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5. Evaluations

5.3. Findings for the creation of mappings using the Juma approach

5.3.3. Experiment 1: Evaluation of Juma in the creation of R2RML mappings

5.3.3.1. Hypothesis

En el momento en que Hernández dirige estas fuertes críticas, ya han pasado diez años desde la polémica pública entre Sarmiento y Alberdi, y la propuesta de la antinomia “civilización versus barbarie” –presentada como la oposición de dos polos inconciliables– ya había sido refutada con maestría por Alberdi. A pesar del tiempo transcurrido, en las provincias confederadas sigue vigente la adhesión a la postura política alberdiana, y en el caso de Hernández, también la técnica confrontativa de revertir las propuestas del adversario contra su autor. En un sentido amplio, el contexto de los Rasgos biográficos de D. Angel Peñalozaincluye el de la gran polémica nacional (la nueva etapa histórica abierta por Caseros y la revolución del 11 de septiembre del mismo año como nuevo hito de la discordia), pero remite directamente a la situación

dos apartados –además de otras reformulaciones–, son lo que se le recriminan a Hernández en la polémica iniciada por el periódico La Tribuna(ver el apartado 5.2.).

política que sigue a Pavón: la dura campaña presidencial de Mitre en el interior, donde Sarmiento actúa como supervisor de la guerra contra los caudillos.

De la posición adoptada contra Sarmiento en las Cartas quillotanas partirá la crítica de José Hernández, quien entronca así su texto con la célebre disputa y recupera los tópicos esgrimidos por Alberdi para refutar al sanjuanino, que en ese momento ejerce su mandato provincial.182

De todas maneras, al retomar tanto conceptualizaciones como técnicas argumentativas de las Quillotanas, Hernández las resemantiza. En sus disquisiciones acerca del caudillaje autóctono, Alberdi (que siempre distinguió entre “la República verdadera” y “la República posible”), aceptaba la presencia del líder natural de un tipo de sociedad que no era precisamente su meta y consideraba que la civilización terminaría por asimilarlo; en cambio, Hernández está identificado emocionalmente con el rol social del caudillo en el mundo rural y le preocupa la extinción de su figura como protagonista nacional. El caudillo, luego de la batalla de Pavón, está siendo perseguido desde los postulados dicotómicos del Facundo. Hernández se valdrá también del género biográfico, pero asume la tarea de ensalzar al término excluido por la oposición tajante modulando un tenor que a veces ensaya la oda pero que en otras es elegíaco. Las figuras de caudillos que construye en su texto son seres venerables: honestos, paternales, leales, sencillos y amantes de su pueblo. Frente a ellos, se anatemiza la “barbarie” de Sarmiento y los generales mitristas.

El conflicto se retoma, por un lado, con el cuestionamiento de la tesis del Facundo, y por otro, con la reutilización del término “bárbaro” aplicado a Sarmiento, pero ahora con un sentido “real” (aplicado a su conducta) no “figurado” (aplicado a su pluma). Alberdi lo había nombrado el “gaucho malo” de la prensa, como autor que no puede adaptarse a la nueva realidad socio-política, que no sabe escribir en momentos de paz porque se ha acostumbrado a la guerra, a destruir a un adversario. Esa falta de adecuación a la nueva situación argentina es traducida en un discurso que, aparentando mesura, va dando estocadas como una espada (como cuando lo acusa de deslealtad con Urquiza a quien había exaltado antes como el único poder capaz de derrocar la tiranía rosista).

182 Es sabido que, como todos los partidarios de la Confederación, Hernández adhería a los postulados de Alberdi (Chávez, 1988, p. 50).

Por su lado, Hernández da una vuelta de tuerca más y en su folleto describe la figura de Sarmiento como la de un caudillo auténticamente “bárbaro”: violento, salvaje, asesino:

El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato Argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acaba de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado, y su cabeza ha sido conducida como prueba del buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento.183

De esta manera adhiere al rechazo de la violencia de un temperamento que – según Alberdi– perjudicaba la calidad de la vida institucional, pero también asimila notorios rasgos del político vilipendiado: no ha podido escapar de la influencia del Sarmiento-escritor, particularmente, de su retórica romántica desenfrenada.184 En Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina Alberdi expresaba con gran contundencia un pronóstico del paso de la violencia verbal a la violencia política.

No pueden ser amigos de la libertad, los que ejercen el libertinaje de la prensa. [...] ¿Podría respetar la vida como gobernante, el que descuartiza el honor como aspirante al gobierno? ¿Podrían servir a la causa y a los intereses del comercio y de la industria, los que fomentan revoluciones, campañas, guerras de desolación y de empobrecimiento? ¿Podrá sufrir la oposición como ministro, el que no puede soportarla como ciudadano? ¿El que insulta la justicia ajena estando desarmado, la respetaría teniendo bayonetas?185

La sutileza conceptual de Alberdi lo impulsaba a superar las antinomias simplificadoras y se negaba a identificar al campo y a la ciudad como una pareja de opuestos paralela a la de civilizaciónversus barbarie: por eso valoraba la función de los pobladores rurales tanto en su medio como en relación con el conjunto de la sociedad y siempre propugnó la igualdad de sus derechos. Pero Hernández se atreve a dar un paso

183Hernández, 2005, p. 16.

184El tópico de la presencia de una “afinidad subterránea” se retoma en el apartado siguiente. 185Alberdi, 1957, p. 149.

más, y en su biografía, el Chacho y Facundo Quiroga son ciudadanos ecuánimes que respetan las leyes, actúan con la mayor inocencia, acatan órdenes y conducen un ejército disciplinado. Como en las Quillotanas, se invierte el sistema interpretativo del Facundo, pero elevando el tono.

Finalmente, un pasaje significativo en el que aparece una alusión al concepto alberdiano del “despotismo del progreso”186puede ponerse en paralelo con la escena de la ruptura de relaciones entre Urquiza y Sarmiento en Campaña en el Ejército Grande, en el sentido de que se trata de dos quiebres (uno producido, el otro pronosticado):

Lea el general Urquiza la historia sangrienta de nuestros últimos días: recuerde a sus amigos Benavídez, Virasoro, Peñaloza, sacrificados bárbaramente por el puñal unitario; recuerde los asesinos del Progreso, que desde 1852 lo vienen acechando, y medite sobre el reguero de sangre que vamos surcando hace dos años, y sobre el luto y orfandad que forma la negra noche en que está sumida la República.187

Enlaza también los dos pasajes el tópico del “asesinato” y la estrategia discursiva de la inversión de roles: Sarmiento sugería que Urquiza elaboraba el plan de asesinarlo, mientras en los Rasgos biográficos de Hernández se le advierte al general entrerriano que se cuide de los designios políticos de Sarmiento y Mitre: “El puñal está levantado, el plan de asesinaros preconcebido”.188

Alberdi y Hernández coinciden, además, en la crítica a la labor literaria de Sarmiento por estar encaminada hacia ambiciones políticas desmedidas y por ser remunerada. Escribía Alberdi:

No negaré su patriotismo, pero no me negará Ud. tampoco que siempre ha escrito periódicos por su sueldo, como medio honesto de ganarse el sustento de su vida. Ellos expresan pues, a la vez que patriotismo, necesidades satisfechas.189

186 “Delante del poder irresponsable se alzó la libertad omnímoda y se quiso remediar el despotismo del atraso con el despotismo del progreso: la violencia con la violencia” (ibidem, p. 90).

187Hernández, 2005, p. 17. 188Ibidem, p. 18.

Pero antes había apuntado despreciativamente: “sus escritos no lo hacen a Ud. Presidente de la República”.190 Y más adelante comentará sobre Recuerdos de provincia: “es el medio muy usado y muy conocido en política de formar la candidatura de su nombre.191Por su parte, Hernández retoma esos juicios descalificantes en una sola frase contundente:

Con objeto menos loable, se han tomado otras tareas más arduas. Sarmiento escribió su Facundo sin más objeto que deprimir un partido que no podían vencer y haciéndose remunerar con largueza por los suyos ese trabajo.192

Ambos comparten, también, la valoración de la emblemática muerte de Dorrego, considerando su asesinato como el origen puntual de la violencia intolerante del partidismo político del país. Así opinaba Alberdi:

El día que este general [Lavalle] fusiló a Dorrego por su orden, quedó instalada la política que por veinte años ha fusilado discrecionalmente .193

Por su parte, Hernández expresa:

Este es el tronco genealógico de todas las desgracias que hasta ahora vienen afligiendo a nuestra patria. De allí parten nuestros males. La sangre del Coronel Dorrego fue la primera que se derramó alevosamente en nuestra guerra civil. Hasta hoy ha sido la última la del General Peñaloza.194

Sin lugar a dudas, Hernández coincidía con el tucumano en la necesidad de recuperar auténticamente los objetivos pedagógicos de la Generación del 37 (la búsqueda del perfeccionamiento del pueblo mediante la ilustración y el esclarecimiento) sin desvirtuarlos mediante conductas poco edificantes; por eso le interesa poner de relieve que los sujetos sociales estigmatizados son seres dignos de ese 190Ibidem, p. 76. 191Ibidem, p. 105. 192Hernández, 2005, p. 27. 193Alberdi, 1957, p. 19. 194 Hernández, 2005, p. 30.

perfeccionamiento. Alberdi destacaba que era más importante detenerse en el análisis de “civilización”, como un buen ejemplo para la sociedad, y no en el de la “barbarie”, que educa sólo en los vicios:

Educa mucho el ejemplo, es verdad, pero el ejemplo bueno y no el malo que es contagioso como todo ejemplo, bueno o malo.195

En esa línea, Hernández presenta la mejor cara del gaucho en la actitud inocente y la disposición generosa del caudillo del interior para defender su derecho a ser incorporado al mundo de la civilización al igual que todos los miembros de la sociedad post-Rosas. Cumple esa función la narración de una anécdota del Chacho que lo muestra más inclinado a educar que a castigar cuando debe sancionar a una partida de asesinos que ataca al coronel Yanzón, amigo suyo:

Véanlo los que lo han retratado animado de sentimientos sanguinarios. Su único castigo fue hacerlos marchar a pie, conduciendo en hombros el cadáver de su desgraciado compañero, hasta llegar a la Capilla de Gualfín, en el departamento de Belén, 12 leguas distante del teatro del suceso, y donde les hizo abrir la sepultura en que dejó enterrado a su antiguo amigo.196

Al final del folleto, otra anécdota confronta la humanidad del Chacho con la violencia de los oficiales mitristas:

El general Peñaloza devolvía todos los prisioneros que había tomado, no faltaba uno solo, y no había uno solo entre ellos que pudiera alzar su voz para quejarse de violencias o malos tratamientos.

Y, ¿dónde estaban los prisioneros que se le habían tomado a él?

Habían sido fusilados sin piedad, como se persiguen y matan las fieras de los bosques.197

195Alberdi, 1957, p. 104. 196Hernández, 2005, p. 42. 197Ibidem, p. 46.

Así, la generosidad del Chacho que le vale el “¡Viva!” de sus prisioneros de guerra se convierte en el ejemplo moral necesario para la educación del pueblo.

En suma, Hernández redefine en sus Rasgos biográficos del General D. Angel V. Peñalozala identidad del caudillo, y por ello el texto conlleva una resemantización de los términos “caudillo”, “bárbaro” y “civilizado” que circulan por el campo semántico sarmientino. Con notorias connotaciones épicas, el caudillo se convierte en un héroe, aunque no sea culto ni refinado. Tiene la sencillez del héroe épico y Hernández pretende instituir mediante su construcción biográfica el mito fundacional de una nueva literatura y de una nueva identidad nacional.

En cada circunstancia histórica se establece una pugna entre el imaginario impuesto por el poder, y un nuevo imaginario que intenta modificarlo. Hernández quiere construir aquí un nuevo relato de la vida de un caudillo: se retoman los ideales educativos que proclama el adversario, pero sobre esa base se busca establecer una identidad nacional diferente. El retrato de la vida del caudillo se propone por extensión como un paradigma funcional del país. Así, la idea de que la biografía de un caudillo puede emblematizar los componentes bárbaros de un país –desarrollada originalmente por Sarmiento en su Facundo– es retomada por Hernández para ser revertida: su biografiado es la expresión de una auténtica “civilización”.

En su intento de proponer un imaginario contrahegemónico, Hernández adhiere, otra vez, a posiciones formuladas en las Quillotanas de Alberdi, que serán retomadas en escritos conocidos póstumamente):

No es que yo menosprecie al gaucho. Sería desdeñar a la mitad de mi país, al pueblo de sus campañas, que en muchos respectos es mejor y más útil que el de sus ciudades, en el Plata como en todas partes.198

Hernández sostiene, como Alberdi, que el gaucho es funcional al progreso del país. En los Rasgos biográficos del General D. Angel V. Peñaloza, el Chacho simboliza todos los valores del gaucho argentino que están siendo perseguidos en nombre de la civilización, pero su biógrafo reclama por él con una iracundia que a veces, aunque recupere epítetos mazorqueros (“Los salvajes unitarios están de fiesta”), recuerda más a

la retórica desenfrenada de Las ciento y una que a la prosa reflexiva de su mentor ideológico. Y esas modalidades discursivas, justamente, serán objeto de una reformulación sostenida cuando Hernández republique su folleto en 1875. Pero también la exaltación del caudillismo será moderada en su reescritura, y en esta dirección habrá también un mayor acercamiento a su modelo original.

1.2.3. Presencia del Facundo en Rasgos biográficos del General D. Angel V.