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The evolution of attitudes

Al referirse de manera específica a la historia de la mujer en América Latina y en consecuencia exaltar su presencia, se hace necesario describir la interrelación de los hechos que han marcado, permeado y transformado su existencia, así como las representaciones culturales que la definen y caracterizan. Desde esta perspectiva, se busca entender los límites que pueden considerarse impuestos y el desbordamiento de los mismos a través de manifestaciones legitimadas por hombres y mujeres desde los modelos consagrados de feminidad en occidente y su preponderancia.

Difícilmente se puede analizar o entender de manera unilateral la historia de hombres y mujeres, ya que sus entornos han sido los mismos, al igual las épocas, espacios y sociedades que ellos y ellas han ocupado, además de su lugar en la historia. Sin embargo, es importante reconocer que las posibilidades de desarrollo social, cultural, político y personal no han sido iguales.

Por consiguiente, el texto de La historia de las mujeres en España y América Latina

79 para la interpretación de la misma. Concepciones tales como diferencia de género

y en particular cultura de las mujeres o cultura femenina, entendiendo el concepto de cultura como Ortega (2005) afirma: “atendería más bien a su sentido antropológico como valores y conductas que transmiten y permanecen, así como el uso de los recursos materiales, espirituales o estéticos que realizan las personas” (Ortega, 2005 p. 14). De modo que, al referirse a la cultura de las mujeres se busca explicar los códigos de sus conductas, valores y las maneras como persigue construir su identidad a través de la sensibilidad, creatividad y expresividad. En consecuencia, la manera de desarrollar su propia personalidad o encontrar el reconocimiento social deseado (Ortega, 2005).

Dicha historia se ha escrito generalmente por hombres, entre ellos políticos e intelectuales, quienes han planteado el ser y deber ser de las mujeres. Por tanto, sus fundamentos no siempre son reflejo del pensamiento y vida de las ellas, más bien han respondido a la intensión clara de instrucción o adiestramiento para el matrimonio y la vida familiar. Al mismo tiempo, la percepción de sacerdotes católicos es analizada, ya que sus escritos exaltan la figura de la Virgen María como modelo. En consecuencia como es evidente, dichos discursos han permeado y estructurado la construcción de la identidad femenina. (Morant, 2005)

En el territorio social específicamente, es importante tener en cuenta su intervención en el trabajo, así como las funciones asignadas en diversos espacios, es decir, la actividad remunerada fuera del hogar, las labores que se desarrollan en

80 el entorno familiar, los aportes a la economía familiar, la reproducción, entre otros compromisos de carácter social. Para lo cual es importante mencionar el concepto tradicional de trabajo, referido particularmente a las acciones que reciben reconocimiento monetario. Sin embargo, el trabajo realizado por las mujeres se determina por vinculación en la preparación de alimentos, el cuidado de los diferentes miembros de la familia (niños y ancianos), trabajos en los negocios familiares; las arduas labores cotidianas que reciben reconocimiento familiar y social, pero generalmente no han obtenido retribución económica.

En cuanto a las relaciones que se establecen en los espacios privados, la familia es un tema privilegiado dado al lugar que ocupa en cuanto a la reproducción social y territorio emocionalmente compartido entre los sexos. Ejemplo de ello es la organización socio-política de la monarquía, que se reproduce también en la familia y que se estructura en principios de jerarquización protagonizados por los hombres, mientras el papel de la mujer es pasivo, dependiente y excluyente de los espacios públicos (Morant, 2005).

Prueba de ello son las fuentes judiciales que ponen en evidencia el rol protagónico de la mujer en el mundo de las emociones, en defensa del honor y de los sentimientos vulnerados. Mientras tanto los textos de carácter filosófico, médico y jurista, presentan la existencia de una mujer pasiva, contenida y sumisa. Prueba de la imagen o prototipo deseado por el género masculino y distante de una realidad más plural y compleja según afirman estudios realizados por Ortega (2000) y De la Pascua (1998), citados por Morant (2005).

81 En el caso de las mujeres españolas, ellas debían desempeñar el papel de madres, hijas y esposas cuidando profundamente su sexualidad e imagen conforme a los valores irrevocables procedentes del matrimonio cristiano, visiblemente instaurados en la sociedad del siglo XVI. De esta manera se justifica la vigilancia y el control ineludible sin importar que fueran casadas, viudas o solteras.

Ahora bien, al referirse a la historia de las mujeres en América Latina, particularmente en la modernidad, se manifiesta un modelo en parte diseñado por la sociedad europea de la que provenían los conquistadores y su llegada al denominado por ellos “nuevo mundo”. La mayoría eran hombres acompañados por algunas mujeres, sin embargo, ambos llegaron con el propósito de imponer prácticas y modelos que desconocían los antecedentes históricos, culturales, sociales y autóctonos (Lavrin & Perez, 2005).

Adicional a estas diferencias e imposiciones, la complejidad biológica y las dificultades halladas en las relaciones políticas en el marco de la conquista, no proporcionaron oportunidades equitativas a hombres y mujeres. La imposición de la religión, de la organización política, sus derechos, economía y costumbres no se mantuvo indefinidamente, los planteamientos realizados por los colonizadores concluyeron en integración, resistencia o marginación por parte de los nativos hacia 1580. Sin embargo, es importante mencionar que, la aparición de inmigrantes africanos en condición de esclavos, también influyó en los dominios de la

82 monarquía. En consecuencia, no se pone en duda la participación de las mujeres en el devenir histórico, lo que realmente es importante es su ausencia en las fuentes que han planteado, omitido y desdibujado su participación en la construcción de la sociedad.

Mujeres mestizas, criollas, españolas, indígenas, negras libres o esclavas, compartieron espacios y vivencias, pero no por ello estuvieron reguladas por códigos de conducta idénticos (Lavrin & Perez, 2005, p. 514). Habitantes de espacios rurales y urbanos, con rangos sociales y color de piel diversos desempeñaron actividades diferentes y de manera paralela, al mismo tiempo la escritura no se practicó ni se tuvo acceso a ella de manera generalizada, lo que impide entrever equitativamente su participación en los registros propios de le época. Entonces, son hombres “letrados” los representantes de la historia tradicional, a tal punto que “ellos han sido hasta la segunda mitad del siglo XX los encargados de describir una historia que solo de ellos se ocupaba, con excepción de aquellas mujeres excelentes que habían protagonizado hechos dignos de hombres: reinas santas y heroínas” (Lavrin & Perez, 2005, p. 515).

La consolidación de la “América Moderna” viabiliza el surgimiento de una sociedad americana diferente, exigiendo referirse a aspectos tales como la etnia, la relación entre conquistadores y conquistados, la esclavitud y el mestizaje en el planteamiento de los modelos de mujer propios de la época, que regulaban la vida de las mujeres de acuerdo a su color de piel o grupo social, partiendo de una

83 sociedad supuestamente más democrática (Lavrin & Perez, 2005). Es así como las mujeres se mantuvieron sometidas a la autoridad de sus esposos, padres o familiares hombres. En consecuencia, los cánones de la mujer indígena fueron los modelos de la mujer española y africana resultado del proceso de mestizaje biológico y cultural. Al mismo tiempo, un aspecto preponderante en este breve recorrido por la historia de la mujer de este continente, sitúa al hogar y sus modalidades en el centro de sus actividades. De tal manera que los conventos femeninos también son “hogares” reconocidos, propios del matrimonio espiritual. (Lavrin & Perez, 2005).

Posteriormente, en el siglo XIX cuando la mujer logra hacer presencia en diferentes ámbitos sociales se produce su salida del mundo doméstico, emerge en la vida pública y se relaciona con otras instituciones diferentes al hogar, donde estuvo sometida por mucho tiempo. Situación que destaca y expone públicamente sus comportamientos, actitudes y funciones sociales otorgando cierto protagonismo invisible o mejor, ausente en las fuentes validadas que trazaron su historia, llegando al punto de excluirla o limitar su participación solo a los lugares privados (Gómez- Ferrer, 2005).

Si bien, los aportes del feminismo y con la llegada del siglo XX, se analiza, evalúa, cuestiona y escribe la historia de otro modo. Se propone un pasado protagonizado por hombres y mujeres en relación, la participación de la mujer en espacios públicos y privados así como una realidad vivida y anhelada, realidad habitada y menos excluyente. A esto, Gómez-Ferrer (2005) afirma que: “las mujeres podrían

84 estudiarse a través de las huellas dejadas por mujeres reales, pero también a través de los discursos y representaciones que diseñaban unas mujeres soñadas, imaginadas y representadas(Gómez-Ferrer, 2005, p. 15) por hombres que dominan las diversas esferas culturales.

También, es vital enaltecer los aportes realizados por parte de las historiadoras feministas en las últimas décadas de este siglo, ya que no solo se propusieron escribir la historia desde otra perspectiva posibilitando recorrer el pasado desde formas más complejas, conceptualizaron a cerca de las diferencias entre hombres y mujeres, dando origen al concepto y estudios de género. De igual manera, el feminismo luchó por la igualdad civil que condujo a la obtención del voto, no obstante fue limitado en orientar la autonomía de la mujer.

Mientras tanto la participación de las mujeres en el campo laboral se vio limitada en la primera mitad de este siglo, ellas no tenían acceso a profesiones liberales pero si a trabajos en las fábricas, sus tareas eran poco valoradas (económica y socialmente). Es a partir de los años sesenta cuando tienen acceso a tareas orientadas al comercio o de orden administrativo.

En cuanto al componente educativo, las diferencias también fueron abismales, los planes de estudio en la escuela primaria se elaboraron de manera diferente para ambos sexos. El acceso a la secundaria y educación superior fue lento y progresivo, estos espacios fueron pensados solo para el género masculino originalmente. Sin

85 embargo es importante destacar que la profesión docente, y las relacionadas con las ciencias de la salud fueron las más aceptadas socialmente, ya que se entendía como una prolongación de la maternidad (Gómez-Ferrer, 2005).

Asimismo, en concordancia con América Latina en este periodo, es importante tener en cuenta la inestabilidad en términos sociales (guerras, modernidad, secularización, liberalismo, formación de Estado, entre otros). En el continente surge una gran mutación, económicamente se ve afectado con el ingreso al mercado mundial en la producción de materias primas y cultivos agrícolas, la urbanización se expande transformando su cotidianidad, también con la implementación de cambios políticos notorios. Sin embargo, de forma contradictoria la sociedad tradicional se mantiene como en la colonia y la iglesia pierde dominio. Acontecimientos como la Primera Guerra Mundial marcan el inicio de un nuevo momento político, social y económico. (Cano & Barrancos, 2005)

Sumado al contexto presentado anteriormente, este periodo se caracteriza porque la mujer es sumergida en la responsabilidad de una “maternidad patriótica”, su deber es la formación y el cuidado de ciudadanos trabajadores, productivos, disciplinados y honrados que estuviesen en la capacidad de adaptarse a la modernización y a la vida pública, además debían mantener el honor de la familia.

Con insistencia se le atribuye al siglo XIX en América Latina “transformaciones significativas en cuanto a la emancipación de la mujer” (Cano & Barrancos, 2005, p. 548), sin embargo las limitaciones en sus derechos civiles dan cuenta de lo

86 contrario, así como la restricción de su autoridad en las decisiones familiares. En consecuencia, las exigencias en diferentes aspectos dirigidas a los Estados liberales hicieron parte de las reacciones, entre ellas, la reclamación de sus derechos civiles, la incorporación a ocupaciones nuevas y una educación distante a las labores domésticas y a su deber reproductivo.

Por su lado, la jerarquización social y étnica así como su posición económica, moldearon las identidades de las mujeres reconocidas en primer lugar por su trabajo como: prostitutas, esclavas, obreras, costureras, curanderas, entre otras; por su etnia: mestizas, indígenas, criollas, mulatas, etc.; y su posición familiar: esposas, hijas, solteras, viudas. En consecuencia, estas categorizaciones determinaban no solo su acceso a la educación, determinaban también sus condiciones laborales. En su mayoría, estas mujeres se adaptaron a los condicionamientos ofrecidos y fueron pocas quienes hicieron resistencia. (Cano & Barrancos, 2005).

La aparición del matrimonio civil, es un hecho importante a considerar en este contexto debido a las repercusiones que trajo a las mujeres de la época, la perdida de privilegios legislativos por parte de la colonia española y la ineludible sumisión ante la autoridad de su esposo, a cambio recibían protección económica. En efecto, quienes se casaban tenían menos posibilidades de autodeterminación que viudas y solteras, entonces el matrimonio es usado como otro dispositivo más de opresión, limitante de identidad y condicionante de las formas de relación y representación de la mujer.

87 Se puede vislumbrar a través de estos acontecimientos, reacciones de la mujer de este siglo débilmente expuestas en las fuentes bajo la mirada condicionada de los que han desdibujado su papel protagónico en la historia tradicionalmente reconocida. Pero, los estudios planteados por mujeres y hombres con una visión panorámica e incluyente, permiten no solo replantear la búsqueda de una verdadera emancipación desde los espacios académicos o artísticos, y especialmente en las relaciones políticas, culturales, sociales y económicas, partiendo desde las acciones y reacciones cotidianas.

También es importante mencionar que, en el siglo XX la mujer occidental obtiene plena ciudadanía: concretamente se hace referencia a una ciudadanía política entendida como “el ejercicio directo del poder político, bien como el derecho al voto” (Gómez-Ferrer, 2005, p.13); social, referida al derecho de disfrutar de la educación y participar en algunos espacios laborales; y civil, con el acceso a la justicia, propiedades y bienes, a disponer de sí misma en una sociedad dirigida y limitada estrictamente por el sexo opuesto.

En los años veinte y treinta, con la llegada de las vanguardias aparece la mujer en el mundo de la cultura, manifestación que figura restringida con su participación en el arte. Las guerras mundiales en Europa propician una nueva indumentaria femenina y cierta visibilidad en espacios antes excluidos, en consecuencia, es habitual la transgresión de lugares prohibidos y de sus costumbres. Es a través de la literatura, la prensa y la pintura, donde las mujeres hacen sus aportes en el ámbito

88 cultural, sin embargo tuvieron que emplear seudónimos al encontrar constantes dificultades en el reconocimiento de su quehacer y una reiterada intensión de silenciar todas sus acciones.

No obstante, este silencio se agrieta con la necesidad de cambios apremiantes, las mujeres formaron sus propios movimientos y su ascendente intervención en las esferas académicas, específicamente en el medio universitario condujeron a la resistencia y protagonismo del género femenino. En los años sesenta las asociaciones de mujeres se multiplicaron, su intensión principal fue promover la toma de conciencia por parte de las mujeres en cuanto a los derechos de los cuales habían sido privadas hasta entonces.

En consecuencia, el inicio del siglo XXI tiene como antecedente la discriminación política, social y cultural expuesta y erradicada en términos normativos, proponiendo otros objetivos como por ejemplo “tomar parte igualitariamente en el poder, erradicar la violencia contra las mujeres y hacer efectiva la interculturalidad feminista en el ámbito latino –del que forma parte- a uno y otro lado del Atlántico”. (Gómez-Ferrer, 2005, p. 25). Además de perseguir y alcanzar estos objetivos en la sociedad actual que muta afanosamente en los límites de una desnaturalización del cuerpo, de los nuevos usos de tiempo y espacio presentes especialmente en las pantallas y la necesidad de crear nuevos mitos. En un contexto en el que la población busca insistentemente la prolongación de la vida y que se resiste a envejecer, en el que se desdibujan las fronteras de lo público y lo privado, que exige nuevos modelos, nuevas presencias y representaciones.

89 Para el caso de América Latina, el siglo XX también vislumbró la participación de las mujeres en diferentes actividades segmentadas según el género, con retribuciones poco equitativas. En los inicios de siglo, las protestas de activistas perseguían la liberación del dominio y segregación civil, trayendo como consecuencia indicios de ciudadanía y la adquisición de otros derechos sociales, políticos y civiles, entre ellos el sufragio en diferentes momentos de acuerdo a las contextos de cada país, pocos de manera anticipada y generalmente con permanentes obstáculos y limitantes.

Otro aspecto a considerar por su gran impacto social, es la sexualidad aun impregnada de prejuicios morales, condicionando las conductas públicas y privadas de la mujer. La sociedad latinoamericana de este periodo está determinada por imaginarios tradicionales asociados a una profunda confesionalidad católica proveniente de occidente. Aunque se plantean algunos cambios a fines de siglo, la censura y discriminación se mantienen en los planteamientos y la búsqueda de reconocimiento de la diversidad sexual concerniente a este periodo.

Por su lado, los aportes de artistas plásticas latinoamericanas como Frida Kahlo con el transcurrir del tiempo ha alcanzado un creciente reconocimiento, dejando un claro referente en las dificultades encontradas a la intención de visibilizar las manifestaciones artísticas de las mujeres. No obstante, sus acciones pictóricas fueron opacadas en vida, por la obra de su esposo, el muralista mexicano Diego Rivera. Sin embargo, la historia le ha dado un lugar importante convirtiéndola en

90 un referente iconográfico de la mujer latina, no solo por su obra, también por sus ideales políticos y por la evidente participación activa en la concepción, construcción y transformación de su contexto.

Para concluir, el siglo XX mas allá exponer los alcances logrados en las prácticas feministas, permite a las mujeres conocer y hacerse participes de nuevas subjetividades, de la misma manera, a partir de la búsqueda insaciable de equidad se han hecho acreedoras de sus derechos. Con la llegada del siglo XXI, es cada vez más confusa la vivencia de su autonomía al lograr desempeñarse en diferentes espacios con múltiples ocupaciones, generalmente se encuentra rodeada opresivamente en la cotidianidad y en su deber ser social, económico y cultural, entre otros. Por tal razón, el encuentro consigo misma, con su devenir histórico, con su identidad, su presencia y representaciones permanecerán por medio de una búsqueda autentica e inagotable de su propia liberación, coherente a sus expectativas de vida mas no de supervivencia.