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Experiment 4: Evaluation of the expressiveness of Juma in the representation

5. Evaluations

5.5. Findings for the expressiveness of Juma

5.5.2. Experiment 4: Evaluation of the expressiveness of Juma in the representation

Por más que sea innegable la filiación alberdiana del pensamiento político de Hernández, no puede decirse lo mismo de su práctica escritural; por otra parte, si bien bajo la apariencia de serena objetividad de las Quillotanas Alberdi refrena el discurso panfletario (que sólo esporádicamente se escurre del subtexto por alguna grieta), en la prosa combativa de Hernández brota con la misma espontaneidad que en la de Sarmiento.

Las biografías de Facundo Quiroga y la del Chacho comparten también los canales de manifestación y circulación. Se trata de artículos periodísticos por entregas que luego se compilan y se difunden como folletos, constituyen respuestas polémicas a un problema social que tiene imperiosa necesidad de resolverse. Vincula, también, a sus autores una modalidad de producción: ambos se dedican al periodismo batallador y su arma predilecta es el discurso panfletario (incluso, Sarmiento no renunciará totalmente a esta práctica en una obra tan enjundiosa como el Facundo, cuya adscripción genérica y su significación político-cultural es mucho más compleja que la de Rasgos biográficos). También es algo usual en la época que ambos recopilen una serie de entregas periodísticas en un folleto independiente (editado por la misma imprenta que compone el diario en el que escriben), y en este caso, lo hacen con el mismo propósito declarado: el de oponerse a la “barbarie de un tirano” que ostenta el poder.199

Por otro lado, se impone una influencia implícita de Sarmiento sobre Hernández desde el momento en que se ha visto compelido a adoptar un género en el que el adversario se ha consagrado, por más que lo haga para revertir el planteamiento nuclear.

199 Sarmiento había sido nombrado Director de Guerra –cargo al que renunció dejándolo en manos de Paunero– ; de todas maneras, la imaginación popular le adjudicó el asesinato del Chacho aunque en esos meses ya no tuviera ninguna relación oficial en la lucha contra la montonera.

Escribe una biografía de un caudillo, que además es oriundo de la misma provincia de Facundo Quiroga, estuvo bajo sus órdenes y se ha convertido en su sucesor. A través de su texto discute con el Facundode Sarmiento. No lo acobarda combatir con su palabra a un escritor consagrado, pero no puede permanecer inmune a su potencia literaria. Lo ataca como político y como ensayista, pero en la dialogia discursiva que se entabla, al mismo tiempo que se rebate la propuesta central y se acusa a su autor de violento y “bárbaro”, se desencadena un proceso de asimilación de su imponente arsenal retórico.

Por otra parte, además de utilizar la escritura como arma, Hernández también se inscribe –igual que Sarmiento– en la tradición iluminista reformulada filosófica y políticamente por la Generación del 37: también él está guiado por una vocación pedagógica: quiere “esclarecer” a la opinión pública. Escribe la biografía del Chacho para denunciar que el poder político está tratando de falsear la historia. En esta línea, Rasgos biográficos funciona como un texto bisagra entre dos obras literarias capitales del siglo XIX: el pasado Facundo y el futuro Martín Fierro (particularmente, la vocación pedagógica de Hernández culminará en La vuelta de Martín Fierro).

El Facundo está presente también como término de comparación. Hernández estructura, como Alberdi, un proyecto de refutación de la obra sarmientina que desestabiliza la famosa dicotomía “civilización o barbarie” al aplicarla, por inversión, al propio autor. Pero se atreve a utilizar el recurso de la inversión en una biografía –el mismo género discursivo que el adversario había practicado con maestría– para revertir el mito literario de Facundo con el retrato de otro caudillo riojano –su sucesor–, que es presentado como un patriarca venerable.

La versión popular le adjudicaba a Sarmiento la responsabilidad de ese crimen, y por ello, Hernández exalta e idealiza la personalidad de este caudillo para destacar la culpabilidad de Sarmiento y para socavar tanto su responsabilidad ideológica y política como su capacidad de gestión. Con ese objetivo va presentando distintas pruebas que incriminan al sanjuanino en la muerte del Chacho: “El documento con la misma firma anteriormente transcripto, no habla ni palabra de tales prisioneros, y la nota de Sarmiento dice que Vera iba con 5 hombres. O miente uno o miente el otro. La verdad es que mienten los dos”.200Luego: “El asesinato que se pretende encubrir está revelado.

200Hernández, 2005, p. 22.

Los documentos que Sarmiento envía a Paunero son todos falsificados”.201 Y por último:

Sarmiento, entre tanto, se ocupaba de confabular su plan de campaña, para dar la noticia de un modo que alejara la idea del asesinato, y al efecto, hace firmar con Irrazábal los partes y las notas transcriptas, comunicando la noticia del hecho como recientemente acaecido.202

Cuando Hernández elige el género predilecto de Sarmiento, al igual que él pretende reseñar la vida misma de la Nación, ya que los personajes elegidos son un símbolo de su época. Las peripecias del protagonista revisten un carácter ejemplificador porque sus avatares servirán para explicar los hechos del país.203La vida del caudillo se entrelaza con la vida de la Nación y su retrato es casi una excusa para hablar de los acontecimientos con los que está relacionado.204Como Sarmiento, Hernández busca en sus Rasgos biográficos definir una ejemplaridad histórica:

No es posible trazar el más ligero rasgo respecto a la vida de Peñaloza, sin encontrarse envuelto en las inmensas complicaciones de la guerra que desde hace cuatro décadas tiene lugar en nuestro país, y en todas las cuales ha tenido una parte a veces secundaria, a veces principal, pero siempre distinguida y honorable para él.205

Y más abajo, rubrica así el apartado: “Bosquejar, pues, la vida de Peñaloza es hacer una triste relación de nuestra luctuosa historia”.206

201Ibidem, p. 25.

202Ibidem, p. 25.

203Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo destacan la eficacia con que se emplea en el Facundoun principio hermenéutico del historicismo romántico: la “ejemplaridad histórica” (Altamirano y Sarlo, 1982, p. 113).

204Así fundamenta Sarmiento su elección: “He creído explicar la Revolución argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular”. Y continúa más adelante “porque en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno” (Sarmiento, 1963, p. 20) .

205Hernández, 2005, p. 28.

206 Antes se había referido al caudillo como “una propiedad de la Patria y de sus amigos” (ibidem, p. 28).

Con la misma operativa del Facundo, la base textual de los Rasgos biográficos se sustenta a partir de testimonios que avalan la verosimilitud de lo referido: se aportan algunos documentos escritos y se recurre a las tradiciones orales (cada anécdota funciona como una célula del relato); se trata de legitimar el texto enclavando su relato en la Historia. En tanto en el Facundo se aportan datos estadísticos, cuadros,207 partes oficiales, manuscritos,208 el texto de los Rasgos biográficos exhibe pruebas como si se tratara de organizar un expediente judicial. En la sección llamada “Revelación de un crimen”, Hernández transcribe todos los partes que refieren la muerte del Chacho; señala, además, que hay que precaverse de numerosa documentación falsa y analiza las fechas de las notas para probar la existencia de irregularidades.209

Por otro lado, y en franca contradicción con este afán, ambos autores se presentan como escritores superados por la urgencia de la publicación, lo que los lleva a cometer errores y a utilizar datos que no pudieron ser certificados.210 Hernández pide disculpas por las desprolijidades de redacción o la ausencia de documentación muchas veces: “No tenemos tiempo para detenernos más en hacer notar otras contradicciones de esos documentos fraguados para encubrir un crimen horroroso”.211Como periodista se declara superado por la vertiginosidad del medio de difusión, que impide corregir bosquejos veloces: “Vamos a describir a grandísimos rasgos la vida de este héroe sencillo y modesto, a bosquejarla con la brevedad con que nos lo permite el carácter y aun el objeto de esta publicación”.212 Se sacrifica, entonces, la precisión histórica: “La premura del tiempo con que escribimos estos rasgos biográficos de la vida del general

207“Creo oportuno hacer sensible por un cuadro la geografía política de la República desde 1822 adelante para que el lector comprenda mejor los movimientos que empiezan a operarse” (Sarmiento, 1963, p. 187).

208“Me fatigo de leer infamias contestes en todos los manuscritos que consulto” (ibidem, p. 99). 209 Naturalmente, la artillería retórica pesa más que la tarea de reconstrucción histórica. Hernández señala que existe mucha documentación falsa, pero aunque no se detenga a fundamentar la autenticidad del documento sobre cuya base estima que queda revelado el engaño de los asesinos, utiliza las fechas de las notas sospechadas como prueba de la existencia de irregularidades. Por su parte, el mismo Sarmiento reconocerá que su ensayo contiene inexactitudes.

210Lo testimonia el pedido de Sarmiento a Valentín Alsina para corregir las imprecisiones del

Facundo. Alsina le marca más de 50 errores, pero finalmente Sarmiento se excusa ante Alsina y

no introduce los cambios porque privilegia mantener la unidad de estilo de la obra. Ver “Carta prólogo de la edición de 1851”, edición en línea: www.stockcero.com, pp.12-14.

211Hernández, 2005, p. 22. 212Ibidem, p. 27.

Peñaloza no nos permite recoger los datos que nos serían indispensables para hacer la historia de esos gloriosos 90 días”.213Finalmente confiesa:

No nos lisonjeamos de ofrecer al lector una obra acabada; esta obra sería el fruto de una consagración y de un tiempo del que no podemos disponer.

Pero hemos recorrido ligeramente el largo y complicado período de nuestra revolución, y aunque, no hemos trazado de él un cuadro completo, sino tocándolo apenas en sus más notables lineamientos, hemos hallado en todas partes el nombre del General Peñaloza [...] siempre de una manera distinguida y honorable para él.

Trazados estos rasgos al correr de la pluma, dejamos a la inteligencia de nuestros lectores el suplir con ella, la deficiencia de que han de adolecer naturalmente.214

El carácter panfletario de ambas obras las exime de la obligación de presentar un texto rigurosamente fundamentado, pero su palpitación vital cumple la función de estrechar vínculos con el lector. También coinciden ambos autores cuando fundamentan la necesidad de difundir adelantos imperfectos: consideran imperioso rectificar los errores de la interpretación popular. Se pretende revelar al pueblo la “verdad” ocultada por el poder, y en Rasgos biográficoseste propósito se metaforiza en el armado de una suerte de intriga policial en la que se van recolectando las pruebas de un delito. Así como Hernández anuncia que va a revelar un crimen, Facundo se ha levantado de la tumba para revelar un secreto. Los objetivos políticos son diferentes, pero la publicación es portadora de un sentido oculto, desenmascaradora de una mentira, y por eso puede aspirar a cumplir, de todos modos, la función de un documento histórico verídico. Con ese mismo fin se ha elegido biografiar a un caudillo, porque interrogando su figura se busca desentrañar un “enigma de la patria”.

Por consiguiente, el texto debe desnudar secretos. Según Hernández, Peñaloza no fue asesinado el 12 de noviembre: “Lo vamos a probar evidentemente, y con los documentos de ellos mismos”.215Más adelante asevera:

213Ibidem, p. 38.

214Ibidem, p. 47. También Sarmiento había hecho declaraciones del mismo tenor: “Este estudio,

que nosotros no estamos aún en estado de hacer, por nuestra falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por observadores competentes habría revelado [...]” (Sarmiento, 1963, p. 15); “¡Cuántas páginas omito! ¡Cuántas iniquidades comprobadas y de todos sabidas callo!” (ibidem, p. 21); “ya es demasiado detenerme sobre este punto” (ibidem, p. 95).

Sabemos muy bien que nuestra tarea de hacer conocer la historia de ese patriota infortunado nos valdría, cuando menos, de parte de sus encarnizados enemigos, la burla, los apóstrofes groseros, el insulto y la calumnia. Pero, por odiosa que esta tarea resulte a ciertos ojos, no puede semejante consideración influir más en nosotros que el sentimiento de justicia que coloca la pluma en nuestras manos.216

Luego reafirma: “Esa es la tarea que emprendemos con el sentimiento de la rectitud y justicia”;217y concluye:

Queremos, al terminar nuestro trabajo, darle cima narrando un hecho histórico, de esa fecha, que al par que caracteriza bien al héroe que el partido unitario acaba de sacrificar a sus iras, daguerrotipa mejor la fisonomía que el coronel Peñaloza había alcanzado a reunir.218

Las apelaciones al lector abundan en estos textos apuntando a su convencimiento a favor de la causa expuesta; en los Rasgos biográficos, se busca establecer un diálogo intimista para convocar al lector como un testigo del juicio a Sarmiento. Por otra parte, la publicación periodística espaciada en entregas semanales impone este recurso para recuperar el nexo con el público. Se insiste en hacerlo partícipe de la investigación, ya que ve los documentos y comprueba la injusticia: “No tenemos tiempo para detenernos más en hacer notar otras contradicciones de esos documentos fraguados para encubrir un crimen horroroso. Nuestros lectores las descubrirán fácilmente”.219

Este recurso es también una característica de los discursos agónicos;220y en una ciudad como Paraná el círculo se achica: frecuentan el mismo club donde han 215Hernández, 2005, p. 19.

216Ibidem, p. 27. 217Ibidem, p. 28.

218 Ibidem, p. 45. Por su parte, aclaraba Sarmiento: “Es de otro personaje de quien debo ocuparme. Facundo Quiroga es el caudillo cuyos hechos quiero consignar en el papel [...]. ¿Quién lanzó la bala oficial que detuvo su carrera? [...] La historia explicará este arcano” (Sarmiento, 1963, p. 20).

219Hernández, 2005, p. 23.

220“Referiremos ligeramente a nuestros lectores, un episodio [...] que servirá para que puedan apreciar mejor el temple generoso de ese esforzado caudillo” (ibidem, p. 41); “¿Queréis saber cuál fue el castigo? Véanlo, los que lo han retratado animado de sentimientos sanguinarios”

contemplado el mismo escenario: “Este episodio lo conocerán, sin duda, muchos de nuestros lectores, pues es el que ha sido conmemorado en el cuadro trazado por el señor Rawson, que ha estado por mucho tiempo expuesto en los salones del Club Socialista”.221En la misma línea, también el Facundoofrece numerosos ejemplos.222

Por otra parte, cabe destacar que aunque la utilización del género biográfico comparta modalidades discursivas no sólo con el Facundosino también con la biografía de Aldao e incluso con la de Urquiza (insertada en la Campaña en el Ejército Grande), en la obra de Hernández se invierte –como se ha dicho– el objetivo perseguido. Esa desviación referencial asume evidente intención polémica cuando se le asignan al caudillo las más elevadas cualidades humanas, y a veces, casi sobrehumanas. El Chacho es aquí un patriarca venerable, un héroe a quien el atropello de la represión le conferirá la santidad del martirio: un caudillo “valiente, generoso y caballeresco”, “una de aquellas almas inspiradas sólo en el bien de los demás, uno de aquellos corazones que no conocen jamás el odio, el rencor, la venganza ni el miedo”, “un héroe sencillo y modesto”, luego “prestigioso” y que hace “prodigios de actividad y de arrojo”, “noble y desinteresado”, que se preocupa solo por la “santidad de su objeto”, de “temple generoso”, que hace rezar a unos asesinos en la tumba de su víctima en lugar de degollarlos en venganza y con Benavídez “profesa una amistad franca y leal”. También cuando Quiroga irrumpe en el texto, un proceso de idealización polemiza con el Facundo de Sarmiento: se lo ve “haciendo las veces de padre” con el Chacho, como un “célebre y prestigioso caudillo”, que aprecia “dignamente” al Chacho y que goza de “crédito y prestigio”, y siempre en ejército regular y organizado según las órdenes de sus superiores.

En ambas obras, a su vez, los retratos de los caudillos parten de la infancia por medio de anécdotas recuperadas del registro oral. La pintura de esa niñez incluye la presencia de alguna señal que anticipa el futuro. El Chacho está a cargo de un sacerdote, [...]” (ibidem, p. 41); “No nos lisonjeamos de ofrecer a nuestros lectores [...]” (ibidem, p. 47) ; “[…] dejamos a la inteligencia de nuestros lectores el suplir con ella, la deficiencia de que han de adolecer naturalmente” (ibidem, p. 47).

221Ibidem, p. 39.

222 “El que haya leído las páginas que preceden creerá que es mi ánimo trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie” (Sarmiento, 1963, p. 20); “Si el lector se fastidia con estos razonamientos contarele crímenes espantosos” (ibidem, p. 106); “Por la puerta que deja abierta el asesinato de Barranca Yaco entrará el lector conmigo en un teatro donde todavía no se ha terminado el drama sangriento” (ibidem, p. 202), passim.

es criado en un ambiente de afecto y goza luego de la protección paternal de Quiroga. En la biografía de Sarmiento, en cambio, Facundo vive una infancia violenta y viciosa que lo prefigura como “gaucho malo”; él también, entonces, está signado por el determinismo.

Cuenta Hernández que Peñaloza perteneció a una familia notable, respetable y antigua de La Rioja y quedó a cargo de un anciano sacerdote que lo apodó “Chacho”. Cuando Quiroga lo llevó a su lado, lo trató siempre con afecto (lo llamaba “Chachito”) y así fue ascendiendo en el ejército, acompañado siempre por el cariño de la gente. Se insiste, sobre todo, en destacar sus rasgos de humanidad y su apego a la justicia. Hasta el apodo lo liga a un mundo impregnado de afectividad: el sobrenombre “Chacho” le es impuesto –según cuenta Hernández–por un “respetable anciano”, el sacerdote que lo tiene a su cuidado, que “balbuciente ya por su avanzada edad” no puede pronunciar la palabra “muchacho” con dicción clara, y la reiteración impone la aféresis “Chacho” con la cual todos lo identificaron posteriormente.223 Esta tierna etimología actúa como una antítesis de la anécdota en la que Sarmiento narra cómo se gestó el epíteto épico de su personaje: el “Tigre de los Llanos”.

La figura del tigre como metáfora del salvajismo y la fiereza aplicada al “bárbaro” también es recuperada por Hernández para revertirla sobre Sarmiento y los de su facción, cuyas “manos van siempre a cebarse a las entrañas de sus enemigos”, engañan con “zalamerías de tigres” y actúan con alevosía dejando “la cola afuera”.224

También se revierte el símbolo del puñal (identificado por Sarmiento con la “barbarie”)225 y la condena del ajusticiamiento por degüello al ser empleados por el partido que se autoidentifica con la “civilización”.226 En este caso, la exhibición de contradicciones con el discurso civilizatorio del Facundo se extiende al universo

223Hernández, 2005, p. 28.

224Esta imaginería se concentra en el apartado “Revelación de un crimen” (ibidem,pp. 19-26). 225En el apartado “La política del puñal”, Hernández insiste sobre esta contradicción: “clavar el puñal”, “puñal de los asesinos”, “caer bajo el puñal”, “puñal unitario”, “El puñal está levantado”.

226 También corresponden al mismo apartado –“La política del puñal”– las referencias al degüello: “El general Peñaloza ha sido degollado”, “para castigar a los degolladores”, “al festín del degüello”, “fue enseguida degollado”.

discursivo de la Campaña en el Ejército Grande, donde Sarmiento había consustanciado al puñal con la “barbarie” y había anatemizado de la práctica del degüello.227

En su empleo del lenguaje como arma, Hernández recupera el típico anatema