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5. DESKTOP STUDY

5.2 Environmental Data Collection

Para Lagarde, en el ámbito doméstico o privado, las mujeres realizan trabajo produc- tivo y reproductivo. El primero, se vincula a la producción de seres humanos y de la fuerza de trabajo a través de cuidados, alimentación y todo lo necesario para soste- ner la vida reponerse cotidianamente. El segundo se relaciona con el garantizar la reproducción de las condiciones esenciales de vida de las personas, así como al grupo doméstico o familiar en los aspectos: físico, económico, ideológico, afectivo, erótico y político. Por ende, también contribuye a la reproducción social de la cultura, la socie- dad, la ideología, el poder, actividades, relaciones y roles en la economía, en la sexua- lidad y en otros ámbitos. Asimismo son reproducidas las (…) instituciones, normas y creencias, rituales, lenguajes, sentimientos, necesidades, formas de racionalidad y de comportamiento, actitudes, disposiciones, sabiduría y conocimientos” (Ver cuadro).341

reproducción de seres

particulares Se refiere a la procreación: concepción, gestación, embarazo y parto.

reproducción social y cultural de los seres humanos particulares

reproducción material de la vida: mantenimiento de su bienestar y salud, cuidados afectivos, intelectuales, corporales, alimenticios.

reproducción sociopolítica de las relaciones de poder: a través de su enseñanza e interiorización. reproducción ideológica y de las concepciones del mundo: transmisión de la lengua materna, contribución a la formación del género, inculcar normas, juicios, valores, creencias, formas de comportamiento y afecto, etc.

reposición cotidiana: renovación permanente de las condiciones de la vida humana y así evitar que ocurra la muerte.

reposición cotidiana de energías vitales: corporales, afectivas, intelectuales, eróticas. reposición de

la fuerza de trabajo

reproducción de las relaciones sociales: contribución a reproducir los géneros, las clases, las etnias, la vida patriarcal; y de otras formas de organización social como pueblos, comunidades, vecindades, barrios, colonias, ciudad, campo, etcétera.

reproducción de las instituciones civiles: la familia y la mujer, la iglesia, las cofradías, el com- padrazgo (madrinazgo), beneficencia, voluntariado, hospitales y guarderías, entre otras. reproducción de espacios culturales: el hogar, la tierra, las amistades, las tradiciones.

reposición de la fuerza de trabajo

reproducción material del espacio de vida doméstica: la casa, la milpa, el rancho, etcétera. reproducción ideológica y de las concepciones del mundo: del sentido común, concepciones sobre la vida, conocimientos acerca de cuidados médicos, alimenticios, agrícolas, artes manuales, educativas y de crianza: en las instituciones privadas, domésticas y religiosas.

reproducción del poder: de las relaciones de opresión en la sociedad entre los géneros, grupos de edad, clases sociales.

reproducción de la cultura: modos de vida representados y explicados por concepciones del mundo particulares.

actividades vitales

Implica la responsabilidad social del “trabajo” emocional y erótico por parte de las mujeres. Sig-

nifica para ellas constituir el grupo social especializado en el soporte emocional de los otros, al gratificarlos por medio de afectos, del erotismo, o de la elaboración y entrega de bienes materiales

y simbólicos, lo cual es trabajo y a la vez mucho más que eso, ya que aplican no sólo fuerza de trabajo sino que fuerza vital.

Fuente: Lagarde y de los Ríos, Marcela, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas,

presas y locas, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, págs. 117-125.

Reflexiones de las mujeres y trabajadoras acerca del poder. Estudios de caso: Colectivo Nazareth y Promotoras Jurídicas

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Al considerar que todas estas actividades –que generalmente son realiza- das por las mujeres– requieren de su esfuerzo, energía vital y tiempo para ser realizadas, pueden considerarse como trabajo, a pesar de que no siempre es retribuido económica- mente con un salario o reconocido como tal sino como su obligación, si se parte de la definición que prevalece hasta la fecha y de la manera en que es vivido cotidianamente.

Estas actividades, roles y trabajo que ellas realizan han sido consideradas históricamente como parte de “su ser mujeres”, de “su naturaleza”, conformando de esa manera su identidad y su subjetividad como tales y en su relación con los otros. Si bien, dadas sus condiciones físicas reales, intervienen en la procreación, al considerarla exclusivamente como hecho natural y a la maternidad como destino incuestionable, se contribuye a ocultar el carácter social de todas las actividades que se vinculan con ello y la posibilidad de decidir otras experiencias también gratificantes para sus vidas. De ahí que la mayor parte del trabajo social que realizan las mujeres y el relacionado con la procreación, la atención a la pareja y a otros familiares, etc., no es concebido como tal, a pesar de que ellas lo efectúan día con día y se desgastan en la misma medida con ello. Lo anterior, sumado al hecho de que el producto de su trabajo no le pertenezca, genera una doble enajenación342 para las mujeres.

En opinión de Lagarde, el hecho de que se establezca como su función en la sociedad el “ser de otros” y que ellas la asuman de manera sumisa y sin cuestiona- miento crítico, implica una relación desventajosa con el poder, el cual es interiorizado y expresado en forma de impotencia y aceptación acrítica.343A pesar de ello existen

resistencias, cuestionamientos frente a dicha situación y luchas por transformar las relaciones. Tampoco es innegable que existe una serie de mecanismos que se expresan en juicio social, control, violencia, de cara a esas resistencias, cuestionamientos y lu- chas, por lo que muchas veces se requiere de inducir la reflexión y concienciación de las mujeres.

En las sociedades capitalistas la falta de reconocimiento del trabajo de la población femenina se evidencia en el hecho de que el doméstico no es valorado económicamente cuando se realiza en el propio hogar y que paradójicamente adquiere un valor monetario cuando lo realiza alguien ajeno al grupo familiar o en otras institu- ciones, siendo además ubicado en la escala más baja de las actividades laborales. Pérez y del Río, destacan que “la retórica del altruismo en el hogar ha servido para maquilar las relaciones de poder envueltas, lo rutinario de muchas tareas, las dimensiones de obligatoriedad y la coacción”.344

Respecto del trabajo que realizan las mujeres considerado como “domés- tico”, Lagarde agrega algunas consideraciones que se consideró importante incluir: 342 La enajenación se refiere a la separación entre las personas y el producto de su propio trabajo, como algo externo

a ellas y que no está bajo su control. 343 Ibíd., pág. 143.

Wendy M. Santa Cruz S.

El nivel económico de cada mujer, su posición y condiciones sociales inciden en el volu- men de trabajo doméstico, su contenido y su jornada. Asimismo la cantidad, la edad y los requerimientos de las personas que se benefician con él y las características y dimensiones del territorio o lugar en que los realiza. Algunas mujeres se dedican exclusivamente a la jornada doméstica, otras la distribuyen con otros trabajos; algunas la desarrollan sin ningún tipo de ayuda y otras con la colaboración de sus hijos, parientes, vecinas o de una trabaja- dora asalariada. Aquellas que desarrollan varias jornadas de trabajo pierden horas de sue- ño, de descanso, para realizar otras actividades, lo cual genera mayor esfuerzo y desgaste. Su trabajo es apropiado socialmente, obtenido mediante otros mecanismos económicos, sociales, afectivos y transacciones jurídicas que encubren ese hecho. Cuando la mujer no es asalariada, sino “mantenida”, el cónyuge ejerce formas particulares de violencia y do- minio sobre ella a través del dinero. El matrimonio les implica ciertas “obligaciones”, su dependencia se fundamenta en la desvalorización de su trabajo. De esa forma ejecuta dicho trabajo bajo condiciones de opresión extremas al no serle retribuido económicamente con un salario sino que considerarlo como pago por la manutención económica de ella y los hijos, la cual no cubre el valor de su trabajo y su disponibilidad de 24 horas diarias. Las mujeres también realizan trabajo público en su casa al desempeñar un trabajo a do- micilio, o al realizar trabajo doméstico en sitios como oficinas, escuelas, en los servicios estatales, o en el ámbito doméstico (privado) de alguien más. Cuando ellas realizan el tra- bajo doméstico como algo público, para otros que no son de su grupo familiar, se efectúa bajo otro tipo de relaciones, con remuneración, lo cual generalmente no implica una total mejora en cuanto a condiciones, esfuerzo y las exigencias de disponibilidad.

Fuente: Lagarde y de los Ríos, Marcela, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas,

presas y locas”, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, págs. 128-129.

Como destaca Lagarde, los trabajos públicos están mediados por el mer- cado, el contrato y por un pago en dinero o en especie, e incluso estos pueden ser rea- lizados en el espacio privado. Agrega que el trabajo público y el privado se diferencian en el espacio en que ocurren, el tipo de relaciones entre el trabajador y el objeto de su actividad, las relaciones sociales previas y las que se derivan del mismo.345 El acceso

a éstos, sus características y la manera en que son asumidos o vividos cotidianamente dependen de las circunstancias de cada mujer, de su estrato social, de su preparación y formación, la edad, de su estado civil y/o las responsabilidades familiares, su disponi- bilidad de tiempo, si trabaja para y por ella o si lo hace especialmente para satisfacer las necesidades de otros, incluso depende de otros elementos como de su presentación y características físicas, entre otras cosas. Algunos elementos de los mencionados no son exigidos a los hombres y/o compartidos como vivencia por ellos.

El trabajo que se desarrolla en el ámbito público, si bien constituye un espacio que proporciona cierta libertad económica y social para ellas en ciertas condi- ciones, también constituye uno de opresión, no basta acceder al mismo para garantizar su emancipación. Ellas se encuentran relegadas y tienen desventajas en relación con 345 Lagarde y de los Ríos, Marcela, op. cit., pág. 134.

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las condiciones en que lo efectúan los hombres. El que se les considere como seres in- feriores, a pesar de la existencia de algunas condiciones de igualdad formal, les limitan el pleno goce de sus derechos a lo largo de su vida, incidiendo también en el monto de su salario y en su acceso a determinados trabajos: como mano de obra barata, funcio- nes públicas de reproducción, labores o puestos que son considerados inferiores o no importantes, ubicados muchas veces en los estratos inferiores de la escala jerárquica de la sociedad y de la economía.346 Esto no quiere decir que no suceda lo contrario, pero

hasta ahora constituyen principalmente excepciones y no la regla.

El trabajo doméstico público que ellas realizan en condiciones de subalternidad a otros –por ejemplo–, es ajeno a las leyes que regulan el trabajo. El poco avance y la oposición a algunas iniciativas de ley que al respecto han preparado y gestionado organizaciones de mujeres en el país, son una muestra de ello. Otro ejemplo es que aún se conciban como ayuda y no como trabajo, las labores que realizan las trabajadoras agrícolas junto a su esposo e hijos, así como que no sea retribuido con un salario directo para ellas. Todo el trabajo que realizan las mujeres en cualquier espacio o ámbito es devaluado. Además en las prácticas cotidianas y en las conciencias, los trabajos van siendo asimilados como femeninos y así el remplazo de las mujeres en los mismos no se concibe, con raras excepciones. Por otra parte, a pesar de ser requeridos, su falta de reconocimiento y devaluación social y económica inciden en que estos no estén regulados o sean regulados inadecuadamente.

Los mitos construidos alrededor de la relación entre la “naturaleza feme- nina” y los trabajos que realizan las mujeres contribuyen a justificar, efectuar y permitir su opresión y también una mayor explotación de clase, tanto para ellas como para los trabajadores en su conjunto. Esta se expresa como salarios y condiciones desiguales, limitaciones para ser promovida, su exclusión de ciertos cargos o de ciertas activida- des, entre otros. El hecho de que se especialicen en ciertas áreas también las limita por las pocas posibilidades de cambio al no poder ser fácilmente sustituibles. De tal forma que las mujeres son oprimidas a través de su explotación y con ella, el resto de trabajadores: un menor salario y/o la devaluación del valor de determinados trabajos, generalmente tendrá consecuencias para la clase en su conjunto, podrá haber quien efectúe un mismo trabajo a un menor costo.

Por otra parte, puede afirmarse que el trabajo público o asalariado puede ser vivido por las mujeres como contradicción, como culpa, como conflicto consigo mismas; pero también como un elemento liberador, gratificante y central de su iden- tidad o como un valor positivo, esto dependerá de la experiencia de cada mujer y sus propias circunstancias (historia, modelos, estrato, etc.). Como una contradicción o algo ajeno para quienes han sido socializadas para dedicarse a las actividades domésticas en el hogar y han tenido que introducirse a un espacio que ha sido considerado como masculino al estar construido a partir de la separación jerárquica de esferas y trabajos. 346 Ibíd., pág. 148.

Wendy M. Santa Cruz S.

De manera que generalmente el trabajo público se convierte en una obligación o nece- sidad económica cuando un sólo salario ya no alcanza en su propio hogar, para apoyar a sus madres y padres, o ante la pérdida o abandono del cónyuge.

El trabajo en el espacio público también puede ser vivido como conflic- to, culpa, sufrimiento, frustración, angustia. Particularmente cuando es considerado el causante de situaciones “negativas”, ante algunas acciones de las hijas e hijos, el fracaso de un matrimonio, el incumplimiento de las “obligaciones familiares”; el ser “buena madre”, “buena esposa”, “buena trabajadora”, “buena hija”, más de alguna de esas tareas sale mal porque alguna le resta tiempo para realizar las otras. Asimismo, también se vive como miedo a un ámbito desconocido.347

También puede ser experimentado como un valor o atributo positivo, cuando ya ocurrió y benefició a otros como el hecho de haber sacado adelante a las hijas e hijos; cuando no interfiere con el matrimonio o la maternidad, puesto que sig- nifica la posibilidad de ingresos para la familia. Asimismo como un elemento libera- dor gratificante, al implicar grados importantes de autonomía, independencia personal económica y simbólica, autoridad, al permitirles –en alguna medida–, enfrentarse a los poderes patriarcales de adultos/as, padres y madres, hermanos/as, cónyuges, hijos/as, vecinos/as u otros como un espacio de libertad frente a la mayor coerción doméstica y familiar; o bien, la posibilidad de obtener mejores niveles de vida.348

A pesar de la crisis y los conflictos que cada una puede enfrentar en di- ferentes medidas, Lagarde destaca que “cada vez más mujeres incorporan ese trabajo como un elemento central y positivo de su identidad, no se imaginan la vida sin tra- bajar”. Como elemento liberador y gratificante, ellas pueden a través del mismo –en alguna medida–, tomar cierto control y decidir sobre sus vidas. Constituye –aunque parezca paradójico–, un espacio menos opresivo para las mujeres. A pesar de sus con- diciones de explotación, en alguna medida se liberan en el hecho de salir y tener acceso a una actividad fuera del lugar que se les ha asignado socialmente, donde obtienen re- tribuciones económicas, desarrollan destrezas y habilidades, adquieren conocimientos y tienen la posibilidad de verse como iguales con los hombres. 349

El hecho de que sea emancipador para las mujeres, en algún momento fue producto de interpretaciones limitadas al considerar que por sí mismo era suficiente para terminar con la opresión de ellas como colectivo, sin contemplar que con ello no se les descarga de su trabajo reproductivo ni son tratadas con equidad en las distintas esferas de la vida. En lugar de eso se enfrentan a dobles o triples jornadas, estando sujetas a una mayor opresión al articularse la de clase y la de género que en conjunto

347 Lagarde y de los Ríos, Marcela, op. cit., págs. 137-143. 348 Ibíd.

Reflexiones de las mujeres y trabajadoras acerca del poder. Estudios de caso: Colectivo Nazareth y Promotoras Jurídicas

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producen formas particulares de relaciones de poder cuyos efectos no son vividos ni sufridos por los hombres.

Por otra parte, la necesidad de encontrar seguridad en los espacios del trabajo productivo/público, señala Lagarde, impulsa a muchas mujeres a reproducir elementos de “identidad femenina privada”, de subordinación política, en los mismos, es decir, de las relaciones de poder a partir de “lo que se espera de ellas”, que se ex- presa en como “enemistad y competencia con las otras, (…) comportamiento seductor erótico de mujer-objeto, así como la disposición (…) a ser servilmente de otros a pesar de las relaciones contractuales o a realizar actividades domésticas en el trabajo”.350

De ahí que Lagarde se refiere a una “conciencia escindida”, que se expre- sa en el hecho que –independientemente del tiempo que lleven trabajando–, muchas mujeres trabajadoras sueñan con ver resuelta su situación para volver al lugar que socialmente se les ha asignado: la casa. La autora considera que esta “es una de las grandes dificultades para construir una conciencia que tenga el trabajo como uno de los puntos centrales de identidad”.351 Habría que preguntarse si detrás de ese sueño por

el retorno, además (o más bien) se encuentra un sentimiento de impotencia y deses- peración ante la sobrecarga que para ellas significa asumir varias jornadas, máxime si el grupo familiar que requiere de sus cuidos es numeroso y si lo hace con poca o nula colaboración.