8. Conclusions
3.4.5. The EU space sector benchmarked against its US competitor
Entre las década de 1980 y 1990 los gestores municipales de la ciudad de Barcelona dedicaron grandes esfuerzos a acondicionar la ciudad al nuevo orden económico. A partir de la década de 1970, iniciada la transición democrática y afectada por una importante crisis económica, la ciudad experimentó un desmantelamiento progresivo de las industrias. Las tendencias globales influyeron para que los gestores municipales pensaran en una reactivación de la economía que comportara una ampliación considerable del sector servicios, la mejora de la competitividad entre ciudades y una posición aventajada en la economía de redes (H. Capel, 2005; M. Delgado, 2007).
Como en tantas otras ciudades, Barcelona experimentó un importante proceso de transformación urbanística. No obstante, las peculiaridades locales e históricas dieron lugar a un proceso y unos resultados muy particulares. Podemos distinguir, en líneas generales, dos etapas: una primera etapa caracterizada por proyectos de barrio, intervenciones puntuales, con poco dinero y consenso social; y una segunda etapa definida por proyectos de ciudad, importantes transformaciones urbanas, la organización de grandes eventos internacionales, un progresivo control del proceso por parte del interés privado, y un escaso o nulo consenso social.
A continuación, me detendré en explicar los aspectos más relevantes del proceso, que ejercieron un papel importante para que la ciudad de Barcelona se convirtiera en un lugar referente para la red global del skateboarding.
Los primeros años de renovación urbana se caracterizaron, como he dicho, por un generalizado consenso social. La confluencia de una voluntad política democrática, materializada en los lugares de poder que empezaron a ocupar políticos anti-franquistas, la cultura crítica profesional acumulada entre urbanistas, arquitectos, sociólogos, etc., durante la última etapa de la dictadura, y la demanda social manifestada en las organizaciones vecinales, dieron forma al programa de desarrollo urbano (J. Borja, 2010).
En líneas generales, se pretendía rehabilitar el centro histórico degradado y, por otro lado, suturar y dar continuidad a la trama urbana entre el centro de la ciudad y aquellas periferias de vivienda social que habían crecido aisladamente, inconexas y, muchas veces, sin urbanizar, durante el desarrollismo franquista. Ahora se querían dignificar (J. Esteban, 1999).
En una primera etapa, la producción de espacio público se convirtió en la estrategia más económica y de urgencia para el desarrollo de este programa. Se consideró que la mejora y producción de espacio público incidían en la resolución de problemas económicos y sociales, en tanto que mejoran la autoestima de la ciudad (J. Borja, 2001, 2010; H. Capel, 2005). Durante la década de 1980 se hicieron unas 150 intervenciones de espacios públicos
(Ajuntament de Barcelona, 1993); según J. Borja (2010), unas 300 intervenciones, si sumamos los equipamientos12.
La idea de ciudad compacta de tradición europea orientaba estas intervenciones, buscando un crecimiento urbano de usos múltiples. Este modelo se apartaba de las tendencias generales del momento que proponían planificar la ciudad a partir de la compartimentación del espacio urbano en distintas áreas funcionales. En Barcelona, el modelo que se siguió trataba de adaptar los proyectos a la historicidad estructural de la ciudad, pensando más en las formas y los significados, y no tanto en las funciones (Viviana Narotzky, 2007). En este sentido, el espacio público como lugar de encuentro entre los ciudadanos se instrumentalizó políticamente, como símbolo de la cultura mediterránea, la recuperación de la libertad y la democracia; después de 40 años de dictadura. Gran parte del espacio público producido en la ciudad se pensó para pasear y contemplar; desde una perspectiva burguesa del paseo (V. Narotzky, 2007). La calidad del paisaje urbano se consideró de gran importancia a lo largo de todo el proceso de transformación (J. Borja, 2010). Por eso se dedicaron muchos esfuerzos a la reglamentación y uniformización de la arquitectura, el diseño y el mobiliario urbano (R. Cáceres, 1993).
Fue muy destacado el papel de los profesionales urbanistas que impregnaron sus formas de ver el mundo en las intervenciones. El resultado expresaba, más que nada, los valores de una burguesía profesional, vanguardista, progresista, intelectual, catalanista y anti- franquista13 (V. Narotzky, 2008).
A mediados de la década de 1980, una nueva situación potenció el proceso de transformación de la ciudad, que pasó de los proyectos puntuales de barrio a los proyectos de ciudad. La entrada en la Comunidad Europea (1983) permitió disponer de fondos europeos, y la recuperación económica del país ayudó a reactivar la actividad económica de la ciudad. En 1986 la designación de los Juegos Olímpicos de 1992 comportó un aumento de las inversiones públicas y privadas para la transformación de la ciudad. Se pasó de proyectos pequeños y puntuales de barrio a proyectos de ciudad, marginando la participación ciudadana e ignorando sus necesidades. Siguiendo algunos de los principios anteriores se ejecutaron grandes proyectos dedicados a infraestructuras, vías de comunicación y la creación de nuevos barrios. Como resultado de las Olimpíadas la ciudad pasó a ser conocida en la arena global (P. Maragall, 1998). No obstante, el esfuerzo realizado dejó un importante endeudamiento de la ciudad. En parte, por eso, y con el objetivo de mantenerse 12 Se recuperó mucho terreno industrial para la creación de espacios públicos, equipamientos, parques y jardines. En las zonas más densificadas y degradadas, como el centro histórico, se realizaron operaciones puntuales de esponjamiento afectando a algunas viviendas y comercios, con la consecuente expulsión de vecinos (G. Maza, 1999; F. Magrinyà y G. Maza, 2001; H. Capel, 2005).
13 Estos valores se materializaron en el espacio produciendo una imagen muy concreta de la ciudad; una imagen que también funcionó como modelo de exportación (M. Delgado, 2007). Aunque se tuvieron en cuenta, en muchos aspectos, demandas y necesidades sociales, el proceso no estuvo exento de momentos de desacuerdo con las organizaciones vecinales que pensaban el espacio de forma muy distinta. El debatederivado por el exceso de las llamadas “plazas duras” es un claro ejemplo de los desencuentros entre profesionales y políticos, por un lado, y vecinos, por otro lado.
en la economía de redes, las transformaciones urbanas de los siguientes años fueron progresivamente reorientadas por los intereses privados14. La organización del Fórum de
las Culturas del 2004 fue un claro ejemplo. Francesc Muñoz explica esta transición de la siguiente manera:
“El abandono definitivo del modelo historicista para abrazar las arquitecturas ras-logo típicas
de los resorts turísticos triunfantes globalmente, visibles y clonables de la costa de Florida a
Moscú” (Francesc Muñoz, 2008: 162).
A principios de la década del 2000, la ciudad de Barcelona destacó, muy por delante de otras ciudades renovadas, por la extensión, continuidad y uniformización de la calidad de su paisaje urbano. La arquitectura y diseño urbano que caracterizaban la ciuda era, sorprendentemente, favorable para el streetstyle. Muchas “plazas duras” se convirtieron, sin saberlo, en skateplazas; como si fueran instalaciones construidas expresamente para la práctica del streetstye. Espacios amplios y diáfanos, de superficies muy lisas con rampas, escalones, muros y bancos de distintas dimensiones, de piedra granítica o de mármol, barandillas metálicas, etc.
14 Este cambio de orientación comportó una importante corriente crítica. Se identificaban las mejoras de la ciudad para ciudadanos de clase media y alta y, sobre todo, para los intereses del sector privado local, nacional y extranjero. El proceso había acabado comportando la exclusión y expulsión de otras capas sociales del proyecto de ciudad (G. Maza, 2001, 2002; UTE, 2004; M. Delgado, 2005, 2008).
Diseño urbano favorable para
la práctica del skateboarding
en el barrio de la Barceloneta. Barcelona, 2007. Fuente: X. Camino.
Plaça dels Àngels. Barcelona, 2008. Fuente: X. Camino.
En los dos mapas que presento sobre la ciudad de Barcelona, en dos momentos muy distintos, a principios de la década de 1990 y, a finales de la década del 2000, se puede ver el aumento progresivo de los espacios públicos favorables para la práctica del streetstyle. Todos ellos fueron inaugurados entre 1980 y 2010.
Plaça Joan Peregrí del barrio de Sants, poco después de su inauguración. Barcelona, 2011.
Por otra parte, la idea de la ciudad compacta de usos múltiples favoreció el estilo de vida de los skaters, que se instalaron a vivir en el centro de la ciudad, donde lo tenían todo.La idea del paseo había comportado la primacía del peatón en el espacio urbano, favoreciendo, inesperadamente, la movilidad de los skaters por la ciudad, de un punto de encuentro a otro, de un spot a otro, de un mobiliario urbano a otro. Un skater extranjero celebraba en un reportaje titulado Streets of Barcelona (2005),dedicado a la ciudad de Barcelona:
“Desde el MACBA es un viaje fácil tomar el metro para llegar a una multitud de sitios que son lo mejor que podrías haber soñado, que han sido construidos durante la última década” (Van
Roechoudt, Streets of Barcelona, 2005).
Otros factores importantes contribuyeron a la centralidad de la ciudad en la red global del skateboarding, no obstante, los abordaré en el capítulo III, dedicado a la historia del skateboarding en Barcelona.
A modo de conclusión, podemos decir que la combinación de las dos etapas de transformación urbana, fueron responsables del papel destacado que ocupa la ciudad de Barcelona en la red global del skateboarding. La primera etapa, caracterizada por la proliferación de espacios públicos, la calidad del diseño urbano y la idea de ciudad compacta asentaron una base material indiscutible. Curiosamente los valores que impregnaban esos espacios fueron idóneos para su conversión y desarrollo de la experiencia urbana del streetstyle. Más tarde, la etapa orientada por los proyectos de ciudad, los grandes eventos y los intereses privados, colocaron a la ciudad en la arena global, comportando, inesperadamente, que se convirtiera en el centro de la red global del skateboarding, precisamente gracias a su destacado paisaje urbano. En 2007 una noticia de prensa dedicada al fenómeno explicaba:
“Ahí está el inglés, el canadiense, el danés, el argentino, el brasileño, el norteamericano, el francés, el italiano, el español, el nativo y el extranjero, el aprendiz y el experto, el cauteloso y el osado, el que patina y al que se le patina. Vienen de todas partes del mundo, porque se corrió la voz y lo han leído en las revistas especializadas que patinar en la plaza del Macba es
el paraíso del skate” (M. García, El País, 2 de Agosto de 2007).
Finalmente, queda pendiente analizar el papel que juega la práctica del skateboarding en la producción del espacio urbano. Lo he pospuesto para el capítulo V, dónde un análisis comparativo entre estudios de casos, sobre procesos de apropiación informal de espacios públicos, nos permitirá aportar algunas conclusiones al respecto.