El objetivo fundamental de la serie de ejercicios mentales de orientación psicofisiológica que componen el entrenamiento autógeno básico es la experiencia, repetida y regular, de un estado especial de conciencia, el estado autógeno, autoinducido mediante concentración pasiva en fórmulas de contenido propioceptivo y contacto mental con las regiones definidas por el contenido de la fórmula. Veamos a continuación uno por uno los elementos descritos, a los que hemos de añadir la reducción de estímulos aferentes exteroceptivos e interoceptivos y el procedimiento de terminación:
a) Reducción de la estimulación. Las condiciones ambientales son relativamente importantes, especialmente para los sujetos poco experimentados. Es recomendable utilizar una habitación tranquila, con temperatura agradable y en penumbra, con objeto de disminuir la intensidad de factores externos de estimulación. En individuos bien entrenados, estas condiciones revisten menor importancia, ya que pueden llegar a inducir el estado autógeno en prácticamente cualquier circunstancia o nivel de estimulación ambiental, por ejemplo en un cuarto ruidoso, en una estación o aeropuerto, en medio de la oficina, etc. Otra fuente de estimulación externa indeseable es la procedente del propio cuerpo, a causa, por ejemplo, de prendas de ropa apretadas, presión de gafas u otras prótesis, acumulación de
sangre en las manos por tenerlas colgando sin apoyo, estar muy cerca de una ventana o una pared fría, o de una fuente de calor, radiador, etc, tener las manos tocándose entre si o presionadas contra alguna parte del cuerpo, y cualquier otra molestia, como puede ser la derivada de una lesión, vendaje, etc. Para iniciar correctamente el ejercicio, todas estas fuentes de estimulación deben eliminarse o minimizarse en lo posible, relajar de manera general el cuerpo y cerrar los ojos antes de comenzar. Para una mayor reducción de la estimulación motriz y sensorial, Schultz recomienda la adopción de una de las tres posturas estándar de entrenamiento (ver más adelante), que son la reclinada en un sillón, la horizontal y la denominada “posición de cochero”. Cada postura confiere características especiales al curso del ejercicio, y es posible encontrar individuos incapaces de realizarlo en una de las posiciones, y si en las demás. El aprendizaje de las posturas de concentración debe ser realizado mediante instrucción directa.
b) Contacto mental. Consiste en la percepción propioceptiva de la región anatómica a la que se refiere la fórmula autógena. Esta percepción no requiere ningún esfuerzo voluntario, sino que se produce de forma espontánea como aplicación parcial del principio de autogenicidad, y se potencia mediante la repetición de la fórmula autógena correspondiente, siempre que se mantenga la apropiada actitud de concentración pasiva.
c) Concentración pasiva. Se puede describir como un proceso mental consistente en una actitud casual durante la realización de una tarea, con completa indiferencia hacia el resultado de la misma. Cualquier esfuerzo en persecución de una finalidad concreta, interés activo, o aprensión constituye una manifestación de concentración activa, y debe ser evitado durante el ejercicio. La concentración pasiva requiere una actitud no directiva de la voluntad, con focalización de la atención más en el proceso de concentración en sí que en la finalidad perseguida. En la concentración activa, que es la habitualmente utilizada durante nuestra actividad vigil, la atención se focaliza en una meta, ocupando el proceso de concentración un lugar marginal. La concentración activa reduce el campo de la conciencia, limitándolo predominante al objeto sobre el que se dirige la atención, mientras que la concentración pasiva lo amplía, otorgando idéntico valor a todos los contenidos que puedan presentarse en la conciencia. Es decir, durante la concentración pasiva se desarrolla una actitud de aceptación pasiva o receptividad sin interferencia, a todas las manifestaciones y fenómenos que puedan ser percibidos, sin rechazar ni perseguir ninguno en especial.
d) Repetición mental de las fórmulas autógenas. Cada uno de los seis ejercicios básicos de entrenamiento desarrollados por Schultz hace uso de frases que formulan aspectos de la
experiencia propioceptiva foco de la concentración. Son las siguientes:
Primer ejercicio: Compuesto por una secuencia de fórmulas de introducción progresiva. “Mi brazo derecho es pesado”, “mi brazo izquierdo es pesado”, “mis brazos son pesados”, “mi pierna derecha es pesada”, “mi pierna izquierda es pesada”, “mis piernas son pesadas”, “mis brazos y piernas son pesados”.
Segundo ejercicio: “Mi brazo derecho es caliente”. Idéntica progresión que en el ejercicio anterior.
Tercer ejercicio: “Mi corazón late tranquilo y natural”. Cuarto ejercicio. “Esto me respira” (concentración en el acto de respirar en sí, sin contacto mental propiamente dicho con estructuras físicas). También se utiliza “Esto respira solo”.
Quinto ejercicio: “Mi plexo solar es caliente”. Sexto ejercicio: “Mi frente es fresca”.
Ejercicios adicionales, parciales o de apoyo: “Mi cuello (o nuca) y hombros son pesados”, “Me siento en paz” ( o “estoy tranquilo”).
La repetición mental de la fórmula correspondiente se puede acompañar de un flujo continuo de representaciones verbales, acústicas o visuales del contenido de la misma, que ha de presentarse de manera natural y no forzada. La repetición de la fórmula no reemplaza el contacto mental propioceptivo. La concentración durante los ejercicios básicos de entrenamiento autógeno es doble o en “dos canales”: uno gestáltico y experiencial, referido a la experiencia propioceptiva, probablemente vehiculado por el hemisferio derecho, y otro verbal y abstracto, probablemente vehiculado por el hemisferio izquierdo. Inicialmente, la concentración pasiva en cada fórmula no debe durar más de uno o dos minutos, aumentado progresivamente el tiempo, que al cabo de algunas sesiones puede ser de 10-20 minutos.
e) Terminación. Transcurrido el tiempo previsto para la realización del ejercicio, es importante interrumpir el estado especial de conciencia inducido por las fórmulas autógenas mediante el procedimiento estándar de terminación en cuatro etapas :
1.- Hacer una inspiración profunda
2.- Flexionar ambos brazos enérgicamente, con los puños cerrados,
3.- Dejar salir el aire suavemente y relajar los brazos, 4.- Abrir los ojos.
La terminación o cancelación del ejercicio permite un retorno casi inmediato al estado vigil habitual. Olvidar cancelar el ejercicio es un error técnico, que puede resultar en fenómenos desagradables post-ejercicio en sujetos con poca experiencia, sobre todo cuando se han producido descargas autógenas de cierta intensidad durante el ejercicio. En raras ocasiones, puede ser necesario repetir la terminación si persisten síntomas de entrenamiento o una cierta sensación de extrañeza.
Lo habitual, nada más terminar el ejercicio, es experimentar una sensación de descanso, relajación y claridad mental, que puede durar entre media y una hora. Esta es una razón por la que hacer un ejercicio básico puede ser útil inmediatamente antes de afrontar a una situación temida, por ejemplo, hablar en público, acudir a un examen, entrevistarse con un interlocutor desagradable, etc.
Cálculo del tiempo de duración del ejercicio.-
En general, es mejor empezar con una duración mínima, de 2 ó 3 minutos, y aumentar progresivamente el tiempo de concentración según la intensidad del tono afectivo básico, la reactividad del sujeto y su capacidad técnica para mantener la concentración pasiva. En todo caso, raramente resulta aconsejable una duración mayor a 30 minutos, siendo el tiempo habitual entre 10 y 20 minutos. De la misma manera que las formulas autógenas son autorrepetidas mentalmente, la duración
del ejercicio se establece mentalmente al empezar el ejercicio, sin recurrir a elementos externos, como relojes de alarma, otra persona que cronometre, etc. Como efecto colateral beneficioso, al cabo de pocas semanas de práctica la mayoría de los sujetos desarrollan en alto grado su “sentido del tiempo”, o capacidad de realizar o interrumpir una tarea en un plazo exacto predeterminado, logrando producir con regularidad fenómenos tan espectaculares como despertarse espontáneamente a una hora pre-establecida al acostarse.
Valoración del tono afectivo básico.
La respuesta de relajación se debe evaluar por observación directa del sujeto durante la introducción del primer ejercicio. Cómodamente sentado, pies sólidamente apoyados en el suelo, manos reposando en el sillón o sobre el regazo, sin tocarse se le invita a cerrar los ojos y permitir sentir todas las sensaciones procedentes del brazo derecho. A continuación se le invita a repetir mentalmente la fórmula “Mi brazo derecho es pesado”, que el terapeuta repite a su vez en voz alta inicialmente, para facilitar el aprendizaje.
Signos de respuesta positiva:
1. Respiración lenta, profunda y regular. 2. Expresión facial “beatífica”.
3. Relajación aparente de la cara y manos. 4. Ausencia de movimientos voluntarios
Signos de respuesta negativa:
1. Sin cambios en la respiración.
2. Expresión crispada de cara y/o manos.
3. Fruncimiento de ceño, movimiento de labios, etc. 4. Cambios de posición en la silla.
Si la relajación es positiva, continuar por aproximadamente 5 minutos. Si la relajación es negativa, interrumpir el ejercicio. En ninguno de los dos casos se comunica al sujeto nuestra observación ni los criterios de valoración, sino que se pregunta, en tono de aceptación validante, sobre sus sensaciones durante el ejercicio. En los casos de repuesta negativa, se llega regularmente a una discusión sobre una cierta incomodidad resentida por el sujeto, dificultad de tener los ojos cerrados, de concentrarse, etc., frecuentemente relacionada con temores de pérdida de control o con temores autorreferenciales. Aclarado este punto (con frecuencia la sola interpretación de la base paranoide de esta resistencia es suficiente) se repite el ejercicio, procediendo a repetir la fórmula hasta 10 minutos, tanto si la relajación es positiva como negativa.
Una valoración mas detallada y objetiva del tono afectivo básico puede hacerse mediante el cuestionario de estados de conciencia, que se incluye más adelante, pero es esencial que el terapeuta sepa percibir directamente el estado de su paciente,
especialmente durante las primeras sesiones de introducción del método.
Valoración de la reactividad. La reactividad autógena es expresión directa de la presión de descarga, y tiende a aumentar con la duración del ejercicio. Después de cada ejercicio, debe asignarse un tiempo a dialogar con el sujeto sobre los fenómenos que se presentan espontáneamente durante la experiencia, y ayudarle a distinguir cuales son expresión del tono afectivo básico, cuales lo son del aumento de percepción interna y cuales son descargas autógenas. Recordemos que las descargas autógenas, inicialmente denominadas "síntomas de entrenamiento" (Training symptomes) fueron definidas por W. Luthe como "Manifestaciones espontáneas y paroxísticas durante el estado autógeno no relacionadas con el contenido de las formulas autógenas" y clasificadas, según su naturaleza, en sensoriales, motoras, vegetativas, somáticas, cenestésicas, interoceptivas, táctiles, visuales, auditivas, gustativas, emocionales y psíquicas complejas. Mediante detallados estudios clínicos, Luthe demostró una clara correlación entre la cantidad, tipo e intensidad de descargas autógenas y la historia traumática del paciente. Mediante el Cuestionario de Estados de Conciencia (ver apéndice), Gonzalez de Rivera ha clasificado las experiencias subjetivas propias del estado autógeno en tres grupos: 1. Tono Afectivo Básico, 2. Hiperestesia propioceptica o Percepción Aumentada de Estados Internos y 3. Descargas
Autógenas. Los enfermos neuróticos o psicosomáticos con severa historia traumática suelen presentar las descargas autógenas al comienzo del training, mientras que los sujetos normales suelen tardar tiempo en presentarlas, aumentando su frecuencia y intensidad en todos los casos, para finalmente desaparecer de manera progresiva. Desde el punto de vista patofisiológico, se consideran reacciones pro-homeostáticas de reajuste, relacionadas con el proceso de Neutralización Autógena. Un periodo de desgana y errores técnicos en la práctica de los ejercicios autógenos básicos suele ser indicativo de descargas subclínicas desagradables, que empiezan a movilizar una resistencia más o menos consciente del paciente a experimentar su inevitable presentación inminente. El terapeuta debe reconocer y resolver a tiempo esta resistencia a experimentar descargas, por que si no puede empeorar el cuadro clínico, producirse nuevos síntomas o abandonarse el tratamiento. Cuando el manejo ordinario durante los periodos de discusión de descargas no es suficiente, puede ser necesario recurrir a los procedimientos psicoterapeúticos avanzados desarrollados por W. Luthe, como son la Verbalización Autógena y la Abreacción autógena.
La monitorización y aclaración del significado de las descargas se facilita mediante la discusión del “protocolo de entrenamiento” o registro que el paciente realiza de estos fenómenos según se presentan en sus ejercicios diarios en casa. Los diferentes tipos y cambios de reactividad permiten al
terapeuta experto preveer el curso del tratamiento y la evolución del paciente. El enfoque clínico apropiado incluye la validación de la experiencia, el apoyo incuestionable, la aceptación sin rechazo y la instrucción continua en los pormenores de la técnica, especialmente en la educación de la concentración y la aceptación pasiva. Los comentarios sobre la naturaleza de las descargas ofrecen excelente oportunidad para ayudar al sujeto a potenciar sus capacidades de autoconocimiento y autoaceptación, así como para el aprendizaje incidental. Recordemos que el fin último del entrenamiento es liberar al sujeto de toda reactividad patógena, y convertirlo en un experto en el manejo tanto de sus dinámicas internas, como de la proyección que éstas tienen en su conducta, sus relaciones interpersonales, y la organización general de su vida.