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3.2 eMarketplaces
Meltzer define en su libro Familia y Comunidad (1990), siguiendo a Klein, los siguientes espacios: 1) espacio externo donde nos relacionamos con los otros y que contiene el self y los objetos externos, regidos por las normas de la sociedades y por las leyes de la naturaleza; 2) el espacio interno que es un lugar concreto que existe dentro de los límites de nuestro cuerpo donde quedan depositados a través de los procesos de introyección, proyección y escisión, partes de self y de los objetos internos; 3) el espacio dentro de los objetos internos y externos, donde pueden depositarse partes del self o el sí mismo total que puede quedarse a vivir dentro de la madre interna (su cabeza-pecho, sus genitales o su ano); 4) fuera de los objetos internos y externos, donde el self se encuentra separado del objeto, tiene libertad de existencia y movimiento y le permite la misma libertad a los objetos externos. El desarrollo psíquico tiene relación con no vivir dentro de los objetos, sino fuera de ellos, pero también con
que exista el mundo interno. 5) el “no lugar” que es un espacio desierto de vida psíquica y
social donde se hace presente el sistema delirante, al que queremos traer a los otros, pero para envolverlos en el delirio mismo.
En su trabajo Exploración sobre el autismo (1979), las formas del espacio psíquico y el funcionamiento del self y los objetos en ellas. En la unidimensionalidad, el sí mismo no es más que un punto y los objetos que lo rodean funcionan planetas alrededor del rey sol, no son más que accidentes con los cuales el sí mismo se encuentra o tropieza. Allí no hay más que
relaciones de tropismo (atracción y repulsión), donde las experiencias carecen de significados donde lo que está vigente es el principio del placer, y todo lo que se oponga a este se convierte en rechazo abierto muchas veces con peleas aniquiladoras.
La unidimensionalidad es entonces un punto básico y estático, sin mente; “[…] un
mundo con un centro fijo en el self y con un sistema de rayos en dirección y a distancia de los objetos, concebidos como potencialmente atractivos o repelentes” (Meltzer, 1979. p. 198). En
esta dimensión no hay espacio para el tiempo o la distancia, así como tampoco la diferenciación entre ellos, pues para lograr la diferenciación es necesario un grado de complejidad mayor, sólo alcanzado en la tridimensionalidad, cuando aparece el mundo interno y la diferenciación entre el adentro y el afuera. El placer por lo tanto tampoco es posible
discriminarlo: “La gratificación no podría diferenciarse de la fusión con el objeto” (p.198).
Fusión o pugilato parecen regir el contacto con los objetos en la unidimensionalidad.
La bidimensionalidad se concibe como un tipo de funcionamiento donde lo que se da es una relación perceptual del self con el mundo y los objetos. No hay espacio interno aun, tampoco imaginación y fantasía. Simplemente el sí mismo se relaciona con los otros desde su aparato perceptual conciente (sentidos y sensaciones) y capta las cualidades sensoriales que el objeto le permite. Lo compara con una hoja de papel que capta lo que sucede alrededor con sus sentidos y tiene la capacidad de imitar las cualidades que capta sensorialmente de los otros que no son más que hojas de papel en las que se observan movimiento, olores, sabores, gustos, que se pueden oír, ver y tocar. Esther Bick se estaba encontrando, nos dice Meltzer (1974), con pacientes que desarrollaban a través de la palabra o de sus músculos una segunda piel
como sustituto de su propia piel. Se trataba de niños “pegajosos” que se adherían a la piel del
objeto y no podían separarse de ellos. Todo en ellos parecía ser externo: su lenguaje, sus valores, su comportamiento. Pero eran hábiles para copiar lo que el otro les dejaba pegado a su
piel. No les era posible establecer la diferencia entre estar adentro y afuera, porque no eran más que superficies sin volumen.
Esta superficie sensible puede ser maravillosamente inteligente en la percepción y apreciación de las cualidades de la superficie de los objetos, pero sus objetivos van a ser necesariamente cercenados por una empobrecida imaginación, dado que carece de medios para construir en su pensamiento objetos o hechos distintos de aquellos experimentados de manera concreta (Meltzer, 1979. p. 199).
Al no existir un espacio interno que le permita al individuo generar fantasía, es improbable que se produzca pensamiento experimental; éste es un elemento que favorece tanto la introyección como la transformación de los elementos introyectados. La reconstrucción y la resignificación de las experiencias quedan entonces limitados. A su vez, el tiempo se experimenta de manera circular, pues al no haber posibilidad de pensar cambios duraderos, el
individuo tenderá a repetir su funcionamiento: “Las circunstancias que amenazan esta inmutabilidad tenderán a vivenciarse como ruptura de las superficies […] una sensación difusa, sin sentido y por ende atormentadora, como de picazón” (Meltzer, 1979. p. 199).
El autor relaciona la dimensionalidad con procesos de organización y diferenciación tales como la idealización y disociación del self y de los objetos: “A nosotros nos parecería
que la disociación e idealización emergerían como una necesidad lógica en algún punto dentro
del establecimiento de la bidimensionalidad y antes de la transición a la tridimensionalidad”
(Meltzer, 1979, p. 198). Lo anterior podría ayudar a pensar este concepto como un paso hacia el desarrollo sano y esperado del individuo, así como a la confirmación de ésta dentro de las teorías que nutren el entendimiento del aparato psíquico.
La identificación adhesiva se relaciona con los fenómenos de imitación que toman en consideración elementos formales y superficiales de los objetos. El funcionamiento mental opera allí en la bidimensionalidad (Meltzer, 1979). Se relaciona con dificultades en la constitución de la fantasía de un espacio interno o mental, y de su equivalente en los objetos,
que carecerían así de interioridad. La construcción de un objeto continente de las distintas experiencias con un objeto, registrado sensorialmente, tomándose como modelo las experiencias de la piel tanto en su función de registro como de límite.
La tridimensionalidad por el contrario era un espacio interno que se crea a partir de haber tenido la experiencia de relacionarse con un objeto que tenga a su vez un mundo interno, donde pueda recibir lo que el niño le deposita y pensarlo y devolverlo de manera tolerable. La función alfa y las funciones de reverie y contención, que ya describimos en el aparte de Bion y que son las que permiten la construcción de la tridimensionalidad. Mundo interno que elabora formas a partir de la experiencia externa pero que luego adquieren vida propia y se convierten en los escenarios de nuestra mente donde vivimos temporalmente, en los sueños de la noche y en la dimensión del pensamiento inconsciente de vigilia, que a su vez van a darle color y significado alas experiencias del mundo externo, en ese movimiento entre la realidad interna y la realidad externa que señalaba Klein.
Para dar el paso hacia la tridimensionalidad, Meltzer menciona que se hace necesaria la función-continente que le permita obtener un espacio interno donde introyectar. Utiliza las palabras de Esther Bick (1970) para explicar lo anterior:
Mientras las funciones continentes no hayan sido introyectadas, el concepto de un espacio dentro del self no puede emerger. La introyección, es decir, la construcción de un objeto en un espacio interior, está en consecuencia reducida (Bick, en Meltzer, 1979. p. 204).
Se hace necesaria además la introyección de la función de esfínter: “la capacidad de un objeto
de proteger y, por ende, de controlar sus propios orificios es una condición previa para que el
self realice un movimiento en esa dirección, de continencia tanto como de resistencia a la
penetración agresiva (1979, p. 200).
Bajo la tridimensionalidad al integrarse a la visión-del-mundo la función de continente tanto del self como de los objetos, el individuo es capaz de percibir el tiempo de manera más
oscilatoria, aunque no logra alcanzar su cénit de desarrollo debido a la omnipotencia y el narcisismo que aparecen también como logro al evidenciarse una separación de los objetos externos. Esta omnipotencia, a su vez, es la encargada de iniciar el funcionamiento de identificación proyectiva; se busca un control casi dictatorial de los objetos (tanto internos como externos) que le permita al individuo satisfacer sus necesidades. Sin embargo, al ser el ataque hacia el otro la vía de relación con el mundo, no se logrará paliar en totalidad las necesidades, lo cual lo lleva hacia el dolor psíquico.
La tetradimensionalidad es el momento en que se termina la relación omnipotente con los objetos. El control del objeto se acaba y se le da libertad de existencia al sí mismo y a los objetos, diferenciados entre sí.
Meltzer considera que sólo con la renuncia de la identificación proyectiva el individuo será capaz de dar el paso definitivo hacia el desarrollo tetradimensional. Sin embargo, como ya se dijo anteriormente, el autor aclara que esta renuncia no será total, puesto que este mecanismo va a seguirse presentando a través de la vida y las experiencias de cada individuo:
Es solamente una vez que se ha montado la lucha contra el narcisismo y ha disminuido la omnipotencia que imponen la intrusión y el control sobre los objetos buenos en los mundos interno y externo, que quede comenzar la formación de un mundo tetradimensional. […] al surgir trae la visión del desarrollo como una posibilidad. Donde la envidia y los celos no podían hallar otro alivio que la afirmación de la voluntad del individuo (1979, p. 200)
Para lograr lo anterior, se debe entonces dar paso al empleo de la identificación
introyectiva, que “eleva la vida mental fuera de la esfera del narcisismo en específica
conexión con la tetradimensionalidad” (1979, p. 201). Allí las cualidades del objeto no son
centro de envidia, de robo, sino que son tomadas como cualidades que bien vale la pena emular. No necesito quitarle nada al objeto, solamente admirarlo y pensar que con esfuerzo puedo llegar a adquirir esa cualidad valorada.