1934-1940
IV
C
uando Lázaro Cárdenas fue designado candidato presidencial por el partido del gobierno, pese a su juventud, ya era uno de los divi sionarios más importantes del ejército. Su carrera militar había sido he cha, básicamente, en campaña y no en la política; conocía bien al ejérci to y tenía una posición sólida dentro del mismo. Para 1933 contaba en su haber con 24 hechos de armas importantes además de acciones m e nores y había sido comandante de varias jefaturas de operaciones. Por lo demás, no era un neófito en política pues había sido gobernador de M i- choacán y presidente del PNR. No era miembro del grupo original de jefes revolucionarios. Era más joven y se le veía ya como de una nueva generación. Finalmente, había sido un fiel subordinado de Calles, pero no se podía contar entre los incondicionales del Jefe Máximo. N o había atacado a Ortiz Rubio ni compartido las opiniones conservadoras de Calles sobre política agraria, independencia relativa que le ayudó a ob tener la candidatura oficial.Adiós al Maximato
Lázaro Cárdenas llegó a la presidencia con más elementos que sus ante-! cesores para desem peñar el cargo, pero pocos pensaron en su tiempo que pudiera librarse de la influencia conservadora y asfixiante d e Calles. La prensa de la época es fiel y cruel reflejo de esa opinión generalizada. En muchos círculos se menospreció la capacidad intelectual d e l nuevo presidente y se le auguró un destino sim ilar al de Ortiz Rubio. Los da dos políticos estaban efectivamente cargados en su contra. En el gabi nete cardenista original había connotados callistas que no veían a su jefe en el presidente. Tomás Garrido Canabal en Agricultura, R odolfo Elias Calles en Comunicaciones y Obras Públicas, Juan de Dios Bojórquez;
en Gobernación, Fem ando Torreblanca en la Subsecretaría de Rela ciones Exteriores, eran todos hijos directos o artificiales de la poderosa mano del Jefe Máximo. Otros elementos, sin ser callistas furibundos, ‘ estaban lejos de compartir las ideas políticas de Cárdenas: Aarón Sáenz en el Departamento del Distrito Federal o Emilio Portes Gil en Rela ciones Exteriores. El cardenista era un grupo minoritario dentro del ga binete; y lo que sucedía en el gabinete se repetía en el PNR (presidido por Carlos Riva Palacio), en el Congreso y en los gobiernos de los estados. Desde el primer momento empezaron a surgir tensiones dentro del nue vo gobierno. Finalmente estallaron debido en gran medida a la ola de huelgas que se desató tras la toma de posesión de Cárdenas y a la acti tud benigna que ante las mismas adoptó el presidente. En diciembre de 1934 Calles rompió su silencio y advirtió contra la "agitación innecesa ria". Pero el ambiente no se calmó. Al inicio de 1935 había problemas con ferrocarrileros, electricistas, telefonistas, petroleros y cañeros, entre otros.
El Congreso desarrolló con rapidez dos alas políticas, tal como al inicio del gobierno de Ortiz Rubio: una m inoría identificada con la iz quierda y con Cárdenas; otra m ayoritaria, no adherida abiertamente a ninguna tendencia ideológica pero identificada con Calles. En junio, el Jefe Máximo decidió dar a la prensa unas nuevas declaraciones conde nando las divisiones en el Congreso, el "maratón de radicalismos” que se había desatado y las huelgas que sacudían al país. Estas declara ciones — que el presidente trató de suprimir— fueron consideradas por todos los observadores como una crítica indirecta, y por tanto, una ad vertencia velada al jefe de gobierno.
Cárdenas actuó con rapidez ejerciendo el poder que le quedaba a la presidencia en tanto jefatura del ejército, recogiendo el sentimiento anti callista de muchos miembros de la élite gobernante y del público en ge neral, y apoyándose en las organizaciones obreras que atacaban al Jefe Máximo. Envió representantes personales a los jefes de operaciones militares y los gobernadores planteando la necesidad inmediata de tomar posición: Calles o él. Obtuvo sin excepción respuestas positivas y en tonces publicó una réplica a las declaraciones del Jefe Máximo. A inme diata continuación, pidió la renuncia a los miembros del gabinete en su conjunto y al presidente del PNR.
La acción fue sorpresiva y dio el resultado esperado: empezaron a llegar a Palacio Nacional miles de telegramas de adhesión, el ala izquier da en el Congreso se fortaleció instantáneamente y Calles abandonó la capital, para luego salir del país por un tiempo. Regresó a México en di ciembre, acompañado del líder de la CROM, Morones. En abril de 1936 tuvo que comparecer ante las autoridades acusado de acopio de armas y
abandonó nuevamente el país, esta vez por la fuerza, para u n exilio físico y político que habría de durar casi un decenio. Antes d e que el callismo pudiera reaccionar, el M aximato había tocado a su fin y se ini ciaba la era cardenista.
La purga
La desaparición de Calles y su grupo del escenario político logró que las aguas de la política volvieran a su cauce normal. La institución central del sistema político mexicano, la presidencia, asumió plenamente el p a pel rector que habría de caracterizarla crecientemente por las siguientes décadas.
El gabinete nombrado por el Presidente el 19 de junio era realm ente suyo aunque había en él personajes como Saturnino Cedillo, cuya fuer za e intereses propios lo apartaban del movimiento cardenista. D esde la presidencia del PNR, Portes Gil se erigió en ejecutor de la p urg a ine vitable, contra legisladores y gobernadores desleales al presidente. En una profusa cadena de desafueros y desaparición de poderes, el caso más espectacular de la purga fue la destrucción de la maquinaria política de Garrido Canabal y sus "camisas rojas" en Tabasco.
Terminada su tarea de eliminar a los callistas irredentos del PN R, el Congreso y las gubematuras de los estados, Portes Gil mismo dejó la presidencia del PNR, desgastado por las muchas animadversiones y por la acusación de no estar poniendo el partido enteramente al servicio del presidente sino de sí mismo. Cárdenas lo sustituyó con un hom bre de su total confianza, Silvano Barba González, antes secretario de G ober nación, a quien en 1938 hizo dejar su lugar a Luis I. Rodríguez, secre tario particular del presidente. Rodríguez abandonaría la jefatura del par tido poco después en medio de fuertes pugnas internas, para ser gober nador y ocuparía su lugar el general veracruzano Heriberto Jara, antiguo constituyente y hombre de izquierda, que dirigiría al partido hasta el fin del gobierno cardenista. Lo significativo de todos esos cambios e s que, a partir de la salida de Portes Gil, la dirección del partido oficial quedó enteramente subordinada a las decisiones del presidente. A este control presidencial del partido, del Congreso y las gubematuras, debe añadirse el de otra pieza clave: el ejército. En la reestructuración del gabinete, la Secretaría de Guerra quedó al m ando de un hombre muy leal a Cár denas, el general Andrés Figueroa, quien moriría antes de term inar el sexenio pero no antes de quitar de en medio a los callistas abiertos, Joa quín Amaro de la dirección de Educación Militar, Manuel M edinaveitia
de la guarnición de la plaza en la capital, Pedro J. Almada de la jefatura de operaciones de Veracruz y otros de m enor importancia. Con el correr del tiempo, por temor a la política obrera de Cárdenas, surgiría una co rriente anticardenista dentro del ejército, personificada por el general de división Juan Andrew Almazán, pero la institución armada perm ane cería hasta el final obediente a las órdenas del presidente, y el secretario de Guerra, Manuel Avila Camacho, sería el sucesor de Cárdenas.
La nueva alianza
El régimen revolucionario se definió a sí mismo y frente al Porfiriato, como enteramente abierto a la participación popular. Sin embargo, al formarse el PNR el nuevo partido no se decidió a incorporar plena y directamente a los nuevos actores políticos, obreros, campesinos y las clases medias. Esa reticencia fue un paso atrás respecto al pasado inmediato, en que la CROM representó el esfuerzo por mantener uni dos al gobierno y a las m asas organizadas. El PNR en cambio dejó fuera a la mayoría de las agrupaciones de trabajadores y la política em pezó a volverse cada vez m ás un juego exclusivo de un círculo cerrado, el callista.
Cárdenas pudo seguir en esa línea, pero al precio de seguir subordi nado al Jefe Máximo. Cuando decidió deshacerse de Calles no le quedó otro camino que fortalecer a la presidencia allegándose la fuerza de los sectores populares. El estrecho círculo político anterior a 1934 se des barató e irrumpieron en el mundo público los representantes de las orga nizaciones de masas. El apoyo que ofrecían la CCM y la confederación obrera de Lombardo Toledano fue estimado, aceptado y agradecido.
Hasta 1934 los grandes terratenientes habían mantenido una posi ción privilegiada, gracias no a su poder propio sino a la tolerancia del nuevo régimen. Con Cárdenas la tolerancia llegó a su fin. La alianza de vastos núcleos campesinos con el gobierno de la revolución debía ser pagada, y el pago sólo pudo hacerse a costa de la hacienda. La reforma agraria se aceleró notablemente a partir de 1935 y el nuevo reparto no tocó sólo la periferia, sino el corazón mismo de la agricultura comercial. Las expropiaciones más espectaculares del cardenismo se hicieron en La Laguna, donde se cultivaba comercialm ente el algodón; en Yucatán, centro henequenero del país; en Lombardía y Nueva Italia (Michoacán), zona productora de granos para el consumo interno.
Después del cardenismo, la agricultura mexicana no volvería a ser la misma, la gran propiedad heredada de la Colonia y afianzada en el
siglo XIX fue tocada en su centro. Lo que hasta entonces sólo había su cedido en M orelos y estados circunvecinos se hizo extensivo al resto del país y al finalizar el gobierno de Cárdenas, el ejido representaba casi la mitad de la superficie cultivada de México. A cambio de esta en trega a los campesinos de entre 18 y 20 millones de hectáreas, el gobier no contó con m ás de 800 mil agraristas, que sum ados a los b en e ficiados por administraciones anteriores, daban un gran total de poco más de m illón y medio. Era una fuerza nada desdeñable, a u na parte de la cual se le dio armas para defender la tierra recién adquirida y al go bierno que se las había otorgado. Ya en enero de 1936, algunos de ellos habían form ado una reserva rural de 60 mil hombres arm ados, cifra muy sim ilar a los efectivos del ejército federal. Los agraristas —ju nto con el ejército— pusieron fin a los remanentes de la rebelión cristera y se abstuvieron de apoyar en 1938 la rebelión del general Cedillo. E n cuadrados dentro de la Confederación Nacional Cam pesina— formada a finales de 1938— constituyeron entonces la base m ás sólida del go bierno.
La alianza de los obreros con el nuevo régimen se fortaleció a raíz del conflicto entre el presidente y Calles. El Jefe Máximo había acusado directamente a Lombardo Toledano de ser el responsable d el clim a de tensión que vivía el país en ese momento. La respuesta fue una acción frontal. M ientras M orones y la CROM se situaron al lado de Calles, Lombardo y la CGOCM formaron el núcleo central del Comité Nacional de Defensa Proletaria, que apoyó a Cárdenas y efectuó grandes m ovili zaciones en las ciudades. Ganada la partida, Cárdenas aceleró el proce so de unificación del movimiento obrero hasta llegar a la creación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM).
El pago de la renovación de la alianza de los obreros con el régirtien corrió básicam ente a cuenta de las grandes empresas industriales, en buena m edida en poder del capital extranjero: minería, petróleo, tran vías, parte de la red ferroviaria y del sistema telefónico, la s em presas eléctricas, etc. La burguesía nacional apenas iniciaba su proyecio indus trial y no fue ella la más afectada por la agresividad del m o v im ie ito obrero, aunque no dejó de resentir el coletazo, como lo dem ostraron las protestas de los empresarios de Monterrey.
La CTM, organizada a principios de 1936, junto con la CNC se convirtió en un pilar del cardenismo, aunque la base no llegó a m o sx a r la incondicionalidad del movimiento campesino. Cuando la crisis eco nómica posterior a marzo de 1938 exigió una dism inución de la ola huelguística, la m ayor parte de las organizaciones sindicales se disci plinó al requerimiento gubernamental. Frente al reto lanzado en cor tra de Cárdenas en 1940 por el general Almazán y sus apoyos conseiiva-
dores, los organism os obreros sostuvieron la candidatura de quien Cárdenas había designado como sucesor, el general Manuel Avila Ca- macho.
La utopía cardenista
La preocupación del gobierno cardenista, como la de sus predecesores, giró en tom o al desarrollo económico del país. Sin embargo, a raíz de los acontecimientos políticos y económicos que se sucedían en el ámbito nacional y mundial, Cárdenas llegó a considerar que estaba en la posi bilidad de optar entre dos alternativas para ese desarrollo: imitar la estra tegia del modelo capitalista seguido por las sociedades industrializadas o intentar un camino diferente que combinara el crecimiento de la produc ción con el desarrollo de una comunidad más integrada y más justa. La utopía propiamente cardenista consistía en tratar de ir más allá del key- nesianismo o del fascismo, sin desembocar en el modelo soviético.
Entre 1935 y 1940 el producto interno bruto creció en 27 por ciento, una cifra global que oculta variaciones notables dentro del periodo, por que el crecimiento fue constante y casi de la misma magnitud entre 1935 y 1937, pero entre 1938 y 1940 la economía casi se estancó. En 1939 registró un ligero respiro, pero debido simplemente a un aumento en la actividad comercial, que no se reflejó en las principales ramas producti vas. El deterioro repentino de la economía en 1938 fue resultado directo de la crisis petrolera. La expropiación petrolera de ese año no sólo afec tó a las exportaciones de combustibles sino que, por la represalia inter nacional, arrastró tras de sí también las ventas de minerales y creó un clima de desconfianza que prácticamente detuvo las inversiones en bue na parte del sector privado de la economía.
El gobierno de Cárdenas llevó la reforma agraria muy lejos, pero la destrucción de la hacienda tuvo un efecto económico negativo inmediato y la producción agrícola comercial prácticamente se estancó en 1937. Para 1940 había caído a los niveles de cinco años atrás. Con ligeras va riaciones, lo mismo ocurrió con la ganadería. El deprimente panorama rural se agravó por condiciones climatológicas adversas.
Así, los ejes de la economía tradicional mexicana — la actividad agro pecuaria y la exportación de minerales y petróleo— se vieron sometidos a una dura prueba, pero los embriones del México moderno empezaron a mostrar un nuevo vigor. El valor de la producción manufacturera en el sexenio creció en 53 por ciento, más del doble que la economía en su conjunto. El país asistió a un principio de sustitución de importaciones a
la vez que al uso intensivo de la capacidad instalada. La producción in dustrial para el consumo interno creció sin que la afectara gran cosa la crisis en el sector tradicional. Otro sector de crecimiento notable fue el propio gobierno, cuyo gasto aumentó 100 por ciento. E ntre 1934 y 1940, el Estado asumió nuevas funciones y ahondó las que ya tenía; se convirtió en un "Estado activo", involucrado directam ente en la pro ducción y creación de infraestructura.
El bienestar invisible
Las cifras muestran claramente que durante el sexenio cardenista hubo una baja en el valor de la producción agrícola negativamente asociada al reparto agrario. Las regiones norte y centro del país experimentaron los mayores crecimientos de la producción agrícola por habitante y la menor participación del ejido en el total de la superficie cultivada. La zona norte de la costa del Pacífico, donde fue m ayor el ritmo de la reforma agraria, tuvo el menor índice de crecimiento productivo.
El fenóm ento era previsible y natural. Por un lado, el ejidatario siempre contó con un financiamiento m enor que el propietario privado. Hubo tam bién un cambio en la naturaleza de los cultivos. M uchas ha ciendas se dedicaban parcial y totalmente a la producción para el m erca do internacional o nacional, pero al quedar en manos de los ejidatarios sus tierras se destinaron al autoconsumo y salieron de la econom ía del mercado. Por ello, la baja en el valor de la producción no necesaria mente significó un empeoramiento de la situación del campesino. Por el contrario, probablemente el consumo de alimentos aumentó e n las zonas rurales sin que lo registrara la economía monetaria. i
Pero no toda la baja en la producción agrícola se explica p o r el cam bio de cultivo o la falta de crédito. Hubo tam bién errores y trastornos temporales. Al expropiarse medio millón de hectáreas de m agnífica t e- rra algodonera y triguera en La Laguna en el increíble lapso d e 45 di,is, se procedió a una fragmentación de la propiedad que im pidió seguir aprovechando plenamente las economías de escala. Para m antener la efi cacia de la infraestructura de canales de riego y acceso al crédito, el go bierno alentó entonces la formación de 300 ejidos colectivos. Después de haber bajado la producción triguera en el ciclo 1936-1937, se recu peró en el de 1937-1938 y la de algodón entre 1941 y 1942.
Si bien los ejidos, sobre todos los individuales, contaron con muy pocos insumos — capital, fertilizantes, etc.— no hay duda d e que usa ron más intensamente los que tenían a la mano: tierra y trabajo, lo ci al
ayudó a un empleo más racional de estos medios de producción e hizo descender el desempleo rural. El aumento del autoconsumo y la baja real en la producción de ciertos bienes agrícolas provocaron un alza en los precios de los alimentos y el malestar consecuente en las zonas urba nas, pero permitió una transferencia real de ingresos del sector in dustrial y de servicios al agropecuario, en plena congruencia con el programa cardenista. En resumen, la reforma agraria no produjo un cre cimiento inmediato de la economía pero los beneficiados por el proceso vieron de inmediato mejorada su form a de vida. El campesino que reci bió la tierra durante el gobierno de Cárdenas efectivamente mejoró su posición relativa dentro del complejo esquema social de la época.
Las palancas financieras
Fue el presidente Cárdenas quien por prim era vez empleó el gasto público primordialmente para alentar el desarrollo económico y social del país. Durante la breve administración de Abelardo Rodríguez, el 63 por ciento de los egresos efectivos del gobierno federal se destinaron simplemente a cubrir los propios gastos del aparato burocrático. En pro medio, durante el sexenio cardenista los egresos se distribuyeron en la siguiente forma: 44 por ciento a gastos burocráticos, 38 por ciento a ob jetivos de desarrollo económico (carreteras, irrigación, crédito y otros similares) y el 18 por ciento a gastos de tipo social (educación, salubri dad, etc.). En el momento culminante del cardenismo, es decir, entre 1936 y 1937, los gastos de tipo económico fueron superiores al 40 por ciento, destinados fundamentalmente al desarrollo de las comunicacio nes, la irrigación y el crédito a la agricultura. El gasto cardenista no tuvo necesariamente una contrapartida exacta en el aumento de las recauda ciones como se puede apreciaren el siguiente cuadro: