Jairo Trujillo M.
Director de la revista Gotas de tinta
Miembro de Número del Centro de Historia de Itagüí –CHI–
–Lo que más me preocupa es que no llevo los cucos amarillos que me encargó mi mujer –dice uno de los pasajeros de la camioneta que nos lleva rumbo a San Andrés de Pisimbalá–. Con unos aguardientes y cer- vezas de más que lo hacen dicharachero y jovial, compra en la tienda del camino una botella de aguardiente. La reparte en copitas a todos los que vamos en la parte de atrás de la camioneta.
–¡Feliz año a todos! –nos dice emocionado–. Hombre, pero ¿yo qué le voy a decir a mi mujer cuando me pregunte por los cucos amarillos? Si yo viajé de Inzá a La Plata especialmente a comprarle sus regalos. Dí- game paisa –se dirige a mí–, dígame: ¿yo qué le voy a decir a mi mujer si no le cumplí con sus encargos?
–Pues, hombre, dígale que el comercio estaba cerrado porque hoy es 31 de diciembre –le contesta un indígena páez que va con su joven mujer para Tierradentro.
Y todos ríen y gozan con el pastuso bonachón pasado de tragos. La mujer que va con su hijo también recibe su copa al igual que dos culti- vadores de fresas de Popayán que acaban de subirse.
–Paisa, sigamos para Inzá, allá se queda en mi casa. Hoy vamos a ha- cer una fiesta y mañana se va para San Andrés de Pisimbalá –me dice seriamente, mientras vuelve a repartir aguardiente–. Estuve tentado de aceptarle la invitación, pero la dificultad del transporte que hay en año nuevo me hizo desistir.
Cuando llegamos a San Andrés de Pisimbalá, todos nos abrazamos y nos deseamos un feliz año. Yo me quedo con la pareja de paeces y los demás siguen para Inzá.
* * *
En estos contornos empiezan las enormes montañas del Macizo Central colombiano. Donde nacen los cinco grandes ríos nuestros: Magdale- na, Cauca, Caquetá, Putumayo y Patía. Aquí los valles estrechos y las cumbres borrascosas dominan el paisaje. Y los ríos son cristalinos y de aguas heladas.
Mi propósito era concluir un viaje iniciado un año antes. En aquella ocasión visité a San Agustín, con sus estatuas serias y misteriosas. Se- gún las hipótesis, esa cultura huilense se relacionó con la de Tierraden- tro, en el departamento del Cauca. Dicen que se encontraron caminos que unían esos dos sitios. Son culturas misteriosas, y de ambas no se conocieron descendientes. Datan de hace muchos siglos o incluso mi-
lenios. En San Agustín predominan las esculturas, en Tierradentro, las tumbas que llaman hipogeos.
Llegué a Garzón, Huila. Y desde ese municipio llamado por los opitas “fábrica de curas y almacén de godos” (por un seminario que allí existe y por su tradición conservadora) partí en una camioneta rumbo a San Sebastián de La Plata, también en el Huila.
En esta comarca, antiguo camino de Santa Fe de Bogotá a Quito y paso de Nariño en su famosa Campaña del Sur en 1813 y luego de Bolívar, me subí a otra camioneta doble cabina y acondicionada con dos bancas largas atrás y una carpa. Su rumbo era el municipio de Inzá. Allí fue el bautismo de fuego de las recién fundadas Farc: El 17 de marzo de 1965, Manuel Marulanda o “Tirofijo” y 145 hombres, partieron de Riochiqui- to y se tomaron esta población, arengaron a la población y saquearon el comercio local. Cayeron muertos varios militares, el alcalde y dos monjitas que iban en un bus. Varios pobladores, recordando el hecho, me contaron que a varios de ellos los mataron a machete, no como aho- ra con bombas y cilindros. Claro que Arturo Álape, historiador de las Farc, en su libro Los sueños y las montañas no habla de esto, aunque reconoce los errores que se cometieron en dicha acción.
–Cuando empiece la carretera destapada, les bajo la carpa para que no coman polvo –dijo el conductor, promesa que no cumplió–. Me senté junto a la pareja de paeces que iban para el mismo sitio de mi destino. Al frente mío estaba un obrero de carretera oriundo de Pasto pasado de tragos y una señora de Inzá con su hijo adolescente. Más adelante, dos cultivadores de fresa de la región de Popayán se montaron para llegar hasta más adelante y tal vez en ese lugar conseguir transporte para su tierra.
–Claro que si no conseguimos bus hasta Popayán, no hay problema, porque mi esposa anda por Cali y no tengo a quién darle el feliz año –explicó uno de ellos.
Después de salir de La Plata, municipio más o menos grande y situado en un valle largo y hermoso, nos dirigimos por una carretera pavimen- tada hacia Tierradentro, Cauca. Justo hasta donde empieza este depar- tamento, uno de los más golpeados por la violencia de todos los colores que existe en nuestro país.
A San Andrés de Pisimbalá llegamos cuando las sombras de la noche empezaban a cubrir aquel estrecho vallecito.
–Este es el hotel, es el único que hay –me dijo el conductor, y procedí a bajarme.
No le pagué en ese momento, porque antes de partir, nos cobró el pasaje a todos sin excepción. “Hombre prevenido vale por dos”, pensé.
El hotel era enorme para el lugar. Con piscina, amplios corredores, un comedor grande y habitaciones muy confortables. Con agua caliente y televisión por cable, pero sin internet. Después de bañarme, conversé un rato con el administrador, me orienté acerca de lo que podría ver y salí a la calle. Busqué comida y me encontré con varias residencias o pequeños hoteles cuatro o cinco veces más baratos que el que me había recomendado el chofer de la camioneta. La comida abundante, buena y barata, y la gente sumamente atenta. Vi una buena cantidad de turistas extranjeros, particularmente europeos, pero también de EE. UU. y Ar- gentina. Igualmente, había colombianos de diferentes regiones.
A medianoche se encendieron todos los taitapuros o muñecos de año viejo que se hicieron allí, sonaron los acordes de “Faltan cinco pa las doce, el año va a terminar”, todos se dieron la mano y se abrazaron y de- searon un feliz año. A los turistas también nos dieron el feliz año nuevo. Luego organizaron bailes y amanecieron acompañados de aguardiente y cerveza.
En 1955, en su poema A Tierradentro, en su martirio, la poeta Matilde Espinosa, nacida en esta provincia, escribió:
“De cordillera a cordillera de dolor a dolor
de fronda oscura a flauta luminosa la tierra del olvido se levanta...
Esta tierra tiene genealogía desde las tierras calcinadas, desde los puentes con mortaja, desde el refugio en los peñascos, desde el pasado con su bóveda, los restos aborígenes atisban en el alba la hora resurrecta”
Tierradentro es una provincia conocida en el mundo por su agreste geo- grafía. Las montañas volcánicas y fértiles dominan el paisaje. En una mirada de 360 grados sólo se ven los picos, cañones y estrechos valles. La región de Tierradentro está integrada por los municipios de Inzá y Páez o Belalcázar. Alberga una población indígena importante (apro- ximadamente la mitad de los habitantes), famosa por la resistencia a la dominación foránea.
Muy famoso es Tierradentro, en particular por las tumbas o hipogeos de una civilización desaparecida, incluidas en la Lista del Patrimonio Mundial por la Unesco en 1995. Sus tumbas fueron talladas en la roca volcánica viva y son únicas en el planeta por sus características arqui- tectónicas, esculturales y pictóricas. Las tumbas están bien cuidadas, iluminadas muchas de ellas y cubiertas con techos protectores. Los guías y todos los trabajadores del parque arqueológico y de los dos mu-
seos son habitantes de la región. Tienen un gran sentido de pertenencia, saben bastante del tema y son muy amables. Todo está muy organizado y controlado para evitar daños y entrada de gente sin autorización. Segovia es un sitio excepcional donde están las mejores tumbas. Con una profundidad de 6 a 8 metros, sus columnas y rocas con pictogra- mas, sus bóvedas amplias y escalones de diverso tipo, hacen suponer que allí hubo una civilización muy avanzada.
En este sitio me encontré un grupo de gente venida de Bogotá. Me llamó la atención una mujer tranquila y sencilla que tenía un zapato averiado, pues la suela se le despegó en la parte delantera. Uno de los empleados del parque le sugirió que utilizara el cordón para amarrarse la parte despegada. Así lo hizo. Más adelante, cuando estaba almor- zando en el pueblecito de San Andrés de Pisimbalá vi entrar a alguien con un cordón amarillo amarrando la suela del zapato. La mujer me invitó a que los acompañara a la Pirámide. No me hice de rogar. En la pirámide el paisaje era otro. Desde allí se veía el cerro del Aguacate en el lado opuesto al de San Andrés. Debajo de esas enormes piedras hay dos grandes túneles que llevan a unas bóvedas. Parece que no son de le época prehispánica, sino que los españoles las hicieron construir. Al día siguiente a mi llegada, cambié de hotel. Me fui al lado, donde un viejo de 90 años, pensionado del parque arqueológico, quien tiene una pensión en una antigua casa, donde alquila habitaciones muy ba- ratas. Muy conversador y sabedor de todas las historias y leyendas de la región, fue para mí el mejor guía que tuve. Me prestó dos libros que guarda como un tesoro que hablan de Tierradentro. Cuando salí de allí para Popayán, el anciano se levantó temprano y me hizo una deliciosa agua de panela de despedida.
Para llegar al Parque Arqueológico de Tierradentro se puede utilizar la vía que va de Popayán a Inzá, que es el conocido como el camino del
páramo de Guanacas, ruta prehispánica que aprovecha una excepcional depresión de la Cordillera Central en el páramo del mismo nombre. Fue escogida por Bolívar y Nariño como paso obligado en la Campaña Libertadora. Otra vía es la que va de Neiva a La Plata y de allí a Inzá. Actualmente toda la vía, desde la Plata a Popayán, está proyectada su pavimentación en concreto. Hay una parte ya terminada. Es la que se conoce como Transversal El Libertador, proyectada para entregar en septiembre del 2014, pero creo que va a ser imposible. El paisaje es sumamente variado y hermoso. Cuando el bus en el que me monté hacia Popayán pasó por un lugar donde vi el imponente nevado del Huila, no resistí la tentación de decirle al conductor que si me podía esperar unos segundos para tomarle una foto al nevado.
–Con mucho gusto, me contestó amablemente. En aquella curva está la mejor vista.
Y paró y me esperó sin afanes a que tomara varias fotos. Más adelante, volvió a pararme y me dijo que desde ese sitio había otra vista muy buena. Dos o tres pasajeros se animaron y también tomaron sus fotos. Más adelante, una señora dijo que quería comprar quesos. Estábamos bajando del páramo hacia las grandes llanuras y lomas onduladas y sua- ves que conducen a Totoró. Paró un rato, compramos muchos quesos y dulces. Y en otro sitio, alguien habló de comprar fresas y nos esperó un largo rato mientras nos deleitábamos con frías y deliciosas fresas recién cosechadas. El viaje fue un verdadero paseo, agradable y festivo, con la gente más querida del mundo y sin afanes ni gritos. Nadie sintió las incomodidades de un bus viejo.
Después de abordar el bus en San Andrés de Pisimbalá, jurisdicción de Inzá, llegamos a la cabecera municipal media hora más tarde. Me impactó una leyenda en el parque principal: “No más”, encima de las ruinas del puesto de policía dinamitado por las Farc el 7 de diciembre con un carro bomba.
–Un primo mío fue víctima de ese atentado, me dijo compungido mi compañero de viaje. No hay derecho que caiga gente inocente y civil en esta guerra tan larga.
Luego me contó lo de la toma de Inzá medio siglo antes, que yo reco- daba muy bien.
Llegado a Popayán mi interés era ver algunos monumentos de esa ciu- dad blanca y cargada de tanta historia. También averiguar por el sitio de la batalla de Calibío, de la cual había oído hablar desde niño y que luego leí en José María Espinosa y en Liévano Aguirre. Y que disfruté viéndola representada en la telenovela La Pola de Sergio Cabrera. Al- guien me dijo que el sitio no quedaba lejos, que tomara tal bus y que de allí caminara hasta Calibío.
Llamé a un amigo caucano, que vive en Bogotá, quien me había dicho que el lugar lo habían convertido en un restaurante o algo así. Con esa información, traté de tomar un bus, pero el caos era absoluto porque estaban en carnaval y había una cabalgata. Un conductor me aseguró que él pasaba cerca de la entrada a Calibío y que de ahí podía caminar un poco.
Ya eran casi las tres de la tarde. Cogí el bus y partimos. Pero el avan- ce fue sumamente lento y las vueltas fueron grandes. Al mucho rato, pasamos por un lugar que decía “Hacienda Calibío”, pregunté y me dijo el ayudante del conductor que ahí no era, que quedaba mucho más adelante. Apareció un letrero grande que decía “Calibío”. Aquí es, me dijeron, y camine por esa carretera que se ve ahí. De esa carretera salía una buseta y corrí a preguntarle al chofer por la hacienda Calibío. –No, señor, si eso queda muy lejos de aquí, aquí es la vereda Calibío, no la hacienda. Le informaron mal. Súbase yo lo llevo hasta la entrada y ahí espera otra buseta que lo lleva hasta allá.
Así hice y me dejó al frente del letrero que decía “Hacienda Calibío” y que señalaba una flecha hacia la izquierda.
El tiempo corría y ya eran las 4 y pico de la tarde. Después de esperar más de media hora, apareció por fin la mencionada buseta. Ansioso, me subí en ese aparato y confié en lo que me dijeron también los pasajeros, que correspondía a lo dicho por el conductor de la buseta que acaba de dejar. La buseta no llevaba pasajeros y le digo al hombre que la mane- jaba que por favor me dejara en la hacienda Calibío.
–¡Yo no sé dónde queda esa vaina! –me contestó de mala gana. –Queda cerca de un cementerio –le respondí suplicante.
–Yo no conozco ningún cementerio –me increpó con hostilidad. Cuando más adelante vi un pequeño caserío, lo hice detenerse, y pre- gunté a una señora que dónde quedaba el ansiado lugar.
–Ya se pasó, señor –me contestó en un tono muy amable–. Vaya mijo y le indica al señor dónde es –le ordenó a su hijo de unos diez años. Agradecidísimo con la señora, le di las gracias y empezamos a andar un trecho largo.
Pasamos una entrada simple y como en un cuento de hadas, sombría y envuelta en medio de los árboles, una enorme casa vieja se veía a unos cuantos metros.
El niño averiguó por el encargado, le dijeron que estaba guadañando y montándose en una escalera por encima de una tapia le gritó que al- guien quería verlo.
Al rato, apareció en el corredor un hombre moreno y sudoroso quien me recibió algo extrañado, porque no esperaba a nadie.
Le hablé de mi interés en aquel sitio, traté de hablarle algo de su impor- tancia pero él, sabiendo más que yo del tema, empezó a comentarme de la batalla de Calibío con gran propiedad. Tomé algunas fotos, hice unos cuantos pequeños videos y luego él mismo me tomó unas cuantas fotos con la casa de fondo. También le tomé una foto a él con unos amigos. La casa es enorme, tiene un corredor que llaman la cuadra de los escla- vos, de 80 metros de largo.
Me sentí pleno y pensé mucho en lo que conocía de aquella heroica batalla del general Antonio Nariño, quien con sus hombres hizo huir a Juan Sámano y derrotó a sus hombres. Allí fue decapitado el general español Asín, y Nariño recriminó fuertemente al coronel Rodríguez por aquel macabro hecho.
Moría la tarde y la luminosidad no era muy buena para las fotos. Di un rodeo por un potrero y entré a una edificación moderna que hi- cieron a unos 50 metros de allí y que utilizan para eventos sociales. Un camino de pétalos de rosa partía del primer piso y subía por las escale- ras de madera hasta la alcoba nupcial, donde había una enorme cama cubierta también de pétalos pero de otro color. Iba a celebrarse allí esa noche una boda muy elegante.
Antonio Nariño, en su Campaña del Sur, había partido de Santa Fe (hoy Bogotá) por el camino de Neiva, luego pasaría por La Plata y tomaría después el camino de Guanacas por donde yo había venido. En el alto Palacé le propinaría un duro golpe a Sámano, quien se retiró a Popayán y allí estalló el polvorín, matando a mucha gente inocente. Después, se atrincheró con sus tropas en la hacienda Calibío adonde llegó Nariño.
Pero dejemos que sea uno de sus protagonistas quien nos lo cuente me- jor, el abanderado de Nariño y pintor José María Espinosa:
“A las seis de la mañana emprendió marcha nuestro ejército, y a poco rato vi- mos al enemigo formado en batalla en el llano de Calibío. A esta sazón se nos reunieron los cuerpos que venían picando la retaguardia de Asín desde el Valle del Cauca, y después de unos momentos de descanso, dispuso la acción don José de Leiva, e inmediatamente nos formamos al frente del enemigo. Rompió éste el fuego de artillería, que fue contestado por el fuego de la nuestra, y a pocas descargas dio el general Nariño la orden de avanzar, y así comenzó a batirse la fusilería de una y otra parte, lo que duró tres horas largas, y al fin, después de un reñido combate, se decidió la victoria en nuestro favor, sufrien- do los españoles la más completa derrota, y quedando el campo cubierto de cadáveres, entre ellos, el de Asín y ocho oficiales más. Contamos cosa de 400 entre muertos y heridos, y se tomaron más de 300 prisioneros, entre ellos el coronel Solís y seis oficiales. Todo el armamento, con ocho piezas de artillería, cayó en nuestras manos. Nariño intentó salvar la vida de Asín, pero éste no quiso rendirse, y murió como un héroe, peleando valerosamente con espada en mano.
En lo rudo de la batalla era un estímulo para nosotros ver el arrojo e intrepidez de Nariño, que desafiaba audazmente los mayores peligros y se hallaba en todas partes, dando ejemplo de valor y serenidad.
Es doloroso citar aquí un hecho que ciertamente no hizo mucho honor al que lo ejecutó, y que fue nada propio de un vencedor. El coronel Rodríguez se acercó al cadáver de Asín y cortándole la cabeza, la levantó en alto y comenzó a pero- rar; y creyendo, en su embriaguez, hacer un obsequio a Nariño, se la presentó. Si éste no hubiera sido tan humano y generoso hubiera hecho con Rodríguez lo que David hizo con el amalecita que le trajo el brazalete y la diadema de Saúl; pero este hombre magnánimo se contentó con reprenderlo en términos enérgicos echándole en cara su mala acción y su proceder, injustificable en un hombre civilizado.” (José María Espinosa, Memoria de un abanderado, capí-