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The periodic synchronization pattern

4.5 Synchronization

4.5.2 The periodic synchronization pattern

1940-1968

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a Revolución dejó de ser una fuerza real después del sexenio de Manuel Avila Camacho (1940-1946) pero su prestigio histórico y el aura de sus transformaciones profundas siguió dando legitimidad a los gobiernos mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Ese brillo mitológico y real del periodo reciente, permitió a partir de Cárdenas que el status quo, plagado de fallas e injusticias, fuera presentado vero­ símilmente al país como algo pasajero, ya que el verdadero México era justamente el que aún no surgía, el que estaba por venir. Fue ése un salto ideológico crucial y tiene su propia historia: la conversión del hecho revolucionario en un presente continuo y un futuro simple pro­ misorio.

La certeza de que la Revolución Mexicana no fue sino la secuela culminante de los grandes movimientos del siglo XIX — la Inde­ pendencia y la Reforma— es común a los gobernantes de México desde Venustiano Carranza. Pero el modo como esta convicción fue siendo asumida por los diversos regímenes revolucionarios hasta volver al Estado mexicano no sólo el heredero y el guardián, sino la vanguar­ dia sucesiva y patriótica de esa historia en acción, registra cambios notables.

La Revolución Mexicana y la Constitución de 1917 fueron perdien­ do su condición de hechos históricos precisos para volverse, como la historia toda del país, un "legado", una acumulación de aciertos y sabi­ durías que avalaban la rectitud revolucionaria del presente.

Hasta Cárdenas, la porción de historia requerida para legitimar los regímenes revolucionarios era en lo fundamental la que empezaba con la insurrección de 1910. A partir de 1940, empezó a dominar el lenguaje oficial, la certeza de ser el gobierno heredero y continuado de una his­ toria anterior que se remontaba hasta la Independencia.

El presidente Alvaro Obregón (1921-1924) se desentiende de las pe­ culiaridades del pasado revolucionario inmediato (su deseo es que se mire ese pasado como un hecho consumado) por una razón inversa a la que obligará a presidentes como Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958), Adolfo López Mateos (1958-1964), o Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) a acordarse en exceso de él y a extender la unidad de ese pasado hasta la Independencia. Obregón no dudaba de su legitimidad, no se cuestionaba la validez de su origen porque nadie cuestionaba tampoco la liga obvia, reciente, de su gobierno con ese origen. Era un caso estricto de "buena conciencia" revolucionaria. De ahí que pudiera hablar sin rubor de la "buena fe" como sustento de todo lo que emanaba del gobierno, incluso de los errores.

N o importan los errores que se cometan pues siempre habrá tiempo de corregirlos; y si se cometen, siempre será de buena fe, y no habrá ningún inconveniente en reconocer un error.

Para Obregón, la "revolución" consistía escuetamente en el hecho ar­ mado; el gobierno no era su encamación, era simplemente su legítimo sucesor. Con Calles el rumbo cambia. Ha resumido el proceso el histo­ riador Guillermo Palacios;

La popularidad de la revolución durante el periodo de Calles, nace, al contrario de sus predecesores, no de sus orígenes, de sus ingredientes casuales, sino de su porvenir [...] Calles no considera, como lo hizo su antecesor, la dicotomía definitiva entre el movimiento revolucionario y el gobierno resultante. Esto, importantísimo para la idea del fenómeno, es lo que ofrece el panorama de continuidad, lo que otorga a los gobier­ nos revolucionarios (la noción) de desarrollo [...] Así, la concepción de la revolución como un fenómeno definitivamente compuesto por mo­ mentos distintos, libra a su idea de la molesta limitación en que la habían sumido anteriormente: la del periodo bélico. Este será en ade­ lante, sólo una etapa de la lucha y, como dice Calles en su último infor­ me, "la más fácil y sencilla de hacer" [...] El presente continúa y finca la revolución hasta nuestros días en los cientos y miles de cuartillas de la literatura presidencial y, por extensión, oficial: "La Revolución, ge­ nerosa y dignificadora, está siempre en marcha" [...] Calles obliga a la idea de revolución a irse hacia atrás para reafirmar los avances, conven­ cerse de la ruta y vanagloriarse de los logros [...] El futuro representa en realidad el terreno sobre el cual podría realizarse la Revolución que, has­ ta el momento, según palabras textuales de Calles, sólo se ha limitado a

"verdaderos ensayos de realismo y socialización". [El futuro] será tam­ bién el terreno de la consolidación del fenómeno, no en tanto facción política con un pensamiento propio, sino com o el pensamiento por an­ tonomasia.

Un eterno futuro

Si Calles descubrió el futuro de la Revolución, Cárdenas impuso, de algún modo, su perpetuidad. A la noción de continuidad y de etapas su­ cesivas agregó la de tareas interminables, siempre renovadas por la his­ toria, a las que la Revolución daría en cada momento la solución pertinente. Mirando hacia atrás, Cárdenas distinguió ciertas "etapas" de la Revolución como, propiamente, historia, es decir, hechos pasados que guardan una relación de continuidad, pero no de simultaneidad con el presente. Se instauraba así una tradición revolucionaria, con un presente progresista y un futuro de continua e incesante renovación. "A unos —dice Cárdenas— les tocó iniciar y desarrollar el movimiento ar­ mado y sentar las bases fundamentales de nuestro futuro; a otros, poner en acción las nuevas doctrinas organizando los distintos factores de ejecución que nos permitieran caminar al éxito y a nosotros resolver problemas que influyen en el proceso de nuestra vida social y que han de ayudar a perfeccionar nuestro régimen institucional".

La Revolución a su vez, venía a escribir la página culminante de la integración de la nación al añadir a la independencia política (movi­ miento de Independencia) y la consolidación ideológica (Reforma y Constitución de 1857), la emancipación económica.

La idea ferviente de la nación como depositaría moderna de un lega­ do histórico sin fisuras se inició quizás con Avila Camacho. Al aliento polémico e insatisfecho del cardenismo inicial, Avila Camacho opuso la idea de una historia reciente llena de logros. En su discurso de protesta como presidente, aseguró que quien reflexiona sin prejuicios llegaría

a la conclusión de que la Revolución Mexicana ha sido un movimiento social guiado por la justicia histórica que ha logrado conquistar para el pueblo una por una sus reivindicaciones esenciales [...] Cada nueva épo­ ca reclama una renovación de ideales. El clamor de la República deman­ da ahora la consolidación material y espiritual de nuestras conquistas so­ ciales en una economía próspera y poderosa.

Al final de ese discurso, Avila Camacho tendió una pacífica mirada sobre la historia de la nación ya no como lucha sino como herencia, no como fricción social sino como un terreno fraterno de concordia: "Pido con todas las fuerzas de mi espíritu a todos los mexicanos patriotas, a todo el pueblo, que nos mantengamos unidos, desterrando toda intole­ rancia, todo odio estéril, en esta cruzada constructiva de fraternidad y de grandeza nacionales". La noción política de unidad nacional fue el odre que empezó a añejar la idea de la historia y los valores espirituales de México como un tesoro acumulado con las luchas del pasado.

El gran viraje

Con este equipaje ideológico a cuestas, los "gobiernos de la revolución" viraban a partir de los años cuarenta, hacia la decisión central de indus­ trializar el país por la vía de la sustitución de importaciones, lo que des­ plazó duramente el centro de gravedad tradicional de la sociedad mexi­ cana, del campo a la ciudad. Las filas del proletariado, la burguesía y la clase media crecieron y se expandieron las ciudades, su ambiente natu­ ral. Los incipientes burgueses mexicanos —industriales, comerciantes y banqueros— , afianzaron su primacía y con el tiempo volvieron a dar cabida al socio extranjero; tanto, que ya en los años sesenta empezó a ser manifiesta, como en el Porfiriato, la dependencia industrial mexica­ na del capital y la tecnología extranjeras, en particular las de origen nor­ teamericano.

Desatada la industrialización en parte como reacción al eco popular del cardenismo que terminó dividiendo a la familia revolucionaria, los gobiernos dudaron sobre el papel del Estado y el grado deseable de su intervención directa en el proceso productivo. En principio, esa inter­ vención se justificó como una serie de acciones excepcionales y/o pasa­ jeras. Creció después la convicción dominante que habría de regir las

relaciones con el sector privado por varias décadas: el Estado debía de­ dicarse a crear y m antenerla infraestructura de la economía, intervenir lo menos posible en las áreas de producción directa para el mercado y abordar sólo aquéllas donde la empresa privada se mostrara desinteresa­ da y temerosa o fuera incapaz de mantener una presencia adecuada. Poco a poco, pese a las protestas empresariales, la práctica estatal y las deficiencias empresariales privadas cuajaron lo que se dio en llamar un sistema de "economía mixta", en persistente estado de conflicto y ne­ gociación del Estado-empresario con la burguesía nacional, cada vez más consolidada. Las proporciones efectivas de este acuerdo indican l.«* !,1É icn bci •A- <>« i , * i¡ '

que a partir de 1940, la inversión pública ha sido en promedio sólo una tercera parte de la total y las dos restantes del sector privado.

Económicamente, el pacto funcionó al extremo de que observadores y analistas hablaron durante un tiempo, sin rubor, del "milagro mexica­ no". Entre 1940 y 1960, la producción nacional aumentó en 3.2 veces y entre 1960 y 1978, 2.7 veces; registraron esos años un crecimiento anual promedio de 6%, lo que quiere decir sencillamente que el valor real de lo producido por la economía mexicana en 1978 era 8.7 veces superior a lo producido en 1940, en tanto que la población había au­ mentado sólo 3.4 veces.

La economía no sólo creció sino que se modificó estructuralmente. En 1940, la agricultura representaba alrededor del 10 por ciento de la producción nacional, en 1977 sólo el 5 por ciento. Las manufacturas en cambio pasaron de poco menos del 19 por ciento a más del 23 por cien­ to. Otros cambios decisivos aunque no estrictamente económicos, fue­ ron los demográficos. La población pasó de 19.6 millones de habitantes en 1940 a 67 millones en 1977 y más de 70 en 1980. En 1940, sólo el 20 por ciento de esta población vivía en centros urbanos, en 1977, c< si el 50 por ciento; en cuarenta años, junto al proceso de industrialización, el país experimentó un cambio espectacular en sus niveles de urbaniza­ ción y crecimiento demográfico.

La zona inm óvil

Contrasta con estos cambios enormes en el rostro económico y demo­ gráfico de México, la relativa permanencia de los rasgos originales del sistema político heredado del cardenismo. Las estructuras políticas que la revolución creó y perfeccionó desde Carranza hasta Cárdenas, siguie­ ron vigentes, con cambios que fueron pocos y secundarios.

La Presidencia quedó afianzada definitivamente como la pieza central de ese sistema. Ni el congreso ni el poder judicial recuperaron el terreno perdido hasta 1940, y la autonomía de los estados siguió tan precaria como antes. Ningún presidente promovió tantas desapariciones de poderes estatales como Cárdenas, pero todos sus sucesores echaron mano de este expediente para acabar con gobiernos locales caídos de la gracia del centro. Adicionalmente, con el desarrollo económico empeza­ ron a ser tan amplios los recursos federales que todo proyecto impor­ tante, estatal o regional, dependió para su realización de las decisiones tomadas en la ciudad de México.

El partido oficial corporativo, ratificó también y extendió su dominio

monolítico, sin adversarios que pudieran hacerle sombra. Todas las gu- bematuras y los puestos del Senado siguieron en sus manos, y la oposi­ ción sólo fríe admitida en la Cámara de Diputados, en rentable calidad de minoría que legitimaba las formas democráticas sin capacidad de in­ fluir realmente en el comportamiento del cuerpo legislativo.

En diciembre de 1940, apenas iniciado el periodo gubernamental del general Avila Camacho, el sector militar del PRM desapareció definiti­ vamente. Fue una prueba simbólica de la profesionalización alcanzada por el ejército revolucionario y de su subordinación institucional al jefe del poder ejecutivo, una tendencia que habría de volverse realidad po­ lítica permanente a partir de 1946, con la elección del primer presidente civil de la era posrevolucionaria, Miguel Alemán (1946-1952), que inició la larga lista, ininterrumpida desde entonces, de mandatarios no milita­ res del México posrevolucionario.

El PRM como tal dejó de existir en 1946, pero su transformación, como la anterior, fue ordenada e indolora; abandonó el nombre y los programas que lo ligaban con la época cardenista para transformarse en el actual Partido Revolucionario Institucional (PRI), con cambios intere­ santes en sus estatutos y programas, pero muy pocos en sus estructuras reales.

El crecimiento económico capitalista montado en la virtual inmovili­ dad de un sistema político con füertes rasgos autoritarios, dio como re­ sultado una estructura social muy distante de la esperada en un régimen revolucionario comprometido con la justicia social. México se unió a las potencias aliadas en la segunda Guerra Mundial y su notable crecimien­ to económico reprodujo una estructura distributiva en la que el salario fue perdiendo terreno frente al capital. El porcentaje del ingreso dispo­ nible para la mitad de las familias más pobres de la pirámide social fue en 1950 del 19 por ciento, en 1957 del 16 por ciento, en 1963 del 15 por ciento y en 1975 de sólo el 13 por ciento. Por contraste, el 20 por ciento de las familias con mayores recursos recibieron en 1950 el 60 por ciento del ingreso disponible, en 1958 el 61 por ciento, en 1963 el 59 por ciento y en 1975 poco más del 62 por ciento: una concentración del ingreso muy alta incluso si se la compara con la de otros países latino­ americanos, que no se distinguen por su equidad pero tampoco hicieron una revolución.

La política económica poscardenista encontró un discutible sustento en la idea, de linaje obregonista, de que era necesario primero crear la riqueza para después repartirla. En la realidad, como muestran las ci­ fras, se apoyó denodadamente la primera fase sin hacer gran cosa por la segunda, que sin embargo se mantuvo teóricamente como verdadera y legítima meta de los "gobiernos de la revolución".

El callejón de la posguerra

Desde 1910 hasta 1940, la característica de M éxico en el mundo fue chocar continua y profundamente con las grandes potencias industria­ les, en particular Estados Unidos y Gran Bretaña. Fue una lucha desigual cuyo resultado pareció ser la conquista de una m ayor independencia a través de la Constitución de 1917 y la destrucción de la economía de en­ clave mediante la expropiación petrolera de 1938.

Pero cuando México entró a la segunda Guerra Mundial, su situa­ ción internacional dio un vuelco. De pronto, el país se encontró como aliado del país que hasta hace poco parecía la principal amenaza a su soberanía e incluso a su existencia. La guerra creó una atmósfera de ex­ cepción que propició soluciones rápidas y definitivas a muchos de los problemas existentes entre México y Estados Unidos, entre ellos la for­ ma de pago de las reclamaciones y la deuda petrolera. El gobierno de Washington facilitó a México la obtención de los primeros préstamos internacionales desde la caída de Victoriano Huerta, para inducir la pro­ ducción de materias primas requeridas por la economía bélica estadu­ nidense. En reciprocidad, el gobierno mexicano firmó con su vecino del norte tratados de comercio, braceros y cooperación militar, aunque su colaboración en el esfuerzo contra los países del Eje fue básicamente económica. Las materias primas se vendieron a Estados Unidos a pre­ cios fijos por debajo de los que hubiera pagado el mercado libre, a cam­ bio de lo cual México acumuló considerables reservas en dólares que de momento no pudo usar ampliamente porque sus importaciones de Esta­ dos Unidos estuvieron racionadas. Miles de braceros mexicanos traba­ jaron en los campos agrícolas norteamericanos, 15 mil sirvieron en su ejército y 1,492 perdieron la vida en los frentes del Pacífico, Europa y Africa del Norte.

Así, al terminar la guerra, México se descubrió integrado a la zona de influencia norteamericana. Había desaparecido la posibilidad de que los países europeos sirvieran de contrapeso a esa influencia. Su posi­ ción en México había sido socavada por las políticas nacionalistas de la revolución, y su fuerza internacional se había visto debilitada por la guerra. Adicionalmente, el mismo proyecto de industrialización arrai­ gado en el país durante la guerra, volcaba todavía más al comercio me­ xicano sobre Estados Unidos; se dirigía hacia allá el grueso de las ma­ terias primas exportadas y provenía de allá la mayor parte de los bienes de capital requeridos para la sustitución industrial de importaciones. Desde entonces, entre el 60 por ciento y el 70 por ciento de las tran­ sacciones internacionales de México han tenido como origen o destino a los Estados Unidos.

Para cerrar el ciclo de esa decisiva transformación de la posguerra, buena parte del capital y la tecnología de la industrialización mexicana vinieron también del norte. En 1940, la inversión extranjera directa ape­ nas llegaba a los 450 millones de dólares, para 1960 superaba los mil millones, para la segunda mitad de los años setenta llegó a los 4 mil 500 y en los ochenta superó los 10 mil millones. El apaciguamiento institu­ cional de la Revolución incluyó, las facilidades a esta penetración de la influencia norteamericana, no sólo en el ámbito económico, sino tam­ bién en el orden político y el horizonte cultural.

No obstante la gran dependencia respecto de los Estados Unidos a partir de la segunda Guerra Mundial, la acción exterior de México con­ servó ciertos rasgos de independencia, que se acentuaron en el campo de la política hemisférica. México no mostró entusiasmo por el derroca­ miento de Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954, ni respaldó las agre­ siones norteamericanas a Cuba a partir de 1960 o su intervención en la República Dominicana en 1965. En estas y otras ocasiones, defendió el principio de no intervención, rechazó la alianza militar permanente con Estados Unidos y siguió un camino diferente al de la mayoría de los países latinoamericanos, aunque sin llegar nunca al choque directo ca­ racterístico de los años revolucionarios.

D el entusiasmo a la represión

La difícil combinación de crecimiento económico con estabilidad política del país, alcanzada por México a partir de 1940 indujo a muchos obser­ vadores, en la década de los sesenta, a presentar al modelo mexicano como un ejemplo a seguir por otros países en desarrollo. El entusiasmo se vio disminuido por la crisis política de 1968, en que vastos contin­ gentes estudiantiles desafiaron la legitimidad del sistema y probaron, por la represión sangrienta, su núcleo autoritario. Paralelamente, desde principios de la década de los sesenta había empezado a haber indicios preocupantes del modelo de industrialización con base en la sustitución de importaciones. Hubo que admitir con inquietud en esos años que la planta industrial creada con tanto esfuerzo era incapaz de sobrevivir sin una fuerte protección arancelaria, carecía de competitividad en el extran­ jero, y no podía crecer al ritmo que exigían el déficit de la balanza de pa­ gos y el rápido crecimiento de la población. La agricultura también dio síntomas de agotamiento, bajó su ritmo, dejó de satisfacer la demanda de alimentos interna y de ser un factor dinámico en el comercio exterior,

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