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II 0-RTT Session Resumption Protocols

6.5 Tree-based PPRFs

6.5.3 Efficiency Analysis

punto sólo tiene cierta defensa en testimonios, indi- cios y ausencias, escasas, pero significativas (Domín- guez de la Concha, 1995, 115-128; Berrocal-Rangel, 1992, 28-72), entre las que destacamos:

8.1. Si Plinio informa del uso representativo de una lengua céltica en el siglo I d. C., que coincidiría con

el gentilicio de estos pueblos, ésta debería responder a un aporte poblacional importante y no excesivamente antiguo. En tal caso, la Arqueología apoya un aporte como tal, sólo, entre los siglos V y III a. C.

8.2. Si la Toponimia conocida por las fuentes, y refrendada por la Epigrafía, muestra una estrecha re-

lación con una hidronimia, teonimia y antroponimia de clara adscripción indoeuropea, entonces, aunque dicha toponimia fuese efecto de la imposición de las tardías elites celtibéricas, parece ilógico su manteni- miento en un substrato lingüístico previo que no fue- se, al menos, afín.

Por ello creemos, siguiendo a De Hoz, que nues- tros «célticos» debieron hablar una lengua celta (1992, 10), si no fuera celtibérica.

4. CONCLUSIONES

De las ocho transformaciones estudiadas, unas cla- ramente comprobadas, otras en proceso, y unas terce- ras sugeridas con solidez, sólo la 3.a, que documenta cementerios y tumbas de adscripción meseteña, alóctona en todo caso, dispersas y emplazadas a lo largo de tres siglos; la 6.a, referida a la aparición de una estética, estilo si se quiere, en una producción cerámica sin precedentes en los substratos anteriores locales; y la 8.a, referida a la implantación de una lengua extendi- da y étnicamente representativa, apoyarían con clari- dad una dinámica exógena.

Porque, en realidad, el resto de transformaciones puede comprenderse desde una trayectoria de evolu- ción de las poblaciones locales. Dicha «evolución» sería favorecida por:

1. El cambio de las elites a compás de los mani- festados el Occidente peninsular. Con ello se impone una estructura social menos piramidal, que vuelve a sus raíces gentilicias, y a un sistema político menos centralizado.

2. La adopción de nuevas mejoras tecnológicas, como la extensión de la siderurgia y del uso del mo- lino de rueda, que implicarán no sólo la transforma- ción generalizada de las estrategias de explotación de los recursos, sino también la modificación en los ti- pos de asentamientos y su aumento cuantitativo.

3. El incremento de la inestabilidad social, causante de la adopción de elementos defensivos y de la gene- ralización de armas personales.

4. La asimilación de un modelo, del tipo «Socio- económico expansivo» de Ruiz Zapatero, que favore- ce el aumento demográfico y la mejor explotación del Entorno.

De suma importancia es que, pese a diferentes posi- bilidades como éstas últimas, no encontramos razones endógenas para explicar las primeras y, sin embargo, la aceptación de un aporte demográfico externo, len- to y selectivo, desde las últimas décadas del siglo V

a.C., permite comprender con facilidad todas las trans- formaciones expresadas (con todo, tal consideración no deja de tener una fuerte carga de subjetividad, y pue- den alegarse posturas eclécticas, como la presentada por C. Fabiâo para la publicación de estas Actas).

Ello no significa que el aporte fuera masivo, ni afectara de forma similar a todo el territorio, ni que

emplazamientos singulares con fuerte tradición medi- terránea anterior, como Salacia y Myrtilis, no manten- gan estas tradiciones meridionales (en la línea de lo propuesto por Pérez Macías en su reciente trabajo sobre los Célticos -1996). Significa que la personalidad cul- tural, y probablemente étnica, que reflejan materiales arqueológicos e informaciones clásicas se comprende mejor con una cierta presencia externa que con alu- didas causalidades, a veces poco creíbles, exclusiva- mente endógenas.

Pero además, pueden contemplarse otra serie de apoyos, complementarios, que abundan en la conve- niencia de considerar este tipo de interpretación migra- toria, sobre todo si no se opta por posturas evolucio- nistas radicalmente unilineales:

5. La aparición de nuevos asentamientos podría ser considerada como efecto de una intesificación del pobla- miento autóctono previo, al menos el derivado de los tipos de poblados que permanecen. Sin embargo, Bradley (1978, 20-22) incide en que, cuando se pro- duce un fenómeno de fundación de poblados por ex- pansión interna, previamente, se detectan signos de intensificación demográfica en los asentamientos vie- jos (compartimentación del espacio interno, extensión de murallas y recintos, etc.). En el Suroeste, estos indicios están comprobados durante el siglo II a.C.,

no en el V a.C. Por otra parte, Hudson (1969), en su

análisis sobre diferentes procesos de colonización his- tórica, recuerda que la llegada de poblaciones coloni- zadoras muestra reiteradamente dos fases de pobla- miento:

5.1. Una primera, de implantación, en la que los nuevos asentamientos buscan las condiciones de em- plazamiento más favorables para defensa y sus inte- reses, no siendo posible observar pautas normalizadas comparativas. Es el caso de pequeños poblados como El Castañuelo y Atafona, ocupaciones esporádicas y no duraderas, fechadas a lo largo del siglo IV a.C. (Del

Amo, 1978, 327).

5.2. Una segunda fase, de desarrollo, en la que los poblados asentados entran en creciente competencia pro- vocando la regularidad de sus patrones como respuestas especializadas a la explotación de sus recursos. Son los casos reconocidos de Capote, Mesa do Castelinho, Degebe, Montenovo, Cuncos y tantos otros poblados de ribera con un mismo patrón de emplazamiento, y un desarrollo a partir de inicios del siglo IV, según las

escasas y tardías importaciones griegas (Arruda, 1996, 49-50; Berrocal-Rangel, 1992, 94-95 y fig. 11).

6. La aparición, y generalización, del castro de ribero recuerda en estructura interna a otros poblados con- temporáneos no sólo por el incremento de sus defen- sas sino por el aprovechamiento de una pequeña «vega» o tierra de aluvión cercana al castro (Mesas do Cas- telinho, Castelo Velho do Monte Novo,...). Es posi- ble que, además, se localicen cerramientos exteriores de uso ganadero, a semejanza del «patrón vacceo» de Sacristán y San Miguel (1995).

7. Sobre el cambio en las estrategias de explota- ción es evidente el incremento del aprovechamiento extensivo de los recursos, continuando con el control de las vías de comunicación, no sólo por el beneficio de las explotaciones de los recursos del NO., sino por otros, ya tradicionales, como las explotaciones de pastos para ganados trashumantes o transterminantes. Que en el Duero parece confirmarse esta actividad es mante- nido por investigadores como Sierra Vigil y San Mi- guel (1995) en función de la clara relación espacial entre los poblados vacceos y las cañadas medievales, la misma relación espacial e histórica que los unen a las tierras del Suroeste: Reales Cañadas Soriana Oc- cidental, Leonesa Occidental, etc. (Berroca-Rangel, 1994-b, 226 y fig. 18).

8. Por último, sobre el cambio probable en las dinámicas de complejidad social, favoreciendo estruc- turas gentilicias de naturaleza paritaria, la Antropolo- gía aporta puntos de esclarecimiento, aunque exijan un cierto grado de asunción y fantasía. Así, al analizar las sociedades ganaderas trashumantes, M. Harris (1987, 294 y 298-299) revaloriza su facilidad para la movi- lidad; para el desarrollo de actividades complementa- rias como el pillaje y la guerra; para la adopción de estructuras gentilicias y, entre estas, para los esque- mas matrilineales-matrilocales que se manifiestan como más eficaces a la hora de mantener la cohesión so- cial de grupos con tal dedicación dispersa. Estos gru- pos, además, presentan un alto desarrollo de paz so- cial intertribal, porque sus clanes y fratrias se conforman con elementos masculinos sin relación parental con- sanguíneo.

Entre los ejemplos mejor conocidos, y ya usados para explicaciones paralelas por autores como Almagro- Gorbea o el mismo J. de Hoz en este coloquio, los pue- blos hurones e iroqueses presentan un modelo especial- mente interesante para comprender cómo pudieron funcionar nuestras sociedades meseteñas. Los iroqueses fueron famosos por su beligerancia externa y su tranqui- lidad interna, fruto de la confederación de tribus/nacio- nes que los regían. Esta confederación era gobernada por un consejo de 50 sachem encargados de «mantener la paz intertribal, representar las tribus en el exterior y coordinar la guerra contra extranjeros»57. Es realmente interesante el proceso de elección de cada sachem, que revela no sólo una sociedad paritaria, sino la importan- cia de las mujeres del poblado: cuando muere un sachem,

la mujer jefa del linaje, tras consulta con el resto de ancianas, propone como candidato, siempre, a un hom- bre del mismo linaje, que es ratificado por el Consejo del Linaje —todas las mujeres con hijos—, antes de presentarse a instancias superiores (caudillos de fratrias y consejo de sachems). La jefa de linaje es, también, la encargada de amonestar al sachem, en público, en caso de conducta irregular y la responsable de proponer su deposición, en caso de reiteración. Los sachem, por úl- timo, eran los responsables de cuidar el «fuego sagra- do» y las «monedas» de la Unión, bandas tejidas y ri- camente decoradas, símbolos emblemáticos de la etnia iroquesa (Tooker, 1978, 424-426; Taylor, 1992, 231).

Con una base social similar, no extraña el poder social manifestado por las joyas femeninas del Bron- ce Final (Almagro-Gorbea, 1977; Berrocal-Rangel, 1987, 91-92; Celestino, 1990, 53; Galán 1993, 41-42), o por necrópolis prerromanas como El Mercadillo de Villasviejas del Tamuja, con una cuasi exclusiva pre- sencia femenina entre los, en ella, enterrados58 (Hernán- dez y Galán, 1996, 96-97 y 101 y, en el mismo, Reverte Comas, 1996, 135 ss.).