Permanente, que se plasma en la resolución que hoy criticamos, es el intento de canalizar la movilización revolucionaria a través de las instituciones y normas. La manía normativa de los autores llega al colmo del delirio leguleyo cuando pretenden que, durante la guerra civil, la dictadura se someta a un código penal estrictísimo, inviolable y ultraliberal con la burguesía y los contrarrevolucionarios. Con respecto a la mecánica gubernamental, el SU razona de la misma forma al decir que, como la burguesía gobierna con una institución -el parlamento-, el proletariado debe gobernar oponiéndole otra institución -el soviet superdemocrático-. Por eso, concluye que la dictadura del proletariado sólo se puede ejercer “en el marco de instituciones estatales de un tipo diferente a las del estado burgués, es decir, instituciones fundadas en consejos de trabajadores (soviets) soberanos y democráticamente elegidos y centralizados” (SU, 1977)63.
Transformar en el eje de nuestro Programa la oposición de una institución a otra, es un procedimiento equivocado basado en un razonamiento analógico falso. “El sistema soviético no es simplemente una forma de gobierno que se pueda comparar en abstracto con la forma parlamentaria”. (Trotsky, 1929).64
No se puede colocar a los soviets en el mismo nivel que el parlamento burgués. Todos coincidimos en que aquellos son la herramienta más adecuada para
63 “Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado”, pág. 1.
64 “¿Puede reemplazar la democracia parlamentaria a los soviets?”, Escritos, Tomo I, Vol. 1, p. 69.
hacer la revolución obrera y ejercer el poder, mientras que el parlamento es una herramienta de dominio burgués. Pero los soviets por sí mismos no son ninguna garantía. “Importa tener presentes todas estas eventualidades para no caer en el fetichismo organizativo ni transformar a los soviets, de forma fl exible y vital de lucha, en principio de organización introducido desde afuera del movimiento, y entorpeciendo su desarrollo regular” (Trotsky, 1924)65. Para los revolucionarios,
la única garantía de que su avance no se detendrá, es oponer a las instituciones burguesas -inclusive a las obreras en cierta medida- la movilización permanente de la clase obrera y el pueblo trabajador. Por eso, apoyaremos a los soviets, sólo si sirven para mantenerla y profundizarla; pero si la frenan o institucionalizan, diremos: “abajo los soviets”.
El SU ha quedado prisionero del pensamiento institucionalista burgués. Son la burguesía, y todos los sectores privilegiados que siempre existieron, los que después de sus revoluciones, han tratado de “santifi car” las instituciones y normas para frenar la movilización revolucionaria. Así lo hicieron después de la gran Revolución Inglesa con el rey, y el parlamento, dos instituciones que se transformaron en “sagradas”. Lo mismo ocurrió con el surgimiento del Cartismo, que fue conducido a la vía muerta del voto, que todo lo abarcaba y solucionaba. Y la gran Revolución Francesa desembocó en la glorifi cación y supeditación al imperio burgués bonapartista o a la República.
Por aquellas diferencias con las anteriores revoluciones que hacen a su defi nición (eliminación de las fronteras, de las clases y las instituciones) la revolución y dictadura del proletariado no puede congelar ninguna institución.
Las revoluciones burguesas triunfantes no teniendo como objetivo liquidar las clases o seguir desarrollando la revolución, sacralizaron instituciones una vez que su movimiento triunfó. Pero toda revolución dirigida por auténticos marxistas revolucionarios, tendrá una dinámica opuesta a las demás conocidas hasta la fecha: vivirá cambiando, creando, destruyendo, construyendo y combinando todo tipo de instituciones y normas, declarándole la guerra a todas aquéllas que pretenden eternizarse o contener la movilización. En este proceso, toda norma o institución pasará a tener un carácter relativo; lo único absoluto y constante será la movilización revolucionaria.
Según la teoría de la Revolución Permanente, toda norma o institución sirve -y por eso debe ser reforzada- si ayuda a la continuidad de la movilización; por el contrario, si la frena debe ser destruida. Por otro lado, ninguna de ellas, tiene de por sí garantizado su papel progresivo en cada etapa de la lucha, lo que obliga a precisarlo en cada momento: la institución que hoy fue revolucionaria, mañana puede transformarse en reaccionaria. Entonces, como el objetivo de los trotskistas
es que la revolución no se detenga nunca, consideramos que lo único que no deja de ser progresivo, es decir, que no cambia de carácter, es la movilización de los explotados contra los explotadores.
Respecto a esta ley no puede haber excepciones. Las mismas dictaduras proletarias nacionales deberán ser superadas para lograr dictaduras regionales, continentales y, por último, la dictadura internacional. Históricamente, el trotskismo en el poder tenderá a la desaparición de las clases, del partido revolucionario y del estado. La movilización permanente lo arrasará y modifi cará todo. Si no es así, eso signifi cará que Marx, y Trotsky también fueron socialistas utópicos y que la teoría de la revolución permanente era equivocada.
¿Signifi ca esto que los anarquistas tenían razón cuando pretendían ignorar las instituciones y las normas en el proceso revolucionario? De ninguna manera, entre la movilización revolucionaria y las normas e instituciones se establece una relación que obedece a las leyes que ha establecido la lógica dialéctica entre contenido y forma.
Esta relación contradictoria está presente en toda actividad humana. Veamos, por ejemplo, qué pasa con el lenguaje. Los anarquistas del lenguaje sostienen que la lengua hablada y escrita lo es todo y que las leyes de la gramática, las academias y los diccionarios de la lengua nada. Los formalistas creen que la gramática y la academia lo son todo y que la lengua debe someterse sin chistar a sus normas. Un verdadero marxista empieza por reivindicar como un factor fundamental de esta dinámica a la lengua hablada o escrita, esa “movilización permanente del lenguaje”, pero, al mismo tiempo, señala la importancia decisiva de las normas gramaticales, las academias y los diccionarios, porque ellos organizan, conservan e incorporan orgánicamente las conquistas de esa lengua viva. Al mismo tiempo, insiste en que la lengua hablada es la única que enriquece y en base a la cual se debe modifi car y luego normalizar.
Extendiendo este a las conquistas sociales, decimos que ellas se evaporarían si no existieran las instituciones y las normas. Por ejemplo, la movilización que haya obtenido la jornada laboral de ocho horas debe recogerse en una ley o. acuerdo con la patronal, para no correr el riesgo cierto de perderse rápidamente. Los sindicatos son la cristalización de esa y todas las otras movilizaciones económicas de los obreros. Si no existieran bajo el capitalismo, lo que se conquistó hoy en una huelga u ocupación de fábrica, se perdería mañana. Y si la vanguardia no tiene un partido, con un programa que sintetice las experiencias históricas de la clase obrera y fi je objetivos a lograr en la lucha revolucionaria, el proletariado tendría que volver a recorrer el camino andado en cada nueva etapa.
Las normas e instituciones son el lado conservador de la movilización, pero en dos sentidos: Uno, altamente positivo, que signifi ca conservación de lo conquistado,
atesoramiento de la experiencia, proyección de nuevas conquistas. El otro es negativo porque frena la espontaneidad y la movilización de los trabajadores, que es la única manera de seguir logrando nuevas conquistas.