interacción, lo que requiere de la intervención preventiva promocional del personal de enfermería.
Referente al sexo el mayor porcentaje 58,8%, de adultos mayores pertenecen al sexo masculino, y el 41,2% pertenece al sexo femenino. Estos hallazgos difieren de los datos reportados por Leitón y Col. (2000) en Trujillo quien señala que el 59,2% son del sexo femenino y el 40,8% son de sexo masculino. Al igual que en el estudio realizado por Malca y Quilcate (2009) quienes reportan un mayor porcentaje de población femenina (55%).
La explicación de un mayor porcentaje de adultos mayores varones puede deberse a que en esta comunidad las mujeres no se creen capaces de referir datos debido a creencias culturales como que el varón debe ser quien proporcione información de los miembros de la familia, además el no tener un grado instrucción también influye, refiriendo palabras como “yo no sé que le diga mi esposo”, negándose a la aplicación de la encuesta, y ya que esta es personal, no se pudo aplicar.
El sexo es una de las características anatomofisiológicas de cada individuo, que permite la designación para realizar diferentes actividades a cada persona, la cual permite la igualdad de roles, pero se dice que las mujeres se cuidan mas ya que se ven sujetas a que ellas mismas se juzguen; procurándose asi por su apariencia física y personal ya que disponen de mayor tiempo, a esto se agrega la capacidad que tienen para cuidar a otros tanto como así misma.
El Perú está incluido en la mayoría donde la mortalidad masculina siempre ha mostrado predominio con tendencia al aumentar la mayor edad (INEI,
1995). El conocer las características poblacionales de género y edad permitirá desarrollar planes y programas orientados a cubrir las necesidades específicas de cada uno de ellos. En el caso de los adultos mayores los planes de acción serán prioritarios por ser el grupo de alto riesgo especialmente con un análisis de género cuya meta será mejorar la calidad de vida de ambos conforme van envejecimiento.
En esta tabla también se presenta el grado de instrucción, observándose que el mayor porcentaje 47,4% de adultos mayores presentan grado de instrucción primaria, el 39,2% no tienen grado de instrucción, el 11,3% su grado de instrucción es secundaria y el 2,1% su grado de instrucción es superior. Estos resultados son similares a los presentados por Leitón y Col. (2000) quien reporta un 47, 2% de adultos mayores que cursaron estudios de nivel primario y un 23% son analfabetos.
El encontrar un significativo porcentaje de personas analfabetas puede estar ligado a que la comunidad en estudio está conformada por una población mayormente migrante de la sierra, la cual encierra una serie de creencias culturales y menos posibilidades económicas, además el Centro Poblado Pacanguilla es un pueblo urbano marginal en la que se aprecia la falta de muchos recursos. Siendo así la falta de posibilidades económicas, creencias acumulativas y culturales, lo que dificulta el acceso a los servicios de educación y salud por parte de este grupo poblacional, quedando postergadas el cumplimiento de metas y desarrollo social, dado que el analfabetismo margina toda posibilidad de
del ser humano, la educación ocupe un lugar importante por cuanto según el nivel de educación alcanzado, la persona tendrá acceso al mercado laboral cumpliendo sus perspectivas económicas y preparación a la vejez.
Así mismo el grado de instrucción alcanzado incluye estatus social, en la aceptación de los cambios positivos, actitudes, conocimientos y habilidades, permitiendo que el adulto mayor pueda asumir de manera adecuada su propio envejecimiento y su cuidado, garantizándoles mejores condiciones de vida y conseguir que las sociedades se puedan beneficiar de su experiencia y así contribuir al desarrollo de la persona y grupo social.
Con respecto al estado civil se observa en la tabla Nº 01 que el 33% de adultos mayores tienen estado civil casado, el 27,8% es viudo, el 25,8% es conviviente, el 8,2% anotaron ser separado o divorciado, y el 5,2% son solteros. Datos muy similares reporta el MIMDES (2003)referido en por la OMS (2004), en el estudio Perfil del Adulto Mayor Perú–INTRA II, donde se observa que el 54% de adultos mayores son casados, el 24,9% son viudos, el 9,2% son convivientes, seguido del 7,8% que son solteros, y el 2,9% son divorciados.
Los resultados encontrados referente a la unión estable de los adultos mayores podrían sustentarse en Papalia y Wendoks (1997), al referir que las parejas que continúan juntas a sus 60 años de edad son la que han preferido permanecer unidas y tienen más posibilidades que las parejas en edad madura, de sentirse realizadas en el matrimonio y muchos expresan se consolidan
satisfactoriamente con los años. En general los cambios que vienen con el envejecimiento tienen un efecto unificador en el matrimonio: a medida que los esposos van dejando de mantener a la familia y de criar a los hijos, las parejas se van interesando más en su personalidad, disfrutan de la compañía del cónyuge, y el estar enamorado, constituyen factores importantes para el éxito de matrimonio. Los esposos ancianos también valoran la capacidad de expresar sus sentimientos, la diversión, sensualidad, así como el respeto y los intereses comunes.
Existe un porcentaje considerable (30%) que anotaron ser viudos, al respecto Durante y Pedro (1998) sostienen que la viudez es muy frecuente en los últimos años de la vida y ésta afecta de diferentes maneras, dependiendo de la personalidad y de sus circunstancias. La pérdida del cónyuge ocasiona mucho dolor y siempre toma su tiempo superarlo o resignarse, pero las personas pueden prepararse para la vejez y la vida en general si comienza antes a desarrollar un fuerte sentido de su propia identidad y una firme medida de su autosuficiencia, se mantienen ocupados, desempeñan nuevos papeles (laborales o sociales) o participan en actividades que ya conocían. Las segundas nupcias también es otra alternativa que podría enriquecer su vida.
Referente al tipo de familia a la que pertenecen los adultos mayores encuestados, se puede observar que el 44,3% habitan en un tipo de familia nuclear, el 40,2% habita en un tipo de familia extensa, y el 15,5% habita en un tipo de familia unipersonal. Los resultados encontrados difieren de los
habitan en tipo de familia extensa, y un menor porcentaje 46,5% en tipo de familia nuclear. El mismo resultado encuentra Leitón y Col. (2000) quien refiere que en Trujillo el 44,1% de personas adultas mayores viven con tipo de familia extensa. Sin embargo en nuestro estudio encontramos un alto porcentaje de personas mayores que viven en familias extensas.
Bustamante (1996), al respecto sostiene que en la sociedad moderna existe una gran variedad de estructuras familiares, como: la familia de un solo cónyuge, la familia nuclear, la familia extendida. Siendo en nuestro medio más de la mitad de las familias de tipo extendidas o multigeneracionales con características socioculturales predominantes, tradicionales y autoritarias.
Si bien es cierto que la familia extendida provee apoyo al adulto mayor, también se produce cambios en las estructuras de los hogares y nuevas formas de relaciones sociales entre las generaciones. En este sentido la familia extendida incluye una familia nuclear, conformada por el hijo (a) del anciano, su esposa (o) e hijos. Se considera que la familia nuclear actualmente está sujeta a presiones que exacerban fragmentación y marginación por la migración, urbanización y pobreza en donde no hay lugar para el adulto mayor. También los valores culturales, el subempleo, desempleo, jubilación y la crisis social hacen que cada vez, mas los hijos descuiden la mantención de sus ancianos progenitores y que más bien prioricen el educar y proporcionar una buena salud a sus hijos por considerar su mejor inversión (Wicht y Col., 1997).
En el tabla Nº 02 referente al perfil de salud de este grupo etáreo, se registra que respecto al estado nutricional el 84,5% de adultos mayores tiene un alto riesgo nutricional, seguido del 10,3% de adultos mayores que tienen un moderado riesgo nutricional, y sólo el 5,2% de adultos mayores no presenta riesgo nutricional. Los datos recopilados tienen mucha similitud a los reportados por Leitón y Col. (2000) encontrando porcentajes significativos de alto y moderado riesgo nutricional con 43,9% y 28,1% respectivamente. De acuerdo con el test de valoración utilizado (Nutition Screening Initiative), los que tienen alto riesgo nutricional deben pedir ayuda profesional de salud para mejorar su estado, los de riesgo nutricional moderado deben reevaluar entro de 3 meses y los que no tienen riesgo nutricional deben revaluar dentro de 6 meses.
La etiología de la malnutrición es multifactorial. Por un lado están los problemas derivados de la edad avanzada y que afectan de forma importante a todo el funcionamiento del aparato digestivo dando lugar a disfagia, maldigestión, malabsoción, estreñimiento, etc. Por otro lado hay que tener en cuenta problemas socio-económicos (aislamiento social, bajo poder adquisitivo, etc.), problemas psicológicos (trastornos del comportamiento alimentario, depresión) y otros fundamentales como las enfermedades de base y la consiguiente polimedicación con el riesgo de presentar cuadros de interacción fármaco-nutriente, la hospitalización reciente, entre otros (García, 2004).
arterial, dislipidemia, y riesgo de otras enfermedades cardiovasculares y de mortalidad; y por déficit, hay mayor desnutrición, riesgo a caídas, infecciones, tuberculosis y muerte. También la mal nutrición empeora la situación funcional, con reducción de la calidad de vida y aumento de la morbimortalidad, por lo que se considera que la mala nutrición es un indicador “mayor”del estado de salud del anciano y sobre todo que puede ser prevenido, controlado o tratado (Salom, 1993; Rozovski, 1994; Ham y Sloane, 1995 citados por Leitón, y col., 2000)
En la tabla Nº 03 sobre el estado mental, se observa que el 82,5% de adultos mayores presentan una función intelectual integral, el 16,5% presentan un ligero deterioro intelectual, y sólo un 1% presentan un severo deterioro intelectual. Estos resultados son similares a los reportados por Leitón y Col. (2000) quien encontró en su estudio realizado en Trujillo, el mayor porcentaje (85,5%) de adultos mayores tenía un estado mental íntegro en todos los grupos quinquenales. El estado mental de severo deterioro se encontró en el grupo de mayor edad (85 y más años).
Los resultados del presente estudio coinciden con Valera y Col. (2004), en
su estudio “Características del deterioro cognitivo en el adulto mayor hospitalizado a nivel nacional”, quienes encontraron que de los 312 pacientes a quienes se aplicó la prueba de Pfeiffer; la mayoría de adultos mayores evidencia un estado mental integro (54,17%).
La función cognitiva de un individuo es el resultado del funcionamiento global de sus diferentes áreas intelectuales, incluyendo el pensamiento, la memoria, la percepción, la comunicación, la orientación, el cálculo, la comprensión y la resolución de problemas, pero ésta función cambia con la edad. Si bien algunos individuos envejecen «exitosamente», es decir muchas de sus funciones cognitivas permanecen igual que en su juventud; la mayoría sufre la disminución de algunas esferas cognitivas tales como las de aprender nueva información y ejecutar funciones motoras rápidas, mientras que otros sufren condiciones como la enfermedad de Alzheimer que deterioran severamente su funcionamiento cognitivo (Guerra, 2003; Iraizoz, 1999 citados por Valera y Col., 2004).
Los resultados encontrados donde la mayoría tiene función mental integra se explicaría cuando Durante y Pedro (1998) sostiene que, a pesar que con la edad se produce disminución o enlentecimiento en las funciones mentales, estos no aparecen hasta el final de los 60 años y no es una disminución generalizada ya que un importante porcentaje de adultos mayores no sufren declive alguno. Se considera que el organismo humano tiene capacidades de reserva que pueden ser activados en la vejez y que permiten inclusive prevenir el declive. Sin embargo, si bien es cierto que la mayoría de adultos mayores no sufren alteración del funcionamiento intelectual, se estima que más de 5 - 10% de las personas de 65 años a más y 20 - 30% de los de más de 85 años presentan demencia (Travares citado por OPS, 1994).
Por lo tanto la disminución de la función cognitiva propia del envejecimiento y patologías como la enfermedad de Alzheimer, un gran número de procesos frecuentes en el anciano (infecciones, procesos degenerativos, neoplásicos, enfermedades sistémicas, toma de fármacos, entre otros.) también pueden alterar tales funciones de forma parcial o global, tanto de forma aguda como crónica (Ashman, 1999; Iraizoz, 1999 citados por Valera y Col., 2005). Sin olvidar que la situación psicosocial (tipo de personalidad, aislamiento, bajo nivel económico/ educativo) también puede desequilibrar la función mental normal.
Los resultados obtenidos sobre las actividades de la vida diaria (AVD) referidos en el tabla Nº 04, en cuanto a las AVD básicas (lavarse, bañarse, vestirse, ir al baño, comer, control de esfínteres, caminar, subir y bajar gradas) el 75,3% de adultos mayores son independientes, y sólo el 24,7% presentan dependencia para realizar dichas actividades. Además se aprecia que en cuanto a las AVD instrumentales (tareas domesticas, comprar, usar movilidad, controlar dinero y tomar medicinas), el mayor porcentaje 54,6% de adultos mayores son dependientes, mientras que el 45,4% son independientes. Aunque estos resultados son similares a los encontrados en otros estudios, hay una ligera diferencia en lo que respecta a las AVD instrumentales ya que en el presente estudio existe un mayor porcentaje de dependencia funcional.
Los resultados también son coincidentes con la OPS/OMS (1990) en el perfil del adulto mayor en argentina al reportar que entre el 73% y más del 90 % pueden realizar sin ayuda las AVD básicas y en cuanto a la AVD instrumentales
menos ancianos podían realizar estas actividades sin ayuda. Así mismo Leitón (1997) en el Perú encontró que el promedio de independencia para las AVD básicas e instrumentales fue 73,8% y la dependencia parcial y total fue 26,2%.
Otro estudio realizado por Valera y Col. (2005) titulado funcionalidad en el adulto mayor previa a su hospitalización a nivel nacional, en el que se encuentra que el 53% de de adultos mayores presentan una autonomía funcional, mientras que el 30% y 17% presentan una parcial y total dependencia funcional respectivamente.
Los resultados encontrados en que la mayoría de los adultos mayores son independientes respecto a la realización de las AVD básicas, estarían explicados cuando Anzola (1993) sostiene que es cierto que el organismo experimenta un desgaste sustancial pero eso no significativo déficit, ya que el organismo funciona con reservas. Esto es lo que rescata la OPS al definir el estado de salud de los que envejecen no en término de déficit sino de mantenimiento de la capacidad funcional y precisamente el número y la calidad de los años que una persona de edad avanzada puede vivir sin discapacidad; ha llevado al desarrollo de
“expectativas de vida autónoma” (Fernández – Ballesteros, 1992). Afirmaciones corroboradas por (Anzola, 1993 y Leucknotte, 1992), quienes sostienen que la mayoría de los ancianos pueden tener una vida normal independiente aunque limitada para actividades que requieren resistencia y cargas pesadas, y que el envejecimiento no termina necesariamente en enfermedad o incapacidad. Además
de la vida diaria y que para los ancianos que consideran la posibilidad de la pérdida se su independencia, el cuidarse así mismo les da sentido de control de su propia existencia (Long, 1998).
La capacidad funcional se puede ver afectada por una serie de factores, entre ellos las enfermedades crónicas (Hipertensión arterial, Diabetes Mellitus, Dislepidemias, Cardiopatía coronaria e insuficiencia cardíaca, Accidente vascular transitorio, Artritis y Artrosis, Osteoporosis) quienes aumentan las probabilidades del adulto mayor de perder la capacidad de funcionar por si sólo en la vida cotidiana y de morir; implicando la posibilidad de producir otros procesos riesgosos debido a las complicaciones asociadas a ellas. Además se consideran factores de riesgo de discapacidad a los denominados síndromes geriátricos tales como: caídas, pérdida del equilibrio, mareos, inestabilidad al caminar, incontinencia urinaria, déficit sensoriales: vista y audición, deformidades en los pies (Cyrus, 2009).
La incapacidad para funcionar físicamente tiene graves efectos sobre el desempeño psicosocial y en el bienestar. La incapacidad para realizar las actividades básicas de autocuidado y en general, todas las actividades de la vida diaria conducen a la pérdida de la independencia y autonomía, disminuye la confianza y la seguridad; y aumenta los sentimientos de baja y desesperanza en el adulto mayor (Leitón y Ordoñez, 2003).
En la tabla N° 05 relacionado al perfil social : apoyo social del adulto mayor del Centro Poblado Pacanguilla, reporta que el mayor porcentaje de adultos mayores 49,5% presentan apoyo social moderadamente adecuado, mientras que el 34% presentan apoyo social adecuado; y el 16,5% presentan apoyo social inadecuado. Para determinar el nivel de apoyo social percibido en el adulto mayor se utilizó una escala para la valoración del apoyo emocional, valorativo, informativo e instrumental que le brinda la familia, amigos y vecinos.
Estos resultados no son coincidentes a los reportados por Gutiérrez (1990) en su ensayo sobre perspectivas para el desarrollo de la geriatría, donde refiere que la población adulta mayor mexicana, presenta un gran deterioro de la red de apoyo social como uno de sus principales problemas. Al igual que Davila y Chiguala (2001), en su estudio realizado en el ámbito nacional, llamado bienestar percibido por el adulto mayor y la relación con el apoyo social en Trujillo muestra que el 50% presenta un adecuado grado de apoyo social, seguido de 40% y 10% con moderado e inadecuado apoyo social respectivamente.
Brunner (2006) y Bravo (1991), sostienen que el apoyo social es una relación humana en la que se intercambia recursos socioemocionales (comprensión, consuelo, aceptación, consejo); instrumentales (bienes y servicios en tareas de la vida cotidiana) o recreativos (compañía en diversiones y