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dura revolucionaria.

Todos sabemos que el stalinismo en el poder de los estados obreros sostiene

que los partidos opositores, no sólo los contrarrevolucionarios, deben ser sistemáticamente perseguidos y obligados a actuar en la clandestinidad. El SU, al igual que los eurocomunistas, ha efectuado una justa crítica a esta política del stalinismo. Pero a ella le opone su programa de “libertad política ilimitada”. Nosotros decimos que ni la norma stalinista burocrática totalitaria de persecución sistemática a los opositores, ni la democratista de “libertad política ilimitada” de la mayoría del SU, son correctas, ya que “...no hacemos un fetiche de las formas democráticas. La protección de la dictadura esta por encima de toda consideración” (Trotsky, 1929)54. Y ésta se ajustará a una sola norma: derrotar

a la contrarrevolución imperialista y burguesa y terminar de imponer el poder de los obreros en el mundo. Sin desechar ningún método, sin atarse las manos a ninguna norma, el proletariado, dirigido por el partido marxista y movilizado revolucionariamente, utilizará todos los medios a su alcance para aplastar a la contrarrevolución e impulsar la revolución. En cada momento deberá decidir, de acuerdo a las necesidades del proceso, cuáles libertades se dan y cuáles se quitan. Dicho de otra forma: habrá “libertades políticas limitadas” a las necesidades de la dictadura revolucionaria del proletariado. Esto signifi ca que la dictadura del proletariado puede, muchas veces le conviene y entonces debe otorgar libertades democráticas a los partidos contrarrevolucionarios u opositores. Y en otras oportunidades puede, al mismo tiempo le es imprescindible, y por lo tanto debe suprimir radicalmente a los partidos contrarrevolucionarios, actuando de manera brutalmente implacable contra ellos. Esta cuestión sólo la pueden resolver las masas revolucionarias con su partido trotskista al frente, de acuerdo a la evaluación de la situación del momento, y no hay ninguna norma escrita o tesis que pueda fi jarla de antemano.

Dentro de esta posición de principio, debemos señalar que todas las libertades no son iguales. Durante la dictadura del proletariado hay entre ellas una relación desigual. Las libertades científi ca y artística, por ejemplo, no pueden darle más que benefi cios a la dictadura obrera, que progresará como consecuencia de todo avance en esos terrenos. La libertad de prensa y opinión de acuerdo al número de adherentes es muy útil a la dictadura del proletariado y, como tal, todo gobierno auténticamente marxista revolucionario deberá tender a implementarla lo más urgentemente que pueda. Tiene un papel muy semejante al que la moneda y las estadísticas veraces tienen en la economía de transición, pero en el terreno mucho más general de la sociedad en su conjunto (económico, social, cultural, y principalmente político). Esta casi absoluta libertad de prensa y de opinión, a la que la dictadura del proletariado debe propender, sirve para precisar la fuerza de las distintas corrientes de opinión y para que la dictadura se informe objetivamente de los problemas existentes, pero está condicionada por el más absoluto monopolio político del poder por parte de la clase obrera industrial y las

masas revolucionarias. Esto quiere decir que la libertad de prensa, y sobre todo la artística o científi ca, no implican automáticamente la libertad de organización y actividad para todos los partidos contrarrevolucionarios. Para la economía del estado obrero tampoco es lo mismo una moneda estable, que signifi ca la aplicación de la ley del valor al servicio de esa economía de transición, que la autorización de la más completa libertad de juego de esa ley, lo que signifi caría que estamos autorizando el resurgimiento de la burguesía. Justamente dejamos que la ley del valor juegue libremente, dentro de cierto campo, para mejor dominar sus tendencias y seguir desarrollando la economía obrera hacia el socialismo, impidiendo el resurgimiento de la burguesía por la defensa intransigente del plan económico, la industria nacionalizada y el monopolio del comercio exterior. Lo mismo ocurre con respecto a las libertades: éstas no pueden ser obligatorias y automáticas en todas las esferas de la vida político social.

Son los demócratas burgueses y los reformistas los que consideran que bajo la dictadura proletaria se deben otorgar todas las libertades al mismo tiempo. Porque su programa o fi nalidad no es la defensa, el fortalecimiento y desarrollo del nuevo régimen, sino un sistema de libertades totales para los individuos y sectores, porque éste - expresión política del librecambio, del individualismo pequeño burgués y burgués - permitirá, a más largo plazo, el resurgimiento capitalista y la penetración imperialista.

Lo que venimos diciendo no signifi ca que sostenemos que las libertades se deben dar o quitar arbitrariamente, dependiendo de la voluntad subjetiva del partido que dirija la dictadura. Por el contrario, obedecen a una férrea ley de carácter objetivo y algebraico, que expresa la relación entre la revolución y la contrarrevolución. El margen de libertades que otorgue toda dictadura revolucionaria a sus enemigos, será directamente proporcional a la fuerza y progreso de la revolución nacional e internacional e inversamente proporcional a la fuerza y dinámica de la contrarrevolución.

Toda su vida Trotsky subrayó este carácter relativo, “limitado” de las libertades bajo la dictadura del proletariado. El dio una fórmula que es prácticamente idéntica a la nuestra, pero de distinto signo, ya que la suya se refi ere al grado de coerción y no al de libertad: “La imposición ejercida por las masas en el Estado obrero, está en proporción directa con las fuerzas tendientes a la explotación o a la restauración capitalista, y en proporción inversa a la solidaridad social y a la devoción común hacia el nuevo régimen” (Trotsky, 1936)55