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Escalating/Salient physiological disruption

STEP 3 – Expansion of the unity of the understood sense

4.11 Integrity of the study

5.3.3 Escalating/Salient physiological disruption

A partir de los lineamientos teóricos de Edward Said en su libro Beginnings. Intention & method (1975), nos proponemos estudiar cómo se producen las primeras intervenciones de Gorodischer y Mercado en el mercado del libro y en el campo literario argentino, si bien, por supuesto, su génesis de escritura se desata o desanuda mucho antes, en diarios íntimos, borradores, textos inéditos, cartas, muchos de los cuales serán destruidos o inalcanzables para el presente estudio, pero que, indudablemente, producen una fuerte marca de aprendizaje en quienes más tarde o bien cultivarían una escritura así llamada “autobiográfica” (“géneros íntimos”, diarios, cartas, carnets, epistolarios, testimonios, autobiografías ficcionalizadas y ficciones autobiográficas, o no, pero en los cuales se sobreimprime sobre la textualidad y la gestualidad técnica una fuerte marca de acontecimiento efectivamente vivido y no meramente producto de una imaginación razonada).

Ahora bien: ¿qué es un comienzo? ¿qué es un comienzo en el lenguaje o desde el lenguaje y en el pensamiento, especulativo o no? ¿cuáles son las condiciones que hacen que una narración o un conjunto de narraciones comiencen en un momento determinado, y no en otro; de una manera o, por el contrario, de otra? Edward Said consagra un minucioso estudio, un libro/hito dentro de los estudios literarios y la historia cultural, para desentrañar algunas de estas inquisiciones Para Said, “el comienzo es básicamente una actividad que en última instancia supone regresiones y repeticiones más que una simple progresión lineal” 5 (Said, 1985: XVII; la traducción es

nuestra). Regresar, retornar y repetir son dos operaciones unidas. Esa repetición, no obstante, es revisión y genera novedad. Agrega Said que “los comienzos no sólo innovan debido a su propio método, sino en virtud de que ostentan una intencionalidad. Sintéticamente, el comenzar es realizar o producir diferencias, las cuales son el resultado de combinar lo ya familiar con la fecunda novedad del trabajo humano con el lenguaje”6 (Said: 1985: XVII; la traducción es nuestra; el subrayado, del autor). En estos términos desliza la hipótesis de que quien comienza, combina lo ya familiar con la fértil novedad del trabajo humano con el lenguaje. Comenzar es “crear una diferencia”, “crear diferencias”, “diferenciarse”, marcar y demarcar un territorio de palabras y problemas. Pero esa diferencia se repite, tiende a repetirse, a reforzarse. Distanciarse, agregaríamos nosotros. Distanciarse de una tradición o varias tradiciones, distanciarse de sí misma (de sus ideas naturalizadas y sus convenciones para dar lugar a otras que las renueven, las fertilicen y las proyecten hacia nuevos objetos). Si quien comienza se nutre de lo ya conocido, de lo familiar pero también de la novedad del trabajo humano con el lenguaje, ello supone no solo una inmersión en una suerte de cultura adquirida (voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente), de cultivados saberes y destrezas, pero también de un método y una intención que, unidos, producen “una diferencia” o “la diferencia” respecto del resto de los comienzos de otros productores culturales. Cada quien comienza, pero comienza a su manera, de modo inherente a sus relaciones con el pasado.

Comenzar, comenzar a escribir, comenzar a escribir un texto, es el momento en que el autor o la autora se despega de todo el resto de las obras literarias. Los comienzos inmediatamente “entablan relaciones con obras ya existentes, relaciones de continuidad

6 “Beggining not only creates but is its own method because it has intention. In short, beginnings is

making or producing difference -difference wich is the result of combining the already familiar with the fertile novelty of human work in language”.

o antagonismo o una mezcla de ambas”7 (Said, 1985: 3). Dichas relaciones de continuidad, antagonismo o una mezcla de ambos, resultan siempre inquietantes e incómodas para quien comienza a ejecutarlas. Seguramente desestabilizarán certezas, paralizarán impulsos, desconcertarán o conflictuarán, sembrarán de interrogantes a una mente abierta a acogerlos. Según Said, “los comienzos, entonces, son el primer paso de la producción intencional de sentido”8 (Said, 1985: 5; la traducción es nuestra; el subrayado del autor). De ello se infieren algunas conclusiones. El comienzo es un paso, un hito, el primero. Y es el primer paso o hito en la producción intencional de sentido, esto es, se trata de una operación deliberada, no involuntaria ni necesariamente espontánea. Se trata de articular comienzos con intención. Así, concibe la intención en los comienzos de la producción de sentido como

un deseo, en el comienzo intelectual, por hacer algo de una forma característica, tan consciente como inconscientemente, mas según un patrón que el lenguaje siempre (o casi siempre), pone en evidencia. Designios de la intencionalidad del lenguaje por manifestarse de cierta forma y siempre comprometido deliberadamente en la producción de sentido9(Said, 1985: 12; la traducción es nuestra).

En el caso de la autoras que estudiamos, se trata (lo que las torna afines) de dos primeros libros de cuentos (Cuentos con soldados, 1965, en el caso de Gorodischer;

Celebrar a la mujer como a una pascua, 1967, en el caso de Mercado). Ambos libros se vuelven acreedores de importantes premios al ser presentados a sendos concursos (en el caso de Angélica Gorodischer se trata de una premiación de orden local; en el de Mercado de una de orden internacional, en el marco de una Nación política y culturalmente marcada por ideales de socialismo como Cuba) y es así como la carrera literaria de ambas autoras comienza con muy buenos auspicios. Ahora bien, procuraremos desentrañar qué caracteriza a estas dos narraciones de comienzos, que si

7 “estableshes relationships with works already existing, relationships of either continuity or antagonism

or some mixture of both”.

8 “The beginning, then, is the first step in the intentional production of meaning”.

bien poco tienen que ver con lo que será la obra ulterior de las autoras, sientan las bases de una relación con la tradición literaria, así como nexos de filiación o distanciamiento. El primer libro de textos de Gorodischer se caracteriza por una cierta estridencia, en sus mecanismos enunciativos y en su configuración narrativa, a través de la utilización de ciertos procedimientos enunciativos de orden literario, como la apelación a un idiolecto en el cual la oralidad es reescrita en la grafía mediante una operación por la cual se produce una suerte de “simulacro”: el texto literario, respecto de su escritura, sobreimprime en ella marcas de oralidad, la profusión de diálogos como procedimiento que remeda el intercambio conversacional y una fuerte presencia de lexemas “no letrados” o que se alejan del modelo de “lo culto”, entendido como el propio de las “bellas letras”. Así, código oral y código escrito se entrelazan y contaminan pero también se subordinan: el texto oral se subordina a la escritura pero deja su huella, su marca, su resto10. Lo coloquial irrumpe frente a la idea de “lo literario” como sinónimo de norma de hipercorrección pequeño burguesa, tal como señala Ricardo Piglia de Roberto Arlt. Al respecto, también Gorodischer alude a su consciencia del uso de un lenguaje literario atento a la cotidianidad. Afirma:

El lenguaje que hablamos todos los días, el que yo hablo con los chicos, el que hablo en la calle o en la verdulería, es tan rico y tan poco explorado que para mí no vale la pena hacer experimentos de probeta sobre el papel cuando todavía no se ha conseguido unir todos los lenguajes que hablo. Porque uno no habla un solo lenguaje, habla muchos lenguajes y escribir con ese lenguaje, con la suma de todos es lo que yo pretendo hacer, es lo que quiero hacer en este momento (Gandolfo, 1977: 174).

10 En un reportaje realizado por Elvio Gandolfo en una antología por él preparada sobre la obra de

Angélica Gorodischer, titulada Casta luna electrónica (Bs.As., Ediciones Andrómeda, 1977, Colección dirigida por Jorge Sánchez), Gorodischer menciona la influencia que tuvo en su formación literaria la obra de Roberto Arlt (p.p. 180). Al respecto señala Gorodischer una variedad de autores que dejaron rastros en su formación, pero señala expresamente que la marca de Roberto Arlt dejó una huella en un aspecto central del registro de su lenguaje literario. Al respecto profundiza: “He leído mucha literatura francesa e inglesa, pero hay autores (fijate qué cosa extraña te voy a decir) como Roberto Arlt, que me dejaron un sello que no sé si los demás advierten pero yo sí, en el lenguaje y en la pretensión con la que uso el lenguaje. Leí a Arlt por primera vez hace veinte años, cuando todavía no conocía de la literatura argentina nada más que lo que dábamos en el colegio (…). (pp. 180-181)

Se trata de un sociolecto (Lois, 2001) determinado por códigos en conflicto, lo que produce una suerte de irresolución en la legibilidad11. La oralidad en tanto que procedimiento sociolectal, será retomado en el contario Trafalgar, libro de cuentos entrelazados por la figura capital del personaje homónimo que da título al libro, el viajante de comercio Trafalgar Medrano. Todo el libro consiste en conversaciones en torno de la mesa de un café, “El Burgundy”, un espacio imaginario pero de verosímil realista, en el cual una serie de interlocutores, tanto de existencia constatable como de invención de la autora, interrogan a Trafalgar sobre sus desopilantes viajes y andanzas intergalácticos. Las toponimias mismas de un bar o confitería céntricas de la ciudad de Rosario favorecen el encuentro entre amigos, la socialización, el intercambio entre sujetos tanto masculinos como femeninos. Todo ello propicia las narraciones, las confesiones y las polémicas en torno de multiplicidad de asuntos. Así, Trafalgar se vuelve un texto emblemático de Gorodischer y la sitúa en un lugar de captación del código oral y su plasmación en el discurso escrito pocas veces igualado en la literatura argentina. Simultáneamente, dentro del plano de la diégesis, algunos cuentos de Gorodischer ya afrontarán de lleno el patriarcado en tanto que sistema de organización social y política, así como comenzarán a entreverarse con ciertos tópicios de cuño fantástico y de exotismo, lo que será parte de su programa futuro.

En tanto los textos iniciales de Mercado, por el contrario, tienden a la actitud opuesta: tersos, poéticos, envolventes, en los cuales la escritura se vuelve especularmente sobre sí misma y respeta sus propios códigos, sin infringir la lógica de la escritura estilísticamente poética. Se trata de textos que, a través de una impronta en la sensorialidad y de un enrarecimiento de las relaciones humanas, proceden a un

11 Si bien la relación entre el idiolecto de Angélica Gorodischer no ha sido puesto en relación, al menos

en forma oficial, por los discursos académicos, resulta evidente que existen elementos que la vinculan al idiolecto de Manuel Puig. Nos referiremos a este punto con más detalle más adelante. Lo cierto es que el

problematizar la categoría de “lo real”, sin sucumbir a excesivas cavilaciones. Su enunciación escrituraria no queda puesta en cuestión porque no hay nada que la desafíe y, por tanto, pareciera ser casi imperceptible por el mero hecho de que habla (escrita), los sintagmas, y la lengua literaria dan la impresión de estar en consonancia y no entrar en entredicho con otras formas de la emisión o de la acuñación de su textualidad. El libro aborda la problematicidad de las relaciones humanas, el conflicto de las instituciones sociales (triángulos amorosos, que luego serán retomados en Canon de alcoba) o bien la maternidad como forma de sujeción social del patriarcado.

El hecho de que se trata en ambos casos de relatos, facilita el análisis contrastivo con vistas a la determinación de las características inherentes a ambos textos literarios. Lo cierto es que si Mercado ha enfatizado en numerosas oportunidades su falta de afinidad con textos que narren un argumento afilado y recortado por unidades narratológicas ligadas a una fábula (en el sentido que los formalistas rusos otorgan a este lexema), este primer volumen procederá a una cierta vacilación respecto de dicho recelo de la autora. Textos breves, donde de hecho una serie de personajes que se encuentran en situaciones relativamente cotidianas, advierten o presienten puntos de giro en la organización de sus pensamientos y su cosmovisión del universo que habitan. Una madre conduciendo el cochecito de su hijo y la llegada a un hogar en el cual espera el ingreso de un marido, dispuesta a satisfacer sus necesidades alimenticias, pese a que dicha iniciativa no se concrete, esto es, no tenga lugar más que de un modo fallido. La convivencia de un inquietante invitado a la casa de una pareja, la imaginación fugitiva de una caricia fálica, formando un triángulo primero incómodo, fastidioso, pero lentamente en un crescendo sensual y de incitación a la transgresión. El voyeurismo de una mujer que observa a una pareja conocida en una escena primero pasional y luego cotidiana a través del velo de una cerradura. Se trata de una serie de relatos breves que

producen una sensación de incompletitud en el lector, pero simultáneamente lo invitan a dudar de las certidumbres burguesas y las costumbres socialmente instaladas. Textos que demandan de parte de quien los transita una constante atención y ponen en juego una permanente tensión entre la situación de quien lee y lo leído, en virtud de que en ellos se habla de situaciones incómodas respecto del statu quo cultural. Una percepción de los más sofisticados matices que puede plantear el extrañamiento, al estilo en que lo concebían los formalistas rusos también sobrevuela estas narraciones. Los relatos de Mercado constituyen verdaderas muescas que atentan contra una concepción tranquilizadora del universo. Inquietan, perturban, interpelan al lector y la lectora desde una perspectiva inhabitual en la mayoría de las poéticas. Libro “delgado como hostia”, como gusta denominarlo su autora, en virtud de su brevedad (ocho relatos muy breves), el eje de ellos no son las tramas sino los sujetos que se aproximan, se alejan, se asedian, miden su proximidad física al punto que ella es la que determina la índole de sus relaciones: la fuga, el acoso, la compañía, la ternura, el odio, el deseo más recóndito. Clave que después tendrá una relación de contigüidad y reelaboración en Canon de alcoba, otro de sus libros posteriores. En verdad, Celebrar a la mujer como a una pascua se constituye en una suerte de antesala y nudo que luego desatará Canon de alcoba. Al menos esa es una de nuestras hipótesis.

Asimismo, es posible caracterizar estas dos obras en el marco del resto de otras producciones culturales de la década del sesenta. Teniendo en cuenta que, según Edward Said,

comenzar es una actividad y, al igual que otras actividades, está sujeta a ciertas reglas de juego, operaciones habituales de la mente, condiciones a ser satisfechas (…). Dicho sentido de contextualización queda sometido a un tiempo y a un tipo de sociedad -en el sentido amplio ‘tiene lugar en’ un tiempo y en el seno de una sociedad.12 (Said, 1985:

19; la traducción nos pertenece).

Al configurarse los comienzos como una actividad, parafraseando a Said, esta práctica social, por cierto siempre verbal y ligada al lenguaje en su puesta en acción, se entrevera con la situación social e histórica en la cual tiene lugar. Así, notables variables acuden necesariamente para funcionar como marcos contextuales de dicha práctica.

Para ello resulta importante remitirse a los textos ya clásicos de Oscar Terán, Silvia Sigal y otros más recientes de Susana Cella y Noé Jitrik que abordan la etapa de la historia argentina y mundial en la que ambas autoras comienzan sus obras, realizan sus “comienzos”. Al respecto, resulta esclarecedor para esta investigación enmarcar ambas producciones en el seno de “la irrupción de la crítica” (Jitrik y Cella, 1999), esto es, un conjunto de manifestaciones estético-ideológicas que hicieron eclosión en la cultura argentina entre los años 1955 a 1975 y que se caracterizaron por el cuestionamiento del statu quo cultural así como plantearon una revisión de la literatura en términos de “bellas letras” (Cella, 1999) y plantearon otros paradigmas de inteligibilidad, de legibilidad de los fenómenos de orden estético en el seno de una sobresaliente incertidumbre respecto de los contextos extraestéticos y, por otro lado, de una suerte de fermento artístico (organizado en distintas instituciones, como el Instituto Di Tella). Así reconstruimos las relaciones de necesidad entre formaciones sociales y formaciones discursivas, en términos de Michel Foucault y advertimos cuáles fueron las condiciones sociales que facilitaron la emergencia de estos dos libros, dado que se trata de compases histórico-literarios en los que la temporalidad literaria tiende a acelerarse, los cambios, a introducir novedades en las literaturas nacionales y producen un fuerte aceleramiento a nivel de las innovaciones. Si el reloj se acelera, si la arena de las pulseadas políticas se vuelve más compleja, los textos producidos en esas condiciones serán también más problemáticos desde el punto de vista de la institución literaria y se verán envueltos en una enmarañada dimensión en la que ideologías políticas se articulan

con ideologías literarias practicando un embrión de proyectos creadores atravesados por la conflictividad.

Gorodischer empieza a publicar en la década de los sesenta, que se caracteriza por ser un período revulsivo desde el punto de vista del campo cultural, en el seno del cual se desarrollan lo que se ha dado en llamar las “neovanguardias”.

En su minucioso y documentado estudio sobre las relaciones entre intelectuales y poder desde 1910 a 197013, Silvia Sigal define la década del sesenta como una franja caracterizada por una “acelerada actualización intelectual de la mano de una también inédita apertura al mundo exterior” (Sigal, 1991: 193). Especialmente permeable a la introducción de propuestas y corrientes internacionales de todo cuño, el país se vuelve escenario de una ampliación notable de semanarios, debates, publicaciones, acontecimientos artísticos, acompañados de la existencia bastante marginal de publicaciones de vanguardia y de puentes con la producción de las metrópolis culturales y, por lo tanto, de la ampliación de un público lector. También los sixties son el momento en el que “el marxismo se convierte en una especie de lingua franca de anchas franjas de la intelectualidad progresista” (Sigal, 1991: 192). Sigal brinda una fechación tentativa del advenimiento de esta nueva época: la aparición del Semanario

Primera Plana, hacia 1962, lo que constituye un fenómeno editorial de promoción de la cultura letrada argentina y latinoamericana.

Entre los años 1962-1968 se asiste en Argentina a un resurgimiento de las industrias culturales, especialmente de la industria del libro y tanto las pequeñas como las grandes editoriales “comparten la política de privilegiar al libro de autor nacional”

13 Aludimos en este segmento de la argumentación a un volumen histórico-político en el cual la socióloga

(Rivera, 1998: 138). Jorge B. Rivera14 ha estudiado la peculiar consideración y el cuidado que concitaron los escritores argentinos en los medios no específicamente culturales, y las implicancias que ello tuvo para la circulación de la literatura argentina en su propio país. Uno de estos hitos culturales lo constituye la fundación de la editorial Jorge Álvarez, en la cual editará su primer libro Mercado y, años más tarde, Gorodischer hará lo propio con cuentos de su pluma. Esta editorial independiente era porosa a las novedades literarias y configuraba un espacio de difusión de obras a las que